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Historias de santos

Convertido por la Eucaristía

Publicado 2009/04/01
Autor : Redacción

Hermann, aún antes de ser cristiano, experimentaba una consolación dulce y fuerte cuando el sacerdote daba la bendición con el Santísimo Sacramento. Después de la conversión, la práctica de la oración fue su sustento, y la Sagrada Eucaristía, su vida.

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Convertido por la Eucaristía

 

Recorrer las páginas de la Eucaristía equivale a encontrarse constantemente con portentos y maravillas que nos llenan de admiración. Si nos fuese dado ver el Mar Rojo dividido en dos grandes murallas de agua para dar paso al pueblo elegido y, vuelto a su curso normal, ahogar la flor y nata del ejército del faraón, con sus carros y caballos, o si pudiésemos contemplar a Moisés, por orden de Dios, golpeando con su cayado la roca para dar de beber a los hijos de Israel, seríamos llevados a juzgar que esos son prodigios insuperables, propios del Antiguo Testamento.

Entretanto, tales maravillas no pasaron de ser manifestaciones humanas del poder de Dios y pálidas representaciones de Su suprema grandeza, al ser comparadas con la acción infinitamente superior obrada por el Creador en las almas de Sus criaturas, atrayéndolas irresistiblemente a Sí mismo.

La gracia de la conversión es una obra exclusiva de Dios, una imposición que abarca al alma por entero y la lleva a actuar como nunca lo haría por sus fuerzas naturales, pues “el hombre no puede predisponerse para recibir la luz de la gracia a no ser que un auxilio gratuito de Dios lo mueva interiormente”. Y “el libre albedrío no puede convertirse para Dios, a no ser que Dios lo convierta para Sí, según lo dice el libro de Jeremías: ‘Conviérteme, Señor, y yo me convertiré'” . 1

A veces encontramos almas que, habiendo llevado una vida desviada y pecadora, fueron arrebatadas por Dios de los caminos del infierno y ahora brillan como estrellas rutilantes en el firmamento de la santidad, formando un enorme cortejo de bienaventurados que cantan las misericordias del Altísimo.

* * *

Hace pocos días, cayó en mis manos la obra del abad francés Charles Sylvain, que narra la inesperada conversión de un israelita, operada por el Santísimo Sacramento. Inicié la lectura con cierto desinterés que se transformó, ya en las primeras páginas del fascinante relato, en verdadera avidez.

Confieso que no conseguí parar de leer, y en eso se fueron mi almuerzo, mi descanso y otras ocupaciones.

Devoré, eso sí, el libro, y me sentí profundamente conmovida ante la infinita bondad de Jesús Hostia. Hice el propósito de dar a conocer la historia, a fin de fortalecer la fe vacilante de tantas almas naufragadas en los vaivenes del mundo contemporáneo y favorecer a un mayor número de cristianos para que se dejen abrasar por las llamas purísimas que brotan del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, hoguera ardiente de caridad.

Inquietudes religiosas

Hermann.jpg
Hermann Cohen,
apóstol de la Eucaristía

Nacido en la ciudad de Hamburgo en 1820, en el seno de una familia judía de la tribu de Leví, Hermann Cohen recibió desde la más tierna infancia una esmerada educación, adecuada a la fortuna de su padre, un opulento negociante.

No tardaron los parientes en percibir las extraordinarias disposiciones para la música, y encaminaron al pequeño prodigio a seguir la carrera de artista.

En los primeros años de su vida, Hermann sentía una misteriosa apetencia por las ceremonias religiosas y una gran inclinación por la oración, llegando a experimentar profundas emociones al invocar al Dios Santo de Israel.

Estas impresiones, sin embargo, fueron ahogadas por el vertiginoso desarrollo del germen de la vanidad en su alma. Todo cuanto él hacía era coronado por el éxito; el incienso, los elogios y los aplausos inflamaban su fogoso corazón que ya no buscaba sino su propia gloria y la plena satisfacción de sus mínimos caprichos.

