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La fuerza de un varón de fe - san Juan Bosco y la epidemia de cólera de 1854

Publicado 2020/04/17
Autor : P. Francisco Teixeira de Araújo, EP

Durante tres meses aquellos jóvenes afrontaron la epidemia. Ésta los rondaba a todo momento, pero una fuerza invisible le impedía contagiarlos: todos atravesaron ilesos la gran tormenta.

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Mucho se ha elogiado a San Juan Bosco —¡y con cuánta razón!— por la heroica caridad que lo llevó a sacrificar su vida en la formación de la juventud necesitada, así como su empeño por la salvación de las almas, meta última de sus actividades. A otros muchos títulos este santo merece alabanzas, pero especialmente brilla por practicar una virtud que es el fundamento de todas las demás: Don Bosco era ante todo un hombre de fe. Pero no una fe inerte, sino activa y operosa.

Una de las numerosas y elocuentes pruebas de ello es el episodio narrado a continuación.1

Pánico ante una peste letal y altamente contagiosa

Triste noticia recibió la ciudad de Turín el 25 de julio de 1854: la epidemia de cólera morbo se había cobrado aquel día sus primeras víctimas. Procedente de la India, afectó inicialmente a Inglaterra, pasó a Francia y de allí a la península itálica. En dos meses mató a cerca de 3000 personas en la ciudad de Génova. En la de Sassari segó la vida de 5000 de sus 23 000 habitantes. 

No había un medicamento eficaz para esa peste altamente letal y contagiosa y eso aumentaba el pánico entre la población. Cuando se constataba que alguien de una casa había sido contagiado, vecinos e incluso parientes huían aterrorizados abandonando a la infeliz víctima. Hubo médicos que para salvar su propia piel dejaron la ciudad.

Tras decretar normas de precaución, el poder civil solicitó y obtuvo rápida colaboración del clero en la lucha contra el enemigo común: Camilos, Capuchinos, Dominicos y Oblatos de María se ofrecieron para prestar asistencia a los colerosos.

En ese momento de alarma, la Obra de San Juan Bosco estaba lejos de ser lo que luego vendría a convertirse unos años más tarde: el Oratorio contaba tan sólo con un centenar de adolescentes. No sin gran preocupación, nuestro santo veía cómo la epidemia desolaba toda la región en torno al Oratorio, diezmando y, en ciertos casos, destruyendo familias enteras.

¿Qué podía hacer él?

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“Os aseguro que ninguno se contagiará del cólera”

Tomó enseguida las medidas sanitarias apropiadas para preservar del contagio a sus jóvenes. Pero no se limitó únicamente a eso. Postrado a los pies de la Medianera de todas las gracias, le imploró: “María, Madre amorosa y poderosa, preserva a estos amados hijos míos. Y si el Señor quisiera una víctima de entre nosotros, heme aquí dispuesto a morir cuando y como le plazca”.

En la festividad de Nuestra Señora de las Nieves reunió a todos los jóvenes, les dio una breve charla y les dijo:

—Os recomiendo que cada uno haga mañana una buena confesión y una santa comunión, de modo que pueda ofreceros a todos a María, pidiéndole que os guarde y proteja como hijos dilectísimos suyos. ¿Lo haréis?

—Sí, sí —respondieron al unísono.

—Si os mantenéis en gracia de Dios y no cometéis pecado mortal alguno, os aseguro que ninguno de vosotros se contagiará del cólera —añadió el santo.

Una invitación al heroísmo

Pero el corazón de Don Bosco era demasiado grande como para contentarse sólo con la preservación de los suyos. Al ver que la epidemia se extendía cada día más y considerando la cantidad de almas que comparecían ante el Supremo Juez sin el auxilio de los sacramentos, tomó una decisión que únicamente los santos tienen discernimiento para asumir con acierto y seguridad: lanzarse con sus hijos en la penosa y arriesgada tarea de dar asistencia a aquellos infelices.

A principios de agosto los reunió a todos y les describió la situación de abandono en la cual se encontraba tanta gente afectada por la enfermedad y les manifestó su deseo de que le acompañaran en esa obra de misericordia. Catorce aceptaron de inmediato la propuesta; pocos días después otros treinta siguieron su ejemplo.

Antes de lanzarlos al campo de batalla, Don Bosco les prescribió sabias reglas que cumplir, de manera que su acción fuera eficaz para la salvación tanto del cuerpo como del alma. Les dio oportunas y sabias enseñanzas sobre cómo tratar a los infectados. A todo ello, añadió algunas sugerencias relacionadas con la asistencia espiritual, a fin de que, en la medida de lo posible, ningún enfermo muriera sin el consuelo de la religión.

Como dignos hijos de tal padre, todos se pusieron en camino: varios prestaban auxilio en los hospitales, algunos atendían enfermos en casas particulares, otros exploraban los alrededores en busca de damnificados abandonados y un grupo permanecía de guardia en el Oratorio, para atender cualquier urgencia.

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Don Bosco superaba a todos en dedicación

Pronto se difundió la noticia de que aquellos jóvenes eran excelentes enfermeros. Resultado: las peticiones de socorro llovían por todas partes, hasta del Gobierno municipal. Pero eran poquísimos obreros para tan inmensa mies... De modo que a cada jornada disminuían los momentos de descanso y de alimentación. Muchas veces apenas tenían tiempo para comer un pedazo de pan y otras lo hacían junto a algún infectado altamente contagioso. Algunos pasaban noches de vigilia para no dejar al enfermo sin asistencia. A pesar de todo, ¡estaban siempre contentos y felices!

Don Bosco les superaba a todos en dedicación. Se ocupaba primordialmente de administrar los sacramentos, pero no perdía la ocasión de ayudar donde fuera necesario. Durante un largo período tan sólo tuvo una o dos horas por día para descansar, en un sofá o en un sillón.

Las precauciones para evitar el contagio se volvían impracticables ya en el segundo o tercer día de combate. Cierta tarde, en un hospital, un jovencito “acolitaba” a Don Bosco, que iba de cama en cama administrando la Unción de los Enfermos. Cuando un médico lo vio le dijo:

—Don Bosco, ¿qué hace? ¡Ese joven no puede ni debe estar aquí! ¿No cree que es una grave imprudencia?

—No, no, doctor. Ni él ni yo tenemos miedo del cólera. Tranquilo, que no nos pasará nada.

La fuerza de la fe de un auténtico sacerdote

En efecto, él y los jóvenes del Oratorio solamente tenían una preocupación: aliviar el cuerpo y salvar almas. De ellos mismos cuidaría la Divina Providencia. Y, de hecho, ¡bien que los cuidó! Durante tres meses provocaron y afrontaron la epidemia. A lo largo de ese tiempo ésta los rondaba a todo momento, pero una fuerza invisible le impedía contagiarlos: todos atravesaron ilesos la gran tormenta.

¿De dónde provenía esa fuerza?

De la fe de un auténtico sacerdote de Nuestro Señor Jesucristo. 2


 

1 Cf LEMOYNE, Giovanni Battista. Me- morie biografiche di Don Giovanni Bosco. San Benigno Canavese: Libraria Salesia- na, 1905, v. V, pp. 75-103. 

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