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La escena del Huerto se repite...

Publicado 2020/05/29
Autor : Plinio Corrêa de Oliveira

Si perseguir a la Iglesia es perseguir a Jesucristo y si hoy también la Iglesia es perseguida, entonces Cristo es perseguido. La Pasión del Señor se repite de algún modo en nuestros días.

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La escena del Huerto se repite...

Si perseguir a la Iglesia es perseguir a Jesucristo y si hoy también la Iglesia es perseguida, entonces Cristo es perseguido. La Pasión del Señor se repite de algún modo en nuestros días. 

Plinio Corrêa de Oliveira 

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La verdadera piedad debe impregnar toda el alma humana y, en consecuencia, debe también despertar y estimular emociones. Pero no sólo es emoción, ni siquiera principalmente emoción. La piedad brota de la inteligencia formada por un estudio catequético cuidadoso. Comporta un conocimiento exacto de nuestra fe y, por tanto, de las verdades que rigen la vida interior. La piedad genuina reside asimismo en la voluntad, pues exige querer alcanzar seriamente el bien que la inteligencia nos hace conocer. No basta, por ejemplo, saber que Dios es perfecto; necesitamos amar esa perfección y desearla para nosotros en toda la medida de lo posible. En esto consiste el anhelo para la santidad. Nótese que “desear” no significa sentir veleidades vagas y estériles. Sólo queremos seriamente un determinado bien cuando estamos dispuestos a cualquier sacrificio para conseguirlo.

 

¿Qué dar al Señor en los días de su Pasión?

Así, la prueba de que deseamos seriamente amar a Dios y procurar nuestra santificación es la de estar dispuestos a todos los sacrificios para alcanzar esa meta suprema. Sin eso, todo “querer” no es más que ilusión y mentira. Podemos sentir gran ternura en la contemplación de las verdades y misterios de la religión, pero si de ahí no sacamos resoluciones serias y eficaces, de nada valdrá nuestra piedad.

Es lo que se debe decir especialmente en los días de la Pasión del Señor. No nos sirve únicamente acompañar con ternura los distintos episodios de la Pasión. Sería algo excelente; sin embargo, insuficiente. Debemos dar a Nuestro Señor, en estos días, pruebas sinceras de nuestra devoción y amor.

Estas pruebas las damos mediante el propósito de enmendar nuestra vida y de luchar con todas nuestras fuerzas por la Santa Iglesia Católica, Cuerpo Místico de Cristo. Cuando Nuestro Señor interpeló a San Pablo en el camino hacia Damasco, le preguntó: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch 9, 4). El futuro apóstol perseguía a la Iglesia, y Nuestro Señor le dijo que era a Él mismo a quien perseguía.

Si perseguir a la Iglesia es perseguir a Jesucristo y si hoy también la Iglesia es perseguida, entonces Cristo es perseguido. La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo se repite de algún modo en nuestros días.

Meditemos en lo que Cristo sufrió

¿Cómo se persigue a la Iglesia? Atentando contra sus derechos o trabajando para apartar de ella a las almas. Todo acto por el cual se aleja un alma de la Iglesia es un acto de persecución a Cristo.

Toda alma es un miembro vivo de la Iglesia. Por lo tanto, arrancarle un alma a la Iglesia es arrancarle un miembro al Cuerpo Místico de Cristo, es hacerle a Nuestro Señor, en cierto sentido, lo mismo que nos harían a nosotros si nos arrancaran la niña de los ojos.

Si queremos, pues, condolernos con la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo meditemos sobre lo que Él sufrió a manos de sus verdugos, pero no nos olvidemos de todo lo que aún hoy se hace para herir a su divino Corazón.

Ante todo, porque Nuestro Señor, durante la Pasión, previó todo cuanto pasaría después. Previó todos los pecados de todos los tiempos, así que también los de nuestros días. Previó nuestros pecados y por ellos sufrió anticipadamente. Estuvimos presentes en el Huerto como verdugos, y como verdugos seguimos paso a paso la Pasión hasta lo alto del Gólgota.

