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Tesoros de la Santa Iglesia

Sueños de las mil y una noches

Publicado 2009/06/01
Autor : Redacción

Quién de nosotros, al menos en los tiempos de nuestra infancia, no imaginó a un maharajá de la India o a una princesa persa, vestidos espléndidamente, adornados con las más finas joyas y perlas, paseando por los aires sobre un tapete volador?

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 Sueños de las mil y una noches

 

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Quién de nosotros, al menos en los tiempos de nuestra infancia, no imaginó a un maharajá de la India o a una princesa persa, vestidos espléndidamente, adornados con las más finas joyas y perlas, paseando por los aires sobre un tapete volador? ¿Un tapete que obedeciese a la voz de mando de su noble dueño y que se elevase a los cielos con elegancia y levedad? Si es cierto que los tapetes no poseen la capacidad de volar, no es menos cierto que ellos tienen un poder precioso: el de llevar la sensibilidad humana a viajar por los altos páramos del mundo de lo bello.

¿Cuándo comenzó la historia de la tapicería? Es imposible saberlo. No hay registro en los anales de la Historia, de quien fue aquel en cuya alma Dios encendió por vez primera el deseo de entrelazar hilos de colores para producir algo tan bello. Sin embargo, se puede decir que ese anónimo personaje fue – para quien sabe ver las cosas – uno de los grandes bienhechores de la humanidad.

Acomodándonos confortablemente sobre un imaginario tapete volador, retrocedamos cuarenta siglos, para intentar conocer un poco de la historia de esas maravillas creadas por el hombre para adornar pisos y paredes, alegrar la vista y extasiar las mentes.

Caminando por los países del medio Oriente y del Norte de África, encontraríamos lindos tapetes en distintos lugares. Varios indicios históricos permiten ver en qué medida los tapetes hacían parte de la vida diaria de diversos pueblos, inclusive nómadas.

Por pinturas encontradas en tumbas egipcias, se puede constatar que, alrededor de 2.000 a. de C., ya existía en el país el arte de la tapicería. También nos deparamos con referencias a él en la “Ilíada” de Homero, y en varios autores clásicos. En la Sagrada Escritura, el arte de tejerlos es mencionado desde el Éxodo.

La pieza más antigua que se conoce, descubierta en los montes Altai, en el sur de Siberia, data del año 500 a. de C., y es sorprendentemente parecida con los tapetes de hoy. Admirable es el grado de perfección que la tapicería fue conquistando desde entonces, sobretodo en Persia.

La gran riqueza y variedad de diseños, combinada con la inmensidad de colores, forma piezas tan bellas que podríamos preguntarnos: “¿Son realmente para pisar?” De hecho, el encanto producido por los tapetes en los nobles europeos era tan grande que, no contentos con colocarlos en el piso de sus palacios, ellos los utilizaban como manteles para sus mesas de reunión.

Es interesante notar cómo los colores asumen un papel más que decorativo y que, en cada tapete, dependiendo de la combinación, se expresa admirablemente toda una concepción de las bellezas creadas por Dios.

A eso sumamos el esmerado trabajo de tejer, que envuelve al mismo tiempo mucha técnica y una materia prima cuidadosamente preparada: lana, seda, y algodón, además de tintas naturales que, con el pasar de los siglos, fueron perfeccionándose, hasta alcanzar las incontables tonalidades actuales.

Nosotros que acabamos de atravesar el conturbado siglo XX, tan lleno de innovaciones tecnológicas y en el cual la máquina asumió cada vez más espacio en la vida de todos, difícilmente creeríamos que, durante el siglo XVI – considerado la época del apogeo de la tapicería en Irán – la confección de una auténtica pieza persa pudiese tardar hasta cinco años. Eso porque, en las hábiles manos de los artesanos, cada nudo era dado con gran exactitud y los diseños eran cuidadosamente elaborados. En cada una de las seis regiones de Asia donde la tapicería se desarrolló de forma relevante – Persia, Turquía, Cáucaso, Turkistán, India y China – los tapetes fueron adquiriendo peculiaridades propias e hicieron trasparecer en diferentes matices, aspectos de cada lugar y, más aún, de cada pueblo. Quizás la Providencia haya colocado en el alma de estos pueblos, capaces de tal arte, algo que, reflejando sus perfecciones,

brillará de manera especial cuando ellos se conviertan a Cristo Nuestro Señor y sus almas fueren trabajadas por la gracia del Bautismo.

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