Versión 0.8 Beta. Ingresar | Registrese

Ingresar

 
E-mail :
Contraseña :
Aun no se ha registrado?
Click aquí
Inicio » Iglesia Católica » La Palabra de los Pastores »
La Palabra de los Pastores

Sacerdocio y Don

Publicado 2013/04/20
Autor : Mons. Benedito Beni dos Santos: Obispo de Lorena (Brasil)

Aunque diferentes, la misión del Hijo y la del Espíritu Santo son complementarias e iguales en dignidad y valor. A través de estas dos Personas divinas Dios Padre obra en el mundo y realiza nuestra salvación.

| Imprimir | Email E-mail | Report! Corregir | Share

Como enseña San Ireneo -gran obispo, teólogo y mártir del siglo III- el Hijo y el Espíritu Santo son las dos manos con las que Dios Padre obra en el mundo y realiza nuestra salvación. La misión del Hijo y la del Espíritu Santo son diferentes, pero complementarias, e iguales en dignidad y valor. La primera lectura de esta Misa se refiere a la misión sacerdotal del Hijo, el Verbo Encarnado, y el Evangelio alude a la misión del Espíritu Santo, sobre todo la de comunicar los dones del misterio pascual de Cristo, especialmente la remisión de los pecados.

"He aquí que vengo para hacer tu voluntad"

Iniciemos nuestra reflexión por la primera lectura, un bellísimo texto de la Carta a los Hebreos (Hb 9, 15.24-28), que trata de modo profundo, de modo oficial diríamos, sobre el sacerdocio de Cristo. Según su autor, el sacerdocio de Cristo es único y original, diferente no sólo del sacerdocio de las diversas religiones de la Antigüedad, sino incluso del sacerdocio levítico existente en el Antiguo Testamento.

Esta epístola nos presenta al sacerdote como representante del pueblo ante Dios, que ofrece plegarias, dones y sacrificios por los pecados del pueblo. Pero aquí hay que prestar atención, porque aun siendo representante del pueblo ante Dios, al sacerdote no lo elige la comunidad. Nadie tiene el derecho de ser sacerdote, es Dios quien lo elige, que lo llama.

También de acuerdo con la Carta a los Hebreos, el sacerdote es el mediador entre Dios y la humanidad, una especie de pontífice que une la humanidad al Creador. El Hijo se hizo sacerdote in eternum en la Encarnación, al asumir la naturaleza humana. Podemos decir, pues, que la catedral donde fue ungido sacerdote para siempre es el seno purísimo de María Virgen. Y el primer sacrificio ofrecido a Dios Padre es su obediencia, aceptando nuestra naturaleza, nuestra condición humana.

Todos conocemos las bellísimas palabras del décimo capítulo de la Epístola a los Hebreos: "Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo. He aquí que vengo para hacer tu voluntad" (cf. Hb 10, 5-9). Cristo, Sumo Sacerdote, ejerció en plenitud su sacerdocio con su muerte en la Cruz. Pero, según la Carta a los Hebreos, toda su existencia terrestre, empezando por la predicación, fue una existencia sacerdotal.

Como sacerdote anunció el Evangelio, realizó milagros, murió y resucitó para nuestra salvación. Y por la Resurrección -continúa San Pablo en su carta-, como Sumo Sacerdote, penetra en el santuario celestial, para presentar al Padre su sacrificio. Y precisamente esta presentación eterna que Cristo hace al Padre, la de su sacrificio en la Cruz, es la fuente de salvación para toda la humanidad.

