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Religión e Historia

¡Que los cielos hagan llover al Justo!

Publicado 2012/12/27
Autor : Hna. Clara Isabel Morazzani Arráiz, EP

Si a lo largo de los siglos, la Redención ha dado origen a tantas y tan grandes maravillas, ¿qué nuevos esplendores de virtud, de santidad y de heroísmo no tenemos derecho a esperar en el futuro?

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Existirá algo más normal que la lluvia? A veces oímos cómo el viento empieza a soplar y vemos que se acumulan densas nubes en el horizonte y cae una tormenta con violencia, en medio del resplandor de los relámpagos y del retumbar de los truenos, agitando los mares y provocando que los ríos se desborden. En otras ocasiones, la tierra se cubre de espesa niebla y el agua cae fina y continua a lo largo de días y de semanas. En muchas regiones de nuestro planeta, según la estación del año, las precipitaciones son un episodio diario, al que pocos le prestan atención. Cuando en un corrillo falta un tema de conversación la gente comienza a hablar de "lluvia y buen tiempo", es decir, de algo sin importancia ni trascendencia.


Sin embargo, quizá solamente los que ya han pasado por largas temporadas de sequía -cuando la tierra sedienta se agrieta y la vegetación pierde su frescor y se marchita- sepan darle a la lluvia su debido valor y reconocer los incomparables beneficios que aporta para la vida en la Tierra. Incluso presentándose bajo aspectos muy variados siempre conserva el carácter de fecundar y dar vitalidad.

 

Virgen de las Sombras (detalle)

“Virgen de las Sombras” (detalle), por Fra
Angélico - Museo de San Marcos, Florencia

Símbolo de las bendiciones de Dios

 

Como la finalidad de todas las figuras de la naturaleza creadas por Dios es la de reflejar algo de su esencia infinita o de su acción, la de la lluvia es la de ser el símbolo de la abundancia y la eficacia de sus bendiciones. En la Sagrada Escritura encontramos numerosas referencias que demuestran cómo era considerada entre los antiguos una señal de la benevolencia divina, y su ausencia, un signo de castigo.

 

En el Salmo 85 leemos: "Dichosos los que viven en tu casa [Señor], alabándote siempre.


Cuando atraviesas áridos valles, los convierten en oasis, como si la lluvia temprana los cubriera de bendiciones" (5.7); y en el Eclesiástico: "Buena es la misericordia [divina] en tiempo de desgracia, como nubes de lluvia en tiempo de sequía" (35, 26). Si la lluvia representa la liberalidad de los dones divinos que se derraman sobre los hombres, la tierra estéril y reseca se asemeja al alma privada de la lozanía de la gracia, incapaz de practicar cualquier acto de virtud y, por tanto, de conquistar méritos sobrenaturales.

 

Un mundo con necesidad de renovación

 

Hubo en la Historia un largo "tiempo de sequía", de cuatro mil años, donde el "agua de la misericordia divina" era escasa. De hecho, tras la caída de nuestros primeros padres y su expulsión del Paraíso, la humanidad comenzó a desarrollarse en la Tierra en medio del trabajo, del sufrimiento y de las dificultades inherentes a su naturaleza manchada por el pecado.


Poco a poco, arrastrados por el desorden de sus pasiones, los hombres "se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas. [...] Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto a la criatura y no al Creador" (Rm 1, 21.25), fabricando para sí mismos divinidades según sus caprichos que se adaptasen a sus instintos desordenados.


Por consiguiente, "de la universalidad del error salieron todos los crímenes, como de una germinación natural: idolatría, superstición, magia, apoteosis de vicios aclamados como divinidades, injusticias, excesos de la carne, abominables crueldades. Y todos esos crímenes se producen, no como accidentes reprobables en la vida de los individuos, de las familias y de las sociedades, sino como costumbres íntimamente arraigadas en las naciones, y desarrollándose a gusto bajo el triple patronazgo de las leyes, de la opinión y de la religión".1


Este estado de cosas causaba inmensa frustración en las almas, y el universo pagano sentía la necesidad de una renovación. Aunque hundidos en sus creencias supersticiosas, los hombres conservaban el recuerdo de la palabra divina dirigida a Adán y a Eva: vendría un Salvador para acabar con los males del mundo, que regeneraría a la humanidad y le indicaría los rumbos del futuro.

