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Tesoros de la Santa Iglesia

El bautizo de la campana

Publicado 2009/05/01
Autor : Redacción

Melódica, amistosa y disciplinada, la campana siempre nos recuerda su genuino carácter cristiano.

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 El bautizo de la campana

 

A quién no le gusta escu­char el sonoro timbre de la campana, que desde lo alto del campanario nos invita a elevar la mente al cielo y dirigir una alabanza a Dios?

La campana es una verdadera ma­ravilla de arte por la sencillez de sus líneas, la belleza de sus proporciones y la riqueza de sus notas.

Origen de la campana

campanas.jpgJudíos y paganos conocieron sola­mente el tintinnabulum, la campanilla o cascabel. Esta miniatura de la cam­pana aparece mencionada por prime­ra vez en el libro del Éxodo. Dios or­denó a Moisés entrelazar cascabeles de oro en el borde inferior del man­to de Aarón, el primer Sumo Sacer­dote, y agregó: “Aarón llevará puesto el manto cuando actúe en una ceremo­nia; así, el tintineo de sus cascabeles se escuchará cuando entre en el santua­rio a la presencia del Señor, y también cuando salga. En caso de no llevarlo, morirá” (Ex 28,   35). Eran 72 campa­nillas destinadas a recordar a los hi­jos de Israel que la Ley les había sido dada al son de trompetas.

Griegos y romanos utilizaban los cascabeles en diversos actos civiles y religiosos, desde la inauguración de baños públicos hasta la consagración de algún templo.

En el tiempo de las persecuciones, los cristianos tuvieron que emplear métodos silenciosos para convocar a las reuniones sin llamar la atención de los paganos. Después de Constan­tino, la Iglesia de Occidente comenzó a emplear trompetas para esta fina­lidad, y la de Oriente usaba dos pla­tillos de cobre que se golpeaban uno con otro.

Se desconoce al autor de la cam­pana tal como la conocemos hoy. Se­gún san Isidoro de Sevilla, fallecido el año 636, su origen procede de Cam­pania, en Italia, muy probablemente de la ciudad de Nola.

La campana nació católica

En el tiempo de Carlomagno, que reinó entre los años 768 y 814, las campanas ya eran muy conocidas. A propósito de la solicitud de este sobe­rano hacia los asuntos eclesiásticos, el monje de Saint Gall relata un singular episodio:

“En el imperio de Carlomagno vivía un hábil fundidor que hizo una cam­pana excelente. Apenas lo supo, el em­perador quedó muy admirado. El fun­didor le prometió hacer una mucho más hermosa si en lugar del estaño, le daba cien libras de plata.

“La suma le fue entregada inmedia­tamente, pero el mal hombre usó es­taño en vez de plata, y al poco tiem­po presentó la nueva campana a Car­lomagno. Le gustó al emperador y or­denó que le colocaran el badajo y la le­vantaran hasta el campanario.

“El custodio de la iglesia y los de­más capellanes intentaron hacerla so­nar, pero no pudieron. Al ver esto, el fundidor tomó la cuerda atada al ba­dajo y se puso a tirar, pero el badajo se soltó, le cayó en la cabeza y lo mató.”

Y el monje cronista concluye: “Lo que es mal habido, nunca trae ganancia.”

La campana nació católica; su in­vención quedó reservada a la Iglesia, que la ama como a una hija, al pun­to que incluso la bautiza. No se tra­ta, por supuesto, del bautismo sacra­mental que nos hace hijos de Dios, si­no de un rito de consagración tal co­mo sucede con los vasos sagrados.

La ceremonia del bautizo

El bautizo o bendición de la cam­pana era una ceremonia reservada antaño al obispo, y solamente los sa­cerdotes tenían derecho a tocarla.

Veamos cómo se realizaba anti­guamente.

Era un acto solemne. Los fieles se reunían alrededor de la campana, suspendida algunos metros sobre el suelo. Cerca de ella estaban el agua, la sal, los santos óleos, el incienso, la mirra y el turíbulo encendido. El obispo llegaba con traje pontifical, en compañía del clero y seguido por el padrino y la madrina de la campa­na. Después de cantar siete salmos que exaltan el poder y la bondad del Creador y de confesar, en emocio­nante contraste, la debilidad y nece­sidades del hombre, el obispo ben­decía el agua y rociaba la campana, dándole el poder y la misión de ahu­yentar, en todos los lugares a donde llegara su eco, las potencias enemigas del hombre y de sus bienes: los de­monios, el relámpago, el granizo, los animales dañinos, las tempestades y todos los espíritus de destrucción.

En seguida, los diáconos lavaban la campana con agua bendita por dentro y por fuera, para luego secar­la y recitar junto al obispo seis salmos que convidan a las criaturas a bende­cir al Señor y agradecer sus benefi­cios.

Venían después las unciones tra­zadas por el obispo en forma de cruz con los óleos sagrados: siete por el exterior de la campana con el óleo de los enfermos, como símbolo de los dolores y la muerte del Salvador; y cuatro en el interior con el óleo de la confirmación, para significar la re­surrección de Cristo y las cuatro cua­lidades de los cuerpos resucitados: la agilidad, la claridad, la sutileza y la impasibilidad.

A continuación, el ministro arro­jaba incienso y otros perfumes en el turíbulo y lo ponía debajo de la cam­pana, inundando su interior con una nube fragante.

Los padrinos debían elegir un nombre, correspondiendo siempre a un bienaventurado del cielo. Elegi­do el nombre –san Miguel, por ejem­plo–, el obispo se dirigía a la campa­na: “En honor de san Miguel, que la paz sea contigo de ahora en adelante, queri­da campana”.

El ritual terminaba con el canto del trecho evangélico en que se relata el simbólico episodio de Marta y Ma­ría (Cf. Lc 10,   38-42), una elocuente manera de decir que la campana en­seña a los cristianos la vida activa de Marta, pero sin descuidar la vida con­templativa de María.

Cuando la suban al campanario, su bronce sonoro convocará a los vi­vos, llorará a los muertos, reunirá al clero, dará brillo a las solemnidades. Será el heraldo de Dios, puesto entre el cielo y la tierra.

 

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