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Historias de santos

Imagen de Dios Tallada en ébano

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

La vida del Venerable Pierre Toussaint es más emocionante que cualquier novela épica. No fundó ninguna Orden religiosa, nunca hizo un milagro, distaba de ser un teólogo y mucho más de ser un gran soberano.

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 Imagen de Dios Tallada en ébano

 

No hay quien no haya oído hablar de San Francisco de Asís, fundador de los franciscanos; de Santa Teresa de Ávila, la reformadora del Carmelo; de San Antonio de Padua, hombre de milagros; de Santo Tomás de Aquino, el teólogo, o hasta de San Expedito, por mencionar a sólo unos cuantos.

Todos, además de grandes santos, estaban dotados de una extraordinaria personalidad. Eso puede inducir la conclusión que la santidad es privilegio exclusivo de hombres o mujeres “fuera de serie” como ellos.

¿Es cierto tal concepto?

No. Además de erróneo es perjudicial, porque lleva a una actitud de falsa humildad: “Soy débil, no soy más que un hombre común y corriente, el camino de la perfección no es para mí.”

Ahora bien, todo cristiano debe llevar a la práctica el precepto del Divino Maestro: “Sean perfectos como su Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt 5 48). Y el Catecismo de la Iglesia Católica deja bien en claro que ningún bautizado puede considerarse ajeno al llamado de la santidad: “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (2013).

En el ejemplo que daremos a continuación, puede verse que la santidad está al alcance de todos.

PierreToussaint.jpgLa vida del Venerable Pierre Toussaint es más emocionante que cualquier novela épica. No fundó ninguna Orden religiosa, nunca hizo un milagro, distaba de ser un teólogo y mucho más de ser un gran soberano.

¿Era, entonces, “un hombre común y corriente”? Ni siquiera eso: ¡era un esclavo!

Pero en su esclavitud aceptaba alegremente la voluntad de Dios, y llevó su dedicación al punto de permanecer desinteresadamente al servicio de su señora por largos años, aun con todas las legítimas posibilidades de ser un hombre libre a su alcance.

Ingenioso, alegre y gentil

En el costado occidental de La Española, isla donde Colón arribó por vez primera, los franceses fundaron Santo Domingo (actual Haití), que por mucho tiempo fue la más próspera de las colonias francesas. Atraídos por la riqueza de esas tierras, mucho miembros de la pequeña nobleza llegaron desde la metrópolis para hacer fortuna en las colonias. Entre ellos venía Jean Bérard, que obtuvo una rápida prosperidad gracias a sus plantaciones en la ciudad de Saint Marc.

En esa época, alrededor de 1766, nació Pierre Toussaint. Hacía mucho tiempo que su abuela Zenobe y su madre Úrsula prestaban significativos servicios como esclavas a la familia Bérard; una, llevando los hijos de su ama a París, para que recibieran una mejor educación, y la otra sirviendo como camarera íntima de la familia.

Muy pronto Pierre se hizo muy estimado por su alegría y gentileza.

Una amiga de la familia declara: “Me acuerdo de Toussaint entre los esclavos, vestido con una chaqueta roja, muy ingenioso, entusiasta de la música y el baile, y dedicado a su joven y alegre señora.” El matrimonio de Jean y Marie Bérard le tenía tanto afecto, que escogieron a su propia hija como madrina suya.

Pero los vientos de la Revolución Francesa ya habían comenzado a soplar en Francia y en sus posesiones de ultramar.

En Santo Domingo estaba a punto de estallar una rebelión. Anticipando el peligro, el 1787 la familia Bérard partió a la entonces pequeña pero próspera Nueva York. Llevaron consigo a cinco esclavos, entre los cuales estaban Pierre y su hermana Rosalie.

Dedicación llevada al extremo

Pasado un año, Jean Bérard regresó a la isla para supervisar sus tierras y negocios.

