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El día que conocimos al Papa

Publicado 2012/01/16
Autor : Fernando F. Sánchez Campos: Embajador de Costa Rica ante la Santa Sede

¿Qué es lo que siente un católico practicante al presentar al Vicario de Cristo las credenciales de Embajador de su país ante la Santa Sede? Un caluroso testimonio recibido en nuestra redacción describe con vivo y espontáneo realismo el encuentro.

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Semanas antes de emprender el viaje, diplomáticos y eclesiásticos me advirtieron sobre la relevancia del puesto que iba a asumir y la importancia del discurso que tendría que prepararme para el Santo Padre, el día que le presentase mis credenciales.

Esto sucedió el 3 de diciembre de 2010, poco más de un mes después de mi llegada a Roma. Unas semanas antes el jefe de protocolo del Vaticano me había visitado y explicado detalladamente la histórica ceremonia.

Fue entonces cuando me enteré que los discursos no se leían, sólo se intercambiaban, por lo que contaría con diez o quince minutos —en el mejor de los casos— para conversar libremente con el Sucesor de Pedro. — Es una oportunidad única, insistió el prelado, aprovéchela.

La entrega de credenciales

1.jpgLa experiencia es excepcional. Desde la vestimenta (frac para los hombres y velo para las mujeres), pasando por el acompañamiento de gentilhombres de la Santa Sede desde mi residencia, el traslado “en procesión” por el centro de Roma hasta el Vaticano y terminando con el saludo y escolta de la Guardia Suiza tanto para llegar a las estancias del Papa como a la Basílica de San Pedro (donde los embajadores católicos son dirigidos a orar después de la ceremonia). Todas estas cosas impregnan el momento, soñado de por sí, de un aire de surrealismo difícil de digerir.

Ésta es una de las muchas formas en las que la Santa Sede demuestra su deferencia a los países que designan embajadores en el Vaticano, así como con la que ponen en evidencia la relevancia de la figura a la que se le entregan las cartas credenciales, el Santo Padre.

En todo caso, el momento cumbre es la conversación con el Vicario de Cristo. Luego de cruzar las murallas del Estado Vaticano, entre sirenas y un crisol de condecoraciones en las solapas de los gentilhombres del Papa, comienza un cosquilleo en el estómago. Una vez en la entrada, monseñores y oficiales de la Santa Sede “le llevan a uno de la mano” por varios bellísimos salones, hasta detenerse cerca de la biblioteca privada del Santo Padre. Ahí, entre lo imponente del arte sacro y los rostros cargados de emoción de familiares, amigos y colaboradores, el corazón redobla su latido.

Al informe de que podía conversar en español con el Papa lo acompañó una señal para que entrara en otra sala. Esta vez iba solo. Pensé que, como en el trayecto anterior, pasaría por varias estancias más, por lo que caminé tranquilo. Pero no...

Debo admitir que, a pesar de que tenía varios días preparándome para aquel momento, la presencia del Santo Padre me tomó por sorpresa.

Su Santidad Benedicto XVI me esperaba sonriente, de pie, en la puerta de su biblioteca. Quizá al ver la mezcla de asombro y emoción en mi rostro, decidió tomarme por el brazo y, literalmente, llevarme hacia dentro. Ahí entraron de nuevo en acción monseñores y personal de la Santa Sede. De manera que, en cuestión de segundos, le había entregado mis cartas credenciales, habíamos intercambiado discursos y nos habían hecho las fotos y los videos oficiales de rigor.

Un consejo para actuar como católico coherente

Después, colaboradores y cámaras abandonaron la biblioteca, y quedamos solos el Santo Padre y yo. Nos separaba no más de medio metro y la mirada piadosa de un amable monseñor que ayudaba, cuando era requerido, con la traducción. En ese momento me invadió una profunda paz. Luego de escuchar al Papa por varios minutos, repasé uno a uno los temas oficiales que yo traía preparados. A todos ellos —con gran deferencia— el Santo Padre replicaba con conocimiento e interés. Así se consumieron los diez minutos, pero no sentí que

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“Conquistado por la dulzura
del Papa, mi hijo Fernando Felipe nos seguía
sin perder detalle”.

Su Santidad estuviera listo para concluir la conversación. De modo que, siguiendo el consejo que me había dado el jefe de protocolo, “aproveché”.

— Santo Padre, ya terminamos con los temas oficiales. Ahora, si usted lo tiene a bien, quisiera hablar de mí.

El Papa asintió con una sonrisa y un poco de asombro. En primer lugar, casi como en una confesión, le pedí consejo para ser coherente como católico, tanto en mi vida personal como profesional. Los detalles de nuestra conversación escapan el alcance de este texto, basta decir que recomendó: oración, Comunión y estudio.

Sus palabras siguen sonando en mi mente a diario: “El mal es fuerte, pero Dios lo es más. Debemos recordar siempre que Dios es más fuerte que cualquier obstáculo que encontremos en el cumplimiento de la misión que Él nos encomienda”.