En vano buscaba la felicidad

En poco tiempo, el nombre del pianista Hermann, el niño genial, resonaba en los medios más ilustres de las principales capitales europeas, y su prestigio aumentaba día a día.

Conducido a París por su madre, se relacionaba con grandes personalidades de su tiempo, entre las cuales el célebre Franz Listz, de quien fue durante largos años inseparable alumno.

“Éxitos, honras, celebridad, los placeres en que los artistas pasan parte de su tiempo, los viajes, las aventuras, todo aparecía con colores rosáceos en mi imaginación, extraordinariamente desenvuelta para mi edad” 2.

Malas compañías y funestas influencias acabaron por corromper y desviar completamente al joven, convirtiéndolo en esclavo de sus propias pasiones e incapaz de negarse cualquier cosa a sí mismo. Él cayó en una lamentable situación, se hundió en los vicios más indisculpables, se abrazó a las ideas más liberales y desvariadas de la época y se lanzó a una carrera desenfrenada a la búsqueda de todo aquello que pudiese alimentar sus delirios y fantasías.

“¡La felicidad! Yo la busqué, y para encontrarla, recorrí las ciudades, atravesé los reinos, crucé los mares. ¡La felicidad! [...] ¿Dónde no la busqué?” 3.

Si, en vano intentaba saciar la sed de felicidad que le atormentaba, y cuanto más se afanaba en buscarla, tanto más ella se le escapaba de las manos y le daba la espalda. En efecto, la taza de todos los placeres parecía estar envenenada, pues en ella sus labios no encontraban más que insatisfacción, fastidio y amargura. Era una mano de la Providencia, que secreta y misteriosamente, se lo preparaba para Sí.

Seducido por la Eucaristía

En estas condiciones se encontraba cuando, en mayo de 1847, un amigo suyo, el Príncipe de Moscowa, le solicitó que lo sustituyese en la dirección de una coral en la iglesia de Santa Valeria, en París, a lo que Hermann accedió. Se celebraban las festividades del mes de María. En el momento en que, después de la misa, el sacerdote dio la bendición con el Santísimo Sacramento, Hermann experimentó “una singular emoción, como remordimientos de tener parte en esa bendición en la cual él no tenía derecho a estar incluido” . 4 Era una consolación dulce y fuerte que le proporcionó “un alivio desconocido” .

En las sucesivas veces en las que Hermann regresó a la iglesia, sentía siempre idéntica e inexplicable impresión cuando el sacerdote daba la bendición con el ostensorio. Terminadas las solemnidades de mayo y arrastrado por un fuerte impulso, el joven empezó a frecuentar las misas dominicales en la misma parroquia de Santa Valeria.

A pesar de los diversos escollos puestos por el enemigo de nuestra salvación —furioso por perder su presa— Hermann entró en contacto con un piadoso sacerdote, el P. Legrand, que le dio una buena orientación doctrinaria y alentadores consejos.

La conversión

Obligado, partió para Ems, en Alemania, para dar un concierto.

Nada más llegar, se apresuró a buscar una iglesia. Quería participar de la Celebración

Eucarística, sin manifestar ningún respeto humano delante de sus amigos. Dejemos que sea la propia pluma de Hermann la que narre lo que le ocurrió en aquél inolvidable día.

“Poco a poco los cánticos, las oraciones, la presencia —aunque invisible, sentida por mí— de un poder sobrehumano, comenzaron a agitarme, a perturbarme, a hacerme temblar; en una palabra, la gracia divina se empeñaba en derramarse sobre mí con todas las fuerzas.

Súbitamente, en el momento de la elevación, siento brotar a través de mis párpados un diluvio de lágrimas que no cesa de derramarse en abundancia sobre mi rostro en llamas... ¡El momento para siempre memorable para la salud de mi alma! ¡Yo te tengo presente en mi espíritu con todas las sensaciones celestes que me traías de lo alto! [...] Experimenté entonces lo que sin duda San Agustín debe haber sentido en el jardín de Casicíaco al oír el famoso ‘Tolle, lege'. [...]

