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La Palabra de los Pastores

La santidad del sacerdote, a la luz de Santo Tomás de Aquino

Publicado 2010/02/13
Autor : Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

Mientras más semejanza con Cristo encuentren los fieles en los sacerdotes, tanto más fácilmente se dejarán guiar por ellos. Y su ministerio, por lo tanto, será más eficaz.

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El considerar en profundidad la esencia de la ordenación sacerdotal y del propio ministerio sagrado, Santo Tomás nos enseña que el presbítero debe tender a la perfección aún más que un religioso o una monja. Y, de hecho, para que se entienda tal enseñanza, basta con tener muy presente el elevado grado de santidad que la Celebración Eucarística y la santificación de las almas exigen de un ministro,1 como nos lo advierte el divino Maestro: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13-14a). Ante esta enorme responsabilidad se comprende el motivo por el que no pocos santos temieron la ordenación sacerdotal.

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El ministro ordenado representa a Nuestro Señor en medio de los fieles y actúa, en varias ocasiones, “in persona Christi”. Es imposible imaginar un título superior a éste

Ésta es una cuestión de candente actualidad, ya que el mayor o menor éxito de su ministerio a favor de los fieles puede depender, de modo particular, del propio sacerdote. Sabemos que los Sacramentos obran con eficacia por el poder de Cristo, produciendo la gracia por sí mismos. Sin embargo, su penetración será más o menos grande según las disposiciones interiores de quien los recibe. Y aquí es donde entra un elemento subjetivo del cual la acción pastoral del ministro

ordenado juega un papel importante, porque su virtud, su fervor, su empeño por anunciar el Evangelio, en definitiva, la santidad de su vida —que es, a su vez, una forma excelente e insustituible de predicación—, puede influenciar a los fieles a la hora de recibir los Sacramentos con mejor disposición, beneficiándose más de esta manera de sus frutos.

¿Será eso el factor de mayor relevancia en el buen desempeño de su ministerio sacerdotal?

A este propósito, en la Carta para la Convocación de un Año Sacerdotal, del 16 de junio del año pasado, el Santo Padre Benedicto XVI señala que el sacerdote debe aprender de San Juan María Vianney “su total identificación con el propio ministerio”.

Por esa razón, el Papa desea en este Año Sacerdotal “favorecer esta tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio”.2

El tema que pretendemos abordar en estas páginas —de una importancia enorme para la vida de la Iglesia, principalmente para la misión de anunciar el Evangelio y de santificar a los fieles— es la relación que existe entre la eficacia del ministerio sacerdotal y la santidad personal de quien lo ejerce.

Recurriremos fundamentalmente a las enseñanzas perennes de Santo Tomás de Aquino.

La santidad del sacerdote, una exigencia

Desde la época de la Antigua Ley la persona del sacerdote se encuentra rodeada de una dignidad que requiere una vida ejemplar. Así, en el Libro del Levítico encontramos un doble llamamiento a la santidad. Por una parte, Moisés exhorta al pueblo israelita, por mandato divino, a buscar la perfección: “Habla en estos términos a toda la comunidad de Israel: seréis santos, porque Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lv 19, 1). Pero a los sacerdotes se les exige la santidad con mayor razón, porque son ellos los que ofrecen los sacrificios, ejerciendo el papel de intermediarios entre Dios y el pueblo.

Presentarse ante el Altísimo para ejercer la tarea sacerdotal manchado por el pecado sería una afrenta al Creador. “Los sacerdotes […] estarán consagrados a su Dios y no profanarán el nombre de su Dios; porque son los que presentan las ofrendas que se queman para el Señor —el alimento de su Dios— y por eso deben ser santos” (Lv 21, 5-6).

Y dado que el Antiguo Testamento es una figura del Nuevo, se comprende la necesidad de que en la Nueva Alianza la santidad alcance un grado mucho mayor. Esto se trasluce en la teología tomista que nos presenta al ministro ordenado como habiendo sido elevado a una dignidad regia, de entre los otros fieles de Cristo, porque le representa y actúa, en varias ocasiones, in persona Christi .

