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Historias de santos

La princesa africana

Publicado 2009/05/01
Autor : Redacción

“Murió habiendo vivido 72 años sin mancha de pecado mortal”. Ese magnífico epitafio resume la vida de una africana, noble por su sangre, pero mucho más noble por la virtud de su alma.

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La princesa africana

 

Era el año 1676, cuando los ojos de Tshikaba contemplaron por primera vez la luz de este mundo. Nacida en el África Occidental, en los márgenes del Golfo de Guinea, era la última de cuatro hijos de una familia de reyes.

Muy temprano, demostró una inteligencia notable y, por eso, se comentaba que sería ella quien gobernaría tras la muerte de sus padres.

El reino de Tshikaba era pagano y sus habitantes adoraban al Sol. Ansiosos, esperaban las primeras luces del amanecer para salir al encuentro del astro-rey con cantos y aclamaciones rituales. Pero Tshikaba era una niña diferente de las demás. Reflexiva y contemplativa, indagaba el sentido de todo lo que le rodeaba, procurando responder a la pregunta que invariablemente surgía en su interior: ¿Quién gobierna y mantiene esta naturaleza tan exuberante y repleta de belleza? Sin darse cuenta, la sed insaciable de lo Absoluto brotaba de lo más profundo de su alma inocente.

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Hermana Teresa Juliana de
Santo Domingo.

Angustiada en su sencillo intelecto, fue a interrogar a su hermano, quien apenas supo decirle que la “Estrella de la Mañana” era, indiscutiblemente, la gran divinidad a la que era preciso adorar. Insatisfecha y llena de perplejidades, fue a interrogar al rey:

— Padre, el astro al que damos culto está en el cielo como todos los demás. Nada lo diferencia, a no ser su brillo. Alguien lo puso ahí; y ese alguien tiene que ser mucho más poderoso que el Sol. Y es a ese Ser misterioso que busco y deseo conocer, ¡porque sólo Él debe ser adorado!

El padre no encontró respuesta para la niña, inspirada por el soplo de la gracia.

Un propósito a los nueve años

A Tshikaba le gustaba caminar por el campo entregándose a sus meditaciones.

En uno de sus paseos, se sentó para descansar un poco cerca del nacimiento de un río. Al contemplarlo, se preguntaba: “¿Quién será ese Ser desconocido que puso aquí esta fuente?”.

De repente, la niña levantó los ojos y vio, extasiada, al lado del manantial, una Señora de piel blanca como la nieve, llevando en los brazos un bellísimo niño que, sonriendo, acariciaba la cabeza de la morena princesa. Allí, por fin, el Divino Infante —el verdadero Dios tan deseado— le reveló Sus secretos, y Su Madre Santísima le habló sobre Su vida. ¿Qué le habrán dicho? Tshikaba prefirió mantener el silencio, pero a partir de ese encuentro, su vida cambió completamente.

Más tarde, su hermano Juachipiter le dijo que sus padres habían decidido que ella sería quien los sucediera en el gobierno, a lo que la pequeña respondió: “¡Debes saber que no me casaré con nadie de este mundo! ¡Yo sólo quiero saber de un Niño blanco que conocí!”.

Tshikaba tenía apenas nueve años de edad.

Secuestrada providencialmente

Algún tiempo después salió de nuevo a pasear por el campo. En este día, sin embargo, decidió recorrer otros caminos, con el fin de conocer otros paisajes. Andando sin rumbo, se acabó perdiendo, y nada de lo que veía le era conocido. Por fin, se sentó junto a un árbol desde donde podía divisar el mar. Contemplando la inmensidad del panorama, percibió no muy lejos la silueta de un barco que se aproximaba. Era un navío español.

Inmersa en su constante preocupación, sintió, de repente, que alguien la cogía por el brazo. Un joven desconocido, sin mediar palabra alguna, la obligaba a seguirlo. Ella, dócil, como cualquier niña, lo acompañó, pensando que tal vez le pudiese ayudar a resolver el enigma que le atormentaba.

