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Las Virtudes

Los consejos evangélicos

Publicado 2013/04/22
Autor : Sebastián Correa Velásquez

Para el común de los fieles, la santificación se logra observando los preceptos del Evangelio. Sin embargo, un número reducido de bautizados recibe del divino Maestro una especial llamada a la perfección.

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Infinitos y universales son los frutos del sagrado árbol de la Cruz. Pero los hombres, como nos enseña la parábola del sembrador, no se benefician de ellos por igual. Además de las semillas que mueren sin producir nada, existen tres categorías de las plantadas en terreno fértil, que también tuvieron que morir y que dieron diferentes cantidades: "una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta" (Mt 13, 8). Jesús, en esa ocasión, explicaba a sus discípulos que se refería a los fieles que escuchan y ponen en práctica la palabra de Dios (cf. Mt 13, 23), que mueren al pecado y a sí mismos. Esto suscita una cuestión: ¿a quién le corresponderá producir ciento por uno o inmolarse por completo?

Vitral de la catedral de Hamilton (Canadá)La vocación religiosa

Para el común de los católicos, el camino de la santificación consiste principalmente en observar los preceptos del Evangelio, cada uno en su respectivo estado de vida, y perseverar en la gracia de Dios, a fin de alcanzar la salvación eterna. No obstante, un número más reducido de bautizados recibe del divino Maestro una invitación excepcional para no restringirse sólo a los medios corrientes, sino que, renunciando a todo lo que poseen (cf. Lc 14, 33), abracen un estado especial de perfección, viviendo ya en esta tierra "como ángeles en el Cielo" (Mt 22, 30). Son conocidos en la Iglesia Católica con el nombre de "religiosos", los cuales experimentan, al seguir más de cerca de Jesús por el "camino angosto" y por la "puerta estrecha" (cf. Mt 7, 14), cuán copiosa es la Redención que se halla en Él (cf. Sl 129, 7).1 En la Antigua Alianza, la vida consagrada era una vocación extremadamente rara. Al que no tenía descendencia se le discriminaba con facilidad, pues estaba privado de llegar a ser antepasado del Mesías.

Además, las posesiones materiales, especialmente la de las tierras, eran consideradas como un signo de predilección divina. La llegada de Cristo revertió esa situación: su reino no era de este mundo (Jn 18, 36) y se realizaba en el interior de los corazones.

Él mismo había dicho que sus parientes son "los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8, 21). Así, mediante su divino ejemplo de desapego terrenal, se abría un nuevo y espléndido camino de santificación.

¿De dónde viene esa fuerza?

Una vez, estando Jesús en Judea se le acercó un joven y le preguntó: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para obtener la vida eterna?". Le contestó: "Guarda los mandamientos". Y el joven le dijo: "Todo eso lo he cumplido.

¿Qué me falta?". Jesús fijó su mirada en él con gran amor y añadió: "Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el Cielo- y luego ven y sígueme". El joven se fue triste, porque era muy rico y no quiso acatar las palabras del divino Maestro (cf. Mc 10, 17-22; Mt 19, 16- 22). "Entonces Jesús dijo a sus discípulos: ‘En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos'. [...] Entonces dijo Pedro a Jesús: ‘Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?'. Jesús les dijo: ‘En verdad os digo: [...] Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna'" (Mt 19, 23.27-29).

Jesús con el joven ricoPero ¿de dónde procede esa fuerza para dejarlo todo y configurarse plenamente con Cristo, pobre, casto y obediente? Emana, precisamente, de la palabra del mismo Dios encarnado, capaz de infundir la gracia en las almas: "Sígueme". Ésta fue la invitación que le hizo a muchos de sus discípulos, como a Felipe (cf. Jn 1, 43) y a Mateo (cf. Mt 9, 9); a otros quizá fuera tan sólo un gesto o tal vez una simple mirada, pero siempre es la divina voluntad la que, anhelando un asentimiento del que es llamado, escoge a cada uno, como dice el Evangelio: "No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).

Semillas de fruto abundante

A semejanza del joven rico, Jesús mira con amor a sus escogidos, aconsejándoles paternalmente: "Si quieres ser perfecto, ven y sígueme" (cf. Mt 19, 21); así, parece que les dice: "Venid para ser transformados en otros yo mismo".

Magnífica promesa para quienes, sacrificándose en las manos del Señor, lo dejan todo y le siguen. Se convierten en semillas de fruto abundante, porque, al oír y observar con mayor perfección los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, escapan a la herencia del pecado, muriendo a la triple concupiscencia:2 al renunciar a sus bienes, le entregan a Dios la capacidad de poseer; practicando con radicalidad la virtud de la pureza, le consagran su cuerpo; y acatando las decisiones de sus superiores, mortifican la soberbia de su propia voluntad.

La vida comunitaria

En la Historia de la Iglesia han surgido diversos medios para hacer efectiva esa forma más perfecta de entrega, entre las que cabe destacar el ingreso en una comunidad, porque en la vida en común "es donde los consejos evangélicos de pobreza y de obediencia han recibido una aplicación y una realización concretas".3

Así, "guiado por los superiores, ayudado por sus hermanos, sostenido por las reglas que determinan hasta en los menores detalles lo que debe hacer, el religioso sentirá la realidad del cuerpo místico de Cristo".4

¡Cuántos santos tienen los religiosos como ejemplos a imitar! Mucho más, tienen al mismo Dios encarnado, primer y eximio practicante de sus divinos consejos. Quien todo lo poseía, se despojó de su rica condición, para nacer en una situación paupérrima, como dice el Apóstol: "Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza" (2 Co 8, 9). Igualmente "la castidad religiosa [...] es querer ser de verdad como Cristo; todas las razones que se pueden argüir se desvanecen ante esta razón esencial: Jesús era casto".5 Y, finalmente, "el consejo evangélico de la obediencia es la llamada que brota de esta obediencia de Cristo ‘hasta la muerte' (Flp 2, 8)",6 porque "así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19).

Ahora bien, ¿cómo se concretiza la práctica de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia en el seno de la vida consagrada? ¿Significará, por ejemplo, que un religioso carece de los recursos necesarios para subsistir al abrazar la pobreza? Es lo que veremos en un próximo artículo.

1 Cf. BEATO JUAN PABLO II. Redemptionis Donum, n.º 1.
2 El apóstol San Juan, en su primera epístola, divide en tres categorías la tendencia del hombre al pecado: "la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia del dinero" (1 Jn 2, 16), es decir, la tendencia desenfrenada por los placeres de los sentidos, por el apego desmedido a los bienes terrenales y por satisfacer la propia voluntad, muchas veces desvirtuada.
3 GAMBARI, Elio. La vida común, apud ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la Perfección Cristiana. 12.ª ed. Madrid: BAC, 2007, p. 861.
4 Ídem, p. 862.
5 BEATO JUAN PABLO II. Encuentro con las religiosas. n.º 3. París, 31/5/1980.
6 BEATO JUAN PABLO II. Redemptionis Donum, n.º 13.

 

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