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La Palabra de los Pastores

Los hombres de fe cambian los rumbos de la Historia

Publicado 2010/09/05
Autor : Cardenal Franc Rodé, CM

Cada carisma es un nuevo lucero en el grandioso firmamento de la Santa Madre Iglesia, y adquiere todo su esplendor al mostrarse en una realidad eclesial verdadera, viva, fuertemente anclada en una espiritualidad auténtica.

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Prólogo a la tesis doctoral de Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

 



Cardenal Franc Rodé, CM
Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada
y las Sociedades de Vida Apostólica

 

Cuando estaba pensando en un prólogo para la presente obra, no me vinieron a la cabeza, primeramente, consideraciones de índole académica, en consonancia con la naturaleza de la disertación doctoral que encierra — Génesis y desarrollo del Movimiento Heraldos del Evangelio y su reconocimiento canónico —, sino más bien el deseo de compartir con el lector una serie de reflexiones que la evocación de su autor, Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, y del movimiento fundado por él me traían al espíritu, fruto de la estima que la convivencia con esta realidad eclesial hacía aflorar en mí.

Soluciones imprevistas para problemas aparentemente insolubles

El divino Espíritu Santo, desde el santo escándalo de la embriaguez de Pentecostés, no ha dejado de sorprender al mundo y a la Iglesia, en todos los siglos de su existencia hasta el momento presente. Para problemas aparentemente insolubles, siempre ha salido al paso con soluciones imprevistas, que no suelen ser entendidas habitualmente por mucha gente.

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El Cardenal Franc Rodé, CM, preside la Eucaristía en la iglesia del seminario de los
Heraldos del Evangelio en Caieiras, São Paulo.

No es ningún secreto que estamos viviendo en un mundo secularizado y alejado de Dios. La Iglesia misma — Esposa Mística de Cristo, “resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada” (Ef 5, 27)—, en su elemento humano también se encuentra bajo la deletérea influencia del secularismo, como tantas veces lo ha advertido el Santo Padre Benedicto XVI. Basta mencionar la preocupante falta de vocaciones, tanto en los institutos de vida consagrada como en el clero diocesano, que sobre todo afecta a nuestra vieja Europa, un claro contraste con siglos y siglos de fecunda y gloriosa tradición evangelizadora.

No hay duda que los signos de esperanza en el panorama actual se pueden buscar en muchos niveles.

Sin embargo, lo que hace falta es un discernimiento equilibrado para percibir los “signos de los tiempos”, a fin de reconocer, como los Santos Magos, en medio de un universo de estrellas, algunas capaces de guiarnos desde lugares remotos hasta el divino Redentor. Pues bien, puedo decir, que en medio de la noche, he visto a una entre ellas. Sobre su fulgor y su recorrido deseo transmitir al lector, brevemente, algunas impresiones que han calado en mi espíritu.

Significativa armonización entre vida contemplativa y vida activa

Se trata de una estrella con una trayectoria precisa. Los Heraldos del Evangelio empezaron siendo un movimiento laical —característica predominante que se mantiene hasta el presente—, que había adoptado la espiritualidad de San Luis María Grignion de Montfort como punto de partida de su primera experiencia de vida comunitaria y marco inicial de la institucionalización de la obra. Para vivir con mayor intensidad la consagración enseñada por ese gran santo mariano, sus primeros miembros se dispusieron a vivir en comunidad. A partir de este movimiento laical surgieron posteriormente una rama sacerdotal —la Sociedad Clerical de Vida Apostólica Virgo Flos Carmeli—, y otra femenina de consagradas —la Sociedad de Vida Apostólica Regina Virginum.

Los objetivos a lo largo de este camino son muy claros. Por ejemplo, en lo que respecta al esencial capítulo de la formación, he podio observar, en las diversas ocasiones en las que conviví con ellos, una equilibrada disciplina interna: firme y, al mismo tiempo, delicada; lógica y flexible. En medio de una vida comunitaria de oración, multiplicaron sus actividades evangelizadoras y actúan ya en más de 70 países de los cinco continentes. Y no escatiman esfuerzos para poner al servicio de la nueva evangelización incluso las tecnologías más modernas: desde Internet hasta la divulgación a gran escala de la buena prensa; desde la producción de programas de televisión hasta las visitas a domicilio; desde las Misiones Marianas organizadas hasta la atención telefónica sistemática a los colaboradores.

Significativa armonización entre la vida contemplativa y la vida activa, propia del don de la Sabiduría, que es uno de los rasgos característicos del carisma de esta institución.