Por lo tanto, es imposible imaginar un título superior a éste. Y como está llamado a ser mediador entre Dios y los hombres, además de guía de éstos para las cosas divinas, debe serles necesariamente superior en santidad, aunque todos los bautizados también hayan sido llamados a la perfección.

San Alfonso de Ligorio en su obra La Selva , fundamentándose en la autoridad de Santo Tomás, esboza la figura del sacerdote como aquel que por su ministerio supera en dignidad a los propios ángeles y, por eso, está obligado a una santidad mayor, dado su poder sobre el Cuerpo de Cristo.

De ahí la necesidad, concluye el fundador de los redentoristas, de una dedicación integral del sacerdote a la gloria de Dios, de tal suerte que brille a los ojos del Señor en razón de su recta conciencia y a los ojos del pueblo por su buena reputación.3

Sobre esto la doctrina tomista aún nos recuerda esa necesidad de que los ministros del Señor lleven una vida santa: “In omnibus ordinibus requiritur sanctitas vitæ” .4 Deben, por lo tanto, sobre todo ellos, ser lo más posible semejantes a Dios mismo: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en el Cielo” (Mt 5, 48).

Conocidas son las invectivas de Jesús contra los escribas y fariseos. Lo que el Señor les recriminaba a esos hombres, tan conocedores de la Ley, era justamente el hecho de que no vivían aquello que enseñaban. Pretendían aparecer a los ojos de los demás como eximios cumplidores de los preceptos mosaicos, pero ni tenían recta intención ni verdadero amor a Dios. Sus ritos externos no eran acompañados por la compunción del corazón. Para que los sacerdotes de la Nueva Alianza no caigan en la misma desviación, es conveniente recordar el comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo, donde Santo Tomás afirma: “Quienes se entregan a los ministerios divinos alcanzan una dignidad regia y deben ser perfectos en la virtud, según se lee en el Pontifical”. 5

De ahí que en la homilía sugerida por el rito de ordenación presbiteral esté incluida esta tocante exhortación: “Tomad conciencia de lo que hacéis y poned en práctica lo que celebráis, de modo que al celebrar el misterio de la Muerte y Resurrección del Señor, os esforcéis por mortificar vuestro cuerpo, huyendo de los vicios, para vivir una vida nueva”.6

La caridad de Cristo le llevó a ofrecer su vida en holocausto en el patíbulo de la Cruz, para la redención de la humanidad. Igualmente aquellos que han sido llamados a ser mediadores entre Dios y los hombres deben ejercer su ministerio por amor, como enseña el Aquinate.

Por lo tanto, el sacerdote está llamado a un grado de santidad especial: “El Orden sagrado consagra para los más altos ministerios, en los cuales se sirve a Cristo en el Sacramento del altar, para lo cual se requiere una santidad interior mayor que para el estado religioso”.7

El sacerdote es modelo para los fieles

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“Santo Tomás de Aquino” - Iglesia Nuestra Señora del Rosario, del Seminario de los Heraldos del Evangelio, Caieiras (Brasil)

Ya que es visto por los fieles como alguien escogido por Dios para guiarlos, el ministro ordenado de be ser siempre modelo preclaro de virtud, como recomienda el Apóstol a su discípulo Tito para que él mismo sea para los demás: “Ejemplo de buena conducta, en lo que se refiere a la pureza de doctrina, a la dignidad, a la enseñanza correcta e inobjetable.

De esa manera, el adversario quedará confundido, porque no tendrá nada que reprocharnos” (Tt 2, 7-8).

En efecto, una conducta irreprochable, inflamada de caridad, dan do testimonio de la belleza de la Iglesia y de la veracidad del mensaje evangélico, hablará a las almas mucho más profunda y eficazmente que el discurso más lógico y elocuente: “El ornato del maestro es la vida virtuosa del discípulo, igual que la salud del enfermo redunda en alabanza del médico.

