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Historias de santos

El santo de lo cotidiano

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei

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 El santo de lo cotidiano

 

El día 6 de octubre de 2002, en la Plaza de San Pedro del Vaticano, frente a una multitud de más de 300 mil personas de todas las edades y condiciones, el Papa Juan Pablo II celebró la solemne ceremonia de canonización de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei.

En la homilía de la misa de aquel día, el Santo Padre resumió en pocas palabras la esencia del mensaje espiritual de Mons. Escrivá: “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares”.

sanJosemara.jpgA la mañana siguiente, 7 de octubre, fue celebrada en la propia Basílica de San Pedro una solemne concelebración en acción de gracias por la canonización.

Terminada la misa, el Papa Juan Pablo II, recibido con una calurosa manifestación de entusiasmo, dirigió la palabra a la multitud de fieles, cooperadores y amigos del Opus Dei, que –como el día anterior– se apiñaba en la Plaza y se extendía por la Via de la Conciliazione y las demás calles adyacentes, llegando hasta el Castillo de Sant'Angelo.

En su alocución, Juan Pablo II volvió a insistir en la esencia del carisma, del mensaje espiritual de san Josemaría con las siguientes palabras:

“San Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada.

La santidad está realmente al alcance de todos.”

Los fieles que oían estas palabras del Papa habían escuchado poco antes, en la misa, la homilía del Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echeverría, quien les recordó palabras de san Josemaría a sus hijos espirituales, escritos en los primordios del Opus Dei, el 24 de marzo de 1930:
“Vinimos a decir, con la humildad del que se sabe pecador y poca cosa –‘homo peccator sum' (Lc 5,8) decimos junto a Pedro– pero con la fe del que se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados, que el Señor nos llama a todos, de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, sea cual sea su estado, su profesión u oficio. Porque esta vida corriente, cotidiana, sin relevancia, puede ser medio de santidad: no es preciso abandonar el propio estado en el mundo para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, una vez que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo”.

Con esto, san Josemaría no hacía más que enfatizar otra vez el núcleo del mensaje recibido de Dios el 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei. Al cabo de años de oración y penitencia constantes, en aquella fecha Dios le había mostrado su Voluntad –presentida muchos años antes, sin lograr ver cuál era–, y Mons. Escrivá comprendió que la única razón de su existencia debía ser entregarse por entero, con todas sus fuerzas, al cumplimiento de este designio divino: el Opus Dei.

Todos están llamados a la santidad

En una entrevista concedida a L'Osservatore della Domenica, en 1968, Mons. Escrivá definía así lo que caracteriza la vocación del Opus Dei:

“Voy a decirlo en pocas palabras: es tratar de llegar a la santidad en medio del mundo, en medio de la calle.

Quien recibe de Dios la vocación específica para el Opus Dei sabe –y vive– que debe alcanzar la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de cristianos que viven en medio del mundo, sea cual sea su estado o condición. La Obra nació a fin de contribuir para que estos cristianos, insertos en el tejido de la sociedad civil –con su familia y sus amistades, su trabajo profesional, sus nobles aspiraciones– comprendan que su vida, tal como es, puede llegar a ser ocasión de un encuentro con Cristo: es decir, que es un camino de santificación y apostolado. […] La vida de un simple cristiano puede y debe ser una vida santa y santificante” .

Dios despejaba así el malentendido, frecuente en muchos católicos, de que para aspirar a la santidad sería “indispensable abandonar el mundo, alejarse de él… o dedicarse a una actividad eclesiástica” .

Mons. Escrivá ya había estampado en su libro “Camino” una afirmación que venía repitiendo desde la fundación de la Obra: “Tienes la obligación de santificarte. –Tú también. –¿Acaso alguien piensa que es tarea exclusiva de sacerdotes y religiosos? El Señor les dijo a todos, sin excepción: ‘Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto'” .

Años después la Iglesia, en el capítulo VI de la Constitución “Lumen Gentium”, consagró y dio realce a esta doctrina de entraña evangélica proclamando la Vocación universal a la santidad de todos los bautizados.