Me acuerdo de haber llorado algunas veces en mi infancia, pero nunca había conocido semejantes lágrimas.

Mientras ellas me inundaban, sentí surgir en lo más profundo de mi conciencia por mi dilacerada alma, los más dolorosos remordimientos por toda mi vida pasada.

Entonces, espontáneamente, como por intuición, comencé a manifestar a Dios una confesión general, interior y rápida, de todas las enormes faltas cometidas desde mi infancia. [...] Sentía, al mismo tiempo, por una calma desconocida que invadió mi alma como bálsamo consolador, que el Dios de misericordia me perdonaría, desviaría Su mirada de mis pecados, tendría piedad de mi sincera contrición y de mi amargo dolor... Sí, sentí que me concedía Su gracia, y que, al perdonarme, aceptaba como expiación mi firme resolución de amarlo sobre todas las cosas. Y desde aquel momento me convertí a Él.

“Al salir de esa iglesia de Ems ya era cristiano. Si, tan cristiano como es posible serlo antes de recibir el Santo Bautismo...”. 5

Arduos combates

Se siguió un corto periodo de admirable fervor y duros combates, en que nuestro joven, huyendo de los ruidos del mundo, se dedicó con empeño al estudio de la doctrina católica, cuyas prácticas observaba como si ya estuviese bautizado.

El demonio, sin embargo, quiso impedir a cualquier precio que aquella alma escogida le fuese arrancada para siempre. Esto supuso para Hermann una terrible y última batalla, en la noche que precedió a su Bautismo:

“Le envió un sueño de representaciones seductoras y le renovó vivas imágenes que consideraba para siempre barridas de su memoria” . 6

Oprimido por esa visión aterradora, Hermann se tiró a los pies del crucifijo y, con los ojos llenos de lágrimas, le imploró socorro, por la mediación de la Virgen Santísima. Inmediatamente la tentación desapareció y él se levantó fortificado y victorioso, dispuesto a todas las luchas que iban a producirse ante su nueva condición.

El bautismo

Hermann2.jpg
Todavía antes de la conversión, la
bendición con el Santísimo Sacramento hacía a Hermann Cohen experimentar una dulce y fuerte consolación.

Con gran entusiasmo recibió el santo bautismo el día 28 de agosto de 1847, fiesta de San Agustín, cuyo nombre adoptó. En carta dirigida al P. Alfonso María Ratisbonne, judío converso como él, el joven neófito describió en el desarrollo de la ceremonia, el momento en que el agua, derramándose sobre su frente, le confería la vida divina:

“Mi cuerpo se estremeció, y sentí una conmoción tan viva, tan fuerte, que no sabría compararla a no ser con el choque de una máquina eléctrica.

Los ojos de mi cuerpo se cerraron al mismo tiempo en que los del alma se abrían hacia una luz sobrenatural y divina.

Me encontré como sumergido en un éxtasis, y, tal como a mi santo patrón me pareció participar, por un impulso de corazón, de los gozos del paraíso y beber del torrente de delicias con los que el Señor inunda a sus elegidos en la tierra de los vivos...” 7

Después de la conversión, la vida y las costumbres de Hermann sufrieron una completa transformación. Se entregó con ardor a todas las obras de caridad y piedad, y su naturaleza fogosa, apasionada y enérgica, pasó a actuar únicamente bajo el influjo de la gracia.

Le esperaban todavía algunos años de tormento, pues, a pesar de su vivo deseo de hacerse religioso, diversas circunstancias le obligaron a permanecer en el mundo por un tiempo.

La práctica de la oración fue su sus tento, y la Sagrada Eucaristía, su vida.

Instituyó, en compañía de Mons.

de la Boullerie, entonces Vicario General de París, la adoración nocturna que más tarde se extendió a más de 50 diócesis de Europa.

