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Historias de santos

El esclavo de los esclavos

Publicado 2009/05/01
Autor : Redacción

La historia de San Pedro Claver, el esclavo de los esclavos.

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 El esclavo de los esclavos

 

Cierto día de la segunda mi­tad del año del Señor de 1610, las amplias y amari­llentas velas del ga­león “San Pedro” eran arriadas mientras el ancla to­caba fondo en una hermosa bahía. Toda la tripulación estaba asoma­da en la cubierta para contemplar, curiosa y admirada, la ciudad de Cartagena en la provincia de Nue­va Granada (actual Colombia), que deslumbraba sus ojos con las enormes murallas de piedra blan­ca brillando bajo el candente sol tropical. El azul profundo del cie­lo se reflejaba en las aguas mansas y cálidas del puerto, donde se me­cían graciosamente un sinnúmero de embarcaciones de todo género y tamaño.

En medio de la pintoresca multitud de marineros y pasa­jeros que se apuraba en desembarcar del galeón recién llega­do, destacaban singularmente las negras sotanas de cuatro re­ligiosos: tres sacerdotes y un no­vicio de la orden no hace mucho fundada por Ignacio de Loyola, la Compañía de Jesús.

La Historia no conservó los nom­bres de los tres presbíteros. Al igual que cientos de miles de religiosos anó­nimos que inmolaron su vida tras las pisadas del Maestro Divino, son des­conocidos para los hombres e hijos predilectos de Dios. El novi­cio, sin embargo, de rostro aus­tero, callado, algo retraído y casi inadvertido para los demás, huella en la historia de Sudamé­rica y brillará por siempre en el firmamento de la Iglesia: era san Pedro Claver.

La aurora de una vocación

Nacido en Verdú, pequeña ciudad de Cataluña, en 1580, Pe­dro Claver se sintió llamado a la vida religiosa desde la más tierna infancia. Ya con 22 años de edad golpeó la puerta del noviciado de la Compañía de Jesús.

Dos años más tarde, sus su­periores lo enviaron al Colegio de Monte Sión, en la isla de Ma­llorca, a fin de completar sus es­tudios de filosofía. Entonces se produjo un encuentro providen­cial, que marcaría de forma inde­leble la vida de Pedro y afianza­ría definitivamente su vocación.

En el colegio vivía un venera­ble anciano, simple hermano co­ adjutor y portero de la casa, que siglos más tarde sería canonizado y llegaría a ser una de las glorias de la Orden: san Alonso Rodríguez.

Desde el primer instante en que el santo portero posó sus limpios ojos en el novicio, entendió la vocación de és­te, y las dos almas se unieron con un vínculo profundo y sobrenatural.

“¿Qué debo hacer para amar verda­deramente a Nuestro Señor Jesucris­to?”, preguntaba el estudiante. Y san Alonso no se conformaba con un sim­ple consejo, sino que descubría los ili­mitados horizontes de la generosidad y el holocausto: “¡Cuántos ociosos que viven en Europa podrían ser apósto­les en América! ¿No podrá surcar el amor de Dios esos mismos mares que la codicia humana supo cruzar? ¿Aca­so esas almas no valen también la vida de un Dios? ¿Por qué no recoges tú la sangre de Cristo?”

Las ardorosas palabras del ancia­no portero despertaron llamaradas de ímpetu que acabarían consumiendo el corazón de Pedro Claver.

En esa época, el hermano Alon­so fue favorecido por Dios con una vi­sión: se sintió arrebatado hasta el Cie­lo, en donde contempló incalculables tronos ocupados por los bienaventu­rados, y entre ellos, uno vacío. Escu­chó una voz que le decía: “Este lugar está preparado para tu discípulo Pedro como premio a sus muchas virtudes, y por las innumerables almas que con­vertirá en las Indias con sus trabajos y sufrimientos”.

Misionero y sacerdote

SanPedroClaver.jpgEl 23 de enero de 1610, el superior provincial, en atención a sus pedidos, lo envió como misionero a la tan an­helada Sudamérica. A fines del mis­mo año, después de una larga travesía, arribó a Cartagena, una de las más im­portantes ciudades del imperio espa­ñol en ultramar.

Terminada su instrucción teológi­ca en la casa de formación de los jesui­tas en la provincia de Nueva Granada, recibió finalmente el Sacramento del Orden el 19 de marzo de 1616 y cele­bró su primera misa ante una imagen de la Virgen de los Milagros, a la que siempre profesaría una ardorosa y fi­lial devoción.

El campo de batalla

La ciudad de Cartagena era uno de los principales enclaves para el comer­cio entre Europa y el Nuevo Mundo. Era además –con excepción de Vera­cruz, en México– el único puerto auto­rizado para la internación de esclavos africanos en la América Española. Se calcula que cerca de diez mil esclavos llegaban anualmente a la ciudad por mano de los mercaderes, generalmen­te portugueses e ingleses, que se dedi­caban a tan vil y cruel negocio.