 

A la espera del rocío restaurador

 

En Israel, nación que Dios había convertido en depositaria de la fe y de las promesas mesiánicas, el Señor, por boca de los profetas, había anunciado de mil maneras y bajo numerosas figuras las características del Redentor, sus acciones, su misión, su grandeza. Esta esperanza era el objeto del anhelo de los patriarcas y de los justos que a lo largo de los siglos mantenían la mirada fija en el porvenir y suplicaban al Todopoderoso la abreviación de los tiempos.


El gemido de ese puñado de almas piadosas bien podría ser sintetizado en el pasaje del profeta Isaías, tan repetido a lo largo del período litúrgico del Adviento: "Cielos, destilad desde lo alto la justicia, las nubes la derramen, se abra la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia. Yo, el Señor, lo he creado" (45, 8).


Las versiones más antiguas de la Biblia, siguiendo la Vulgata, consideraban este pasaje como uno de los oráculos más claros a propósito del nombre de Jesús, puesto que las palabras "justicia" y "salvación" eran traducidas por "Justo" y "Salvador", es decir, "Jesús". Ambas variantes concuerdan completamente, porque, al descender del Cielo, el Salvador inauguró una era de justicia y santidad.
Sí, el Justo, el Mesías esperado vino, de hecho, no con gran pompa y boato, como muchos imaginaban, sino revestido de un cuerpo padeciente como el nuestro, para regar con el bautismo de su sangre el gran desierto de este mundo. Ni las almas más áridas, ni los corazones más endurecidos son capaces de resistir a la eficacia de ese rocío restaurador.

 

Abundancia de bendiciones derramadas por el Salvador

 

2.jpg
“Profeta Isaías”, por Aleijadinho
Santuario del Buen Jesús de Matosinhos,
Congonhas do Campo (Brasil)
Al considerar los 2.000 años de la Era cristiana, constatamos cómo la palabra y el ejemplo del Hombre Dios, transmitidos por los Apóstoles, volvió la tierra buena y fecunda.


El ardor de los mártires, la pureza de las vírgenes y la sabiduría de los doctores son expresiones variadas de esa única "justicia derramada desde lo alto", así como el heroísmo sublime de los religiosos, el celo de los misioneros y el amor desinteresado de los que se dedican al bien del prójimo.
De esa inmensa cohorte de santos, con los que la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, siempre se enriquece, fluyen otros tantos desdoblamientos magníficos, como reflejo de la perfección de las almas.

 

Así pues, ahí tenemos la construcción de catedrales, el refinamiento de la liturgia y de los ornamentos, la policromía de los vitrales, la definición de los dogmas, el florecimiento de las órdenes religiosas, la creación de universidades, de hospitales y de monasterios... e incluso la cortesía en el trato, la elegancia en los trajes y maneras, o el buen gusto en el arte culinario.


Probablemente esos muchos profetas y reyes que anhelaban ver los días del Redentor (cf. Lc 10, 24) ni siquiera pudieron imaginar la abundancia de bendiciones que sería derramada sobre sus descendientes en la fe. No obstante, con sus reiteradas plegarias contribuyeron a preparar los caminos del Mesías y apresurar la hora bendita de su llegada.

 

Tiempo de preparación para la venida del Salvador

 

A lo largo de las cuatro semanas que preceden a la Navidad, la Iglesia, desde siglos remotos, le propone a los fieles una adecuada preparación para la gran solemnidad del nacimiento de Jesús, procurando moverlos a la conversión -como lo recuerdan los ornamentos morados-, a purificar las almas de sus miserias, caprichos y aflicciones.