Pero Santo Domingo se hallaba en plena revuelta; no había nada que hacer, al menos por el momento.

Frente a tal clima de inestabilidad, condujo al dedicado Pierre al oficio de peluquero. “En eso debe haber entrado la mano de la Providencia” – diría Toussaint más tarde, al considerar cuán útil le fue esa profesión para dar cauce a su inmensa caridad.

En efecto, los infortunios comenzaron a abatirse sobre la otrora rica y jovial Marie Bérard. De un solo golpe, por así decir, perdió a su marido, víctima de pleuresía, la inmensa fortuna representada por sus tierras en Santo Domingo y, para colmo de males, sus bienes en Nueva York, con la quiebra de la firma en la que habían sido depositados.

Para ella, la “mano de la Providencia” sería en adelante la de Pierre Toussaint…

Convertido en el único hombre de la casa, asumió la tarea de amparar la familia.

Siempre alegre y de buen humor, recorría las calles de Nueva York, ofreciendo sus servicios de magnífico peluquero a las refugiadas francesas y a las damas de la sociedad norteamericana.

Su singular habilidad profesional, su trato respetuoso y gentil junto a su fina capacidad de elegir para cada señora el peinado más apropiado, le granjearon una rápida fama.

Los resultados financieros eran bastante compensadores. ¿Cómo los gastaba el esclavo Pierre Toussaint?

Con esas ganancias, tenía la alegría de… ¡proporcionar a su ama, ahora viuda y desamparada, la misma vida confortable que había disfrutado hasta entonces! Llevó el cariño y entrega a su señora a un punto pocas veces alcanzado por los hijos en relación con sus propios padres. Cuando ella se casó nuevamente, Pierre comenzó a mantener a los recién casados, porque muy pronto el marido perdió su empleo de músico, con la clausura de los teatros neoyorquinos.

Toussaint podría conseguir fácilmente la emancipación y reunir un buen patrimonio, pero prefirió seguir al servicio de Marie Bérard.

Su ama murió poco tiempo después, a los 32 años de edad. Siervo bueno y fiel, fue él mismo quien buscó a un sacerdote para que le administrara los últimos sacramentos. En su lecho de muerte, Marie le concedió la libertad, proclamando que no había recompensa terrena suficiente para retribuir los servicios que había prestado.

Ya en su condición de hombre libre, ese católico ejemplar siguió prestando servicios gratuitos al viudo de su fallecida señora, Gabriel Nicolas, hasta que éste se mudó al sur del país.

Solamente entonces Toussaint se sintió libre de impedimentos para contraer nupcias él mismo. Y ya era tiempo, porque había llegado a los 45 años.

Así, en 1811 se casó con Juliette Noël, una esclava emancipada como él, que se mostró digna esposa y se convirtió en auxiliar y aliciente de sus obras de caridad.

Un consumado gentilhombre

Toussaint permaneció en su oficio de peluquero hasta el final de su larga vida. Era siempre muy amable y cortés con sus clientes. A veces, para alegrarlas tocaba algunas piezas en el violín, instrumento dócil en sus hábiles manos.

Y ellas lo consideraban “un consumado gentilhombre”. No a causa de ropas finas y bien cortadas, que no tenía.

Menos aún por una vasta cultura, maneras elegantes ni cuidada educación mundana. No era más que un ex esclavo negro en un país de acentuada discriminación racial.

Ejemplo de santidad al alcance de todos

¿Qué le merecía entonces una opinión tan elevada?

Un conjunto de diversos factores: su fe católica, puesta en práctica en la vida cotidiana; el deseo de agradar a Dios; el corazón desbordante de bondad cristiana, y las cualidades morales cultivadas de modo excelente por quien seguía siendo un “hombre común”. Con perfecta modestia, Toussaint conocía lo que le era propio y sabía dar a cada cual el trato debido.

Ese “conjunto de diversos factores” tiene nombre: ¡santidad!