Camino de santificación en el trabajo y en los deberes cotidianos

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Un rasgo específico del carisma del Opus Dei, con el cual Nuestro Señor abrió caminos prácticos para la santificación del cristianos en medio del mundo, es la percepción de que el trabajo profesional (y quien dice trabajo dice familia, dice deberes sociales, dice actividad cultural, dice descanso, dice, en suma, vida cotidiana) puede y debe ser medio y ocasión de santidad y de apostolado.

“Venimos a llamar de nuevo la atención – aclaraba el Fundador– hacia el ejemplo de Jesús, que durante treinta años permaneció en Nazaret trabajando, desempeñando un oficio.

En las manos de Jesús, el trabajo, y un trabajo profesional semejante al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en trabajo redentor, en camino de salvación” .

En este sentido, Benedicto XVI, hablando del trabajo a los artesanos de Italia, decía que san Josemaría Escrivá, un santo de la época nuestra, observa que el trabajo, habiendo sido desempeñado por Cristo que trabajó como artesano, “se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora (‘Es Cristo que pasa', Homilías, n. 47)” 5.

Por eso no se cansaba de enseñar que para los cristianos comunes “la vida corriente es el verdadero lugar de la existencia cristiana”. Un pensamiento lleno de consecuencias que expuso con vivacidad y claridad sobrenatural en una homilía pronunciada el 8 de octubre de 1967, en una misa celebrada en el campus de la Universidad de Navarra 6:

“Hijos míos: ahí donde están nuestros hermanos los hombres, ahí donde están nuestras aspiraciones, nuestro trabajo, nuestros amores, ahí está el lugar de nuestro encuentro cotidiano con Cristo. En medio de las cosas más materiales de la tierra es que debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.

“Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa:

el mundo no es malo, porque salió de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yahvé miró hacia él y vio que era bueno (cf. Gen 1,7 ss.). Nosotros los hombres lo hacemos malo y feo con nuestros pecados y nuestras infidelidades.

No duden hijos míos; cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para los hombres y las mujeres del mundo cosa opuesta a la voluntad de Dios.

“Por el contrario, deben comprender ahora –con una nueva claridad– que Dios los llama a servirlo en y a partir de las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana. Dios nos espera cada día: en el laboratorio, en la sala de operaciones de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en la oficina, en el campo, en el seno del hogar y en todo el inmenso panorama del trabajo. No lo olvidemos nunca: hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, algo que compete descubrir a cada uno de nosotros […].

“No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar al Señor en nuestra vida de todos los días o no lo encontraremos nunca”.

Con una expresión sintética que le gustaba repetir, resumía ese ideal de santidad diciendo que consiste en “santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás a través del trabajo”.

El primer sucesor de san Josémaría al frente del Opus Dei, el Siervo de Dios D. Álvaro del Portillo, se hacía eco de este mensaje diciendo:

“Predicó incesantemente que el cristiano debe ocuparse del trabajo sabiendo que Dios lo contempla… Su tarea tiene que ser, por tanto, una tarea santa y digna de él: acabada en todos sus pormenores –realizada con competencia técnica y profesional– y llevada a cabo con rectitud moral, con hombría, con nobleza, con lealtad, con justicia.

En estas condiciones su trabajo profesional surgirá como algo recto y sano, al mismo paso que, también a ese título de ofrecimiento al Creador, será oración” .

La oración de los hijos de Dios

“El trabajo será oración”. San Josemaría acostumbraba decir a sus hijos que debería llegar un momento en su vida en que ya no fuera posible distinguir oración y trabajo, porque el trabajo (y el resto de los deberes cotidianos) deben transformarse en oración.

Quien desconociera el carisma del Opus Dei podría extrañarse por escuchar al Fundador afirmando que la vocación para la Obra de Dios es esencialmente contemplativa. Sin embargo, ésta es la meta, el ideal de quien ha sido llamado a santificarse en el mundo: hacer de la vida común una oración continua, un diálogo ininterrumpido con Dios –con la Virgen Santísima, con los santos ángeles…–, con ese Dios “que nos habla constantemente a través de los acontecimientos y de las personas”, y que a través de todo nos da su amor y nos pide amor.

El Papa Juan Pablo II expresó este mismo pensamiento en los días de la canonización con estas palabras: “El Señor le hizo entender profundamente el don de nuestra filiación divina.

Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla a través de las más diversas vicisitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de nosotros la respuesta del amor. La consideración de esta presencia paterna, que lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca se siente solo ni tiene miedo. En la cruz -cuando se presenta- no ve un castigo sino una misión confiada por el mismo Señor”.

El sentido de filiación divina era, para Mons. Escrivá, el cimiento, el fundamento de la vida espiritual.

“La filiación divina –afirma– es una verdad feliz, un misterio consolador.

La filiación divina empapa toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a buscar, conocer y amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior y nos da la simplicidad confiada de los hijos pequeños. Más todavía: precisamente porque somos hijos de Dios, esta realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que salieron de manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando el mundo” .

Unidad de vida: piedad, trabajo, apostolado

De este modo, san Josemaría podía afirmar que la fisonomía espiritual propia del Opus Dei consiste en la unidad de vida. Si la vida cristiana tiene como base la filiación divina –fundamento de la piedad–; si buscamos que el trabajo santificado y santificador sea el eje de la vida espiritual; si la oración, la mortificación, el trabajo… apuntan a la misión apostólica en medio del mundo, entonces los diversos aspectos de la vida cristiana se funden y compenetran en una unidad armónica: son, en la sencillez de lo cotidiano, como facetas de un único diamante.

“Cumplir la voluntad de Dios en el trabajo –escribía el Fundador en 1940– , contemplar a Dios en el trabajo, trabajar por amor a Dios y al prójimo, convertir el trabajo en medio de apostolado, dar a las cosas humanas un valor divino, tal es la unidad de vida, simple y fuerte, que debemos tener y enseñar” .

“Elevar el mundo hacia Dios –decía el Papa en la homilía de canonización de san Josemaría– y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica” . Y recordaba que san Josemaría, movido por Dios, “sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes” , y acto seguido evocaba la continua enseñanza del santo para que este ideal apostólico se hiciera realidad: “Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, acción” 10. Esta convicción de que “la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante –concluía el Papa– es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos” .

Cristo, María, el Papa

No estaría completo este esbozo, forzosamente sumario, del carisma y el mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei, si no mencionáramos su cálida e intensa devoción a la Santísima Virgen (a quien invocaba en todo y para todo, sin separarla jamás de san José) y su amor apasionado a la Iglesia Santa, al Romano Pontífice y a los obispos en comunión con la Santa Sede.

Omnes cum Petro, ad Iesum per Mariam

– Todos, con Pedro, a Jesús por María . He ahí la ruta espiritual que desde la fundación propuso como lema a sus hijos espirituales, y que, siguiendo su ejemplo y sus enseñanzas, los fieles de la Prelatura del Opus Dei buscan seguir y difundir con alegría y fidelidad.

“Sé de María y serás nuestro”, escribía en los años treinta. “A Jesús siempre se va y se ‘vuelve' por María” , afirmaba como un axioma sobrenatural.

Y recalcaba: “El amor a la Señora es prueba de buen espíritu en las obras y en las personas singulares. – Desconfía de la empresa que no tenga esta señal” .

En cuanto al amor al Papa, rezaba así: “Gracias Dios mío por el amor al Papa que pusiste en mi corazón” .

“¡Católico, Apostólico, Romano! – Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu romería, videre Petrum , para ver a Pedro” .

Es significativo que las últimas palabras de san Josemaría en esta tierra, poco antes de que Dios lo llamara a sí, fueran una exhortación destinada a un grupo de sus hijas, en Castegandolfo, para que amaran con toda el alma a la Iglesia y al Papa. “Cuando seáis viejos –había dicho poco tiempo antes, abriendo su corazón– y yo haya prestado cuentas a Dios, habréis de decir cómo el Padre amaba al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas” .

Este amor a María, a la Iglesia y al Papa es uno de los rasgos más marcados de su espíritu, que grabó indeleblemente en el alma de los fieles de la Prelatura, y que por medio de ellos va quedando grabado en el corazón de cuantos se acercan al Opus Dei para vivir su espíritu.

El P. Francisco Faus se ordenó en 1955 y es licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona y Doctor en Derecho Canónico por la Universidad de Santo Tomás de Aquino de Roma.

 

 

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