El extraño visitante la conducía hacia la costa. Cuando le quiso preguntar cuáles eran sus intenciones, no pudo hacerlo: ¡había desaparecido! Asustada, miró al frente y vio que el navío acababa de anclar. Tshikaba quería correr, pero sus piernas no le obedecían.

La tripulación, al verla adornada con joyas y brazaletes, no tardó en darse cuenta de que era una niña de sangre real. Y aquellos hombres de mar la llevaron a la nave, que en seguida retomó su ruta camino de España.

La pequeña princesa, viendo que su tierra natal se distanciaba poco a poco, sintió deseos de tirarse al mar, pero la Señora del manantial apareció a su lado, dándole consuelo y coraje.

¡Tshikaba había sido secuestrada por un designio de Dios!

En el viaje, al pasar por la ciudad de Santo Tomé, los mismos marineros la bautizaron, dándole el nombre de Teresa. Esto no le causó extrañeza, pues ya en la fuente, la blanquísima Señora la llamó así. El bautismo era, en el fondo, una confirmación de las promesas que Ella le hiciera.

Así, acabado el viaje, a los 10 años de edad, Teresa llegaba al puerto de Sevilla.

Escalando la sagrada montaña del sufrimiento

Desde la capital andaluza la llevaron a Madrid, pues, siendo una princesa, tenía que ser presentada al rey en primer lugar. Carlos II la acogió con benignidad, la entregó a los cuidados del Marqués de Mancera, anterior virrey de Méjico, con el encargo de darle una formación esmerada, comenzando por evangelizarla.

En el continente europeo, se inició para Teresa otra etapa de su vida: la cruz y el sufrimiento serían durante mucho tiempo sus compañeros inseparables, como lo fueron para Nuestro Señor, el Niño blanco que la cautivara y que ella ya adoraba como Dios.

Los nobles de la casa de Mancera trataban a la pequeña africana como a una verdadera hija, pero más tarde eso despertó la envidia de todos los criados.

No fueron pocos los maltratos y las humillaciones que Teresa tuvo que enfrentar. Sin embargo todo lo soportaba con mansedumbre y paciencia, yendo a refugiarse a los pies de una conmovedora imagen del Ecce Homo que había en un pequeño oratorio del jardín. Allí, el propio Cristo, llagado y ultrajado, se encargaba de mostrarle las bellezas incomparables del sufrimiento, y ella comprendió que en el contacto con la cruz de Nuestro Señor el alma se purifica, las flaquezas son vencidas, y se encuentran fuerzas para proseguir en la vía de la perfección.

En esta época, la jovencita manifestaba un fuerte entusiasmo por la vida religiosa, y reveló su deseo a los marqueses. Sin ponerle ninguna oposición, designaron al caballero Diego Gamarra para encontrar un monasterio en el que Teresa pudiese cumplir su vocación, Éste recorrió numerosos conventos, pero siempre encontraba dificultades y reticencias para lograr la admisión de la princesa, venida de tan lejanas tierras. Ella redobló sus oraciones y penitencias, implorando a Dios que, si realmente Él la quería para Sí, derribase todos los obstáculos que contra su deseo se levantaban.

Finalmente, la Providencia se compadeció de Teresa y Diego Gamarra consiguió su ingreso en el Convento de Santa María Magdalena, de las Dominicas de Penitencia, en Salamanca; sin embargo, apenas como terciaria de la Orden y sirviente de la comunidad.

Contenta, ella abrazó esa humillación con paz de Espíritu y mansedumbre, conformada con el hecho de nunca llegar a ser una auténtica religiosa.

