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El pecado

¿Fueron Adán y Eva engañados por la serpiente?

Publicado 2012/11/30
Autor : P. Rodrigo Alonso Solera Lacayo, EP

Habiendo sido creados nuestros primeros padres en un elevadísimo estado de gracia, santidad y perfección, ¿cómo fue posible que pecaran?

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Habiendo sido creados nuestros primeros padres en un elevadísimo estado de gracia, santidad y perfección, ¿cómo fue posible que pecaran?

Padre Rodrigo Alonso Solera Lacayo, EP

Cuanto más se penetra en las enseñanzas de la Santa Iglesia sobre el pecado original, más aflora la gravedad de la desobediencia de nuestros primeros padres. Se trata de una transgresión desconcertante, casi se diría incomprensible. En relación con las faltas de los hombres en este valle de lágrimas, dada la prodigalidad de los auxilios divinos que nunca faltan a quien es tentado, el salmista exclama: “Delicta, quis intelligit?” (Sal 19,13). ¿Qué decir entonces de la ofensa a Dios cometida por Adán y Eva en el Paraíso terrenal, habiendo sido creados en un elevadísimo estado de gracia y santidad? ¿Cómo es posible que llegasen a pecar? ¿Cuál fue la causa y la raíz más profunda de la violación del precepto divino?

 

Es lo que vamos a considerar en este artículo, con base en dos lumbreras del pensamiento cristiano, Santo Tomás y San Agustín, al examinar si nuestros primeros padres fueron engañados por la serpiente.

Serpiente

A primera vista, sólo puede haber una respuesta: nuestros
primeros padres cayeron en la trampa del tentador,
fueron engañados por él.

Espécimen del género Pseustes
poecilonotus - Isla de Colón (Panamá).

“Dios hizo a los humanos equilibrados” (Ecl 7, 29)

Como espejos sin mancha, Adán y Eva irradiaban en su perfecta inocencia la imagen de su Creador.

 

Por un don sobrenatural de la gracia tenían la razón sometida a Dios, la voluntad a la razón, y el cuerpo al alma. En consecuencia, disfrutaban una vida íntegra, inmortal e impasible: “Ni la muerte ni las enfermedades tenían acción sobre el hombre. 

 

Mediante la sumisión de las fuerzas inferiores a la razón, reinaba en el hombre una tranquilidad completa de espíritu, porque la razón humana en nada era perturbada por las pasiones desordenadas. Por lo mismo que la voluntad del hombre estaba sometida a Dios, el hombre lo refería todo a Dios como a fin último, en que consistían la justicia y la inocencia”. 1

 

Si nuestros primeros padres hubiesen sido fieles, este estado de justicia se habría comunicado a todos sus descendientes.

 

En su infinita bondad, Dios destinaría al hombre a un fin sobrenatural, a la felicidad perfecta: contemplar la esencia divina en la gloria de la eternidad. No obstante, esta bienaventuranza no debería ser alcanzada sólo como un don gratuito, sino también como un premio merecido y conquistado —siempre con el auxilio de la gracia, claro— por la fidelidad y buenas obras. Entonces, ¿cuál fue la prueba a la que Adán y Eva fueron sometidos por Dios para ser dignos de esa felicidad que ni los ojos vieron, ni los oídos oyeron, ni el corazón del hombre puede imaginar (cf. 1 Co 2, 9)? Por cierto, debía de ser algo dificilísimo...

 

En realidad, Dios les impuso un precepto fácil de cumplir: “Del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir” (Gn 2, 17). Ese fruto no era malo en sí mismo. La finalidad de la prohibición era acostumbrar al hombre a la saludable sumisión a su Creador. Se trataba, por tanto, de una sencilla prueba de obediencia. Y en el estado de justicia, en el que el cuerpo se encuentra sometido a la razón y el alma a Dios, Adán y Eva no tenían flaqueza alguna. En ellos no existían malas inclinaciones o apetitos desordenados que pudiesen moverlos a romper su propósito de obedecer a Dios.

 

Luego, ¿cómo pudieron nuestros primeros padres desobedecer a Dios, dadas la rectitud y la integridad de su estado original?