“En Costa Rica le queremos y le esperamos”

En segundo lugar, y para cumplir con una promesa que había hecho a varios miembros de mi comunidad parroquial, le comenté al Santo Padre que en la Misa de despedida de Costa Rica, en Heredia, mi ciudad natal, la gente me pedía espontáneamente que le dijera al Papa que nos visitara pronto, “pues en Costa Rica le queremos y le esperamos”. Lo que para mí no era más que una sencilla anécdota, al Santo Padre le impactó claramente. Al escucharla se emocionó, sus ojos se llenaron de lágrimas, y me dijo sonriendo: “Gracias, gracias. Costa Rica está muy cerca del corazón del Papa”.

Finalmente, le comenté sobre la sanación de mi hijo Fernando Felipe por intercesión del Padre Pío y, no sin un poco de atrevimiento, le regalé el libro que escribí al respecto. La narración de la historia iluminó la cara del Santo Padre. Al finalizarla dijo sonriendo y señalando al Cielo: “Bendito sea Dios, y bendito sea el Padre Pío”.

“Salimos de sus estancias ‘cargados' de paz”

De hecho, al concluir nuestra conversación —de casi media hora— lo primero que hizo el Santo Padre fue salir para encontrarse con mi familia, amigos y colaboradores de la Embajada.

Al primero que saludó fue precisamente a mi hijo Fernando Felipe. Al verlo y después que el niño le diera un par de rosas blancas (una en nombre suyo y otra en nombre de su hermanita, María Pía) aseveró: “¡Este es el niño del milagro!”. Y enseguida, con una gran sonrisa, lo besó. Hizo lo mismo con María Pía y con mi esposa Milagro, y luego saludó a mi familia (mis padres y hermanos) y a todos los miembros de la delegación. Yo lo acompañé en este proceso para presentarle detenidamente a cada persona. Mientras tanto Fernando Felipe, conquistado por la dulzura del Papa, nos seguía sin perder detalle.

El Santo Padre notó claramente la indisimulable emoción de todos, sobre todo la del niño, que no se le alejaba ni un instante. Así que cuando llegó el momento de tomar la foto de grupo el propio Papa lo llamó.

Fernando Felipe saltó y se subió en el estrado junto al Pontífice. Al hacerlo, para sorpresa de todos y congoja de los monseñores que nos acompañaban, pisó los zapatos del Santo Padre.

Mi esposa lo advirtió y cuando trató de hacerlo bajar, Su Santidad sonriendo y sin aspavientos le dijo: “No se preocupe señora, es un niño”.

Después de la foto, le dejé al Santo Padre varios libros y una hermosísima pintura de la Santísima Virgen de los Ángeles —Patrona de Costa Rica— obra de mi madre. El Pontífice me lo agradeció y nos dio a todos unas medallas y unos rosarios, y nos despidió con su Bendición Apostólica.

Como puede imaginarse, salimos de sus estancias privadas muy emocionados y “cargados” de paz. No obstante, lo emotivo de este momento final fue truncado por otra “santa travesura” de mi hijo.

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“Durante la foto final con los miembros de mi familia (izquierda) y la entrega de los presentes (derecha), el Santo Padre notó claramente la indisimulable emoción de todos”.

Fernando Felipe no se conformó con un simple “adiós a distancia” al Santo Padre. Así que cuando se dio cuenta de que ya salíamos de sus estancias, me preguntó: “¿Papá dónde está el Papa?”. Yo le dije que ya nos habíamos despedido de él y que ahora íbamos a rezar a la Basílica de San Pedro. Mi hijo, evidentemente disgustado, me contestó: “¡Pero yo no me he despedido del Papa!”.

Y entonces, sin haber concluido aún de hablar, me soltó la mano, literalmente “burló” a la guardia suiza y corrió de vuelta a la biblioteca privada del Santo Padre. El momento del amoroso reencuentro de mi hijo a solas con el Vicario de Cristo fue captado por un fotógrafo que, dichosamente, se percató de lo que ocurría y corrió tras el infante.

A la fecha, ni Fernando Felipe ni nosotros, sus orgullosos padres, dejamos de hablar de esta bellísima experiencia.

* * *

El Papa Benedicto XVI, el gran teólogo, en poco menos de una hora, me enseñó que la sensibilidad y la sencillez abonan al intelecto, nunca eclipsan. Había conocido a un sabio que no le teme a sus sentimientos.

Salí del Vaticano sintiéndome más cerca de Dios, no por lo sobrenatural de la experiencia, sino más bien por la extrema humanidad de la misma. El principal heraldo de Cristo había impactado profundamente mi fe, no tanto por lo que me dijo, sino más bien por lo que me transmitió. Sé que también el Papa está muy cerca del corazón de Costa Rica y, desde ese día, especialmente, está muy cerca de mi corazón y del de toda mi familia.

 

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