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Historias Marianas

Nuestra Señora de la Luz

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

Estimulando la fe en Europa, socorriendo a cautivos en África o pacificando a feroces indios americanos, la invocación de Nuestra Señora de la Luz es tan rica en gracias como en historia.

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Nuestra Señora de la Luz
 


Apostado a la entrada del grandioso Templo de Jerusalén, el viejo Simeón esperó toda su vida el momento en que podría ver con sus propios ojos al Mesías tan esperado. Su fe recibió al fin su premio, y el día feliz en que pudo tener en sus brazos al Divino Niño Jesús, levantó su rostro al cielo y proclamó agradecido: “Han visto mis ojos tu salvación, […] luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 30-32).

El venerable anciano hablaba con total acierto. El Mesías poseía en sí mismo la luz sobrenatural y magnífica que irradiaría sus rayos hacia los confines de la tierra, conquistando las naciones, expulsando a los demonios y abriendo por fin a los hombres las puertas del Cielo.

¿Qué decir de la mujer elegida por Dios para traer semejante Luz al mundo? Siglos antes, ella había sido anunciada por el gran profeta Isaías:

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“He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios con nosotros' ” (Is 7,14; Mt 4,16).

Como portadora de esta Luz de infinito valor, mucha razón tendrían los hombres de los siglos futuros al venerarla bajo la hermosa invocación de Nuestra Señora de la Luz.

El Portugal del siglo XIV fue el lugar por excelencia donde floreció es ta devoción, para difundirse luego a las provincias de ultramar.

La protectora de un pobre cautivo

Pedro Martins, un modesto agricultor de la villa portuguesa de Carnide, llevaba una existencia tranquila junto a su esposa. Pero se vivían tiempos turbulentos. Las crónicas no dicen exactamente cómo sucedió, pero el buen campesino terminó prisionero de los moros africanos.

Lejos del afecto de su familia, cayó en la infeliz condición de esclavo, sujeto a un régimen despiadado de trabajos forzados bajo un clima atroz, y, sobre todo, privado por completo del consuelo de su religión cristiana. Los años iban pasando, llevándose con ellos toda esperanza humana para el cautivo.

Abandonado por los hombres, Pedro Martins se dirigió entonces, con más intensidad que nunca, hacia Dios.
Una noche, solitario en su celda, decidió rezar con más fervor y fe.
Luego de orar durante horas, el sueño lo venció. Mientras dormía se le apareció una Señora radiante, que le prometió volver más veces para reconfortarlo y, después de su última visita, hacerlo regresar a Carnide. Una vez allá, agregó, debería buscar algo que le pertenecía y estaba escondido cerca de una fuente. Le hizo el encargo de edificar una capilla en ese lugar, cuya exacta ubicación ella misma le indicaría valiéndose de una luz. Por treinta noches consecutivas la Madre de Dios vino a consolar a Pedro.

Los dolores sufridos durante el día se desvanecían bajo la luz y la suavidad de las horas pasadas a los pies de María. Pero seguía prisionero. Al despertar la trigésima noche, ¡qué sorpresa!

De modo milagroso e inesperado estaba de regreso en su añorada aldea.

Con inmensa emoción reencontró a sus seres amados, que se admiraban de volver a verlo sano y salvo.

Pero no olvidó la petición de la Virgen, y de inmediato se lanzó a la búsqueda de lo que, según la indicación mariana, se hallaba oculto “cerca de una fuente”. Había un lugar llamado Fuente del Machete (Fonte do Machado) donde una luz misteriosa venía apareciendo desde tiempo atrás, y llegaban curiosos de todas partes a observar el fenómeno. Pedro decidió ir por la noche, en compañía de un primo, para realizar su búsqueda en aquel sitio. Al llegar a la fuente divisaron una luz moviéndose frente a ellos.

La siguieron hasta un matorral, donde se detuvo encima de unas piedras.

No lo pensaron dos veces. Removieron las piedras y descubrieron, fascinados, una bellísima imagen de la Virgen. La noticia del milagroso hallazgo recorrió el país, y ese mismo año –1463– comenzó la construcción de una capilla, de acuerdo a la orden de la Santísima Virgen. Años más tarde sería reemplazada por una magnífica iglesia.

Una devoción florece en el mundo

Atravesando los mares, la devoción a Nuestra Señora de la Luz se extendió al mundo entero, fructificando en gracias prodigiosas, de manera especial en las colonias portuguesas.

Se le atribuyen muchos milagros, y no estará de más citar aquí alguno de ellos. dominaNostraLaLuz2.jpg

Hacia 1650 existía en un pueblo de colonos al sur de Brasil una capilla dedicada a la Señora de la Luz, cercana a un río llamado Atuba. Sus habitantes estaban perplejos al descubrir que cada mañana la imagen de la Virgen aparecía con su rostro orientado hacia una región de muchos pinos –curytiba, en lengua tupí– donde vivían los feroces indios tingui. Se decidieron entonces a despejar esa área, encaminándose hacia allá dispuestos a enfrentar un eventual ataque de los indígenas.

Al acercarse se llevaron la gran sorpresa de encontrar a Tindiquera, el cacique de la tribu, que se les adelantaba sonriendo y recibiéndolos cálidamente. Era, sin duda alguna, una milagrosa acción pacificadora de la Virgen. Haciendo amistad con los colonos, el jefe indio no solamente les cedió el terreno que pretendían, sino que les indicó el mejor lugar, clavando su lanza en el suelo; los colonos la dejaron ahí como señal de respeto y amistad. Al llegar la primavera, la lanza del amistoso cacique floreció. No hacían falta más pruebas. Ahí mismo, bajo el amparo de la imagen protectora, fundaron una nueva villa cuyo nombre, tal como se acostumbraba entonces, mezclaba palabras portuguesas e indígenas:

Nuestra Señora de la Luz de los Pinos de Curytiba.

En ese mismo sitio se levanta hoy una imponente catedral neogótica, testimonio de la acción al mismo tiempo pacificadora y luminosa de la Madre de Dios.

La admirable invocación de Nuestra Señora de la Luz es un convite continuo a todos nosotros, para que amemos y sigamos cada vez más a su Divino Hijo, que dijo de Sí mismo:

“Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn8, 12).

 

 

 

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