“La serpiente me sedujo” (Gn 3, 13)

A primera vista, sólo puede haber una respuesta: cayeron en la trampa del tentador, fueron engañados por él. La narración del Génesis parece confirmar esta hipótesis. De hecho, la serpiente le dijo a Eva que si ella o su marido comían del fruto prohibido sus ojos se abrirían y serían como dioses, conocedores del bien y del mal. A continuación está escrito: “La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió” (Gn 3, 6). Y más adelante, cuando Dios le pregunta a Eva el motivo de su desobediencia, ella le responde: “La serpiente me sedujo y comí” (Gn 3, 13).

 

Listo, el dilema parece estar resuelto. Todo indica que Eva creyó en las palabras del demonio, pues pensó que su inteligencia se abriría y sería igual a Dios. Por otro lado, aunque no exista ningún detalle de cómo ella le presentó a Adán aquel fruto, el hecho de que éste “también lo comió” quizá demuestre que lo aceptó por el mismo motivo y, por lo tanto, fue engañado igualmente. Pobrecitos, diríamos, no tuvieron culpa.

 

Sin embargo, la cuestión es más compleja. Y he aquí la profunda maldad y gravedad del primer pecado: ninguna persona en el estado de inocencia original podía ser engañada. Es posible que le faltara alguna perfección o conocimiento, pero esto no llegaría a ser un mal para ella. Juzgar incorrectamente sobre alguna cosa, por el contrario, constituiría un defecto incompatible con ese estado tan elevado de perfección. Mientras permaneciera la inocencia en el hombre, éste podía ignorar una verdad, pero sería imposible que se engañase al aceptar algo falso como verdadero.2

 

Aunque no hayamos considerado la causa más profunda por la cual nuestros primeros padres transgredieron el precepto divino, se habría aclarado el problema central de este artículo: no es posible que hayan sido engañados por la serpiente. No obstante, una afirmación que hace San Pablo en su primera epístola a Timoteo parece contradecir en parte lo que acabamos de ver: “Adán no fue engañado; en cambio, la mujer, habiendo sido engañada, incurrió en transgresión” (1 Tm 2, 14).

 

Santo Tomas de Aquino
“Santo Tomás de Aquino, protector de la Universidad
de Cuzco” - Museo de Arte de Lima (Perú).

Una vez más, vemos que el asunto es más complejo de lo que pensábamos a primera vista. ¿Cómo podía ser engañada Eva si eso era imposible en el estado de justicia original? ¿Y cómo se explica que Adán siguiese a su esposa en el pecado? Querido lector, por favor, no abandone la lectura... todo quedará más claro enseguida, se lo aseguro.

“La soberbia precede a la ruina; el orgullo, a la caída” (Pr 16, 18)

Según nos lo explica Santo Tomás, un primer deseo desordenado en Adán y Eva fue la raíz más profunda del pecado original. Sin embargo, ese movimiento interior no podía ser el apetito de un bien material, como un deseo intemperante de comer el fruto prohibido. Al no haber en ellos flaqueza o perturbación corporal, ninguna inclinación de la sensibilidad podía apartarlos de Dios. Tan sólo el anhelo desordenado de un bien espiritual, como una mayor dignidad o sabiduría, podía romperles el vínculo con el Creador. Y eso es, señala el Doctor Angélico, propio del vicio de la soberbia.3

 

Así como el robo de una gran fortuna revela el delito concebido y planeado en la mente del ladrón, la transgresión del precepto divino manifiesta la soberbia con la que Adán y Eva prevaricaron antes en el fondo de sus almas. No procuraban de forma inmediata ofender a Dios o rebelarse contra Él, sino que, a causa de la búsqueda desordenada de su propia excelencia y elevación, se desviaron de su rectitud original e incurrieron en abierta desobediencia.4

 

De estos principios se deduce fácilmente la razón por la que Eva fue engañada por el demonio. Habiendo perdido el estado de inocencia, por el pecado interior de soberbia, las tinieblas del error podían invadir, ofuscar y oscurecer su entendimiento. Así lo demuestra Santo Tomás: “La seducción de la mujer, aunque precedió al pecado de obra, fue posterior al pecado de presunción interna. Pues dice Agustín: ‘La mujer no hubiera dado crédito a las palabras de la serpiente si en su mente no hubiera existido, ya antes, el amor a la propia potestad y cierta estimación presuntuosa de sí misma'”.5

 

