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Historias de santos

Los Cuarenta Mártires de Brasil

Publicado 2009/05/01
Autor : Redacción

Ignacio de Azevedo, con su joven falange, alimentaba el ardiente deseo de ver un Brasil floreciente de virtudes. Entretanto, Dios lo llamó, como si dijese: “Ignacio, no verás más Brasil. ¡Ven a Mí!”

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Los Cuarenta Mártires de Brasil

 

Transcurría la segunda mitad del siglo XVI. La inmensa extensión del Nuevo Mundo, con sus millones de almas a la espera de la luz del Evangelio, desafiaba la intrepidez de los misioneros.

Y las olas del Atlántico, al acariciar las playas y rocas de las dos naciones ibéricas, parecían llamar al heroísmo a los corazones idealistas. Las escuadras portuguesas, marcadas con la Cruz de Cristo, surcaban continuamente el “Mar Océano”, ahora transformado en carretera de sol y de espuma.

Y los habitantes de Brasil, veían, con frecuencia, sotanas y hábitos variados desembarcando de las naves que anclaban en la Bahía de Salvador, en la Capitanía de Pernambuco o en las acogedoras ensenadas de San Vicente.

Sin embargo, en breve, la dura realidad de la nueva evangelización apareció en toda su crudeza. La conversión de los indígenas estaba lejos de ser una tarea tranquila y no se vislumbraban esperanzas de resultados duraderos para aquella generación de catecúmenos. El canibalismo, práctica arraigada desde tiempos inmemoriales, resistía con feroz tenacidad las exhortaciones de los predicadores y las amenazas de los gobernadores, incluso en los ya bautizados: tamoyos, tapuias y tupinambas todavía se devoraban entre ellos en indescriptibles orgías, dignas de la peor de las pesadillas. Y el ejemplo de vida de los colonos laicos, en medio de aquel ambiente tropical y exuberante, con frecuencia dejaba que desear… El desánimo comenzaba a ganar terreno en las almas de los misioneros y los brazos cansados empezaban a pesarles ya también demasiado ¡Era necesario que aparecieran apóstoles del temperamento de San Pablo! Hombres incendiados por las llamas del Espíritu Santo, que no retrocediesen delante de las mayores decepciones o derrotas. Trabajadores y organizadores incansables, conscientes de la grandeza del plano providencial que realizaban, pero dispuestos a entregar la antorcha del fuego sagrado a las siguientes generaciones, cerrando los ojos para la vida sin ver realizados sus designios más santos.

Pues bien, esos varones realmente aparecieron, y a ellos Brasil deberá siempre una gratitud enternecida, por la titánica empresa que asumieron sin dudas, con el sacrificio integral de sus existencias. Ellos formaban parte de una institución recién fundada por un hombre verdaderamente inspirado: la Compañía de Jesús.

Y los nombres de Manuel de Lóbrega y José de Anchieta, entre otros, permanecerán para siempre en el firmamento de la Historia como los grandes impulsores y benefactores de la Tierra de Santa Cruz.

Ola de conversiones

Agitada y desgarrada por las guerras de Religión, Europa veía las falanges de Ignacio de Loyola multiplicarse rápidamente, de modo casi milagroso. Al paso de estos austeros predicadores se desencadenaban verdaderas olas de conversión y de reforma de vida, en ambientes muchas veces dominados por la euforia renacentista de la idolatría del placer. Las multitudes se apiñaban en las iglesias y, a la palabra de los discípulos del convertido de Manresa, las lágrimas rodaban por las caras, las manos golpeaban el pecho y los buenos propósitos florecían en abundancia. En no pocos casos, el colorido traje de corte renacentista era definitivamente abandonado en beneficio de la sotana negra del novicio jesuita. Así, en 1547, un portugués de noble linaje, tocado profundamente por la prédica del padre Francisco Estrada, decidió abandonar la vida mundana e ingresar en las filas de la Compañía. Se llamaba Ignacio de Azevedo.

