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La Palabra de los Pastores

El silencio y el encuentro con Dios

Publicado 2009/12/28
Autor : Mons. Orani João Tempesta, OCist

Vivimos en un mundo rodeado de ensordecedores ruidos de una cultura que intenta huir de sí misma para olvidarse de los problemas del día a día. Sin embargo, el silencio es necesario para nuestro equilibrio y, sobre todo, para encontrarnos con Dios.

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Mons. Orani João Tempesta, OCist
Arzobispo de Río de Janeiro

 

A la vez que se regulariza cuántos decibelios podemos aguantar o la hora en la que los aeropuertos cercanos a las ciudades pueden liberar el tráfico aéreo durante la madrugada, observamos, por otra parte, como hay un aumento cada vez mayor del alboroto ensordecedor de la cultura que, al intentar huir de sí misma, se refugia con frecuencia en el sopor de una situación que la lleva a buscar olvidarse de los problemas cotidianos.

Una sociedad esclava del bullicio y de la agitación

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Mons. Tempesta, tras recibir el palio
de las manos de Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro, en
junio del año pasado

Vivimos en un mundo rodeado de sonidos y de ruidos y por eso es muy difícil experimentar el silencio. Si no, que lo digan los que comparten sus viviendas con vecinos barulleros; o esa costumbre nuestra de estar oyendo siempre uno o más aparatos electrónicos al mismo tiempo, para no pensar demasiado en la vida y desviar nuestra atención de las amarguras del día a día.

Nos vemos impulsados por la incesante búsqueda del dinero; corremos sin parar para acumular bienes, y en esta búsqueda nos encontramos envueltos en el ruido de los vehículos, máquinas, fax, timbres, altavoces, radio, televisión, teléfonos móviles, músicas estridentes, agitaciones y gritos. Días atrás, con aquel apagón que hubo en gran parte de Brasil, muchos se quedaron sin saber qué hacer, sin poder conectarse a Internet, ni ver la televisión, ni siquiera usar el móvil.

Hemos olvidado la conversa ción en familia y, mucho más aún, el silencio.

Es interesante analizar como nos hemos hecho esclavos de los sonidos y como parece que la gente tiene necesidad del bullicio. ¡Cuántos se quedan como anestesiados por el ruido de baterías, guitarras, gritos y agitaciones que les envuelve el cuerpo y el alma!

Dios se manifiesta en la tranquilidad

Existe la desconfianza de que si continuamos en esta dirección empezaremos a caminar hacia la sordera aún más temprano. Pero, lo queramos o no, el silencio es necesario para nuestro equilibrio y, principalmente, para encontrarnos con Dios y con nosotros mismos.

Todos conocemos el paso de Dios en la vida del profeta Elías: sopló un viento huracanado, pero Dios no estaba ahí; después hubo un terremoto y Dios no estaba ahí; se encendió un fuego y tampoco Dios estaba ahí; después “se oyó” el rumor de una brisa suave y Dios se manifestó al profeta, quien ante la presencia del Señor se cubrió el rostro con su manto (cf. 1 R 19, 11-13).

Jesús es muy claro cuando nos enseña la necesidad de la oración interior: “Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando recéis, no habléis mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagáis como ellos, porque el Padre que está en el Cielo sabe bien qué es lo que os hace falta, antes de que se lo pidáis” (Mt 6, 6-8).

Estas son palabras divinas que destacan la importancia del silencio para que la figura del Padre pueda resplandecer en nosotros.

Es por eso que Jesús aconseja: cerrar la puerta de la habitación, decir pocas palabras, o sea, permanecer en silencio ante su presencia.

El silencio es esencial para que Dios resplandezca

Fray Ignacio Larrañaga (fundador de los Talleres de Oración y Vida, que estuvo recientemente en Brasil), en su libro Adorar a Dios en Espíritu y Verdad (Ed. Paulinas, 1983, p. 190), sobre eso decía: “Quedarse con el Padre significa establecer una corriente atencional y afectiva con Él, una apertura mental en la Fe y en el amor. Mis energías mentales (lo que yo soy como conciencia, como persona) salen de mí, se proyectan en Él y quedan en Él. Y todo mi ser permanece quieto, concentrado, compenetrado, paralizado en Él, con Él”.

Ese estar con el Padre no es otra cosa que la oración de quietud, en la que hay plena alegría tan sólo por encontrarnos ante nuestro Dios y Padre.

Los grandes místicos, como San Juan de la Cruz, San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, siempre han dicho que el silencio es esencial para que Dios resplandezca.

San Benito, patriarca de los monjes de Occidente, en su Regla pone al silencio como una realidad normal en la comunidad monástica que, junto con la Lectio Divina , vida en comu nidad, la Liturgia, unidad en la comunidad y con el abad lleva a la paz interior y crea un ambiente orante en la comunidad. San Bernardo también adopta idéntico camino, incluso en sus quehaceres fuera del monasterio.

El silencio externo ayuda a entrar en el silencio interior

Una de las recomendaciones que los predicadores de ejercicios espirituales dan es la de aprovechar siempre el tiempo para que el silencio externo ayude a entrar en el silencio interior, o que el silencio interior ayude a vivir externamente en el silencio, procurando hablar sólo aquello que edifique y sea de provecho para la vida en Cristo y la fraternidad entre nosotros.

En estas dos semanas en las que dos grupos de nuestro clero arquidiocesano se han ido de ejercicios, para dedicar un tiempo a la revisión de vida, a la oración y a compartir dentro de este Año Sacerdotal, uno de los pasos importantes será, sin duda, ese encuentro con Dios en el silencio de nuestros corazones.

También podrían ser así nuestras vidas que necesitan ese equilibrio de silencio, que grita paz y fraternidad y nos hace aún más animados en la tarea de discípulos misioneros. El silencio cristiano está lleno de la Palabra de Dios e ilumina nuestras vidas.

Es tan importante que, incluso en la Liturgia, cuando nos hacemos más adultos en las celebraciones, entendemos que los momentos de silencio serán importantes para acoger las presencias de Cristo en los varios momentos de la celebración.

En la búsqueda del silencio cristiano, que nos lleva a la contemplación de las verdades eternas, y en la búsqueda del rostro de Dios debemos concienciarnos de la importancia del silencio en la oración y en la vida. ²

 

(Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, Artículos de los Obispos, 12/11/2009)

 

 

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