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La Palabra de los Pastores

El Papa tiene la palabra justa y oportuna

Publicado 2012/09/03
Autor : Mons. Sergio Aparecido Colombo

Queremos volver hoy nuestra mirada con afecto hacia el Papa Benedicto XVI y pedirle al Espíritu Santo luces para que continúe con la misma firmeza de Pedro, con la convicción y el ardor de Pedro en tiempos tan diferentes.

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Confieso que debido a la escasez de tiempo no me ha sido posible redactar un texto para la homilía de esta solemne Celebración Eucarística y le he pedido al Espíritu Santo que, en este momento, me ilumine e inspire las palabras que, al proceder de Él, ciertamente contribuirán a edificar a esta numerosa asamblea que alaba, se llena de júbilo y, hoy más que nunca, se siente íntimamente ligada a toda la Iglesia y vinculada de manera especial a quien la guía, haciendo las veces de Pedro: el Papa Benedicto XVI.

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Mons. Sergio Aparecido Colombo.
Obispo de Bragança Paulista (Brasil).

No es necesario decir cuánto admiramos, veneramos y respetamos al Sucesor de Pedro. Y con él, evidentemente, todos los que participan en esta hermosa misión: los obispos, los presbíteros, los diáconos y, en cierto sentido, todo el pueblo de Dios que se deja conducir por el Buen Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, el cual se nos presenta visiblemente en la figura del Papa, con los obispos, causándonos alegría y proporcionándonos mucha seguridad.

Firmeza y convicción de Pedro

Esta seguridad la notamos en Pedro en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, cuya lectura acabamos de escuchar (Hch 4, 1-14). En él, el autor del libro sagrado deja entrever su claridad, firmeza y convicción al hablar de Jesús resucitado: “Quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros”.

El Padre había resucitado a Aquel que el Sanedrín había dado muerte, y la presencia del ex paralítico curado por completo, junto a Pedro y Juan, era la prueba de que Dios actuaba por medio del Nazareno.

Ante la elocuencia de Pedro, y frente a un hecho indiscutible, los saduceos, maestros y doctores sólo podían adoptar una actitud: quedarse admirados y callar, pues lo que acababa de ocurrir era obra del Resucitado, del que Pedro y Juan, desde hacía mucho, eran servidores. Servidores y también discípulos que aprendieron el Evangelio vivo en la escuela de Jesús, Palabra viva del Padre.

Estamos llamados a dar testimonio de los Apóstoles

Hermanos y hermanas, miramos hoy a la Iglesia de Jesús, nacida de su Corazón, instituida por Él, y como miembros de esta Iglesia —cada cual según su condición, cada cual según el servicio confiado por el Espíritu— estamos llamados a dar el mismo testimonio de Pedro y de Juan a todos cuantos tengan contacto con nosotros.

Y nuestro testimonio ha de ser dado, quizá, con mayor firmeza y convicción aún que en otros tiempos, porque hoy hemos llegado al punto de que no es reconocida la presencia de Dios, su acción y el proyecto de vida y salvación que Él tiene para toda la humanidad. Y es precisamente ésa la preocupación de Pedro —hoy Benedicto XVI.

Y eso es exactamente lo que le ha llevado a convocar el próximo Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en Roma en octubre, con representantes de toda la Iglesia. Desea oír, acoger y recordar al mundo en esa asamblea la importancia de vivir y construir bajo la égida de la Palabra de Dios. Es el Papa, sucesor de Pedro, que reza y se pregunta cómo volver a proponer el amor de Dios, su palabra, su misericordia, su presencia, su bondad a los hombres de nuestro tiempo.

Convicción y ardor en el sucesor de Pedro

Hemos escuchado en la Segunda lectura (2 Tm 4, 1-5) que vendrá un tiempo en el que muchos hombres y mujeres no soportarán la sana doctrina.

Y se quedarán aturdidos, inquietos, al oír enseñanzas que, tras halagar sus oídos, desviarán sus corazones. ¿Cómo presentar, entonces, la propuesta amorosa de Dios a una humanidad que, en su gran mayoría, se organiza y vive como si Él no existiera?

Evangelizar, anunciar a Jesucristo como hemos visto que hicieron Pedro y Juan en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, ése es el gran desafío para nuestra Iglesia.

Por eso, queremos volver nuestra mirada con afecto hacia el Papa Benedicto XVI y pedirle al Espíritu Santo luces para que tenga la misma firmeza, docilidad, convicción y ardor manifestado por Pedro en la Primera lectura, en tiempos tan distintos. Nadie duda o queda indiferente, ni en la Iglesia ni fuera de ella, ante lo que dice el sabio y santo Benedicto XVI. De hecho, el Papa tiene sabiduría y santidad. Sabe mantenerse sereno y tranquilo y tiene una espiritualidad envidiable. Es un hombre al que nunca le falta una palabra justa y oportuna para evangeli zar no sólo a la Iglesia Católica, sino al mundo entero.