Un sacerdote jesuita

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El Beato Ignacio de Azevedo sosteniendo la copia fiel de la famosa Salus Populi Romani.

Nacido en 1526, a poca distancia de Oporto, era hijo de Don Manuel de Azevedo y Doña Francisca de Abreu.

Poco conocemos de su infancia, pero se sabe que en la mocedad sirvió como paje en la corte del Rey Juan III.

Su cambio de vida fue súbito y sorprendente: aconsejado por un amigo, asistió a las lecciones del famoso jesuita español padre Francisco Estrada, que pasaba por Oporto, e inmediatamente el deseo de convertirse en religioso afloró en su alma como decisión irrevocable. Apenas dudó un poco sobre la elección, sintiéndose inicialmente llamado a entrar en la Orden de los Dominicos “por la devoción que tenían a Nuestra Señora” 1 . Pero, tras una conversación con el padre Estrada, el joven hidalgo no tuvo más dudas: sería hijo de San Ignacio.

En 1548, lo vemos dedicándose a los estudios en la casa jesuita de Coimbra, donde se destacaba por la austeridad de las penitencias diarias y por el empeño en ejercer las funciones más humillantes. No era considerado como predicador elocuente, ni brillaba por sus dotes en oratoria, pero se mostraba incomparable en el arte de la conversación, la cual sería siempre “su gran arma” 2 .

Recibió las sagradas Órdenes en Braga, el año de 1553, y asumió el rectorado del nuevo colegio de San Antón de Lisboa, uno de los primeros establecimientos de enseñanza de la Compañía, obra del famoso padre Jerónimo Nadal. En su nuevo oficio, demostró dedicación sin límites, encontrando tiempo todavía para visitar a los presos, leprosos y enfermos de la ciudad. Pocos años después, tuvo que ejercer las funciones de vice-provincial de la Compañía en Portugal, haciéndose conocer por su caridad heroica junto a las víctimas de la terrible peste que asoló algunas ciudades del reino y adquirió entonces gran fama de apóstol, médico y consolador junto a la población necesitada.

Su fidelidad al fundador se reflejaba en las muchas cartas que escribió.

En ellas pedía insistentemente al General que enviase a Portugal un Visitador “según el padre Ignacio” 3, para que todo quedase enteramente de su agrado. En 1559, al ser nombrado rector del nuevo colegio jesuita de Braga, su primera preocupación fue preparar la dependencia más digna de la casa para servir de capilla al Santísimo Sacramento, mientras él se hospedaba en un lugar incómodo y frío. Ocho años después, en Coimbra, el padre Azevedo realizó finalmente la profesión solemne, en las manos del Provincial Diego Mirao.

Brasil: el gran sueño

En medio de una incesante acción apostólica, innumerables veces pidió al General la gracia de ser enviado a tierras más lejanas, donde la presencia de los hijos de Ignacio de Loyola se hacía más necesaria. Brasil ejercía sobre él un misterioso atractivo, y el tercer General de la Compañía, Francisco de Borja, comprendió la petición a la misión que hacía vibrar el corazón de su súbdito, hasta el punto de mencionar afectuosamente “su Brasil” 4 en las cartas dirigidas al jesuita portugués.

En febrero de 1567, Ignacio de Azevedo fue nombrado Visitador de la Tierra de Santa Cruz. Así, en la armada que partía en mayo de aquel año, viajó, radiante de júbilo, un nuevo misionero de la Compañía.

Durante dos años el Visitador recorrió las enormes extensiones de Brasil, recorriendo todas las casas de la Compañía.

Introdujo costumbres, reavivó esperanzas, oyó quejas y sugerencias, incentivó y organizó los estudios y dio sabias reglas para la perseverancia de aquellos que se internaban en la selva. José de Anchieta mencionó en sus cartas los enormes beneficios de la visita de Azevedo 5 y, cuando llegó la hora de la vuelta, habiendo recorrido dos veces el litoral brasileño, todos los habitantes de El Salvador comparecieron en la playa, “llenos de nostalgia y esperanzas” 6, reconociéndolo como verdadero padre y suplicándole insistentemente que no tardase en regresar.