Sumo Sacerdote, digno de fe y misericordioso

La Epístola a los Hebreos nos presenta tres características del sacerdocio de Cristo: Sumo Sacerdote, digno de fe y misericordioso. Fue Sumo Sacerdote, es decir, sacerdote perfecto. Los otros, como sacerdotes imperfectos, intentaban reconciliar la humanidad con Dios, pero no lo consiguieron. Sólo Cristo lo consiguió. Sumo Sacerdote significa también sacerdote uno, original. Los demás sacerdotes ofrecen plegarias, dones, sacrificios. Cristo, no obstante, no ofrece a Dios sacrificio de animal ni de otra cosa: se ofrece a sí mismo. Es al mismo tiempo sacerdote y víctima. Siendo el sacerdote perfecto, también su sacrificio es un sacrificio perfecto, abolió todos los demás sacrificios. Es un sacerdote digno de fe. Por lo tanto, tiene autoridad para ser sacerdote, porque es al mismo tiempo Dios y hombre. Luego entonces, Él y sólo Él podía unir la humanidad a Dios. Finalmente, es un sacerdote misericordioso, solidario con todos los seres humanos, sobre todo con los pecadores. Solidario con los pecadores, pero no con el pecado, porque en el pecado no existe solidaridad, sino complicidad. Cristo, solidario con los pecadores, luchó hasta la muerte contra el pecado. Y esa solidaridad con los seres humanos, la Carta a los Hebreos la expresa en un título que pone a Cristo, Sumo Sacerdote, por encima incluso de los ángeles: Hijo de Dios y Padre nuestro. Los ángeles no son hijos de Dios, son sus servidores. Por eso mismo la Sagrada Escritura siempre los presenta de pie ante el trono de Dios, en actitud de servicio. Sólo Cristo, Sumo Sacerdote, es Hijo de Dios y Padre nuestro. Y para el autor de la Carta a los Hebreos, ese hecho nos debe llenar de consolación, pues tenemos junto a Dios no sólo un intercesor, no sólo un abogado: tenemos un hermano, que pasó por nuestra existencia humana, que fue igual a nosotros en todo, excepto en el pecado; por lo tanto, el que tiene la capacidad de comprendernos no sólo con su Corazón divino, sino también con un corazón humano.

Misión cristocéntrica del Espíritu Santo

Volvamos ahora nuestra reflexión brevemente al Evangelio que acabamos de oír (Mc 3, 22-30). Podemos decir que la misión del Espíritu Santo es cristocéntrica, toda enfocada en Cristo. Tiene por misión llevar a todas las personas a convertirse en discípulos y discípulas del divino Maestro. Por eso mismo el Espíritu Santo no dice nuevas palabras, sino que vuelve siempre nueva la palabra dicha por Cristo, lleva a la Iglesia a comprender en profundidad la palabra de Jesús, mantiene en la Iglesia la plenitud de la verdad. Su misión es hacer con que acojamos e interioricemos la palabra de Cristo, y vivamos de acuerdo con ella; hacer de nosotros evangelizadores, administradores del mensaje del Señor; pero también comunicar los dones del misterio salvífico del Redentor.

En la Última Cena, cuando prometió el don del Espíritu Santo, dijo Jesús: "Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca del pecado" (cf. Jn 16, 7-8). Es decir, convencerá al mundo del pecado en vista de la conversión y de la salvación. Y, según el cuarto Evangelio, la primera cosa que el Resucitado hizo, la tarde del domingo de Pascua, fue aparecerse a sus discípulos y soplar sobre ellos el Espíritu Santo (cf. Jn 20, 19-22).

Es interesante observar que Cristo no invoca el Espíritu Santo para que éste descienda de los cielos sobre los discípulos. Cristo sopla el Espíritu. Sólo Él tiene el poder de dar el Espíritu Santo. Da el Paráclito a sus discípulos y les dice: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23). A partir de este hecho, podemos comprender la dramática expresión usada por Jesús en el Evangelio de hoy: "El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás" (Mc 3, 29).

El pecado contra el Espíritu Santo

¿En qué consiste la blasfemia contra el Espíritu Santo? En Cristo, Dios Padre ofrece el don de la salvación a todas las personas. Las que, movidas por el Espíritu Santo, se convierten, acogen el don de la salvación. Pero las que no se convierten, las que quieren continuar esclavas del pecado y resisten a su impulso, están renunciando al don de la salvación. Entonces, la blasfemia contra el Espíritu Santo consiste ante todo en no querer convertirse, en optar por continuar esclavo del pecado. Mientras el alma esté en esa situación, no podrá obtener el perdón de sus pecados.