Vida religiosa

A los 28 años de edad, en octubre de 1849, fue admitido en la Orden de los Carmelitas Descalzos, recién reformada en Francia, con el nombre de Fray Agustín María del Santísimo Sacramento. Al año siguiente hizo su profesión religiosa, y en 1851 fue ordenado sacerdote. Una carta dirigida a un amigo, pocos días antes de su ordenación, es prueba de la profunda seriedad con que recibió este sacramento:

“Seré sacerdote el Sábado Santo, y cantaré la misa el Domingo de Pascua. Ni usted ni yo, querido hijo, conoceremos jamás en esta vida terrena lo que encierra de grandeza y majestad el temible misterio de los altares, al cual los ángeles asisten temblando” . 8

La vida religiosa del P. Hermann transcurrió en profunda humildad, sufrimientos de todo orden y gracias místicas impresionantes. A pesar de ser un alma intensamente contemplativa, fue impelido por la voluntad divina a una gran actividad evangelizadora: continuos viajes, fundaciones de varios monasterios, predicaciones que reunían multitudes de fieles y direcciones espirituales apenas interrumpidas por cortos periodos de absoluto recogimiento.

Su amor a Jesús era tan fuerte que, a pesar de la debilidad de su salud, no ahorraba esfuerzos para atraer a Él el mayor número posible de almas, e hizo voto de mencionar la Eucaristía en todos sus sermones. A su incansable celo, la elocuencia de su palabra y al estímulo de sus ejemplos, se deben incontables conversiones, entre ellas las de diez miembros de su familia y de otros varios judíos.

Su talento musical, que antes le había llevado a la perdición, ahora lo empleaba en honor del Santísimo Sacramento y de la Virgen María, componiendo bellísimos cantos dedicados a Ellos.

Mantuvo lazos de amistad con grandes figuras católicas de la época, como el santo Cura de Ars, San Pedro Julián Eymar, santa Bernardette Soubirous, o el cardenal Wiseman.

Último campo de batalla

Después de años de fructífero apostolado en Francia, Inglaterra, Bélgica y Suiza, en noviembre de 1870 fue enviado por sus superiores a Prusia, como capellán de los prisioneros de guerra franceses. Allí dio muestras de infatigable dedicación, dejándose consumir como hostia pura al servicio de la Iglesia. El 22 de diciembre describía sus ocupaciones y alegrías con estas palabras: “Los prisioneros me rodean desde las ocho de la mañana hasta la noche.

Me entrego a ellos, y ellos me están usando en cuanto pueden, y me usarán hasta consumirme” . 9

En efecto, en enero del año siguiente, al administrar los últimos sacramentos a dos soldados moribundos atacados de varicela, contrajo él mismo esta dolencia que lo llevaría a la muerte. Sufriendo una fuerte crisis, recibió la Unción de los Enfermos, renovó sus votos religiosos y, a pesar de los atroces dolores que padecía, cantó en voz alta el Te Deum , el Magníficat , la Salve Regina y el De Profundis .

Finalmente, en la noche del 19 de enero, habiendo empeorado mucho, se confesó y recibió por última vez aquel Jesús Eucaristía que después de su conversión fue el único objeto de todas sus aspiraciones y deseos.

Permaneció durante mucho tiempo absorto en acción de gracias, y un poco más tarde sus compañeros le pidieron una bendición. En seguida, extenuado, se dejó caer nuevamente en su lecho, murmurado: “¡Y ahora, Dios Mío, en Vuestras manos entrego mi espíritu!” 10.

Fueron sus últimas palabras tras las cuales permaneció calmado e inmóvil durante toda la noche, hasta las 10 de la mañana, cuando hizo un ligero movimiento y expiró santamente en los brazos de su amado Jesús.

 

1) Suma Teológica I-II, q, 109, a. 6.
2) SYLVAIN, Charles, Hermann Cohen, Apóstol de la Eucaristía. Estella: Gráficas Lizarra., 1998. p.7.
3) Idem, ibidem, p. 61.
4) Idem, ibidem, p. 23.
5) Idem, ibidem, p. 24.
6) Idem, ibidem, p. 26.
7) Idem, ibidem, p. 27.
8) Idem, ibidem, p. 50.
9) Idem, ibidem, p. 136.
10) Idem, ibidem, p. 138.

 

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