La puerta por donde deben entrar todas las ovejas

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“San Pedro”, por Ludovido Brea, Museo
del Palacio Bianco, Génova (Italia).

Como Pedro, Juan y los demás apóstoles y discípulos a lo largo de la historia de la Iglesia, también hoy el Papa, los obispos, los sacerdotes y los líderes de las comunidades encuentran dificultades y rechazos. ¿Dónde buscar la fuerza para enfrentarlas? ¿Dónde procurar una referencia inquebrantable? ¿Cómo hacer ese camino con la misma intensidad y alegría, en medio a los mismos desafíos de los que vinieron antes que nosotros?

La respuesta está en el Evangelio de hoy (Jn 21, 15-17): “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”.

Esta pregunta no fue repetida tres veces por casualidad. No queremos decir aquí únicamente que las tres afirmaciones de Pedro —“Sí, Señor. Tú sabes que te amo”— tenían como objetivo compensar sus tres negaciones. No. Al preguntarle tres veces si le amaba, Jesús quería saber de Pedro, con certeza, más allá de cualquier reflexión, si le amaba incondicionalmente y estaba dispuesto, como Él, a entregar su vida.

En la continuación del pasaje del Evangelio de esta Misa, dice el Maestro a su apóstol: “Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras” (Jn 21, 18). Y ya conocemos cuál fue el final de Pedro. Fue la cruz. Pero, al responder por tercera vez, lo reafirma: “Señor, tú lo sabes todo; sabes que te amo”.

Ése es el secreto: “Yo le amo. El señor sabe que le amo. Conoce mis flaquezas, conoce mis límites, conoce mi temperamento colérico, ya conoce mis arrebatos —para usar un lenguaje común—, pero el Señor lo sabe, yo le amo”. Y Jesús también reafirma: “Apacienta mis ovejas”.

Es decir, “entonces vas a ser para el pueblo, con el pueblo, junto al pueblo, mis ovejas, aquello que Yo fui: pastor y puerta. Por ti todas deberán entrar; y al entrar deberán sentir alegría, deberán sentir seguridad, deberán sentir protección”.

Hoy, como siempre, la Iglesia enfrenta persecuciones

Eso es lo que Pedro ha hecho a lo largo de casi dos mil años. Eso es lo que nosotros, los obispos, los presbíteros, los líderes de la Iglesia hemos intentado hacer. En nuestra fragilidad o en nuestra grandeza, con nuestras posibilidades y límites, pero siempre auxiliados por la gracia, hemos procurado ser la presencia de este Pastor, la puerta por la cual todos deben entrar y, al mismo tiempo, los guías, junto con Él, de la humanidad entera. Y debemos, creo yo, implicarnos en ese dinamismo siempre más. La Iglesia enfrenta persecuciones.

Enfrenta una campaña subliminal, muchos quieren acallar su voz. Basta verlo en los medios de comunicación.

La Iglesia enfrenta oposiciones porque, felizmente, aún está molestando a algunas personas. Esto significa que está haciendo justamente lo que Jesús, Pedro y los Apóstoles hicieron, y que hoy procuramos imitar. No por iniciativa o mérito personal nuestro, sino por la gracia de Dios y por la acción de su Espíritu.

Queremos trabajar para la Iglesia, servirla y ser cristianos convencidos. Tenemos que ser cristianos convencidos porque el mundo está sediento de nuestro testimonio, de una palabra que edifica y permanece, que toca y transforma los corazones. Una palabra, en suma, que provenga de Dios y de su Iglesia, y no de la última moda o del último noticiero.

¡Qué hermosa es nuestra Iglesia! La Iglesia misma de Jesús. Por eso, no tengamos miedo. Vamos a anunciar con palabras y con nuestro testimonio el Evangelio. El que va a trabajar el corazón de la gente para abrirse a este anuncio es el Espíritu Santo. A nosotros cumple proclamar al Resucitado con fe, sabiduría y alegría, procurando convencer a nuestros oyentes de aquello de lo que hablamos. Convenciéndoles de que Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Jamás pasará, y esta misma vida que hoy tenemos en Él, será vida eterna con Él.

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Benedicto XVI en la Basílica de Aparecida
durante su visita a Brasil en mayo de 2007.

La Santísima Virgen María nos cuida

Llego al final de esta homilía recordando que la Virgen María —la querida, bendita y santa Madre de Dios— nos acompaña hoy como otrora acompañó a la Iglesia naciente.

Desde Belén, donde era la discípula primera y ejemplar, fue con Jesús hasta Jerusalén, y más tarde recibió con los Apóstoles el Espíritu Santo en el Cenáculo. Narra el Evangelio que, mientras su divino Hijo moría, Ella estaba de pie junto a la Cruz. Allí nos fue dada como Madre y por eso está aquí en medio de nosotros. Y no es necesario siquiera recordar el amor, el cariño del pueblo hacia la Madre de Jesús.