Él prometió todo lo que le pedían y partió hacia Portugal, firmemente decidido a regresar a “su Brasil”.

La partida y el viaje

A pesar de su empeño en volver, todavía pasaron dos años hasta el nuevo embarque. Esta vez, preparaba una verdadera renovación material y espiritual de la colonia. Insistió sobre la necesidad de vocaciones específicamente destinadas a la evangelización de Brasil, afirmaba que no era preciso reclutar novicios de gran cultura, sino apenas aquellos que diesen garantías de perseverancia y se esforzasen en aprender las lenguas indígenas.

Com latim, tupi e virtude” 7 estarían aptos para la gran misión.

Francisco de Borja apoyó totalmente la iniciativa de Ignacio y le autorizó a reclutar voluntarios en todas las casas de la Compañía. El Papa San Pío V recibió al jesuita y le concedió sustanciosos privilegios para su viaje, además de la indulgencia plenaria para todos los que le acompañasen.

Al paso de Ignacio se multiplicaban los candidatos a participar de la epopeya, de tal modo que, en vísperas de la partida, setenta valerosos jóvenes se reunían bajo la dirección del misionero, ahora nombrado Provincial de Brasil. Además de dos sacerdotes, todos eran hermanos o novicios de la Compañía, siendo algunos de ellos artesanos en los más variados oficios, como sastres, zapateros, tejedores, carpinteros, labradores, y un pastor que se embarcaría con sus ovejas.

Por fin, el día 5 de Junio de 1570, la armada de D. Luis de Vasconcelos, nuevo gobernador de Brasil, levó anclas en la Foz del Tajo, llevando al escuadrón de voluntarios. El padre Ignacio, con treinta y nueve compañeros, viajaba a bordo de la nao mercante Santiago.

En pocos días, aquella embarcación se volvió un escenario digno del mejor retiro ignaciano. Los hermanos y novicios se reunían en torno del padre Ignacio y pasaban los días en oración, conversaciones edificantes y lecturas en conjunto acompañadas a veces por los bellos acordes de la polifonía sacra. Los propios marineros, cuyas costumbres y lenguaje no eran siempre las más recomendables, fueron influenciados por el ambiente general y participaban alegremente de los largos entretenimientos sobre las verdades de la Fe. Y el examen de conciencia, al ponerse el sol, se terminaba con el canto de la Salve Regina.

Pocos días fueron suficientes para llegar a la isla de Madeira. Pero D. Luis de Vasconcelos no parecía tener mucha prisa por llegar a Brasil y decidió permanecer allí durante varias semanas, motivando la impaciencia del capitán del Santiago, que le pidió licencia para navegar a solas hasta las Canarias. El padre Azevedo era contrario a tal temeridad y recordó a sus súbditos la posibilidad de ser atacados por los corsarios en alta mar, dejándoles libertad de escoger entre continuar en la Santiago o aguardar junto con la armada.

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En España, la gran Santa Teresa de Ávila recibe la visión de todo cuanto se pasó en la nao Santiago y del triunfo de los
gloriosos mártires.

Una oleada de entusiasmo le respondió: ¡no querían abandonarlo! Y la nao partió solitaria llevando su pequeño ejército de candidatos al martirio y llegando felizmente al pequeño puerto de Terça-Corte, en las Canarias, donde fueron cariñosamente recibidos y permanecieron cinco días, esperando buenos vientos para arribar a la ciudad de Las Palmas. Todo indicaba que el padre Ignacio recibió claras señales del cielo sobre la suerte que les esperaba, pues, a partir de entonces, sus palabras de ánimo siempre versaban sobre la belleza del martirio y el servicio prestado a Dios por aquellos que entregan sus vidas por la fe católica.

