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Cuentos para niños

Osadía maternal

Publicado 2009/11/01
Autor : Redacción

Al amparo de la noche, la angustiada condesa se dirigió a la catedral. Se arrodilló delante de la Virgen, rezó unos momentos… y llevó a cabo su atrevida resolución.

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Osadía maternal

 

Repasando antiguas revistas, llegué a unas páginas ya amarillentas donde se contaba la his­toria de un pequeño condado perdi­do entre las montañas de Europa, que en medio de las turbulencias del siglo XVII se ufanaba de llevar décadas go­zando la más perfecta paz.

Comienza el interesante rela­to contando cómo buena parte de la población se encontraba reunida en la majestuosa catedral. Era misa de domingo. Las vidrieras filtraban en mil colores el sol veraniego. Lle­gado el momento oportuno, el vie­jo obispo leyó las intenciones de la misa; la última de ellas era siempre la misma:

–Señor, aparta de los hogares de nuestro condado las calamidades de la guerra.

Una comadrona sentada en la primera fila murmuró entonces a su vecina:

–¿No te lo dije? Siempre repite la misma intención. ¡Qué exagera­do!

El obispo, aunque entrado en años, conservaba el oído fino y con­testó:

–Muchos no dan el debido valor al don de la paz porque jamás cono­cieron los terribles sufrimientos de la guerra.

Sin embargo, estas sabias pala­bras no causaron mayor efecto en la numerosa asamblea reunida bajo las bóvedas de la gran catedral. Era gente que ya no sabía apreciar debi­damente la paz que disfrutaba.

Una excepción a la indiferencia general era la condesa Alicia, que oía atentamente las palabras del obispo. Un duelo, tan común en esa época, la había dejado viuda cinco años atrás. Desde ese día, todo el amor de su corazón lo volcaba en el único hijo que la Providencia le ha­bía dado.

Consciente del dolor que causa la pérdida de un ser querido, estre­chó al pequeño Gerardo junto a sí, mientras su mirada suplicante bus­caba la imagen de María: “¡Oh Ma­dre Santísima, aparta de nosotros el flagelo de la guerra! ¡Ya perdí a uno, que no pierda al otro!”

* * *

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Pasaron 15 años… ¡Ah, desdicha! Ni los temores de la afligida madre ni los insistentes ruegos del piadoso obispo fueron suficientes para ale­jar del condado el mal que ambos tanto temían.

La riqueza de la región y el des­cuido de sus habitantes alimentaron las esperanzas de un codicioso rey vecino por conseguir una conquista fácil y rentable. Así, cuando menos lo esperaban, se vieron obligados a empuñar las armas en defensa de su libertad y su tierra.

Antes del comienzo de las hosti­lidades, se celebró una última mi­sa en la catedral, repleta como na­die recordaba haberla visto. En el primer banco estaba la condesa y a su lado Gerardo, convertido ahora en un gallardo oficial de imponen­te uniforme. Alicia no podía ocultar su dolor y aprensión. ¡Qué acierto demostraban las plegarias elevadas durante años por el anciano obispo!

Durante las semanas siguien­tes se libraron sangrientas batallas. Pero el Altísimo se compadeció de aquella gente y al poco tiempo se firmó un tratado de paz. Felizmen­te, el condado logró conservar in­tactas su autonomía y sus fronte­ras. ¡Pero a qué precio! Pocas, muy pocas eran las familias sin muertos que llorar.

La condesa Alicia estaba angus­tiada. Gerardo había escapado con vida, pero lo habían capturado y ahora llevaba una vida miserable en la mazmorra de una inexpugnable fortaleza enemiga.

* * *

Todos los días muy temprano la condesa iba a la iglesia, oía misa y luego se quedaba largas horas re­zando frente a la imagen de la Vir­gen María. Sus lágrimas mojaban un pañuelo tras otro, y todos se emo­cionaban al ver tamaño dolor.

Además de las persistentes sú­plicas al Cielo, la noble dama envió varios emisarios al reino vecino con ventajosas propuestas a cambio de la libertad de su hijo. Todas fueron rechazadas.

Así pasaron casi dos años y la an­gustiada condesa, después de llorar y pensarlo mucho, tomó una osada resolución. Al amparo de la noche se dirigió a la catedral; pues sabía que a esa hora estaba vacía. Sólo la tenue luz de las velas votivas ilumi­naba aquí o allá las piedras secula­res. Se arrodilló frente a la imagen de la Virgen y rezó esta oración:

–Virgen Santa, durante todo es­te tiempo te rogué la liberación de mi hijo y tú no quisiste venir en ayu­da de una madre desdichada. Pues bien, así como me quitaron a mi hi­jo, permitirás que yo tome ahora al tuyo y lo guarde como rehén. Pro­meto devolvértelo tan pronto como tenga al mío de nuevo en mis bra­zos, sano y salvo.

Una vez segura de que nadie la observaba, se acercó a la imagen, retiró de sus brazos al pequeño Ni­ño Jesús, lo escondió bajo el manto y lo llevó a su castillo. Ahí lo envol­vió en tejidos ricamente bordados y lo guardó en un cofre.

Mientras tanto, a muchos kilóme­tros de distancia, el infeliz Gerar­do seguía prisionero en la mazmo­rra de la fortaleza. Cargaba su trá­gico destino con pesadumbre, cuan­do una súbita luz brilló con fuerza iluminando la celda: ¡era la propia Madre de Dios, resplandeciente de gloria y hermosura! A un suave ges­to suyo las pesadas puertas del cala­bozo se abrieron de par en par. Con una mirada dulce y firme, la Reina del Cielo le dijo:

–Joven conde, ahora eres libre. Ve a tu hogar y dile a tu madre que me devuelva a mi Hijo, ahora que le he restituido al suyo.

Extasiado, Gerardo se restregaba los ojos, creyendo estar soñando.

–Pero… pero… ¡Señora!

La celestial visión se esfumó y la cárcel volvió a caer en la oscuridad. El joven Gerardo, con el alma en vilo, se escapó por los corredores. Sorprendido vio a todos los guar­dias en el suelo, presos de un sueño profundo y misterioso.

Tres días más tarde, poco des­pués del almuerzo, la condesa Ali­cia escuchó un agitado vocerío en el gran salón de entrada. Sobresal­tada, bajó deprisa y encontró una multitud de cortesanos, guardias y criados en torno a un personaje fla­co, barbudo y andrajoso. Cuando giró hacia ella, ¡qué sorpresa!

–¡Ay, Dios! ¡Hijo, hijo mío que­rido!

Madre e hijo se estrecharon en un largo y tierno abrazo. Recom­puesto de la primera emoción, Ge­rardo le dijo:

–Madre, antes que nada es preci­so que cumplas con tu parte del tra­to.

Alicia comprendió inmediata­mente ese mensaje. Para sorpre­sa de todos, subió a sus aposentos y trajo de vuelta, con lágrimas de alegría, al pequeño y divino cautivo que guardaba consigo.

Una singular procesión se enca­minó entonces a la catedral, en don­de, frente a una admirada multitud, la condesa fue a los pies de la Vir­gen Madre, esta vez para decirle:

–¡Celestial Señora, te agradez­co que me hayas devuelto a mi hi­jo! Fiel a mi promesa, aquí traigo al tuyo.

Más que la victoria en una terri­ble guerra, la Virgen premió al con­dado con el precioso don de ese mi­lagro que demuestra lo que pueden, ante el trono de Dios, el amor y la osadía de una madre.

 

 

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