Esta explicación brilla por su claridad. No obstante, aún se podría plantear el siguiente problema: si el pecado interior de Eva precedió a la transgresión del precepto divino, ¿habría prevaricado mucho antes de ser tentada por la serpiente? ¿Por qué motivo, entonces, no fue castigada y expulsada antes del Paraíso? La respuesta es simple: el pecado interior de Eva ocurrió después de la tentación del demonio; y, una vez que perdió la integridad original, creyó en las palabras de la serpiente y cometió el pecado exterior de desobediencia.6

“Por un hombre entró el pecado en el mundo” (Rm 5, 12)

En el caso de Adán fueron dos las causas que desviaron su voluntad del estado de rectitud e inocencia. La principal sólo podía ser el anhelo desordenado de un bien espiritual, un pecado de soberbia, como el de Eva. Pero al contrario que ella, según explica el Apóstol (1 Tm 2, 14), Adán sólo se dejó atraer —no iludir— por las palabras de la serpiente.7 ¿Por qué no se puede decir que él fue engañado, si su pecado fue idéntico al de su esposa? “La verdad está en los matices”, dicen los franceses. En términos generales, nuestros primeros padres cometieron el mismo pecado de soberbia. La diferencia específica entre ambas transgresiones y el motivo por el cual Eva fue engañada está precisamente en un detalle: “Al creer [ella] que era cierto lo que le sugirió la serpiente, a saber: que Dios les había prohibido comer del árbol por miedo a que llegaran a ser como Él. Por ello, al querer hacerse semejante a Dios comiendo del árbol prohibido, su soberbia fue tan grande que quiso obtener algo contra la voluntad de Dios. El varón, en cambio, no creyó que fuera verdad, por eso no pretendió conseguir la semejanza divina en contra de la voluntad de Dios, aunque cometió pecado de soberbia al querer conseguirla por sí mismo”.8

 

La segunda causa de la prevaricación de Adán fue resultado de la anterior. Tras perder la justicia original y romper el vínculo de su alma con Dios, todavía quiso mostrarse complaciente con Eva, como indica el santo obispo de Hipona: “No en vano dijo el Apóstol: ‘Adán no fue engañado, la mujer fue la engañada' (cf. 1 Tm 2, 14), porque ella tomó como verdadero lo que le dijo la serpiente, y él no quiso apartarse de su única consorte ni en la participación del pecado. Mas no por eso fue menos reo y culpable, sino que, sabiéndolo y viéndolo, pecó; y así no dice San Pablo ‘no pecó', sino ‘no fue engañado'”.9

 

La raíz más profunda del pecado original, por consiguiente, fue la soberbia: “Porque principio de la soberbia es el pecado, y quien se entrega a ella hace llover abominación. Por eso el Señor les infligió calamidades, y los abatió completamente” (Eclo 10, 15). A la transgresión del precepto divino, de hecho, le siguió la difícil situación en la que estamos, pues destruida la sumisión del alma a Dios desapareció la sujeción de la voluntad a la razón y del cuerpo al alma. El resto, incluso todos los problemas y crímenes de los que somos testigos hoy día, es una consecuencia.

 

Como concluye San Agustín, nuestros primeros padres quisieron robar la divinidad y perdieron la felicidad: “Rapere voluerunt divinitatem, perdiderunt felicitatem”.10

“Escalaré las cimas de las nubes, semejante al Altísimo” (Is 14, 14)

La comparación entre el pecado de los ángeles y la desobediencia de nuestros primeros padres, como veremos a continuación, nos ayudará a completar la doctrina vista hasta aquí. En la raíz de las dos transgresiones hubo, en efecto, un movimiento de soberbia, un desordenado apetito de ser como Dios. Sin embargo, ¿hasta donde llegó en unos y otros ese anhelo de semejanza? ¿Sería admisible suponer que el demonio pretendía elevarse hasta el Creador, usurparle de alguna manera la naturaleza divina y apoderarse de su trono? ¿Adán y Eva aspirarían literalmente a la igualdad con el Altísimo?

