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Milagros Eucarísticos

Súplica atrevida, portentosa recompensa

Publicado 2009/03/25
Autor : Redacción

Por tener mucha fe, confianza y persistencia, obtuvo lo que pedía. Todo un ejemplo para cuantos quieran ser ayudados. ¿Y quién no lo quiere?

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 Súplica atrevida, portentosa recompensa

 

París, 31 de mayo de 1725. Por las calles engalanadas del “Faubourg Saint Antoine”
se movía la procesión del Santísimo Sacramento. De pronto, un suceso inesperado suplica.jpgturbó la solemnidad del acto. A la puerta
de su casa, una mujer visiblemente postrada por alguna enfermedad se separó de las amigas que la sostenían en pie, e intentó arrodillarse ante el Dios Sacramentado que pasaba.

El resultado fue desastroso: cayendo al suelo, se vió reducida a la humillante situación de tener que apoyarse en las rodillas y las manos. Indiferente a todo, mirando fijamente la blanca hostia, la enferma suplicaba en voz alta: “¡Señor, si quieres puedes curarme!”

Algunas personas compasivas dieron muestras de querer ayudarla, pero ella no les prestó atención.

“¡Señor –insistió– , eres el mismo Jesús que devolvió la salud a tantos enfermos en su vida terrena! ¡Perdona mis pecados y quedaré curada!”

Viendo que pasaba el Santísimo Sacramento, empezó a andar a gatas, sin dejar de gritar: “¡Jesucristo, cúrame!”

–Pobrecita, debe estar loca– comentaban algunos. –O borracha… –murmuraban otros. Unos más, otros menos, a todos les escandalizaba ver el espectáculo de una mujer que se arrastraba y gritaba sin cesar. Y la presionaban para que se fuera. Pero no había nada capaz de detenerla. “¡Déjenme en libertad para seguir a mi Dios!” , respondía a los que la enfrentaban. Y siguió adelante, gritando su súplica: “¡Señor, perdona mis pecados y seré curada!” ¿Quién era la heroica protagonista de esa escena dramática, capaz de rivalizar con los episodios del Evangelio?

Fe recompensada

Era una mujer cuya fe fue puesta a prueba y recompensada con un maravilloso prodigio, que sirve de ejemplo a todos cuantos lo conocen.
Su nombre era Ana, esposa del carpintero Delafosse, tenía 45 años y era una mujer de vida ejemplar y piedad edificante.
Sufría una hemorragia que venía agravándose por dos décadas, hasta llegar al punto en que los médicos creyeron peligroso e inútil proseguir el tratamiento.
Los últimos meses su extenuación no le permitía caminar siquiera con muletas.
Los dolores hacían la convalecencia en cama algo insoportable, y necesitaba ser cargada hasta un sofá.
Su lamentable estado era público y notorio en el Fabourg Saint-Antoine y en varios otros barrios de París.

Reducida a tal extremo, Ana decidió acudir directamente a Nuestro Señor Jesucristo cuando la procesión del Santísimo Sacramento pasara frente a su casa. Llegado el día y la hora, pidió que la llevaran hasta la puerta, en donde permaneció sostenida por dos caritativas amigas.

Cuando una de ellas le dijo: “Está llegando el Santísimo Sacramento”, se soltó de sus brazos e intentó arrodillarse por sí sola. Entonces tuvo lugar el conmovedor incidente antes descrito.

Persistencia recompensada

Lejos de abatirse por la presión de la gente que quería sacarla de la pro cesión, Ana Delafosse se sintió fortalecida de pronto y pudo ponerse de pie. Entonces gritó aún más fuerte: “¡Señor, dame la gracia de entrar a tu iglesia, y seré curada!”

Esto dicho, pidió a quienes la ayudaban que la dejaran libre, pues quería caminar por sí sola. Ante la estupefacción general, pudo hacerlo sin el socorro de nadie, pero perdiendo una gran cantidad de sangre.

Siguió a la multitud hasta la parroquia de Santa Margarita María, donde concluía la procesión.
Frente al pórtico de la iglesia, Ana Delafosse intensificó sus oraciones: "¡Señor, no permitas que entre al lugar santo sin estar completa mente sana!"

Los circundantes observaban cada vez con más respeto y admiración a esa mujer sufriente, confiada y audaz en sus súplicas.

En el preciso momento en que traspuso el umbral del sacro edificio, sintió que se secaba la fuente de la hemorragia.
Sin ayuda asistió a la larga misa solemne durante casi dos horas, ya sea de pie o de rodillas. Luego se acercó al sagrario y quedó sumida en oración por algún tiempo más. Cuando finalmente regresó a casa, caminando por sus propios medios, traía consigo una muchedumbre que aclamaba a Dios por haber dado una prueba tan magnífica de su poder y bondad.

La feliz Ana no pudo menos que sonreír viendo el pasmo de sus parientes, que aún la esperaban con el sillón para cargarla hasta su lecho de enferma desahuciada...
No habiendo presenciado el milagro, no podían esconder su asombro al verla subir la escalera y caminar por la casa como si nunca hubiera estado enferma.

Testigos libres de toda sospecha

La noticia del prodigio se esparció por toda la ciudad. Uno de los primeros en saberlo fue el Dr. Prouhet, cirujano que la había tratado durante quince años seguidos.

“No lo creo a menos que yo mismo la vea caminando” , afirmó, y fue a verificarlo con sus propios ojos.

Viéndolo llegar a casa, su ex paciente se levantó y fue a recibirlo, diciendo: –Mi querido doctor, ¡un médico mucho más poderoso acaba de curarme! Emocionado, el experimentado cirujano no dudo más del milagro, pues la piadosa mujer bajó la escala junto a él y lo acompañó a la puerta de calle, moviéndose con la agilidad de una joven saludable.
Dos ilustres contemporáneos registraron sus declaraciones exentas de sospecha. El abogado Barbier anotó en sus memorias: “Tuvimos en París, en la procesión del Corpus Christi, un milagro tan auténtico que hasta yo me veo obligado a creer en él, lo que no es poca cosa” (Diario de Barbier, tomo I, p. 119).

Y el impío Voltaire, habiendo atestiguado el hecho, declaró a su favor con motivo de la investigación promovida por la autoridad eclesiástica, como lo comenta en una carta a Mme. de Bernières: “El milagro del ‘Fabourg Saint-Antoine' me dio un pequeño barniz de devoción. Fui citado en el decreto. Fui invitado al Te Deum cantado en acción de gracias por el cura de la Sra. Delafosse”.

Pronunciamiento de la autoridad eclesiástica

Habiendo tomado conocimiento del milagro, el Cardenal Noailles, Arzobispo de París, promovió una larga investigación.
Las informaciones y declaraciones de sesenta testigos confirmaron la veracidad de lo ocurrido: la Sra. Delafosse, sufriendo una molestia que se agravaba día a día, cuyo tratamiento era ya inútil y hasta peligroso, quedó curada por completo en un solo instante, al punto de parecer que siempre hubiera gozado de perfecta salud.

Con este veredicto, el Cardenal Arzobispo Noailles emitió un decreto de reconocimiento al milagro, y determinó que todos los años, el domingo de la octava de la fiesta de Corpus Christi, se realizara una conmemoración litúrgica en la Iglesia de Santa Margarita María.

 

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