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Milagros Eucarísticos

El Corazón que tanto nos amó

Publicado 2009/06/17
Autor : Redacción

Milagro Eucarístico de Lanciano.

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 El Corazón que tanto nos amó

 

milagro.jpgUna hermosa y soleada mañana del año 750 las campanas de la pequeña ciudad de Lanciano repicaban con alegría, llamando a los habitantes a misa en la iglesia de san Longinos, el oficial romano que traspasó el corazón de Jesús con la lanza.

Sin embargo, el celebrante, un monje de la orden de san Basilio, no compartía el alborozo general. Hacía tiempo ya que lo asaltaba una fuerte duda: ¿estaría Nuestro Señor real y sustancialmente presente en la Eucaristía?

Aun cuando oraba sin tregua, suplicando a Dios que reavivara su fe, el terrible pensamiento lo atormentaba.

Cada celebración del Santo Sacrificio de la Misa renovaba su amargura, pues era el instante en que arreciaba con más fuerza la tentación.

Aquí está la Carne y la Sangre de nuestro amantísimo Salvador

Aquella mañana, el pobre monje se revestía con los paramentos sagrados mientras sentía su corazón más hundido que nunca en la oscuridad de la duda.

Sin embargo, llamado por el deber, subió los peldaños del altar y comenzó la celebración.

En la hora de la consagración pronunció tan claras como siempre las solemnes palabras: “Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”… “Este es el cáliz de mi Sangre”… Pero se detuvo, asaltado por la violenta incertidumbre.

¿De verdad era Nuestro Señor Jesucristo, presente bajo las apariencias del minúsculo pedazo de pan y las pocas gotas de vino?

En ese preciso instante, vio asombrado que la blanca hostia se transformaba en un pedazo de carne y el vino en sangre real, la que se coaguló y dividió en cinco fragmentos de forma irregular y de distintos tamaños.

Muy asustado al comienzo, después lleno de alegría, el privilegiado monje permaneció cierto tiempo como en éxtasis y luego, derramando lágrimas de gratitud, se volvió hacia los fieles para exclamar: –¡Bendito sea Dios, que para destruir mi incredulidad quiso manifestarse en este Santísimo Sacramento y hacerse visible a mis ojos!

¡Vengan, hermanos, a contemplar! ¡Aquí está la Carne y la Sangre de nuestro amantísimo Salvador!

Los incrédulos recobran la fe; los tibios, el fervor

Al comprobar el milagro, todos se arrodillaron llenos de respeto y adoración, clamando perdón y misericordia, creyéndose indignos de presenciar una tan emocionante manifestación sobrenatural.

Desde un comienzo las autoridades religiosas reconocieron la autenticidad del milagro. La noticia se esparció por la ciudad y los poblados vecinos. De todas partes llegaron peregrinos anhelando observar y adorar la Carne y la Sangre de Cristo; en poco tiempo, Lanciano se convirtió en el lugar donde muchos incrédulos renacían a la fe y cristianos entibiados recuperaban el fervor en su devoción a la Sagrada Eucaristía.

Situaciones de peligro e incertidumbre

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Los monjes que ocupaban la iglesia de san Longinos dejaron Lanciano en el siglo XII, pasando el convento a manos de los benedictinos. A su vez, éstos fueron sustituidos en 1253 por frailes franciscanos conventuales, los que reconstruyeron la iglesia en 1258 y la dedicaron a san Francisco de Asís.

Hasta hoy las sagradas reliquias se conservan en esa iglesia. La Carne está expuesta en un artístico ostensorio de plata finamente labrada; y la Sangre, coagulada y dividida en cinco fragmentos, está puesta en una especie de cáliz de cristal de roca. Diversos documentos corroboran la veneración de que han sido objeto, y la costumbre de llevarlas en procesión en momentos de graves y urgentes necesidades.

Pero a lo largo de los siglos, las reliquias atravesaron situaciones de peligro e incertidumbre. En agosto de 1566, con motivo de las invasiones turcas en aquella región italiana, un fraile franciscano llamado Giovanni Antonio di Mastro Renzo temió por el riesgo a que se exponía el precioso tesoro, así que tomó el relicario y partió a un lugar más seguro. Pero luego de haber caminado toda la noche, verificó sorprendido que se encontraba aún a las puertas de Lanciano; comprendió, entonces, que él y sus hermanos de hábito debían permanecer en la ciudad para custodiar las reliquias.

La ciencia no logra explicar el prodigio

Rigurosas pruebas científicas realizadas por dos peritos italianos en 1970, demuestran de manera inequívoca que se trata de carne y sangre tomadas de un ser humano vivo, no de un cadáver; la carne proviene de un corazón y la sangre pertenece al grupo AB, el mismo del hombre del Santo Sudario de Turín. En 1973, una comisión científica nombrada por la Organización Mundial de la Salud confirmó las conclusiones de los especialistas italianos. Y en 1976 fue publicado un resumen de los trabajos de dicha comisión, donde se declara que la ciencia, conocedora de sus límites, se detiene frente a la imposibilidad de brindar una explicación al prodigioso hecho.