Aún hoy por la mañana oía la voz de una artista que tuvo la alegría de cantar para el Papa, cuando estuvo aquí, ese bonito himno que encantó a Brasil y al mundo: “Virgen María, dame tu mano, cuida de mi corazón, de mi vida...”. Pues bien, María está aquí. Cuida de los Apóstoles, cuida de la Iglesia como la madre de la casa y de la familia. La Virgen vela para que no nos desviemos del camino de su Hijo, porque Ella sólo tiene un deseo: que atendamos los pedidos que Jesús nos hace a cada uno.

Un lugar donde se sienta la presencia de Él y de Ella

Y ahora —por una concesión de Pedro, hoy Benedicto— esta magnífica iglesia que hoy nos abriga, en su belleza arquitectónica, en su arte y en su historia, pasa a ser Basílica Menor. Esto significa que tenemos, a partir de ahora, una responsabilidad mayor.

El Papa Benedicto nos ha concedido este don. Lo agradecemos y nos sentimos en la obligación de valorarlo exaltando aún más a la Madre de Dios y haciendo con que este magnífico templo sea un lugar donde, de modo muy particular, se sienta la presencia de Ella y de Él. Porque no podemos comprender a la Madre de Jesús sin su Hijo divino, ni a Jesús sin su Madre, que Él nos dio por Madre nuestra. El Concilio Vaticano II, en el capítulo octavo de la Constitución Apostólica Lumen gentium , deja bien claro cómo la Iglesia entiende la presencia y la mediación de la Virgen María.

Por el breve apostólico que ha sido leído al comienzo de la Misa, ya estamos dentro de una basílica. ¡Qué hermosura! Habiendo sido aceptado por el Papa el pedido del obispo ahora nos encontramos dentro de un templo aún más íntimamente vinculado al Sucesor de Pedro, para mayor gloria de Dios. Las oraciones y pedidos de todos los que vengan aquí a participar en la Eucaristía o hacer la experiencia de la misericordia divina a través del sacramento de la Confesión, se elevarán aún con mayor ardor, intensidad, alegría y gratitud, al subir al Cielo dentro de una basílica.

Pues bien, seamos cristianos convencidos como Pedro, Juan y Timoteo, que aparecen en la Segunda lectura. Unidos con los pastores de la Iglesia de ayer, hoy y siempre, procuremos representar por medio de nuestra vida y testimonio, el mensaje amoroso, santificador y liberador de nuestro Dios. No existe por supuesto —y eso lo ha dejado bien claro muchas veces el Papa Benedicto XVI desde el inicio de su ministerio— otro modo para que la humanidad se salve, viva su vocación, sea más justa, fraterna y más acorde con el proyecto de Dios, si no es a partir de Él, que es amor. Este amor que, llevado a sus últimas consecuencias en Jesús crucificado y resucitado, permanece para siempre en el Espíritu Santo con la Virgen María, abriéndonos caminos para que podamos igualmente dar testimonio. Amén.

(Homilía de la Misa del 24/5/2012, en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, de los Heraldos del Evangelio, en Brasil)

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Por el breve apostólico que ha sido
leído al comienzo de la Misa, ya estamos
dentro de una basílica, un templo aún más íntimamente vinculado al Sucesor de Pedro.

“Entre los templos sagrados...”

Papa BenedictoXVI — ad perpetuam rei memoriam. Entre los templos sagrados de la Diócesis de Bragança Paulista, en Brasil, se destaca merecidamente la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, erigida en la ciudad de Caieiras, a la cual los fieles de la región acostumbran dirigirse a fin de implorar el poderoso auxilio de aquella que es la Llena de Gracia, para que conduzca su existencia según los preceptos del Evangelio.

Por esta razón, una vez que el Venerable Hermano Sergio Aparecido Colombo, obispo de la referida Sede, con carta del día 1 de marzo de este año, en nombre del clero y también del pueblo, pidió honrásemos este templo con el título y dignidad de Basílica Menor, Nos, deseando dar pruebas de especial benevolencia, con sumo agrado por las fervorosas plegarias, juzgamos que deba ser concedido.

Por lo tanto, atendidos totalmente los requisitos que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, con las facultades por Nos concedidas, estableció en esta materia, con el sumo poder Apostólico, en virtud de esta carta y perpetuamente, elevamos la iglesia mencionada al grado y dignidad de Basílica Menor, conferidos todos los derechos y concesiones litúrgicas, que debidamente compiten a los edificios sagrados honrados con este título, observado lo que determina el Decreto De titulo Basilicæ Minoris , promulgado el 9 de noviembre de 1989.

Estamos seguros de que la honra concedida incitará el corazón de los fieles a venerar cada vez más a la Santísima Madre de Dios y de la Iglesia.

Deseamos que esta carta produzca efecto a partir de ahora y para la posteridad, siendo revocadas cualesquiera disposiciones en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, en el día 21 de abril del año 2012, octavo de Nuestro Pontificado. Firmado: Card. Tarcisio Bertone, Secretario de Estado.

 

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