Esos pobres seres, arrancados de las costas de África, donde vivían en el pa­ganismo y la barbarie, eran traídos al fondo de las bodegas de carga para ser vendidos como simples objetos, desti­nados al trabajo en las minas y las ha­ciendas, donde luego de vivir sin espe­ranza, morían míseramente sin el auxi­lio de la religión.

Convertir a esos miles de infelices cautivos y abrirles las puertas del Cie­lo fue la misión a la que Pedro Claver consagró toda su existencia.

Así, cuando llegó el grandioso y es­perado momento de emitir los vo­tos solemnes, con que se comprome­tía a ser obediente, casto y pobre hasta la muerte, firmó el documento con la fórmula que sería en adelante la sínte­sis de su vida: Petrus Claver, æthiopum semper servus – “Pedro Claver, esclavo de los africanos para siempre”.

Tenía 42 años de edad.

El esclavo de los esclavos

Cuando un navío cargado con escla­vos llegaba al puerto, el Padre Claver acudía inmediatamente en una peque­ña embarcación, llevando consigo una gran provisión de dulces, pasteles, fru­tas y aguardiente.

Aquellos seres, embrutecidos por una vida salvaje y exhaustos por un viaje realizado en condiciones inhuma­nas, lo miraban con temor y descon­fianza. Pero él los saludaba con alegría y por medio de sus auxiliares e intér­pretes negros –tenía más de diez– les decía: “¡No tengan miedo! Vine aquí para ayudarlos, para calmar sus dolo­res y enfermedades”; y muchas otras frases consoladoras. Pero sus accio­nes hablaban más que las palabras: primero que nada bautizaba los ni­ños moribundos; luego recibía en sus brazos a los enfermos, distri­buía bebidas y alimentos para to­dos y se convertía en siervo de esos desdichados.

Ardua catequesis

Todos los días Pedro Claver sa­lía para catequizar a los esclavos, llevando en su mano derecha un bastón coronado por una cruz y un hermoso crucifijo de bronce colgado al pecho.

Calores extenuantes, lluvias to­rrenciales, críticas e incompren­siones hasta de sus propios herma­nos de vocación; nada mermaba su caridad.

Con frecuencia llamaba a las puertas señoriales de la ciudad pi­diendo dulces, obsequios, ropas, dinero y almas decididas que lo ayudaran en su duro apostolado. No pocas veces nobles capitanes, caballe­ros y damas ilustres y piadosas lo se­guían hasta las misérrimas moradas de los esclavos.

Al entrar en esos lugares, su primer cuidado siempre se destinaba a los en­fermos.

Lavaba su cara, curaba sus lla­gas y repartía comida a los más nece­sitados. Apaciguadas las penalidades del cuerpo, los reunía a todos junto a un altar improvisado, los hombres a un lado y las mujeres al otro, e inicia­ba la catequesis, que sabía poner ma­ravillosamente al alcance de la corta inteligencia de los esclavos. Colgaba al alcance de la vista de todos una te­la pintada con la figura de Nuestro Señor crucificado con una gran fuente de sangre manando de su costado herido; a los pies de la cruz, un sacerdote bau­tizaba con la Sangre Divina a varios negros que lucían hermosos y resplan­decientes; más abajo, un demonio tra­taba de devorar a algunos negros que no se habían bautizado todavía.

Les decía entonces que debían olvi­dar todas las supersticiones y ritos que practicaban en sus tribus y lugares de origen, algo que repetía muchas veces.

Después les enseñaba la señal de la cruz y les explicaba paulatinamen­te los principales misterios de nuestra fe: Unidad y Trinidad de Dios, Encar­nación del Verbo, Pasión de Jesús, me­diación de María, cielo e infierno.

Pedro Claver sabía muy bien que esas toscas mentalidades no podrían asimilar ideas abstractas sin la ayuda de muchas imágenes y figuras. Por eso les mostraba estampas en que estaban pintadas escenas de la vida de Cristo y de la Virgen, representaciones del pa­raíso y del infierno.

Bautizó a más de 300 mil esclavos

Tras innumerables jornadas de ardua evangelización, finalmen­te los bautizaba. Para celebrar es­te sacramento utilizaba una jarra y una bandeja de fina porcela­na china, y quería que los escla­vos estuvieran limpios. Sumergía su crucifijo de bronce en el agua, la bendecía y decía que ahora el precioso líquido era santo, y que luego de lavarse en él, sus almas se volverían más brillantes que el sol.

Se calcula que a lo largo de su vida san Pedro Claver bautizó a más de 300 mil esclavos.

Los domingos iba por calles y caminos de la región llamándolos a la santa misa y al sacramento de la Penitencia. A veces pasaba toda la noche confesando a los pobres esclavos.