Mientras tanto, D. Luis de Vasconcelos, todavía en Madeira, mandaba a sus naves salir precipitadamente del interior del puerto para perseguir a algunos navíos que se divisaban a lo lejos. Se trataba de Jacques Sória – corsario francés al servicio de la reina de Navarra, Juana d'Albret, y famoso por su fanatismo anticatólico – que partió de La Rochelle, a la caza de los jesuitas. Sin embargo, el pirata no osó enfrentarse a la escuadra portuguesa y volvió a alta mar, aproximándose a Las Palmas exactamente cuando los peregrinos, después de dejar Terça-Corte, avistaban el puerto deseado.

Fue en ese momento que el vigía del Santiago dio la alarma. “¡Naves a la vista!”.

El martirio

Todo sucedió rápidamente. Mientras los enemigos cercaban a su presa, buscando el abordaje, los hijos de San Ignacio se reunieron junto al mástil central del Santiago, en torno a su superior, el cual mantenía en alto una imagen de Nuestra Señora, copia fiel de la famosa Salus Populi Romani que se venera en la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma.

Entonaron entonces la letanía lauretana y ofrecieron en alta voz sus vidas a Dios. El padre Azevedo designó a un grupo para proclamar “la Fe Católica” durante la lucha y socorrer a los combatientes heridos, mientras los otros permanecerían rezando sin cesar. Él mismo se mantuvo hasta el fin al pie del gran mástil, expuesto al furor de la pelea. Tuvo lugar entonces un breve duelo de artillería, cuyo resultado era fácil de preveer, dada la enorme desigualdad de fuerzas.

El hermano Benito de Castro dirigía la oración de los novicios, pero, en cierto momento, abrazó a todos, corrió a proa donde se daba la batalla y, empuñando el crucifijo, permaneció de pie en la amura, proclamando a gritos su Fe, hasta caer en las olas atravesado por puñaladas. Fue el primer mártir.

Por fin, las embarcaciones del francés, apretando el cerco, lanzaron una multitud de atacantes en el puente de la nave. Las injurias de los calvinistas contra los “papistas” eran dominadas por la voz de Ignacio de Azevedo, el cual, con la imagen de María colocada junto al pecho, exhortaba a los católicos a morir por su Fe y recordaba al enemigo el riesgo de la perdición eterna. La pequeña tripulación ya no conseguía contener la avalancha de los corsarios, y uno de éstos, aproximándose finalmente al padre Ignacio, le asestó un tremendo espadazo en el cráneo, pero el mártir, sin retroceder ni un paso y recibiendo nuevas cuchilladas, proclamó al caer: “¡Todos son testigos de que muero por la Fe Católica y por la Santa Iglesia Romana!”. 8

El padre Francisco Álvares le administró la última absolución y entonces los hermanos y novicios acudieron abalanzándose sobre el padre querido y abrazándolo entre lágrimas, mientras él los animaba: “¡Hijos, no temáis! Yo voy delante, a prepararos las moradas”. 9

El capitán del Santiago cayó lleno de heridas y así los piratas dominaron enteramente el puente, lanzándose con ferocidad contra los religiosos y haciendo entre ellos una horrible carnicería.

El hermano Manuel Álvares, que en Portugal recibió la revelación de su propio martirio, permaneció redoblando con un tambor en medio del combate y proclamando a los enemigos todo cuanto pensaba sobre su impiedad.

Le acribillaron sus miembros hasta quebrarlos, sin soltar un gemido.

El cuerpo del padre Azevedo, con los brazos en cruz, también fue a reposar al mar, bajo la mirada de sus súbditos.

Y el novicio Francisco de Magallanes, de 20 años, mostraba en su cara, con ufanía, la sangre de su santo superior, a quien había abrazado enternecido.

El hermano Aleixo Delgado, pequeño y flaquito, tuvo la cabeza de su superior apretada con tanta fuerza, que la sangre le corría abundante por la nariz mientras daba manifestaba su alegría por recibir los primeros golpes que le llevaron al martirio.

