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Historias de santos

El sublime equilibrio de la Iglesia ante la miseria de la lepra

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

La Santa Iglesia, Madre y Maestra de los hombres, siempre demostró un consumado equilibrio cuando se trata de la atención de sus hijos.

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 El sublime equilibrio de la Iglesia ante la miseria de la lepra

 

La Santa Iglesia, Madre y Maestra de los hombres, siempre demostró un consumado equilibrio cuando se trata de la atención de sus hijos. A unos busca llevar a la santidad por el justo empleo de sus muchos dones espirituales y materiales.

A otros los llama a los más elevados grados de virtud mediante la aceptación perfecta y resignada de sus carencias, muchas veces dolorosísimas.

SantaIsabelHungra.jpgSanta Isabel de Hungría (1207- 1231) pasó voluntariamente de un estado al otro y fue incontestablemente una “mujer fuerte”, en el lenguaje de la Sagrada Escritura (Prov 31, 10-29).

Hija de Andrés II, rey de Hungría, se casó con el duque de Turingia. Viuda a los veinte años, renunció a ventajosas segundas nupcias, queriendo servir a Dios en la práctica de la pobreza. No satisfecha con los sacrificios que se impuso en esta vida, se resolvió a subir un peldaño más en la escala de la perfección y empezó a cuidar de los leprosos.

En su libro “Historia de Santa Isabel de Hungría”, Charles de Montalembert, escritor francés del siglo XIX, esbozó un pungente cuadro de la postura sumamente maternal y compasiva de la Iglesia Católica frente a la enfermedad más temible y repulsiva, como fue la lepra.

Reproducimos aquí su descripción, amalgama de realismo y compasión cristiana, para la edificación de nuestros lectores.

* * *

Los leprosos eran objeto de continua predilección para santa Isabel de Hungría, y de algún modo hasta de envidia, pues de todas las miserias humanas, la lepra era la que mejor podía desapegar de su propia vida a sus víctimas. Fray Gerardo, Provincial de los franciscanos de Alemania, vino un día a visitarla; ella se puso a hablar largamente sobre la santa pobreza, y hacia el final de la conversación, exclamó: “¡Ah, Padre mío, ante todo, y del fondo de mi corazón, yo querría ser tratada en todas las cosas como una leprosa más! Quisiera para mí, como se hace para esa pobre gente, una pequeña choza de paja y heno, y que se clavara un pañuelo frente a la puerta para prevenir a los transeúntes, y una caja, para que en ella se pudiera echar alguna limosna”.

Representantes del peso de los dolores humanos

Para explicar esas prodigiosas palabras de la santa, permítasenos introducir a esta altura de nuestro relato algunos detalles sobre el modo en que la lepra, y los desafortunados que había contagiado, fueron considerados durante los siglos católicos.

En aquellos tiempos de fe universal, la religión podía luchar de frente contra todos los males de la sociedad, de la cual era soberana absoluta; y a esa triste miseria suprema oponía todas las mitigaciones que la fe y la piedad saben despertar en las almas cristianas.

No pudiendo extinguir los deplorables resultados materiales del mal, sabía acabar por lo menos con el reproche moral que pudiera colgarse a esas víctimas infelices; las revestía con una especie de consagración piadosa y las convertía en algo así como representantes y pontífices del peso de los dolores humanos que Jesucristo había venido a cargar, y que los hijos de su Iglesia tienen como deber primero ablandar en sus hermanos.

La lepra, pues, tenía en esa época un aire sagrado ante los ojos de la Iglesia y de los fieles: era un don de Dios, una distinción especial, una expresión, por así decir, de la atención divina.

“¡Muere para el mundo y renace para Dios!”

Los anales de Normandía (Francia) cuentan que un caballero de muy ilustre linaje, Raoul Fitz-Giroie, uno de los valientes del tiempo de Guillermo el Conquistador, habiéndose hecho monje, pidió humildemente a Dios, como gracia particular, ser atacado por una lepra incurable a fin de rescatar sus pecados. Y fue atendido.

La mano de Dios, del Dios siempre justo y misericordioso, había tocado a un cristiano, lo había alcanzado de una manera misteriosa e inaccesible para la ciencia humana; desde entonces había algo venerable en su mal. La soledad, la reflexión, el retiro junto a Dios, se volvían una necesidad para el leproso; pero el amor y las plegarias de sus hermanos lo seguían a su aislamiento.

La Iglesia supo conciliar la más tierna solicitud hacia esos retoños desafortunados de su seno, con las medidas exigidas por la salud de todos para impedir la extensión del contagio.
Quizá no haya en su Liturgia nada más conmovedor y al mismo tiempo más solemne que la ceremonia denominada separatio leprosorum (separación de los leprosos), con la que se procedía al alejamiento del que Dios había tocado, en las aldeas donde no existía un hospital consagrado especialmente a los leprosos. Se celebraba en su presencia la Misa de Difuntos, luego de bendecir todos los utensilios que habrían de servirlo en su soledad; y después que cada asistente le daba una limosna, el Clero, precedido por la cruz y acompañado por todos los fieles, lo conducía a una cabaña lejana que se le entregaba por morada. Sobre el tejado de esa choza, el sacerdote ponía tierra del cementerio mientras decía:

–Sis mortuus mundo, vivens iterum Deo! (¡Muere para el mundo y renace para Dios!)