Se tratan, sin duda, de reliquias del propio Corazón de Jesús que Longinos atravesó con su lanza.

Una gracia aún mayor nos fue concedida

¡Conmovedora muestra del amor divino!

La historia de este portentoso milagro debe llenarnos de confianza en el misericordioso Corazón de un Dios hecho Hombre, que se deja esconder bajo las especies del pan y del vino y se da a nosotros como alimento cada día.

Ya sea como prisionero en el tabernáculo o expuesto en un rico ostensorio, tanto en humildes capillas rurales como en grandiosas catedrales, ahí estará Él a nuestra espera, deseoso de escuchar, de consolar, de perdonar…

Jesús puede transformar en un instante nuestras pobres y frágiles almas como lo hizo con ese atormentado monje, cuyas súplicas llenas de aflicción fueron atendidas con una superabundancia de gracias.

Nuestro Señor, sin embargo, quiso concedernos una gracia aún mayor.

Nosotros no vimos ni tocamos la Carne y la Sangre, sólo vemos el pan y el vino. Pero si creemos con una fe robusta y ardorosa en ese misterio inefable, Él mismo nos prometió una inmensa recompensa: “Bienaventurados los que sin ver, creyeron” (Jn 20,29).

El testimonio de la ciencia actual

Como antaño el apóstol Tomás, innumerables hombres de nuestro siglo están siempre propensos a adoptar una postura escéptica frente a las maravillas de la religión. Quieren pruebas.

Y muchas veces Dios consiente en darlas de manera irrefutable, como el Santo Sudario de Turín o la Virgen de Guadalupe estampada en el rústico manto del indio Juan Diego.

El milagro eucarístico de Lanciano es una de estas manifestaciones de la divina bondad.

Un pedazo de carne y cinco fragmentos de sangre solidificada han sido guardados ahí desde hace más de doce siglos. Una tradición multisecular, corroborada por importantes documentos, certifica que se trata de la Carne y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, productos de la hostia y del vino consagrados el año 750.

¿Pero qué valor tienen esa tradición y esos documentos para el hombre escéptico de nuestros días? Vale la pena conocer el pronunciamiento de la ciencia actual.

La opinión de un reconocido científico

En los años 1574, 1637, 1770 y 1886, las reliquias fueron objeto de investigación por parte de especialistas, con los deficientes recursos técnicos de cada época. En 1970 el arzobispo de Lanciano, Mons. Perantoni, y el Provincial de los franciscanos conventuales de Abruzzos, decidieron someterlas a un nuevo y riguroso examen científico.

La tarea fue confiada al Dr. Eduardo Linoli, profesor de anatomía, de histología, de química y de microscópica clínica, secundado por el Prof. Ruggero Bertelli de la Universidad de Siena.

El Dr. Linoli extrajo fragmentos de las sagradas reliquias en noviembre de 1970 para realizar análisis de laboratorio.

Cuatro meses más tarde presentó un informe detallado de las diferentes pruebas efectuadas, cuyas conclusiones resumimos brevemente.

No se puede negar que se trata de carne verdadera de un corazón humano, constituido por tejido muscular estriado del miocardio. La sangre también es verdadera, de naturaleza humana.

Ambas (carne y sangre) pertenecen al grupo sanguíneo AB.

Este dato fue complementado por el propio Dr. Linoli el pasado mes de mayo en una entrevista a la agencia católica Zenit, declarando que “el grupo sanguíneo es el mismo del hombre del Santo Sudario de Turín, y es particular porque tiene las características de un hombre que nació y vivió en zonas del Medio Oriente” .

Las proteínas contenidas en la sangre se dividen con normalidad en proporciones porcentuales idénticas a las de la sangre fresca común.

Y no hay indicios de sal o sustancias conservantes utilizadas en la antigüedad para la momificación.

El Prof. Linoli descarta también la hipótesis que el pedazo de carne se haya extraído del corazón de un cadáver, aclarando que solamente una mano especializada en disección anatómica podría haber hecho un corte uniforme en una víscera cóncava, y tangencial a la superficie de esa víscera.

Además, si se hubiera extraído la sangre de un cadáver se habría alterado rápidamente por delicuescencia o putrefacción.

Conclusiones confirmadas por una comisión de la OMS

El informe del Prof. Linoli fue publicado en Quaderni Sclavo in Diagnostica (1971, fasc. 3, Imprenta Meini, Siena) y despertó un gran interés en el mundo científico.

En 1973, el Consejo Superior de la Organización Mundial de la Salud nombró una comisión científica para comprobar las conclusiones del médico italiano. En 15 meses de trabajo efectuó un total de 500 exámenes, y finalmente confirmó los resultados publicados por el Dr. Linoli. En cuanto a la naturaleza del pedazo de carne, la comisión declaró que se trataba de un tejido vivo porque respondía rápidamente a todas las reacciones químicas propias a los seres vivos.

Reconoció también que la conservación de las reliquias durante más de doce siglos no tiene explicación científica.

Así, cuando la ciencia fue llamada a pronunciarse, brindó un sólido respaldo a la autenticidad del Milagro Eucarístico de Lanciano.

 

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