[…] Si presentamos nuestras buenas obras, será honrada la doctrina de Cristo”.8

Cristo es el auténtico modelo del ministro consagrado. Con Él es con quien debe configurarse el sacerdote, no sólo por el carácter sacramental, sino también por la imitación de sus perfecciones, de manera que en él los fieles puedan ver a otro Cristo.

Sólo de esta forma se sentirán atraídos por el buen ejemplo de su pastor y guía. Por causa de la sociable naturaleza del hombre, la buena reputación resultante de la virtud conduce a los demás a la imitación. Así, mientras más semejanza con Cristo encuentren los fieles en los ministros de Dios, tanto más fácilmente se dejarán guiar por ellos. Y su ministerio, por lo tanto, será más eficaz.

La sacralidad del sacerdote

Un elemento conexo al buen ejemplo es la proporcionada respetabilidad de la cual debe rodearse el ministro de Dios —no sólo por su comportamiento ejemplar, sino también por su porte, su manera de ser y su vestimenta— para que su actuación ejerza más influencia en el alma de los fieles.

En efecto, incluso en nuestros días, la experiencia cotidiana nos revela la impresionante admiración que provoca el religioso o sacerdote que se presenta como tal. Esta respetabilidad, que a algunos les puede parecer artificialidad, acaba siendo un valioso auxilio para el propio ministro, pues contribuye a que siempre tenga presente en su espíritu la alta dignidad de la que fue investido, la cual ha impreso carácter en su alma para toda la eternidad. Además que es, a la vez, una saludable protección contra las incontables seducciones del mundo.

La Santa Misa, fuente de la santidad sacerdotal

En este Año Sacerdotal, iniciado con ocasión del 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, modelo de sacerdote, viene a propósito recordar la entrañable y ardorosa devoción que él tenía por la Santa Misa: “Si conociéramos el valor de la Misa, moriríamos. Para celebrarla dignamente, el sacerdote debería ser santo. Cuando estemos en el Cielo, entonces veremos lo que es la Misa, y cómo tantas veces la hemos celebrado sin la debida reverencia, adoración, recogimiento”.9

En el decreto Presbyterorum ordinis , el Concilio Vaticano II, en perfecta armonía con la doctrina tomista, resume de forma admirable la centralidad de la Eucaristía en la vida espiritual del sacerdote, como siendo su principal medio de santificación.

Seguidamente recuerda que es a través del ministerio ordenado cuando el sacrificio espiritual de los fieles se consuma en unión con el sacrificio de Cristo, ofrecido en la Eucaristía de modo incruento y sacramental.

Y afirma que “a este sacrificio se orde na y en él culmina el ministerio de los presbíteros. Porque su servicio, que surge del mensaje evangélico, toma su naturaleza y eficacia del sacrificio de Cristo”.10 Lo que equivale a decir que el sacerdote vive para la Celebración Eucarística y de ella es de donde debe sacar fuerzas para progresar en la práctica de la virtud.

Garrigou-Lagrange sintetiza con precisión esta doctrina: “El sacerdote debe considerarse ordenado principalmente para ofrecer el Sacrificio de la Misa. En su vida, este Sacrificio es más importante que el estudio y las obras exteriores de apostolado. Efectivamente, su estudio debe ordenarse al conocimiento cada vez más profundo del misterio de Cristo, supremo Sacerdote, y su apostolado debe derivar de la unión con Cristo, Sacerdote principal”.11

Royo Marín, cuando comenta la exhortación del Pontifical Romano que el obispo hace a los ordenandos, afirma enfáticamente que la Santa Misa es “la función más alta y augusta del sacerdote de Cristo”.12 E inmediatamente después, conocedor de las múltiples ocupaciones pastorales de un sacerdote, que le pueden desviar fácilmente del núcleo de su vocación de mediador entre Dios y los hombres, refuerza la misma idea con encendidas palabras de celo sacerdotal: “El sacerdote lo es, ante todo y sobre todo, para glorificar a Dios mediante el ofrecimiento del Santo Sacrificio de la Misa”.13