Vida eucarística, devoción a la Santísima Virgen y veneración por el Romano Pontífice

Si una estrella decidiese renunciar a su brillo, ¿qué sería de ella? Se convertiría en una simple piedrecita, errante en la inmensidad del espacio. Es lo que ocurriría con cualquier movimiento eclesial que dejase de lado su espiritualidad.

En el caso de los Heraldos del Evangelio se distinguen tres pilares fundamentales en ese sentido: vida eucarística, devoción a la Santísima Virgen y veneración por el Romano Pontífice. Ecclesia de Eucharistia ; cada vez son más numerosas las casas de vida comunitaria donde se realiza la adoración eucarística perpetua. Ante Jesús Hostia, durante horas y horas, se reza en conjunto o individualmente, se lee, se estudia, se trabaja, o sencillamente se deja uno bañar por el “Sol que nace de lo alto”, en la oración de quietud. Es habitual en estos jóvenes que comulguen dos veces al día en la Santa Misa.

De otro lado, en una época en la que se proclama el derecho a una malentendida libertad sin límites, la nota mariana que distingue a estos jóvenes está profundamente marcada por la espiritualidad de San Luis María Grignion de Montfort, como he mencionado antes, según la cual se consagran como esclavos de amor a Jesucristo nuestro Señor, por las manos de María; de ahí el uso de la cadena ceñida a la cintura.

El Santo Rosario, que pende del lado derecho, expresa la necesidad de la oración. Del mismo modo, la obediencia a la Sagrada Jerarquía, practicada con relación a todos los niveles, en particular al de los obispos, es la mejor prueba del amor que tienen por la Iglesia y el Santo Padre.

Transformar la vida cotidiana en una liturgia de alabanzas al Altísimo

El fulgor de esta estrella es sin duda atrayente; es difícil no dejarse cautivar por semejante caleidoscopio de matices de colores e intensidades, por más que muchos de sus aspectos puedan ser reconocidos en otros astros ya célebres. En verdad, cada carisma es un nuevo lucero en el grandioso firmamento de la Santa Madre Iglesia, y adquiere todo su esplendor al mostrarse en una realidad eclesial verdadera, viva, fuertemente anclada en una espiritualidad auténtica.

Con motivo de la dedicación de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en São Pablo, Brasil, en una ceremonia que nada tiene a envidiar a los más esmerados pontificales romanos, tuve la ocasión —al encontrarme con un auditorio repleto de más de mil jóvenes de varias edades, revestidos de su hábito característico— de apreciar la riqueza de dones con la que el Espíritu Santo favorece a su Iglesia. No es de extrañar que un elemento fundamental de este nuevo carisma sea el amor a la perfección: “Por lo tanto, sed perfectos, como es perfecto el Padre que está en el Cielo” (Mt 5, 48). De ahí el esmero por transformar toda la vida cotidiana, hasta en los más mínimos detalles, en una liturgia de alabanzas al Altísimo.

El divino Espíritu Santo no hace que nazca una obra sin un fundador

Además, cada estrella es única e irrepetible, si no para los hombres, al menos para Dios, que “llama a cada una por su nombre” (Sal 147,4).

El divino Espíritu Santo concede sus dones para el bien del pueblo de Dios. Y los hace fructificar a su tiempo, pues nunca deja sus obras inacabadas. Al igual que no suscita un movimiento ajeno a las necesidades de su época, tampoco hace que nazca una obra sin un fundador.

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Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, defiende su tesis de doctorado en Derecho Canónico en el “Angelicum”, en Roma.

Por eso, únicamente la integridad de un fundador ha sido capaz de transformar, con equilibrio y sabiduría, el ideal de las antiguas órdenes de caballería —siempre aprobado e incentivado por la Iglesia a lo largo de los siglos—, adaptándolo a las nuevas generaciones como bandera digna de ser desplegada al viento en los días de hoy, con poder de entusiasmar y arrastrar.

Es difícil imaginar que esto pudiera haber ocurrido sin una fe inquebrantable en el triunfo de la Santa Iglesia, sin un valiente compromiso en la expansión de la obra, sin una atenta docilidad a la moción de la gracia, sin una devota sumisión al Santo Padre y a la Sagrada Jerarquía, sin una delicada fidelidad al Magisterio Eclesiástico, sin una fortaleza de espíritu dispuesta a cualquier sacrificio por amor a Jesucristo nuestro Señor, en una palabra, sin un ejemplo de vida irreprensible; cualidades que en la propia institución no son sino un reflejo del fundador.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, es Doctor en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino, de Roma ( Angelicum ), grado que le fue otorgado precisamente por la defensa de la tesis que tengo el gusto de presentar (bien podría contar él entre sus títulos con el de ser uno de los poquísimos casos conocidos donde un fundador defiende una tesis sobre la trayectoria jurídicocanónica de su propia obra); Maestro, también en Derecho Canónico, por la Pontificia Universidad Gregoriana; Maestro en Psicología por la Universidad Católica de Colombia, en Bogotá; Licenciado en Humanidades por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, de República Dominicana. Además es fundador del Instituto Teológico Santo Tomás de Aquino, del Instituto Filosófico-Teológico Santa Escolástica.