Jacques Sória ordenó perentoriamente que todos los jesuitas debían morir, con excepción del cocinero, Joao Sánches, que sería reservado para prestar sus servicios como esclavo.

Y así terminó aquella jornada: atravesados por puñales o acuchillados por espadas, los últimos hijos de San Ignacio fueron arrojados al océano sin piedad. El sobrino del capitán, apellidado “San Juanito”, había recibido del padre Azevedo la promesa de ser recibido en la Compañía antes de arribar a Brasil. Se ofreció entonces para morir en lugar del cocinero, y completó el número de cuarenta.

Durante mucho tiempo se oyeron las oraciones de los mártires sobre las aguas tranquilas, mientras los discretos esplendores del atardecer iluminaban el cuerpo del padre Ignacio, todavía flotando con los brazos en cruz junto al cuadro sagrado de Nuestra Señora. Y en la lejana España, Santa Teresa de Ávila la grande, recibía en aquel momento una visión de todo lo que había sucedido en la nao Santiago y del triunfo de aquellos gloriosos mártires10.

La donación total

Misteriosos son los designios de Dios en relación a las almas. Cuántos, a lo largo de la Historia de la Iglesia, se sintieron llamados por la Divina Providencia a determinadas misiones y, después de dedicarse a ellas con todo empeño, ¡murieron sin ver cumplidos sus nobles deseos!

Mientras, se engañaría quien concluyese que hay en estos casos un equívoco de parte de aquellos que apenas obtuvieron como fruto aparente, la decepción y el fracaso. Cuando Dios enciende algún deseo en el corazón de un apóstol, más que la realización de la obra iniciada desea la ofrenda generosa de un alma que decidió entregarse sin restos de egoísmo o de autorrealización. En una palabra, El no quiere tanto aquello , sino aquél.

Ignacio de Azevedo, con su joven falange, alimentaba ardientemente el deseo de ver un Brasil floreciente en virtudes, cuya nueva civilización fuese toda cimentada en la Fe Católica. Mientras tanto, en medio de aquella navegación rumbo a la realización de su ideal, Dios lo llamó, como si le dijese: “Ignacio, no verás más Brasil. ¡Ven a Mi!” y él supo responder a su invitación con entera paz de alma. De Ignacio, Dios quería, sobre todo, al propio Ignacio, más que a Brasil.

Mártires brasileños

¿Y quién sabe si, para la grandeza de ese País, Dios quería de aquellos cuarenta héroes la conquista misteriosa y sobrenatural de las grandes glorias en un porvenir que ni siquiera ellos sospechaban? Al contemplar las playas del litoral brasileño, donde las olas afables y graciosas parecen besar la arena y retirarse con añoranzas, somos llevados a pensar en aquel escuadrón de jóvenes mártires. Y, llenos de emoción, al recordar que esa espuma luminosa viene regada por sangre tan fecunda, gota de agua en el cáliz de la Preciosísima Sangre del Redentor, cantamos con la sagrada Liturgia: “¡Se alegran en los Cielos las almas de los Santos que siguieron los pasos de Cristo y que, por su amor, derramaron su sangre! ¡Con Él exultan eternamente!”

1 M. Gonçalves da Costa, Inácio de Azevedo, o homem e sua época , Librería Cruz, Braga, 1957, p. 42.
2 Idem , p. 57.
3 Idem , p. 117.
4 Idem , p. 227.
5 Cf. Cartas do Padre José de Anchieta en Cartas Jesuíticas , Civilización Brasileña, Río de Janeiro, 1933, p. 257.
6 M. Gonçalves da Costa, Inácio de Azevedo, o homem e sua época , Librería Cruz, Braga, 1957, p. 278.
7 Idem , p. 290.
8 Idem , p. 415.
9 Idem , p. 416.
10 Cf. Rocha Pita, História da América Latina Portuguesa , Itatiaia, Belo Horizonte, 1976, p. 90.

 

 

 

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