A continuación, el ministro del Señor le dirigía un sermón consolador, dejándole entrever las alegrías del Paraíso y su comunión espiritual con la Iglesia, de cuyas oraciones se beneficiaría en aquella soledad, más aún que antes.

Después, el enfermo plantaba una cruz de madera frente a la puerta de su cabaña, colocaba una caja para recibir la limosna de los transeúntes, y todos se apartaban. Tan sólo en la Pascua podían salir los leprosos de sus “tumbas”, como Cristo, y entrar algunos días en ciudades y villas para compartir las alegrías universales de la Cristiandad.

Cuando morían, aislados, se celebraba por ellos los funerales con el oficio de los Confesores no pontífices.

“Y el beso de los leprosos que cura mi alma”

El pensamiento de la Iglesia había sido comprendido por todos sus hijos.

Los leprosos recibían del pueblo los nombres más dulces y más consoladores: los “enfermos de Dios”, los “queridos pobres de Dios”, los “buenos”.

Se recordaba con gusto que el propio Jesucristo había sido descrito como un leproso por el Espíritu Santo (Is 53, 4); era leproso el anfitrión cuando María Magdalena vino a ungirle los pies; y con frecuencia, Él había asumido esa forma al aparecer a sus santos sobre la tierra. Además, fue principalmente después de las peregrinaciones a Tierra Santa y de las Cruzadas que la lepra se había propagado en Europa, un origen que aumentaba su carácter sagrado.
Una orden de caballería, la de San Lázaro, había sido fundada en Jerusalén para consagrarse exclusivamente al cuidado de los leprosos, y tenía a un leproso por Gran Maestre; y una orden femenina se había dedicado a la mismo fin en la misma ciudad, en el hospital de Saint-Jean l'Aumônier.

Una vez en que el obispo Hugo de Lincoln –monje cartujo– celebraba la misa, admitió a los leprosos en el beso de la paz; y como su canciller le recordó que san Martín curaba a los leprosos besándolos, el obispo replicó: “Sí, el beso de san Martín curaba la carne de los leprosos; pero para mí, el beso de los leprosos cura mi alma”.

Entre los reyes y los grandes de la tierra, santa Isabel no fue la única en honrar a Cristo en los sucesores de Lázaro. Príncipes ilustres y poderosos consideraban que tal deber era una prerrogativa de sus coronas. Roberto, rey de Francia, visitaba sin cesar sus hospitales.

San Luis los trataba con amistad fraternal, visitándolos en el Hôpital des Quatre-Temps , y besaba sus llagas. Enrique III, rey de Inglaterra, hacía lo mismo.

Se empeñaban en prestar a los leprosos los más humildes servicios

La condesa Sibila de Flandes, al acompañar a su marido Teodorico a Jerusalén, en SantaIsabelHungra2.jpg1156, pasaba en el hospital de Saint- Jean l'Aumônier, en el cuidado de los leprosos, el tiempo que su marido empleaba en combatir a los infieles. Un día que lavaba las llagas de esos infortunados, sintió, como santa Isabel, que su corazón se sublevaba con tan repugnante ocupación; pero de inmediato, para castigarse, se llevó a la boca el agua que acababa de utilizar y la bebió de un solo sorbo, diciendo a su corazón: “Es preciso que aprendas a servir a Dios en estos pobres; aquí está tu oficio, aunque revientes”.

Pero fueron los santos de la Edad Media los que mostraron una dedicación sublime a los leprosos. Santa Catalina de Siena vio sus manos enfermar de lepra cuando cuidaba a una vieja leprosa que quiso amortajar y enterrar ella misma; pero, luego de perseverar así en su sacrificio hasta el final, vio que sus manos se volvían blancas y puras como las de un recién nacido, mientras una luz suave brotaba de las partes que habían sido más atacadas.
San Francisco de Asís y santa Clara, su noble seguidora, santa Odilia de Alsacia, santa Judit de Polonia, san Edmundo de Canterbury, y más tarde san Francisco Javier y santa Juana de Chantal se complacían en proporcionar a los leprosos los más humildes servicios. Frecuentemente, sus oraciones les obtenían una curación instantánea.

Esa es la gloriosa compañía en cuyo seno santa Isabel ya ocupaba un lugar, por los invencibles anhelos de su corazón hacia el Dios que siempre veía en la persona de los pobres.

* * *

Aquí concluye el trecho del literato- historiador. ¡Qué bien hace un testimonio tan cautivador y sublime sobre la manera en que la Iglesia, en todos los tiempos, vio y trató a sus hijos más desafortunados! ¡Sí, es Madre de verdad!

 

 

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