Arrepintámonos, pues, y lloremos.

La Iglesia, sufridora, perseguida, vilipendiada, está ahí ante nuestros ojos indiferentes o crueles. Está delante de nosotros como Cristo delante de Verónica. Condolámonos con sus padecimientos. Con nuestro cariño, consolemos a la Santa Iglesia por todo cuanto sufre. Podemos estar seguros de que, así, estaremos dando al propio Cristo una consolación idéntica a la que le dio Verónica.

El pecado de la indiferencia para con Dios

Empecemos por la fe. Ciertas verdades referentes a Dios y a nuestro destino eterno las podemos conocer a través de la mera razón; otras, únicamente porque Él nos las enseñó.

En su infinita bondad, Dios se reveló a los hombres en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, enseñándonos lo que nuestra razón no podría desvelar y aún muchas verdades que podríamos conocer racionalmente, pero que la humanidad, por culpa propia, ya no conocía de hecho.

La virtud por la cual creemos en la Revelación es la fe. Nadie puede practicar un acto de fe sin el auxilio sobrenatural de la gracia de Dios. Esa gracia, Dios la da a todas las criaturas y, en abundancia torrencial, a los miembros de la Iglesia Católica como condición de su salvación.

Nadie llegará a la eterna bienaventuranza si rechaza la fe. Es por la fe que el Espíritu Santo habita en nuestros corazones. Rechazarla significa rechazar al Espíritu Santo y expulsar a Jesucristo de nuestra alma.

Pensemos ahora cuántos católicos rechazan hoy en día la fe. Fueron bautizados, pero dejaron de creer por culpa propia, porque nadie pierde la fe sin culpa, y culpa mortal.

Helos ahí que, indiferentes y hostiles, piensan, sienten y viven como paganos y, por eso, su desgracia es inmensa. En ellos está de manera indeleble la señal del Bautismo. Están marcados para el Cielo, pero caminan hacia el Infierno.

En su alma redimida, la aspersión de la sangre de Cristo está marcada, nadie la borrará. En cierto modo es la sangre de Cristo la que ellos profanan cuando en esa alma rescatada acogen principios, máximas y normas contrarios a la doctrina de la Iglesia.

El católico apóstata posee algo de semejanza al sacerdote apóstata. Arrastra consigo los restos de su grandeza, los profana, los degrada y se degrada con ellos. Pero no los pierde.

¿Y a nosotros? ¿Nos importa eso? ¿Sufrimos con eso? ¿Rezamos para que esas almas se conviertan? ¿Hacemos penitencia? ¿Hacemos apostolado? ¿Dónde está nuestro consejo, nuestra argumentación, nuestra caridad? ¿Dónde está nuestra altiva y enérgica defensa de las verdades que ellos niegan o injurian?

El Sagrado Corazón sangra con eso. Sangra por la apostasía de ellos; y por nuestra indiferencia. Indiferencia doblemente censurable, porque es una indiferencia para con nuestro prójimo y, sobre todo, una indiferencia para con Dios.

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¿Coincidencia o conspiración?

¿Cuántas almas, en el mundo entero, van perdiendo la fe? Pensemos en el incalculable número de periódicos impíos, libros impíos, filmes impíos, programas de radio impíos, de los que el orbe se llena diariamente. Pensemos en los numerosos obreros de Satanás que, en las cátedras, en la intimidad de las familias, en los lugares de reunión o diversión, propagan ideas impías.

Con todo ese esfuerzo empleado, ¿quién admite que no va a dar resultado? Los efectos de todo ello están ante nosotros. Diariamente las instituciones, las costumbres, el arte se están descristianizando, indicio innegable de que el mundo mismo va perdiéndose para Dios.