Benedicto XVI cuando trata sobre la vocación y espiritualidad sacerdotales, bajo una perspectiva pastoral, afirma: “La Celebración Eucarística es el acto de oración más grande y más elevado, y constituye el centro y la fuente de la que reciben su ‘savia' también las otras formas: la Liturgia de las Horas, la adoración eucarística, la lectio divina , el santo Rosario y la meditación”.14

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“La Celebración Eucarística es el acto de oración más grande y más elevado, y constituye el centro y la fuente de la que reciben su ‘savia’ también las otras formas: la Liturgia de las Horas, la adoración eucarística, la lectio divina, el
santo Rosario y la meditación”

La eficacia del ministerio sacerdotal

Como hemos visto anteriormente, la santidad de vida del sacerdote, como ejemplo para los fieles de Cristo, es un potente elemento para conducirlos a la perfección. Bien señala Dom Chautard que a un sacerdote santo le corresponde un pueblo fervoroso; a un sacerdote fervoroso, un pueblo piadoso; a un sacerdote piadoso, un pueblo honesto; a un sacerdote honesto, un pueblo impío. 15 Grande es, pues, el papel de la virtud del ministro para el éxito de su ministerio.

Por lo que respecta a la aplicación del valor de la Santa Misa, con finalidad propiciatoria, lo que se puede hablar es de su eficacia subjetiva, que depende de las disposiciones de quien la celebra y de aquellos por quienes es aplicada, como explica Santo Tomás: “Aunque esta oblación, por la grandeza de lo ofrecido, sea suficiente para satisfacer toda la pena, se hace satisfactoria, no obstante, sólo para aquellos por quienes se ofrece, o para aquellos que lo ofrecen, según la medida de su de voción, y no por toda la pena a ellos debida”.16

Albert Raulin, a propósito de esta cita del Doctor Angélico, comenta lo siguiente: “Sería perniciosa ilusión creer que el ofertante está dispensado del fervor, bajo pretexto de que Cristo, ofreciéndose en la Misa, satisface plenamente por todos los pecados del mundo”.17

Ante estas realidades el sacerdote tiene dos grandes deberes. Uno para consigo mismo y otro para con el pueblo, pues ambos se benefician de los frutos de la Santa Misa, especialmente el celebrante, según sea su grado de fervor o devoción.18

De esta forma corresponderá a la altísima dignidad de su ministerio, según decía el Santo Cura de Ars: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote.

¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo?

El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el Cielo”.19

La voz de la Cátedra de Pedro

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"Virgen del Clero" - Iglesia de Santa
Cecilia, São Paulo (Brasil)

Llegado al término de este trabajo, en lugar de recapitular la materia tratada, como sería de praxis en el mejor de los estilos académicos, nos parece una actitud más filial para con la Cátedra de Pedro recordar aquí, a título de conclusión, algunos puntos importantes de recientes documentos del Magisterio Pontificio a cerca del sacerdocio.

No deja de ser conmovedor que en su última Carta a los Sacerdotes, en el año 2005, el Papa Juan Pablo II deseara centrar ese documento sobre las palabras de la Consagración, como si quisiera resaltar que el auge de su vida sacerdotal se aproximaba, con el ofrecimiento de su propio sacrificio, por la total donación de su vida unida al sacrificio de Cristo. Ofrecimiento recomendado por el actual Pontífice en la Carta para la Convocación de un Año Sacerdotal, citando estas palabras del Santo Cura de Ars: “¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!”

Empezaba Juan Pablo II esa última Carta suya recordando, efectivamente, que “puesto que toda la Iglesia vive de la Eucaristía, la existencia sacerdotal ha de tener, por un título especial, ‘forma eucarística'”.20

Es indispensable que el sacerdote ofrezca, para salvar a aquellos que le han sido confiados, su propio sacrificio, unido al de Cristo, a ejemplo de San Pablo: “Ahora me alegro de poder sufrir por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24). Es de esa manera que las palabras de la Consagración se transforman en “fórmula de vida”, como el ejemplo que nos dio el Siervo de Dios Juan Pablo II. Enseñanza ésta recordada también por su sucesor, Benedicto XVI: “Las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el ‘alto precio' de la Redención”.21

No podemos dejar, finalmente, de evocar el papel insustituible de la Madre de Dios en la vida sacerdotal.