–¡Pero no ha sido canonizado! – podría objetar alguien.

No lo fue, y quizá no lo sea. Es un asunto que le compete al Papa, que se pronuncia con el don de infalibilidad que le concedió el Espíritu Santo. Lo esencial es que todo cristiano está llamado a la santidad.

“¡Qué noble y excepcional era su carácter!” – declara una dama que lo conoció de cerca. Y añade: “Pero lo que me impresionaba era su ‘todo'; su perfecta benevolencia cristiana, su fe íntegra, su amor y caridad, su notable tacto y finura de sentimientos, y su justa apreciación de quienes lo circundaban.

Su religiosidad era fervorosa y sincera, y nunca la dejó por razones mundanas.”

¡Esa es la descripción de una vida en la senda de la santidad!

Por lo tanto, ese grado de práctica de la virtud está al alacance de todos los hombres y mujeres sin excepción.

Si un simple esclavo iluminó con su fe y con su caridad todos los lugares por donde pasó, ¿por qué nosotros, “personas comunes y corrientes”, no podremos hacer lo mismo?

Pionero de las obras de caridad en Nueva York

Para su clientela, el bondadoso peluquero era un seguro confidente y buen consejero. Nunca revelaba los secretos que le confiaban. Cuando cierta vez una chismosa indagaba los asuntos particulares de otro, replicó: “Toussaint hace peinados, no es portador de noticias” . A otras preguntas indiscretas respondía diplomáticamente: “No tengo buena memoria…”

El progreso en la vida espiritual aumentaba en su corazón generoso el deseo de hacer el bien a los necesitados, por lo que expandió su campo de acción benefactora. Reunió fondos para ayudar a niños abandonados, construir orfanatos e iglesias. Durante veinte años fue el sostenedor del Hogar de Niños de San Patricio. Cuando la fiebre amarilla arrebataba miles de vidas a la ciudad, el santo peluquero cuidaba a los enfermos para ayudarlos a recobrar la salud o, si no era posible, a morir con dignidad.

De esta forma, Pierre Toussaint terminó siendo uno de los pioneros de las obras de caridad en la próspera Nueva York.

No obstante, no debe pensarse que todo aquello provenía de una mera filantropía. Principalmente era fruto de décadas de asistencia diaria a Misa en la Iglesia de San Pedro (la única católica en la ciudad) y de su ardorosa devoción a la Santísima Virgen, que defendía constantemente, a pesar de estar rodeado por no-católicos. Aunque era laico –¡y ex-esclavo!– había gente que le pedía la bendición.

“Él irradiaba una fe serenísima y alegre”

El 30 de junio de 1853, con 87 años, este católico ejemplar entregó su bella alma a Dios, en olor de santidad.

Estando ya en el lecho de muerte, alguien le preguntó:

–¿Quiere usted alguna cosa?

–Nada en esta tierra – respondió.

Su cuerpo venerable está sepultado en la Catedral de San Patricio. Con motivo de su visita a dicha catedral en 1995, S.S. Juan Pablo II pronunció estas luminosas palabras: “¿Qué tan extraordinario hay en este hombre?

Él irradió una fe serenísima y alegre, sostenida diariamente por la Eucaristía y visitas al Santísimo Sacramento.

Frente a la constante y dolorosa discriminación, comprendió como pocos el significado de las palabras de Nuestro Señor: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen'. Ningún tesoro es tan sublime y transformante como la luz de la fe” .

No cabe duda que el número de cristianos llamados a la importante misión de teólogo, de rey o de fundador de alguna Orden religiosa, es pequeño.

Sin embargo, todos pueden hacer lo mismo que el venerable Pierre Toussaint: irradiar a Cristo en sus propios ambientes, y caminar rumbo a la santidad.

Por eso, todos tenemos mucho que aprender de este ex-esclavo, que fue definido apropiadamente como “la imagen de Dios tallada en ébano”.

 

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