¿Acaso no habrá en todo esto una gran conjuración? Tantos esfuerzos, armónicos entre sí, uniformes en sus métodos, en sus metas, en su desarrollo, ¿serán mero fruto de coincidencias? ¿Dónde y cuándo objetivos desarticulados produjeron articuladamente la más formidable ofensiva ideológica que la Historia conoce, la más completa, la más ordenada, la más extensa, la más ingeniosa, la más uniforme en su esencia, en sus fines, en su evolución? 

Ni pensamos ni percibimos eso; al contrario, dormimos en la modorra de nuestra vida de todos los días. ¿Por qué no somos más vigilantes? La Iglesia sufre todos los tormentos sola. Lejos, bien lejos de ella, echamos una cabezada. Es la escena del Huerto que se vuelve a repetir.

A decir verdad, la Iglesia nunca ha tenido tantos enemigos y, paradójicamente, nunca ha tenido tantos “amigos”.

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Incontable legión de almas tibias

Esa fe que tantos combaten, persiguen, traicionan, gracias a Dios nosotros la poseemos. Sin embargo, ¿qué uso hacemos de ella? ¿La amamos? ¿Comprendemos que nuestra mayor ventura en la vida consiste en ser miembros de la Santa Iglesia, que nuestra mayor gloria es el título de cristiano?

En caso afirmativo —y cuán raros son los que podrían en sana conciencia responder afirmativamente—, ¿estamos dispuestos a todos los sacrificios para conservar la fe? No digamos que sí en un asomo de romanticismo. Veamos fríamente los hechos.

Junto a nosotros no está el verdugo que nos va a poner en la alternativa de la cruz o de la apostasía; pero diariamente la conservación de la fe exige de nosotros sacrificios. ¿Los hacemos? ¿Será bien cierto que para conservar la fe evitamos todo lo que la puede poner en peligro? ¿Evitamos las lecturas que la pueden ofender? ¿Evitamos las compañías en las cuales está expuesta en riesgo? ¿Procuramos los ambientes en los cuales la fe florece y echa raíces? O, a cambio de placeres mundanos y pasajeros, ¿vivimos en ambientes en los que la fe se marchita y amenaza derrumbarse?

Todo hombre por su propio instinto de sociabilidad tiende a aceptar las opiniones de los otros y, en general, en nuestros días las opiniones dominantes son anticristianas. Se piensa contrariamente a la Iglesia en materia de filosofía, de sociología, de historia, de ciencias positivas, de arte, en fin, de todo. Nuestros amigos siguen la corriente.

¿Tenemos el valor de discrepar?¿Resguardamos nuestro espíritu de cualquier infiltración de ideas erradas? ¿Pensamos con la Iglesia en todo y por todo? ¿O nos contentamos negligentemente en ir viviendo, aceptando todo lo que el espíritu del siglo nos inculca, y simplemente porque él nos lo inculca?

Es posible que no hayamos expulsado al Señor de nuestra alma. ¿Pero cómo tratamos a este divino Huésped? ¿Es objeto de todas nuestras atenciones, el centro de nuestra vida intelectual, moral y afectiva? ¿Es el Rey? ¿O nada más que para Él hay un espacio pequeño donde lo toleramos como huésped secundario, insulso, un poco inoportuno?

Cuando el divino Maestro gimió, lloró, sudó sangre durante su Pasión, no lo atormentaban únicamente los dolores físicos, ni siquiera los sufrimientos ocasionados por el odio de los que en ese momento lo perseguían. También lo atormentaba todo lo que contra Él y la Iglesia se haría en los siglos venideros.

Lloró por el odio de todos los malos, de todos los Arios, Nestorios, Luteros, pero lloró igualmente porque veía ante sí el cortejo interminable de las almas tibias, de las almas indiferentes que, sin perseguirlo, no lo amaban como debían.

Es la incontable legión de los que pasaron por la vida sin odio y sin amor, los cuales, según Dante, se quedaban fuera del Infierno porque ni en el Infierno había un lugar adecuado para ellos.


 

Extraído, con adaptaciones, de: Legionário. São Paulo. Año XIX. N.o 764 (30/3/1947); pp. 1; 7. 

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