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La Palabra de los Pastores

Santos para santificar

Publicado 2010/03/12
Autor : Mons. Javier Echevarría Rodríguez

El servicio que el sacerdote presta a la Iglesia consiste, esencialmente, en personificar humildemente entre sus hermanos a Cristo Sacerdote, a Cristo Buen Pastor y a Cristo Maestro que la conforta y la estimula con su Palabra

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Mons. Javier Echevarría Rodríguez

Prelado del Opus Dei

 

En la primera Misa crismal que celebró, después de recibir el Ministerio Petrino, Benedicto XVI se dirigía así a los sacerdotes que concelebraban con él en la Basílica de San Pedro: “El misterio del sacerdocio de la Iglesia radica en el hecho de que nosotros, seres humanos miserables, en virtud del Sacramento podemos hablar con su ‘yo': in persona Christi . Jesucristo quiere ejercer su sacerdocio por medio de nosotros”. 1

La identidad del sacerdote es la de Cristo

Uno solo es el sacerdote del Nuevo Testamento, Jesucristo Nuestro Señor, como pone de relieve la Epístola a los Hebreos (cf. 7, 11-28).

Nosotros somos instrumentos suyos en virtud del sacramento del Orden, que nos identifica con Él. Es lo que se manifiesta claramente en los gestos y palabras del obispo, durante el rito de la ordenación. Cuando, en silencio, impone sus manos sobre la cabeza del candidato, invocando luego al Espíritu Santo con la oración consagratoria, es Jesús mismo —Sumo y Eterno Sacerdote— quien toma posesión de cada uno. La ordenación sacerdotal produce un cambio real en quien la recibe, visible sólo a los ojos de la Fe.

Lo recalcaba San Josemaría, cuando, hablando de la identidad del sacerdote —que, en los primeros años del post-concilio, algunos ponían en tela de juicio— no dudaba en afirmar con decisión: “¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus , sino ipse Christus : otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental”. 2 [...]

Algo análogo sucede en el fiel corriente, ungido por el carácter bautismal: su vida entera queda conformada con Cristo. No se es cristiano, hijo de Dios y partícipe del sacerdocio de Jesucristo sólo a ratos, cuando se reza o se participa en una ceremonia litúrgica.

El ser cristiano impregna — debe impregnar— las veinticuatro horas del día, y a eso han de aspirar todos los bautizados. Lo mismo ha de ocurrir en quienes hemos recibido el Sacramento del Orden: hemos de ser —como le gustaba insistir a San Josemaría— “sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien”, en todos los momentos y circunstancias.

Llevamos el tesoro divino en vasos de barro

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“Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus:
¡el mismo Cristo!”

“Ser sacerdote —recordaré con palabras de Benedicto XVI— significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre.

Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en Él. Esta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto” 3

Estamos convencidos de que las palabras del Papa responden a la realidad más neta. Pero también sabemos que —como escribió San Pablo— llevamos el tesoro divino en vasos de barro (cf. 2 Cor 4, 7). Tal vez hayamos revivido en algún momento la experiencia de Simón Pedro después de la pesca milagrosa. La desproporción entre la grandeza de la tarea encomendada —hacer presente a Cristo entre los hombres— y nuestras limitaciones personales se nos muestra a veces en toda su amplitud.

Sin embargo, a toda hora, el recuerdo de que Jesús nos ha llamado amigos (cf. Jn 15, 15) y nos sostiene con su gracia, nos fortalecerá y ayudará a superar esos momentos, si alguna vez se presentan. “La fe en Jesús, Hijo del Dios vivo, es el medio por el cual volvemos a aferrar siempre la mano de Jesús y mediante el cual Él aferra nuestra mano y nos guía”. 4

Identificación con Cristo en los actos del ministerio

Si toda nuestra existencia está marcada por el carácter sacerdotal, con mayor motivo sucede cuando ejercitamos los actos propios de nuestro ministerio; y es ahí donde especialmente hemos de buscar nuestra propia santificación.

El Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo supo exponerlo con agudeza; no en vano fue uno de los expertos que más trabajaron para que en el Concilio Vaticano II se destacase la llamada de los presbíteros a la santidad precisamente en el ejercicio de su ministerio. Permitid que lea unas palabras suyas, que son como un resumen de lo que yo querría transmitir en este rato de charla fraterna.

“Se impone lograr que los sacerdotes adquieran en sus años de preparación, y en la sucesiva formación permanente, una clara conciencia de la identidad que existe entre la realización de su vocación personal —ser sacerdote en la Iglesia—, y el ejercicio del ministerio in persona Christi Capitis . Su servicio a la Iglesia consiste, esencialmente (otros modos de servir un sacerdote pueden ser legítimos, pero secundarios), en personificar activa y humildemente entre sus hermanos a Cristo Sacerdote que da vida y purifica a la Iglesia, a Cristo Buen Pastor que la conduce en unidad hacia el Padre, y a Cristo Maestro que la conforta y la estimula con su Palabra, y con el ejemplo de su Vida.”

Esta formación del sacerdote es algo que dura toda la vida, porque, en sus diversos aspectos, tiende —debe tender— a formar a Cristo en él (cf. Gal 4, 19), realizando esa identificación como tarea, en respuesta a lo que esa identificación tiene ya como don sacramental recibido. Una tarea, que postula antes aún que una incesante actividad pastoral, y como condición de la eficacia de ésta, una intensa vida de oración y de penitencia, una sincera dirección espiritual de la propia alma, un recurso al Sacramento de la Penitencia vivido con periodicidad y con extremada delicadeza, y toda esta existencia enraizada, centrada y unificada en el Sacrificio Eucarístico”. 5 [...]

La inquietud santa de fomentar vocaciones sacerdotales

Termino con otras palabras de San Josemaría, con la esperanza de que aviven aún más en todos los presbíteros la inquietud santa de fomentar vocaciones sacerdotales. Durante un viaje por América del Sur, casi al final de su vida terrena, se dirigía a un grupo de hermanos sacerdotes diocesanos impulsándoles a preocuparse de la formación de quienes dan esperanzas de recibir la llamada al sacerdocio. Y les concretaba: “Buscad ayuda económica, y mandad [al Seminario] esas almas que estáis preparando desde que son niños.

Dadles vida interior; enseñadles a amar a Dios, a encontrarle dentro de su alma, a tener una piedad filial a la Santísima Virgen, a pensar que la cosa más grande del mundo es ser otro Cristo y el mismo Cristo”. 6 [...]

La Virgen Santísima, Madre del Sumo y Eterno Sacerdote y Madre nuestra, nos alcanzará de su Hijo — con nuestro esfuerzo concreto— el don de la santidad en el ejercicio de nuestro trabajo sacerdotal, para que seamos instrumentos eficaces en la santificación de las almas, que la Trinidad Beatísima quiere realizar por nuestro ministerio. ²

 

(Extractos de la conferencia al clero de Córdoba, España, 20/11/2009 – Texto íntegro en www.es.josemariaescriva.info)

1 BENEDICTO XVI. Homilía en la Santa Misa crismal . 13/04/2006.
2 SAN Josemar Ía Escriv á. Homilía: Sacerdote para la eternidad . 13/04/1973.
3 BENEDICTO XVI. Op. cit.
4 Ídem.
5 Portilo , Álvaro del. Sacerdotes para una nueva evangelización . In: Escritos sobre el sacerdocio . 6ª ed., Palabra, 1991, p. 202.
6 SAN Josemar Ía Escriv á. Notas de una reunión con sacerdotes en Lima , 26/07/1974 (AGP, P04 1974, v. II, p. 401).

 

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