Pero blasfemar contra el Espíritu Santo también significa buscar disculpas para no convertirse, como hicieron los judíos: atribuyeron los milagros de Jesús, no al poder del Espíritu Santo, sino al de Belcebú, príncipe de los demonios. Cometieron una blasfemia. Generalmente las personas, cuando no quieren abandonar el camino del pecado, alegan falsas razones para no convertirse, llaman al bien de mal y al mal de bien. Ahora, esto también es blasfemar contra el Espíritu Santo. Por lo tanto, es necesario que seamos conscientes de que la salvación es un don de Dios, que Cristo nos ofrece. Quiere de tal manera nuestra salvación que envió al Espíritu Santo para convencernos del pecado, es decir, para movernos al arrepentimiento, a acoger el don de la salvación. Quiere de nosotros, por tanto, que colaboremos para que no podamos nunca cometer ese pecado tan grave, que es blasfemar contra el Espíritu Santo.

Participamos del sacerdocio de Cristo

Me gustaría ahora presentar a los sacerdotes aquí presentes algunas conclusiones a respecto de la primera lectura de esta Misa. He tenido la gracia de, como sucesor de los Apóstoles, imponer las manos sobre decenas de Heraldos del Evangelio, para que ellos fuesen ungidos por el Espíritu Santo y se convirtieran en ministros de Dios. Y todos nosotros, sacerdotes, debemos tomar conciencia de que existe un único sacerdocio: el de Cristo, del cual sólo participamos.

En segundo lugar, debemos ejercer con mucha humildad nuestro ministerio sacerdotal. No hemos tenido el derecho de ser sacerdotes, ha sido un don gratuito de Dios. La historia de nuestra vocación no empezó en esta tierra, aquí abajo. Comenzó en lo alto, en la eternidad.

Incluso antes de que naciéramos, Dios nos ha escogido para que seamos sacerdotes, como está escrito en el libro del profeta Jeremías. "Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré" (Jr 1, 5). Por consiguiente, debemos vivir nuestro sacerdocio, ejercer nuestro ministerio cada día, con un corazón agradecido a Dios. Y esa gratitud ha de extenderse por toda la eternidad, porque somos sacerdotes eternamente.

El sacerdote, como nos muestra San Pablo en la Carta a los Hebreos, tiene una misión muy especial: manifestar a los pecadores la misericordia de Dios. Debe, entonces, cuidar de todas las ovejas del rebaño, pero sobre todo de las ovejas enfermas, los pecadores. Salir en busca de los pecadores, abrir las puertas de la misericordia divina, en el sacramento de la Confesión, para reconciliarlos con Dios. Así pues, que esta primera lectura quede bien grabada en nuestros corazones, para que podamos vivir en profundidad, cada día, nuestro sacerdocio, luchando con alegría, con el alma llena de gratitud a Dios.

Santo Tomás de Aquino, director espiritual

En este día en el que comienza el año académico en las escuelas de Filosofía y Teología de los Heraldos del Evangelio, la Liturgia conmemora a Santo Tomás de Aquino, que al mismo tiempo fue teólogo, místico y hombre espiritual. Se podría llamarlo director espiritual.

Como teólogo, buscó una comprensión firme, metódica, organizada, racional, de la fe cristiana. Como místico, toda su teología está orientada hacia el amor de Dios. El místico es quien desarrolla una unión amorosa con Dios y, en la medida en que va profundizándose, esta unión se vuelve una experiencia directa de Dios. Podemos decir que el místico ya anticipa en este mundo lo que será nuestra condición definitiva: la unión amorosa, la experiencia directa de Dios. La teología de Santo Tomás de Aquino expresa esa búsqueda de la unión mística con Dios. Y también es una teología espiritual. El Doctor Angélico no tiene una espiritualidad propia, porque toda su teología es una teología espiritual, que nos conduce a la santidad.

Hace poco hablaba del Espíritu Santo, y Santo Tomás nos da una comprensión muy importante de la Persona y de la misión del Espíritu Santo. Siguiendo la tradición de San Agustín -del cual es casi un discípulo-, Tomás también plantea esta cuestión: ¿cuál es el nombre de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad? Y responde: la llamamos Espíritu Santo. Pero espíritu el Padre también lo es, el Hijo también lo es; santo es igualmente el Padre, lo es igualmente el Hijo. Entonces, ¿cuál es el nombre propio de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad? Responde: es Don. Don, con mayúscula, porque es ese eslabón de amor personal que une al Padre y al Hijo.