Servicio incondicional

Dispuesta a todo, Teresa fue acometida por una terrible probación: ¿Sería que Dios la quería realmente allí? ¿No sería mejor volver a África y, como rei-na, ser propulsora de la fe cristiana? La madre superiora, persona muy virtuosa, enseguida se dio cuenta del estado espiritual de Teresa. Cuando se le presentó la oportunidad, la interrogó.

Viendo la bondad y el cariño de la madre, la adolescente le abrió el alma, reafirmando su más firme propósito de ser una verdadera religiosa.

Ocho meses después, el obispo de Salamanca autorizaba a Teresa a pronunciar los votos solemnes, en una ceremonia que él mismo presidiría. Así, el día 29 de junio de 1704, a los 28 años de edad, Teresa Juliana de Santo Domingo —confirmada para siempre en su vocación— profesaba como terciaria de la Orden Dominicana.

Terminada la ceremonia, la Hermana Teresa cayó de rodillas ante el sagrario desbordada de contenta. En medio de lágrimas de consolación, se le apareció Santo Domingo de Guzmán, seguido de una celestial comitiva, ¡invitándola a hacer los votos en sus propias manos! Después de esta “profesión celeste”, su Padre y Fundador la bendijo y desapareció. ¡Las promesas de la Señora del manantial se cumplieron de forma completa y total!

Haciendo frente a las bombas, por la devoción de San Vicente

Sería en el día a día de la vida monacal que aquella mítica princesa de un reino distante daría las mejores demostraciones de acrisolada virtud.

La encargaron de cuidar los enfermos con las dolencias más repugnantes y de aconsejar a los atribulados, lo que ella hacía con sobrenatural disposición.

Tenía, además, el don místico, de discernir, por el olor, a las personas impuras, y esto la llevaba a mortificar su propio cuerpo, implorando a Dios por su salvación. Era en extremo obediente, y su vida de perfección era exigida por el propio cielo: cada vez que cometía una falta, se le aparecían Jesús y María para reprenderla. Su fama de santidad se extendió rápidamente por toda la ciudad. Incontables salmantinos acudían al locutorio del convento para exponerle sus problemas.

Ella recibía a todos con amabilidad, aconsejando a unos, obteniendo por sus oraciones la salud de otros y hasta previendo peligros amenazadores.

Cierta vez fue protagonista de un hecho portentoso. Durante la Guerra de Sucesión, que en aquella época sacudía a España, la ciudad de Salamanca estaba siendo bombardeada. La Hermana Teresa se apresuró a colocar en la ventana del monasterio una estampa de San Vicente Ferrer, del que era gran devota, para obtener de él protección contra cualquier ataque. Y el resultado fue tan feliz que no sólo preservó a su monasterio de todo daño, sino que también, en breves minutos, se esparció la paz a la ciudad entera.

Volando rumbo a la Patria Celestial

Hacía ya algún tiempo que la Hermana Teresa Juliana de Santo Domingo padecía de un tumor en la rodilla, cuando, en el otoño de 1748, sufrió un fuerte ataque de parálisis.

Estaba herida de muerte, y la Providencia le reservaba para su último periodo la gloria de las grandes pruebas.

Incertezas, dudas, aflicciones y el abandono de los hombres la tomaron enteramente. Así transcurrieron sus últimos días en esta tierra, hasta que el 6 de diciembre de 1748 recibió los sacramentos y entregó su bella alma al Redentor.

Al día siguiente, las campanas del Convento de Santa María Magdalena anunciaban su fallecimiento. Cuentan testigos de su muerte que, en el momento de partir para la eternidad, su piel quedó por algunos momentos blanca como la nieve. Al mismo tiempo, su cuerpo exhalaba un excepcional perfume.

Así, la princesa africana —conocida por todos con el cariñoso nombre de La Negrita—, después de haber escalado en la tierra las altas cumbres de la virtud, era llevada a la cúspide de la perfecta unión con Dios.

Beati mortui qui in Domino moriuntur.

¡Admirable es la muerte de los justos en presencia del Señor!

 

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