La costumbre de observar ese período de penitencia se inició en Occidente y más tarde entraría en las Iglesias orientales. Se sabe que en Francia, en el siglo V, se ayunaba tres veces por semana desde la fiesta de San Martín de Tours (11 de noviembre) hasta la Navidad, y los obispos se entregaban con asiduidad a la predicación. Luego, la práctica del ayuno se hizo obligatoria, no sólo en Francia, sino también en Inglaterra, Alemania, Italia y España. Sin embargo, con el tiempo esos ayunos se fueron mitigando y el Adviento quedó reducido a cuatro semanas únicamente, como perdura hasta nuestros días.2


No obstante, esa preparación no buscaba tan sólo rememorar la milenaria expectativa de la humanidad por la llegada del Salvador, sino más bien revivir el espíritu de alegría y de esperanza que distinguía a los justos del Antiguo Testamento, en la perspectiva de su aparición.


Si en su primera venida Cristo vino como lluvia suave, extendiéndose por toda la superficie de la tierra, a fin de llamar a los hombres y comunicarles su gracia -"Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10, 10)-, sabemos que volverá un día con gran esplendor y gloria para juzgar a vivos y muertos, como lo profesamos en el Credo y Él mismo lo anunció: "Como el relámpago aparece en oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre. [...] Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con Él, se sentará en el trono de su gloria" (Mt 24, 27; 25, 31).

 

Aceptemos la dulce invitación del Niño Jesús

 

Adoración de los Reyes Magos

“Adoración de los Reyes Magos” - Abadía
benedictina de Subiaco (Italia)

En el Adviento contemplamos aún la venida intermediaria de Cristo, que se realiza sin cesar de modo místico y misterioso en todas las épocas, como lo enseñaron muchos teólogos, especialmente el gran San Bernardo: "Tres advientos suyos, pues, conocemos: a los hombres, en los hombres, contra los hombres. [...] Mas, por cuanto el primero y el tercero, como manifiestos, son bastantes conocidos, acerca del segundo, que es oculto y espiritual, escucha al mismo Señor lo que dice: ‘El que me ama guardará mis palabras y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos nuestra mansión' (Jn 14, 23). Bienaventurado aquel en quien la sabiduría edifica su casa, labrando siete columnas. Bienaventurada el alma que es asiento de la sabiduría. ¿Quién es ésta? El alma del justo".3


El mundo actual está inmerso en una gran "desertificación espiritual", en el que "se ha difundido el vacío",4 como lo afirmó el Papa Benedicto XVI en la apertura del Año de la Fe. En efecto, a semejanza de la situación en la cual se encontraban antes de que el Hijo de Dios descendiera de las alturas, los hombres de hoy se hallan hundidos en el pecado y fácilmente se vuelven hacia los ídolos, ya no esos de oro, plata, piedra o madera, sino hacia las divinidades de nuestros días, quizá más numerosas que las de la Antigüedad pagana.


Por lo tanto, es necesario, más que nunca, que los hombres dilaten sus almas a esa venida cotidiana de Cristo, que se realiza por medio de la gracia. Estemos vigilantes y aceptemos tan dulce invitación, permitiéndole al Justo que tome entera cuenta y posesión de nuestro interior y establezca en él su morada.


Si la Redención realizada por Nuestro Señor Jesucristo en su primera venida dio origen a tantas y tan grandes maravillas, ¿qué no tendríamos derecho a esperar si la humanidad abriese sus puertas en esta Navidad al Niño Jesús que místicamente nos visita? ¿Qué esplendores, qué frutos de virtud, de santidad y de heroísmo no podría así germinar?

1 MONSABRÉ, OP, Jacques- Marie-Louis. Dimanches et Fêtes de l'Avent. 3ª ed. París: P. Lethielleux, 1902, pp. 102-103.
2 Cf. GUÉRANGER, OSB, Prosper. L'année liturgique. L'Avent. 20ª ed. Tours: Alfred Mame et Fils, 1920, pp. 1-8.
3 SAN BERNARDO. Sermones de Tiempo. En el Adviento del Señor. Sermón III. In: Obras Completas. Madrid: BAC, 1953, v. I, p. 169.
4 BENEDICTO XVI. Homilía en la Misa solemne de apertura del Año de la Fe, 11/10/2012.

 

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