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La Palabra de los Pastores

“Por tu amor viví, trabajé y estudié”

Publicado 2012/04/29
Autor : Mons. Benedito Beni dos Santos

Para el Doctor Angélico la Eucaristía es el sacramento central. Todos los demás la tienen como referencia porque nos comunican la gracia salvífica del misterio pascual.

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Tras la celebración del Tiempo de Navidad, estamos en el período litúrgico llamado Tiempo Ordinario. Durante este período la Liturgia nos presenta la figura de Jesús, Mesías y misionero del Padre. Él evangeliza no sólo con su palabra y sus actos, sino también con su simple presencia. A esto se refiere precisamente el Evangelio que acaba de ser leído (Mc 4, 35-41).

La fe es el acto fundamental de la Religión

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“Quien no ha leído la obra de Santo Tomás, por lo menos la Suma Teológica, no puede
llamarse teólogo católico”.

La clave para entender la enseñanza contenida en este Evangelio se encuentra en las dos preguntas que Jesús le hace a sus discípulos: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. La fe, queridos hermanos y hermanas, es el acto fundamental de la Religión, de nuestra relación con Dios. El autor de la Carta a los Hebreos nos enseña al comienzo del capítulo 11 que sin la fe no es posible complacer a Dios, no se puede llegar a la salvación.

Pero la fe tiene diversas dimensiones, es una realidad compleja. Tener fe es obedecer a la Palabra de Dios. Tener fe es acoger al Mesías como Hijo de Dios y nuestro Salvador. Tener fe es confiar en Dios. Esta tercera dimensión de la fe, la confianza, es precisamente la que está en juego en el Evangelio que acabamos de escuchar. Jesús se encuentra en una barca con sus discípulos, en un mar agitado por grandes olas. Pero está durmiendo. Y los discípulos interpretan el sueño de su Maestro como una ausencia, como si Cristo no se interesase por ellos, no le importase su muerte.

Tener fe es tener confianza en Dios

Esta duda en la fe puede ocurrir en la vida del cristiano. ¡Cuántas veces también nosotros hemos interpretado el silencio de Dios como una ausencia, como si se hubiera olvidado de nosotros, como si no le importáramos! Ahora bien, eso no es verdad. Por ese motivo Jesús le pregunta a sus discípulos: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Esta cuestión —“¿aún no tenéis fe?”— recuerda la afirmación del profeta Isaías: “Si no creéis, no subsistiréis” (Is 7, 9), es decir, si no tuvieseis fe no os podréis mantener en pie.

Una persona sin fe se asemeja a alguien que camina por la orilla de un río y de pronto empieza a hundirse en un fangal y se agarra a sus propios cabellos en un vano intento de salvarse.

No conseguirá nada con eso, quizá se hunda más deprisa… El que comienza a hundirse en un pantano sólo puede salir de él cogiéndose a la mano que se le extiende.

Y eso es la fe, es tener confianza en Dios. Confiar no en nosotros mismos, ni en los demás, sino en Dios.

Asirnos de la mano de Dios cuando sintamos que nos estamos hundiendo, cuando el barco de nuestra vida estuviera naufragando en las olas del mar.

El pecado es un acto de ateísmo práctico

El Evangelio de esta Misa nos presenta el miedo y la duda de los discípulos de Jesús, mientras que la primera lectura (2 S 12, 1-7a; 10-17) nos muestra la negación de la fe: el pecado del rey David. De hecho, el pecado es un acto de ateísmo práctico. En el momento de pecar, el individuo se olvida de Dios, actúa como si Él no existiese. Decide dirigir su vida por su cuenta y determina lo que es bueno y lo que es malo para sí mismo.

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Un momento de la homilía de la Misa presidida por Mons. Beni dos Santos en la iglesia del seminario de los Heraldos del Evangelio con motivo
de la apertura del año lectivo.

Eso fue precisamente lo que hizo David: se olvidó de Dios, decidió vivir por su propia cuenta. Tras haber cometido adulterio con la esposa de Urías —un soldado fiel que combatía en el ejército del rey—, David recurre en vano a varias estratagemas mentirosas, para guardar las apariencias. Por último, le ordenó al general que pusiera a Urías, el soldado fiel, en el sitio más peligroso de la batalla, de manera que muriese.

Y eso fue lo que ocurrió. Así, que en todo este proceso de pecado tras pecado, David ya no se acordaba más de Dios. Se volvió un ateo práctico.

El salmo más bonito de la Sagrada Escritura

Pero el Señor, según hemos visto en la primera lectura, le envió al profeta Natán para invitarle a la conversión. Y el profeta le contó esa sencilla y bonita parábola, que nos llena de emoción: un hombre rico tenía un gran rebaño de ovejas y vacas, mientras que su vecino pobre poseía tan sólo una cordera pequeña que criaba dentro de su casa como si fuese su hija; y el rico se apoderó de ella para dar de comer a un visitante.

“El hombre que ha hecho tal cosa es reo de muerte”, exclamó David, cuando el profeta terminó de narrar la parábola. Y Natán le replicó: “Tú eres ese hombre”. David se arrepintió y para expresar su arrepentimiento compuso el Salmo 50, que ha sido nuestra respuesta orante después de la primera lectura. Quizá sea este salmo el más bonito de la Sagrada Escritura. Refleja el proceso del pecador que se arrepiente, confiesa su falta y recibe el perdón de Dios, el sacramento de la Reconciliación, podríamos decir.