Reflejos de un amor inmenso

Su ardorosa e insaciable sed de al­mas no era sino el desborde visible de las llamaradas interiores que consu­mían el alma de este discípulo de Cris­to. Significativos indicios descorren un poco el velo que cubrió durante su vi­da el altísimo grado de unión con Dios que llegó a alcanzar.

“Todo el tiempo libre de confesar, catequizar e instruir a los negros, lo de­dicaba a la oración”, relata un testigo. Reposaba diariamente apenas tres ho­ras, y pasaba el resto de la noche de ro­dillas en su habitación o frente al San­tísimo Sacramento, en profunda ora­ción, muchas veces agraciada con arro­bamientos místicos.

Gran adorador de Jesús Hostia, se preparaba todos los días durante una hora antes de celebrar el Sacrificio del Altar, y permanecía en acción de gra­cias media hora luego de la misa, sin permitir que nadie lo interrumpiera en esos períodos.

Tampoco tenía límites su devoción a la Santísima Virgen. Rezaba el ro­sario completo todos los días, arrodi­llado o caminando por las calles de la ciudad, y no dejaba pasar ninguna fies­ta mariana sin organizar solemnes ce­lebraciones con música instrumental y coral.

Largo calvario

Ese varón que había pasado la vida haciendo el bien, que tantos dolores había aliviado y tantas angustias con­solado, tuvo que padecer, como su Di­vino Modelo, tormentos físicos y mo­rales inenarrables antes de ser recibido en la gloria celestial.

Cumplidos 35 años de intensísi­ma labor apostólica y 70 de edad, ca­yó gravemente enfermo. Poco a poco fueron paralizándose sus extremida­des, y un fuerte temblor empezó a sa­cudir continuamente su cuerpo fatiga­do. Llegó a ser “una especie de estatua de penitencia con las honras de perso­na”, relata un testigo.

Sus últimos cuatro años de existen­cia terrenal debió pasarlos inmoviliza­do en la enfermería del convento. Y por increíble que parezca, este hom­bre, que fuera el alma de la ciudad, el padre de los pobres y el consolador de todos los infortunios, fue completa­mente olvidado por todos y hundido en el abandono.

Pasaba los días, los meses y los años en silenciosa meditación, contemplan contemplan­do la inmensidad del mar desde la ven­tana de la enfermería, escuchando el canto de las olas que rompían contra las murallas de la ciudad. A solas con el dolor y con Dios, aguardaba el mo­mento del encuentro supremo.

Un joven esclavo había sido desig­nado por el superior de la casa para cuidar al enfermo. Sin embargo, el que debía ser enfermero no pasaba de bru­tal verdugo. Se comía la mejor parte de los alimentos destinados al paralítico y “un día lo dejaba sin bebida, otro sin pan, muchos sin comida”, como cuen­ta un testigo de la época.

También “lo martirizaba cuando lo vestía, gobernándolo con brutalidad, torciéndole los brazos, golpeándolo y tratándolo con tanta crueldad como desprecio”. Pero jamás se escuchó una sola queja de sus labios. “Más merecen mis culpas”, exclamaba a veces.

Gloria a partir de esta tierra: “¡Murió el santo!”

Cierto día de agosto de 1654, Cla­ver le dijo a un hermano de hábito: “Esto se acaba. Deberé morir un día dedicado a la Virgen”. La mañana del 6 de septiembre, a costa de un inmen­so esfuerzo, se hizo llevar a la iglesia del convento y quiso comulgar por última vez. Casi arrastrándose se aproxi­mó a la imagen de Nuestra Señora de los Milagros, frente a la cual había ce­lebrado su primera misa. Al pasar por la sacristía, le dijo a un hermano: “Voy a morir. ¿Puedo hacer algo por su mer­ced en la otra vida?”

Al día siguiente perdió el habla y re­cibió la Unción de los Enfermos.

Sucedió entonces algo extraordina­rio y sobrenatural. La ciudad de Carta­gena pareció despertar de un prolon­gado letargo. Por todos lados corría la voz: “¡Murió el santo!” Una multitud incontenible se encaminó al colegio de los jesuitas, donde agonizaba Pedro Claver. Todos querían besar sus ma­nos y sus pies, tocar en él sus rosarios y medallas. Distinguidas señoras y po­bres negras, nobles, capitanes, niños y esclavos desfilaron ese día delante del santo, que yacía sin sentido en su lecho de dolor. Solamente a las 9 de la noche los religiosos pudieron cerrar las puer­tas y contener la piadosa avalancha.

Y así, entre la una y las dos de la madrugada del 8 de septiembre, fies­ta de la Natividad de María, con gran suavidad y paz, el esclavo de los escla­vos se durmió en el Señor.

SanPedroClaver2.jpg

 

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