 

El Doctor Angélico distingue dos formas de semejanza. La primera consiste en la igualdad absoluta, en la identidad de naturaleza. Pero no fue ésta la semejanza con Dios la apetecida por los demonios y por nuestros primeros padres. Como aún no habían pecado ni abierto las puertas de su entendimiento a las tinieblas del error, sabían muy bien que eso era imposible. La segunda es la de imitación, la cual es alcanzable y legítimamente deseable por las criaturas, pues todas participan en diversos grados de la bondad divina, con tal que se aspire a esa semejanza según el orden establecido por Dios: no como un derecho o virtud que se adquiere exclusivamente por el propio esfuerzo, sino como una dádiva divina más.11

 

Cristo

“Para restaurar el orden roto, era indispensable que
la Segunda Persona de la Santísima Trinidad
se encarnase, sufriese todos los tormentos de
la Pasión, muriese en la Cruz y resucitase
al tercer día”.

“Cristo con la Cruz a cuestas”, por Biagio
d’Antonio – Museo del Louvre, París.

Pues bien, la rebelión del diablo se debió al deseo de poseer por la virtud de su propia naturaleza lo que Dios le hubiera concedido por la gracia si fuese fiel: la gloria eterna en el Cielo, la bienaventuranza sobrenatural de la visión beatífica. Es decir, quiso constituirse como fin último de sí mismo, rompiendo toda clase de sumisión a su Creador: “Su deseo de ser semejante a Dios consistió en apetecer como fin último de la bienaventuranza las cosas que podía conseguir por la capacidad de su naturaleza, desviando por ello su apetito de la bienaventuranza sobrenatural, que proviene de la gracia de Dios. O si deseó como último fin la semejanza con Dios que tiene por causa la gracia, quiso alcanzarla por la capacidad de su naturaleza, y no con la ayuda divina”.12

 

De manera similar, también Adán y Eva buscaron los bienes que sólo la gracia y los dones divinos podían otorgarles: “El primer hombre pecó sobre todo al desear la semejanza con Dios en cuanto al conocimiento del bien y del mal, como la serpiente le sugirió, es decir, el poder determinar, con su propia naturaleza, lo que era bueno o malo que fuera a sucederles. En segundo lugar pecó deseando la semejanza con Dios en cuanto al mismo poder operativo, es decir, el poder según su propia naturaleza, obrar de modo que consiguiera la bienaventuranza. [...] Ambos quisieron equipararse a Dios en algo: ambos quisieron confiar en sus propias fuerzas despreciando el orden de la norma divina”.13

 

Los ángeles malos y nuestros primeros padres, por tanto, no tuvieron la absurda pretensión de alcanzar un plano de igualdad con la naturaleza divina; ni siquiera Eva fue iludida hasta ese extremo por la serpiente. Sin embargo, descontentos con su condición de seres contingentes, quisieron constituirse en seres absolutos de sí mismos, autosuficientes y libres de cualquier sujeción a Dios. Se tratade una contradicción, es verdad, pues en el fondo buscaban cierta forma de omnipotencia, conscientes de que les era imposible la igualdad con el Creador; y así también existe en cualquier pecado —dicho sea de paso— una contradicción entre la verdad y el raciocinio que hacemos para justificar nuestra mala conducta.

 

Bien se puede afirmar que el pecado de nuestros primeros padres fue diabólico, ya que en su esencia fue idéntico al de los ángeles malos. Esto también se puede decir del vicio del orgullo por el cual somos llevados a amarnos más a nosotros mismos que a Dios.

“Poneos las armas de Dios” (Ef 6, 11)

Nuestra Señora del Apocalipsis

En la gran y decisiva batalla por la salvación
de nuestra alma, recemos y frecuentemos
los sacramentos y, con filial devoción,
recurramos a la poderosa intercesión
de María Santísima.

“Virgen del Apocalipsis” – Residencia
Rosa Mystica, de los Heraldos del
Evangelio, Mairiporã (Brasil).

Es comprensible el hecho de sentir cierta consternación al considerar las diversas luchas de la vida que hemos de enfrentar, como consecuencia del pecado de nuestros primeros padres. De hecho, somos llevados a desear, generalmente, una existencia sin tentaciones, sufrimientos o dificultades.