El pecador perdonado tiene una gran misión

En este salmo existen verbos en pasado, en presente y en futuro. El verbo en pasado manifiesta el examen de conciencia y el arrepentimiento: “Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad en tu presencia”. Creo, hermanos y hermanas, que si en el momento de la tentación recordásemos que estamos en la presencia de Dios, para quien nada está oculto, no cometeríamos ningún pecado. El pecado aparta al pecador del trato no sólo con relación al prójimo, sino también con relación a Dios. Es una ofensa a Dios.

El verbo en presente expresa la confesión y el pedido de perdón: “Misericordia Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado”.

El verbo en futuro expresa la penitencia y la misión del hombre perdonado por Dios: “Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti”.

Hermanos y hermanas, me parece que sería muy bueno meditar este salmo al prepararse para el sacramento de la Penitencia.

Ahí está todo el proceso que nos lleva a confesar nuestros pecados y pedir perdón. El que recibe la absolución tiene una gran misión que cumplir: anunciar a los pecadores los Mandamientos divinos, la voluntad de Dios, para que ellos también se vuelvan hacia Dios.

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“Santo Tomás de Aquino” - Convento de los Dominicos, Salvador de Bahía, Brasil.
Un teólogo apasionado por la Eucaristía

Hoy la Liturgia celebra la memoria de Santo Tomás de Aquino, que vivió en el siglo XIII, en la Plena Edad Media. Además de teólogo, fue un gran santo. Pero no es sólo un teólogo, sino el Teólogo de los teólogos, el maestro de todos los teólogos de la Iglesia. Enseñé Teología durante treinta y un años y estoy convencido de que quien no ha leído la obra de Santo Tomás, por lo menos la Suma Teológica , no puede llamarse teólogo. Conocer la obra de Santo

Tomás es una condición para ser teólogo católico.

Siempre me ha emocionado mucho su doctrina sobre la Eucaristía. La consideraba el centro de su vida. Era un apasionado por la Eucaristía. Y es interesante destacar que, en la Suma Teológica , trata de los sacramentos después de haber expuesto la cristología, después de tratar de Cristo. Esto es significativo. Al explicar los sacramentos después de la cristología, Santo Tomás quiso mostrar que los sacramentos son los canales de la gracia, y estos canales están vinculados a una fuente: Cristo, del que proviene la gracia salvífica que recibimos en los sacramentos.

Jesús es la fuente, los sacramentos son los canales por los que la gracia llega hasta nosotros.

La Eucaristía: una continuación de la Encarnación

Y para el Doctor Angélico la Eucaristía es el sacramento central. Todos los demás tienen de referencia a la Eucaristía. Porque los otros sacramentos nos comunican la gracia salvífica del misterio pascual, y en la Eucaristía tenemos la presencia misma de Cristo resucitado. Para él, la Eucaristía es semejante a la Encarnación, es en cierto modo una continuación de la Encarnación. Y en la humildad de Jesucristo, el Verbo Encarnado, en esa humildad que los ojos humanos podían ver, estaba presente la divinidad oculta a los ojos humanos. La divinidad presente y actuando en la humanidad de Jesús. Lo mismo ocurre en la Eucaristía: en las especies pan y vino, que nuestros ojos ven, está presente Cristo resucitado, que nuestros ojos no pueden ver. A través de las especies eucarísticas Él viene hasta nosotros, viene a nuestro corazón.

Y de hecho podemos decir que la Eucaristía es una continuación de la Encarnación. Jesús no podría haber dicho nunca en la Última Cena: “Esto es mi Cuerpo, éste es el cáliz de mi Sangre”, si no hubiera asumido en la Encarnación, en el vientre de la Virgen, un cuerpo humano verdadero.

Existe un himno a la Eucaristía, en latín, en melodía gregoriana, que empieza con estas palabras: “Ave verum corpus natum de Maria Virgine” (¡Salve!, verdadero cuerpo nacido de la Virgen María). Podemos pronunciar estas palabras cuando nos acerquemos a la Eucaristía para recibirla, cuando contemplemos y adoremos a la Eucaristía: “¡Salve!, verdadero cuerpo nacido de la Virgen María”.

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“Ave verum corpus natum de Maria Virgine”. Podemos pronunciar estas palabras cuando contemplemos y adoremos a la Eucaristía.

La Eucaristía anticipa en cierto modo la vida eterna

Además de indicar esta semejanza de la Eucaristía con la Encarnación, Santo Tomás de Aquino nos muestra que tiene varias dimensiones: pasado, presente y futuro. La dimensión del pasado: la Eucaristía hace presente la inmolación de Cristo en el Calvario, para nuestra salvación.

Esta inmolación está presente en el sacramento de la Eucaristía. La Eucaristía tiene una dimensión presente: es un signo de que Cristo nos acompaña en nuestra peregrinación terrena. Podemos entrar en contacto con la verdad de su Cuerpo y de su Sangre, nos alimentan en esta peregrinación.

Pero en la Eucaristía también hay una dimensión dirigida hacia el futuro: es el anticipo y anuncio de la vida eterna. La vida eterna consiste en la comunión con Dios, y en la Eucaristía entramos en comunión con Él. Por lo tanto, anticipa en cierto modo la vida eterna.

Para concluir esta reflexión, me gustaría recordar las últimas palabras pronunciadas por Santo Tomás de Aquino cuando, unas horas antes de su muerte, le trajeron la Eucaristía como Viático. Mirando a la Sagrada Hostia dijo: “Te recibo, alimento; te recibo, precio de la redención de mi alma, te recibo, Viático de mi peregrinación. Por tu amor viví, trabajé y estudié”. Amén

(Homilía de la Misa de apertura del año lectivo en la iglesia del seminario de los Heraldos del Evangelio, 28/1/2012 — Texto extraído de la grabación, no revisado por su autor)

 

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