También es iniciativa suya la publicación de la revista mensual de actualidad religiosa Heraldos del Evangelio , con un tiraje de casi un millón de ejemplares en cuatro lenguas, al igual que la revista científica de inspiración tomista Lumen Veritatis . Asimismo, autor de 15 libros con un total de 14 millones de ejemplares, en siete idiomas.

Es canónigo honorario de la Basílica Papal de Santa María la Mayor y miembro de la Pontificia Academia de la Inmaculada, de la Sociedad Internacional Santo Tomás de Aquino y de la Academia Marial de Aparecida.

En busca de una forma jurídica capaz de preservar el carisma en el futuro

El objetivo de la tesis es abordar científicamente la dificultad consistente en hallar la figura jurídica más adecuada en la que se pudiera encuadrar la obra de los Heraldos del Evangelio dentro del ordenamiento canónico, garantizándole su unidad institucional frente a la globalidad de sus diversos estados de vida, lo que evitaría el riesgo de una fragmentación futura de la institu ción y de una desvirtuación de su carisma; problema de máxima actualidad para diversos movimientos eclesiales que empezaron su trayectoria institucional como asociación privada de fieles. Para ello, el autor divide la tesis en tres capítulos, que tratan respectivamente de los aspectos jurídicos, históricos y carismáticos relacionados con el nacimiento y la evolución de la institución desde sus orígenes hasta nuestros días.

Basándose en célebres juristas de actualidad, en el primer capítulo se enfoca el fenómeno asociativo según las variadas formas jurídicas contempladas en el actual Código de Derecho Canónico para catalogar los carismas suscitados por el Espíritu Santo. El análisis de las asociaciones de fieles ocupa un lugar relevante, pues, dada su flexibilidad, la mayoría de los movimientos eclesiales han adoptado esta forma jurídica para situarse en el ordenamiento de la Iglesia. Seguidamente son estudiados los diversos tipos de vida consagrada: institutos religiosos, institutos seculares y sociedades de vida apostólica. Por fin, se plantea el tema de las prelaturas personales como posible molde canónico para recibir un carisma o movimiento.

En el segundo capítulo — de gran interés para el estudio de los fundadores— se encuentra la narración de la autobiografía del fundador desde su más tierna infancia, que constituye un elemento fundamental para entender la esencia del carisma de los Heraldos del Evangelio.

El tercer capítulo está dedicado a analizar con profundidad teológica el carisma de la institución, difícil de aprehender de una sola vez en sus multiformes manifestaciones.

De hecho, no es intención del autor tratar esta materia de un modo exhaustivo, aunque algunos de sus trazos incuestionables sean descritos con precisión.

Finalmente, tras la consideración de algunas soluciones alternativas, aunque no plenamente satisfactorias, se llega a la conclusión, compartida por eminentes canonistas de actualidad, de que ninguna de las formas asociativas en vigor es capaz de abarcar por completo al movimiento Heraldos del Evangelio, debido a la diversidad de estados de vida que encierra; “¡A vino nuevo, odres nuevos!” (cf. Mt 9, 17; Mc 2, 22; Lc 5, 38). Intuición que estaba de alguna manera ya implícita en la aprobación pontificia de las dos sociedades de vida apostólica (Virgo Flos Carmeli y Regina Virginum), al considerarse un paso intermedio que solucionaba temporalmente determinados problemas, como el de la incardinación de los clérigos, hasta que se encontrara una forma suficientemente flexible y abarcadora capaz de preservar el carisma en el futuro.

Me gustaría terminar estas líneas deseándole al autor una gran difusión de la presente obra en toda la Iglesia —seguro de que podrá servir como válido estímulo a otros movimientos de origen laical—, así como agradecerle todo lo que hace y aún hará por la Santa Iglesia de Dios. Los hombres de fe son los que cambian los rumbos de la Historia, los que forman parte de la estirpe de los héroes y de los santos. Y la Iglesia tiene necesidad de ellos hoy, como ayer y como siempre. Al final de cuentas, ¿quién no experimenta una gran alegría, como la de los Santos Magos, al ver a una estrella que debe guiarlos en la oscuridad de la noche?

 

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