Procede del Padre y del Hijo. Por lo tanto, es Don. El Espíritu Santo es la gracia increada, es Dios que viene hasta nosotros como obsequio, como Don. Pero Santo Tomás continúa: El Espíritu Santo produce en nosotros todos los dones, la gracia santificante, sus carismas, sus frutos. Vean entonces que bella noción nos da: el Espíritu Santo es Dios que viene hasta nosotros, procediendo del Padre y del Hijo, por tanto, como Don, como gracia y obsequio.

La Cruz nos enseña a vivir nuestra vida cristiana

Pero en la conmemoración litúrgica de Santo Tomás de Aquino, el Oficio de Lecturas, que recitamos en la Liturgia de las Horas, viene una página muy bonita de su autoría, el pasaje de una conferencia, en la que hace la siguiente pregunta: ¿Por qué necesitó Cristo sufrir en la Cruz por nosotros? Y responde: para darnos el remedio contra el pecado; pero también para enseñarnos cómo vivir, como seguirlo. Y el gran teólogo afirma que la Cruz es un verdadero libro. Necesitamos leer ese libro. Contemplando la Cruz, aprendemos todas las lecciones necesarias para nuestra vida cristiana. Contemplando la Cruz, aprendemos lo que realmente es el amor. Contemplando la Cruz, aprendemos la humildad.

Contemplando la Cruz, aprendemos la paciencia. Contemplando la Cruz, aprendemos el desprendimiento de los bienes materiales, de los títulos, de los honores, y así por delante. Entonces, concluye el Doctor Angélico, no existe una lección de vida cristiana que no saquemos de la contemplación de la Cruz.

Creo que la Iglesia hasta hoy ha tenido tres grandes teólogos, y los tres están muy unidos entre sí. El primero es el apóstol San Pablo; no hubo un punto de la teología que, al menos implícitamente, no quisiese tratar. El segundo es San Agustín. Y el tercero, el insuperable Santo Tomás de Aquino.

Por lo tanto, queridos hermanos, como ya dije el año pasado, repito: hagamos de Santo Tomás de Aquino no sólo nuestro maestro, sino también el modelo de seguimiento de Jesús llevando la Cruz, pues muestra de hecho que la Cruz es un libro, es la Cruz la que nos enseña cómo vivir de acuerdo con el Evangelio, cómo vivir en el seguimiento de Jesús.

(Homilía en la Misa de apertura del año académico de los cursos de Filosofía y Teología, 28/1/2013)

 

Su voto :
0
Resultado :
0
- Votos : 0

Artículos Recomendados

Perdón, envidia y desconfianza

El hijo pródigo regresó a casa porque la misericordia de Dios lo dejó caer hasta el fondo del abismo sin dejarle perder la vida ni la fe....Más

Continúa la saña de la persecución a la Iglesia: el caso de la diócesis china de Fuzhou

ras el acuerdo entre la Santa Sede y el gobierno chino el año pasado, el acoso a la Iglesia se ha mantenido y según muchos testimonios se ha acentuado. Miremos el caso de Fuzhou....Más

"Cátedra de Pedro"- los Heraldos del Evangelio cumplen 18 años

El 22 de febrero de 2001, durante la conmemoración de la Fiesta Litúrgica de la Cátedra de San Pedro, el Santo Padre Papa Juan Pablo II reconoció el carisma de los Heraldos del Evangelio, y los erigió como Asociación Internacional de Derecho Pontificio....Más

Se realizará en Bogotá Encuentro Nacional de Responsables de la Vida Consagrada en Colombia

El evento, que tendrá lugar del 26 al 28 de febrero, busca reconocer en los diferentes estados de vida de la Iglesia la riqueza de los dones jerárquicos y carismáticos que el Espíritu Santo da al Pueblo de Dios....Más

En Getafe, España, lanzan iniciativa para llevar la devoción del Sagrado Corazón de Jesús a los jóvenes

"Vida con Corazón", así se llama esta propuesta que fue lanzada en el día de San Valentín y en el marco de la celebración del Centenario de la Consagración pública de España al Corazón de Jesús. ...Más

Últimos vídeos   ‹‹‹

Copyrigth Heraldos del Evangelio - Todos los derechos Reservados.