“¿Quién puede hacernos gustar la grandeza del misterio eucarístico mejor que María? Nadie como Ella puede enseñarnos con qué fervor se han de celebrar los santos Misterios y como hemos de estar en compañía de su Hijo escondido bajo las especies eucarísticas”.22

Nos enseña aún este Papa tan mariano, que fue Juan Pablo II, en su Encíclica Ecclesia de Eucaristia : “En el ‘memorial' del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su Pasión y Muerte.

Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a cada uno de nosotros: ‘¡He aquí a tu hijo!'. Igualmente dice también a todos nosotros: ‘¡He aquí a tu madre!' (cf. Jn 19, 26-27)”.

Procuremos especialmente estar unidos, en este Año Sacerdotal, al sacrificio de Cristo con el espíritu de María, Él que hizo de toda su existencia una Eucaristía anticipada, preparándose día a día para la entrega suprema en el Calvario. ²

 

(Fragmentos extraídos del estudio preparado para la Pontificia Congregación para el Clero, con ocasión del Año Sacerdotal – Texto íntegro en www.annussacerdotalis.org, área “Estudios”)

 

1 Cf. GARRIGOU-LAGRANGE, OP, Réginald. De Sanctificatione sacerdotum, secundum nostri temporis exigentias . Roma: Marietti, 1946, pp 66-67.

2 BENEDICTO XVI. Discurso a la Congregación para el Clero , 16/03/2009.

3 Cf. SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. A Selva. Porto: Fonseca, 1928, p. 6. El autor remite a los siguientes apartados de las obras de Santo Tomás: Summa Theologiae, III, q.22, a.1, ad.1; Super Heb . c.5, lec. 1; Summa Theologiae, II-II, q.184, a.8; Summa Theologiae, Supl. q.36, a.1.

4 SANCTUS THOMAS AQUINAS , Summa Theologiae, Supl . q.36, a.1.

5 SANCTUS THOMAS AQUINAS. IV Sent. d.24, q.2.

6 PONTIFICAL ROMANO. Rito de Ordenação de Diáconos, Presbíteros e Bispos , n.123. São Paulo: Paulus, 2004.

7 SANCTUS THOMAS AQUINAS , Summa Theologiae, II-II, q.184, a.8., Resp.

8 Super Tit. c.2, lec.2.

9 Apud GARRIGOU-LAGRANGE, OP, Réginald. De unione sacerdotis cum Christo sacerdote et victima . Roma: Marietti, 1948, p. 42.

10 Presbyterorum ordinis , n. 2.

11 GARRIGOU-LAGRANGE, OP, op. cit . , p. 38.

12 ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la Perfección Cristiana . Madrid: BAC, 2001, p. 848.

13 Ídem, ibídem.

14 BENEDICTO XVI. Homilía en la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones , 3/5/2009.

15 Cf. CHAUTARD, OCSO, Jean-Baptiste. A Alma de todo o apostolado . Porto: Civilização, 2001, p. 34-35.

16 SANCTUS THOMAS AQUINAS, Summa Theologiae, III, q.79, a.5, Resp.

17 In: SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica . São Paulo: Loyola, 2006, v.IX, p. 358.

18 Cf. ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología Moral para Seglares . Madrid: BAC, 1994, v.II, p. 158.

19 Palabras de San Juan María Vianney, citadas por el Papa Benedicto XVI en la Carta para la Convocación de un Año Sacerdotal , de 16/6/2009.

20 JUAN PABLO II. Carta a los Sacerdotes , n.1, 13/03/2005.

21 BENEDICTO XVI. Carta para la Convocación de un Año Sacerdotal , 16/6/2009.

22 JUAN PABLO II. Op. cit. , n.8, 13/3/2005.

 

 

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