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Cuentos para niños

El lisiado se dirige al Papa

Publicado 2009/08/01
Autor : Redacción

En una solemnidad en la que el Sumo Pontífice saldría en procesión por las calles de Roma, el piadoso lisiado se colocó en una esquina, la más cercana posible al lugar por donde él pasaría.

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Arrastrándose con dificultad y dejando señales en el camino con la sangre que brotaba de sus heridas, llegaba el pobre Gilla a las puertas de la catedral de Londres. Con lluvia o con buen tiempo, él nunca faltaba a la Santa Misa, porque su fe era mayor que sus tormentos. Él nació con los nervios atrofiados, y además sufría una terrible enfermedad en la piel. No tenía manera de ganarse el pan y ningún pariente próximo que le ayudase.

Era un día solemne, y Gilla vio al celebrante subir al altar con unos bonitos paramentos blancos, mientras el coro cantaba en gregoriano “Tu es Petrus”.

Era el día veintidós de febrero, fiesta de la Cátedra de Pedro. En la homilía, el celebrante discurrió profusamente sobre el poder de las llaves conferido al Papa por el Divino Maestro. El pobre hombre asistía a todo con mucho fervor y atención. Terminada la ceremonia, se despidió de la maternal imagen de la Virgen que estaba en el lateral de la catedral y salió meditando:

— ¡Qué belleza! ¡Hoy festejamos al dulce Cristo en la tierra!¡Cuántos quedaron curados únicamente por haber sido bañados por la sombra de Jesús!

Si yo viviese en aquella época... Pero Él se ha ido al cielo, dejó un representante entre nosotros y le dejó las llaves del Cielo y de la Tierra... ¿Quién sabe si yendo hasta Roma consigo del Papa el milagro de mi cura?

Animado por esas reflexiones, conversó con el párroco y algunas personas piadosas de Londres, consiguiendo que lo colocasen en un barco con destino a Francia. “De allá —pensó él— Dios conseguirá conducirme a Roma”.

Después de desembarcar en Francia, pasó el día rezando y pidiendo por caridad que alguien lo llevase hasta la Ciudad Eterna.

Después de tres días de intensa oración y frustradas tentativas, pasaron cerca de él unos mercaderes que iniciaban la vuelta a Italia, después de haber realizado un buen negocio.

Viendo al pobre llagado pedir con tanta insistencia y por el amor de Dios que lo llevasen hasta el Papa, aceptaron transportarlo en su carroza, vacía por la venta de las mercancías que transportaba.

Fue un largo y penoso viaje. Cada movimiento del vehículo en las precarias carreteras le provocaba un terrible un dolor. Resignado y contento, él ofrecía todo a la Santísima Virgen, y ponía sus esperanzas en el tan ansiado encuentro con el Papa.

Llegando a Roma, estuvo atento a la espera de una oportunidad para aproximarse del dulce Cristo en la Tierra. En una solemnidad en la que el Sumo Pontífice saldría en procesión por las calles, el piadoso mendigo se colocó en una esquina, la más cercana posible al lugar por donde él pasaría. El Papa, al ver al pobre llagado, se llenó de compasión. Mandó que lo aproximasen a él, como un verdadero padre, le preguntó:

— Hijo mío, ¿qué deseas?

— Vengo de Londres, Santidad, para imploraros mi curación. Desde pequeño tengo los miembros atrofiados y además sufro esta terrible enfermedad.

— ¡Confianza! Tienes en tu país un rey piadoso, al que yo aprecio mucho.

Vas a pedirle que te lleve montado en sus hombros desde el gran palacio de Westminster hasta la Catedral.

De este modo yo te garantizo que Dios obrará el milagro.

La providencia le pedía a aquél hombre una vez más una prueba de fe. Emprender delisiado.jpg vuelta todo el difícil viaje, en el mismo estado de invalidez, y presentarse al rey para hacerle esta propuesta... sin embargo, él no se arredró, no reclamó y, de nuevo, fue pidiendo, ahora a éstos, ahora a aquellos, que lo transportasen trecho a trecho el camino de vuelta. Al final de mil aventuras y sufrimientos, consiguió el mendigo llegar a la capital de Inglaterra. Se fue arrastrando hasta las puertas del palacio y ahí dijo que traía un mensaje del Papa. Los guardias reales, que ya pensaban en expulsarlo, resolvieron antes preguntar al rey Eduardo, el Confesor:

— Majestad, ahí fuera se ha presentado un mendigo de aspecto horrible y cubierto de llagas, que insiste en hablar con vos. Afirma tener un mensaje del Papa.

— Háganlo entrar. ¿Qué es el rey sino el padre de los pobres y el protector de los débiles?

Una vez introducido en la noble sala del palacio se encontró con el rey en toda su grandeza, sentado en el trono y con la diadema real. Era resplandeciente su majestad, y al mismo tiempo, su bondad y afabilidad.

El mendigo hizo una reverencia y con toda confianza dijo al rey:

— Señor, acabo de llegar de Roma donde el Papa me prometió que vos me curaríais.

— Pero, ¿Cómo puedo hacer eso? ¿No os dio alguna indicación más?

— Si, dijo que si vos me cargabais en vuestros hombros desde el palacio hasta la catedral, Dios obraría el milagro.

¡Piedad, oh rey, tened compasión del último de vuestros súbditos!

— Como no, hijo mío. ¡Suba y vamos! Sonaron las trompetas, los guardias se alinearon: ¡el rey va a salir!

Los súbditos se amontonaron en las calles para ver pasar el carruaje real. Sin embargo, un estremecimiento general recorrió la multitud: no veían el carruaje dorado tirado por los ágiles caballos traídos de España, pero sí un pobre trapo humano montado sobre el rey. Las murmuraciones comenzaron:

— ¿Quién es ese mendigo miserable que monta a nuestro monarca?

— ¡Esto es un desatino! ¿Cómo ha osado hacer esto?

— ¡Qué loco! ¿Cómo lo permitió el rey?

Al rey y al mendigo no les importaba lo que decían. Ambos iban compenetrados y rezando juntos, pidiendo el milagro.

El pueblo asombrado formaba largas filas detrás del monarca, curioso por saber cómo terminaría tan inusitado espectáculo. En el camino, las vestiduras reales se iban manchando de pus y de la sangre que fluía de las heridas del mendigo.

Y el pobre ya iba sintiendo algunos movimientos más libres en sus extremidades...

Cuando llegaron al templo, bajo la expectación general, se dirigieron hasta el altar y el rey dejó su precioso fardo en el suelo. Éste, con todos sus miembros ya curados y su piel limpia como la de un bebé, inmediatamente se arrodilló y, llorando de alegría, pidió la bendición al soberano. El rey lo levantó y, abrazándolo, dijo:

— Hijo mío, agradezcamos juntos a Dios este gran milagro, con que Su Divina clemencia se dignó favorecernos hoy.

Y toda la multitud, encabezada por su Majestad y por el pobre Gilla, asistió fervorosamente a la misa solemne, en la cual agradecieron a Dios un tan buen Papa y un tan buen rey.

¡Esta es una bella historia que orna la corona celestial de San Eduardo, el Confesor, noble hijo de la Santa Iglesia!

 

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