 

Pero si Dios, en su infinita sabiduría, permitió el mal y el pecado en la Creación es porque sabía que ése era el plan más perfecto para la Historia. Así lo explica Mons. João Scognamiglio Clá Dias: “Algunas corrientes teológicas estudian cómo sería la Historia humana si no hubiera existido el pecado original, si los ángeles no hubiesen pecado y, por tanto, no hubiera sido creado el infierno. Es un estudio interesante, sin duda, para que los teólo gos amplíen sus conocimientos, pero la realidad es esta: Dios creó este mundo sabiendo que en el Cielo algunos ángeles se rebelarían y deberían ser arrojados al infierno; sabía igualmente que Adán y Eva pecarían y, como resultado, serían expulsados del Paraíso terrenal, creado para ellos y sus descendientes; siendo así, tenía perfecta noción de que para restaurar el orden roto por los pecados de los ángeles y de los hombres, era indispensable que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarnase, sufriese todos los tormentos de la Pasión, muriese en la Cruz y resucitase al tercer día. Por lo tanto, ése es el más elevado plan para la Creación. Imposible que haya otro más perfecto, por el simple hecho de que Dios lo quiso, y no podría Él, de ninguna manera, crear un mundo que no fuese, en su conjunto, el más perfecto. Y forma parte de ese plan la lucha entre el bien y el mal”.14

 

Por consiguiente, no imaginemos que lo ideal para nosotros sería vivir en un “paraíso” similar a una especie de parque de atracciones, un lugar de vacaciones perpetuas, donde no existieran serpientes, frutos prohibidos ni luchas. La prueba de Adán y Eva fue la ocasión que Dios permitió para que le demostrasen su amor y su gratitud por los privilegios recibidos, y convertirse, de esa manera, merecedores del premio eterno. Debían estar preparados para ganar esa lucha, rebosando de deseos de derrotar al enemigo infernal. Si nuestros primeros padres, en vez de dar rienda suelta a los movimientos de soberbia en el fondo de sus almas, hubiesen actuado de esa forma, nunca habrían incurrido en abierta desobediencia a Dios, la serpiente maldita jamás habría conseguido engañar a Eva y la desproporcionada ansia de excelencia no habría desviado a Adán de su inocencia original.

 

Nunca debemos lamentarnos ante la lucha. En efecto, nuestra vida es un combate constante contra el demonio, el mundo y la carne: “ Militia est vita hominis super terram ” (Jb 7, 1). Al contrario de nuestros primeros padres, que no pidieron el auxilio divino cuando fueron tentados, 15 no nos dejemos llevar por el orgullo de confiar en nuestras pobres fuerzas naturales. En la gran y decisiva batalla por la salvación de nuestra alma, recemos y frecuentemos los sacramentos. Con filial devoción, recurramos a la poderosa intercesión de María Santísima, la cual, como un terrible ejército en orden de batalla, aplasta la cabeza de la serpiente infernal. (cf. Ct 6, 4; Gn 3, 15).

 

Y, en fin, echemos manos de todas las armas espirituales que Dios ha puesto a nuestra disposición pa ra lograr la plena santificación: “Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión” (Ef 6, 11.14-16.18).

 

1 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Compendium theologiæ . l. 1, c. 186.
2 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica . I, q. 94, a. 4.
3 Cf. Ídem. II-II, q. 163, a. 1.
4 Así lo expone SAN AGUSTÍN, el águila de Hipona: “No se ha de pensar que el tentador hubiese podido derribar al hombre, a no ser que anteriormente hubiera tenido asiento en el alma del hombre cierta oculta soberbia, que debía reprimir” ( De Genesi ad litteram, 11, 5).
5 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica . I, q. 94, a. 4, ad. 1.
6 Cf. Ídem. II-II, q. 163, a. 1, ad. 4.
7 Explica el Doctor Angélico: El hombre “no fue seducido como la mujer hasta llegar a creer en las palabras del demonio contra las palabras de Dios. En efecto: no podía comprender que Dios le hubiese amenazado falsamente y prohibido sin razón una cosa útil. El hombre fue seducido por la promesa del demonio, aspirando indebidamente a la elevación y a la ciencia” ( Compendium theologiæ , c. 191).
8 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 163, a. 4.
9 SAN AGUSTÍN. De civitate Dei , XIV, 11, 2.
10 Ídem. Enarrationes in Psalmos , 68, 9.
11 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica . I, q. 63, a. 3.
12 Cf. Ídem, ibídem.
13 Ídem, II-II, q. 163, a. 2.
14 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Homilía del sábado de la V semana de Pascua. Mairiporã, 12/05/2007.
15 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 94, a. 4, ad. 5.  

 

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