Versión 0.8 Beta. Ingresar | Registrese

Ingresar

 
E-mail :
Contraseña :
Aun no se ha registrado?
Click aquí
Inicio » Doctrina » Santos » Historias de santos »
Historias de santos

Como nosotros perdonamos…

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

Terrible e inesperado como el estrépito de un trueno en una mañana clara y sin nubes, reso­nó en todo el Imperio Romano el anuncio de la nueva per­secución a los cristianos que decretaba Valeriano.

| Imprimir | Email E-mail | Report! Corregir | Share

 Como nosotros perdonamos…

 

Terrible e inesperado como el estrépito de un trueno en una mañana clara y sin nubes, reso­nó en todo el Imperio Romano el anuncio de la nueva per­secución a los cristianos que decretaba Valeriano.

A la sangrienta e implacable persecución desatada por el extinto em­perador Decio –que soñó con revi­vir el antiguo y desprestigiado culto pagano– siguió un período de paz y tranquilidad para la Iglesia. Valeria­no, desde su ascenso al trono el año 253, daba muestras de simpatía y has­ta benevolencia con aquella religión que crecía sin parar y cuyos seguido­res enfrentaban los tormentos y la muerte con valor desconcertante.

Sin embargo, pasados cuatro años, súbitamente la benignidad cedió lu­gar al odio, y en el año 257 fue pro­mulgado un tiránico decreto con­tra la Santa Iglesia de Dios: todos los obispos, presbíteros y diáconos de­bían rendir tributo a los ídolos so pe­na de destierro, y las reuniones para celebrar el culto cristiano quedaban prohibidas bajo pena de muerte.

En consecuencia, incontables pre­lados y sacerdotes fueron deportados a las minas de metal o de sal, en don­de –encadenados con criminales, es­clavos rebeldes o prisioneros de gue­rra– deberían trabajar sin descanso en condiciones verdaderamente in­descriptibles, hasta el agotamiento fi­nal.

Tales horrores no fueron sino el primer relámpago de una furiosa tempestad.

Ríos de sangre cristiana inundaron el Imperio Romano

SanNiceforo.jpgAl año siguiente, 258, un nuevo edicto agravó y extendió a todas las provincias del imperio el incendio de la persecución: los obispos y presbí­teros que no hicieran sacrificio a los ídolos debían ser ejecutados inme­diatamente; por el mismo “crimen”, los senadores, nobles y ciudadanos ilustres serían sentenciados a muerte, con la confiscación de todos sus bie­nes.

Todo parecía dispuesto por la im­piedad para hacer sucumbir defini­tivamente a la única religión verdadera.

Ríos de sangre cristiana inunda­ron el vasto Imperio Romano. El Pa­pa Sixto II subió al Cielo gracias al hierro de los verdugos. Pocos días después, su valeroso diácono Loren­zo murió quemado en una parrilla. Un joven acólito llamado Tarcisio sa­crificó su vida en defensa del Santí­simo Sacramento. Fructuoso, obis­po de Tarragona, fue quemado vivo junto a sus dos diáconos. En África del norte, 153 fieles fueron precipita­dos en un horno de cal y pasaron a la Historia con el calificativo de massa candida (la masa blanca). Cipriano, el gran obispo de Cartago, venerado por los cristianos y odiado por los pa­ganos por su combativo carácter, ex­clamó al oír la sentencia de muerte: “¡Gracias a Dios!”, y entregó con re­solución su augusta cabeza a la espa­da del verdugo.

El paganismo, ciego y moribundo, se embriagaba con la sangre de los discípulos de Quien había proclama­do: “¡Ánimo! Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

“¡Padre, perdóname por amor del Señor!”

En el período en que el impío Va­leriano asolaba la Iglesia de Cristo, se destacaba en una parroquia de An­tioquía un activo sacerdote de nom­bre Sapricio. Su activo celo le había atraído un joven laico llamado Nicé­foro, el cual, pasado el tiempo, llegó a ser un auxiliar indispensable en la arriesgada faena apostólica que desa­rrollaba Sapricio en medio de la per­secución.

Por motivos que la tradición no di­ce ni la Historia registra, cierto día tuvieron una diferencia, y una ene­mistad profunda los separó de modo tal, que uno y otro evitaban encon­trarse en la misma calle.

No duró poco esta situación nada ejemplar. Pero Nicéforo, arrepenti­do de comportarse más como un pa­gano que como discípulo de Cristo, buscó algunos amigos de Sapricio y por su intermedio le envió un pedi­do de clemencia. Éste, sin embargo, con el orgullo herido, se negó a per­donarlo. Nicéforo renovó varias ve­ces la manifestación de su arrepenti­miento y el pedido de reconciliación, pero Sapricio se mantuvo inflexible en su repudio, negándose incluso a recibir los mensajeros del amigo de antaño.

Desconsolado, Nicéforo se pre­sentó en casa de Sapricio y se arrojó a sus pies, exclamando:

–¡Padre, perdóname por amor del Señor!

Pero aquel sacerdote, cuya condi­ción lo llamaba a ser ejemplo de be­nevolencia y humildad, permaneció obstinado en su rencor.

Frío y silencioso desdén

Seguía esta lamentable enemistad cuando la policía imperial detuvo a Sapricio y lo llevó al tribunal. Des­pués de reconocerse como sacerdo­te de Cristo y negarse a adorar a los ídolos, sufrió crueles tormentos y, por fin, recibió la sentencia irrevoca­ble: sería degollado de inmediato.

La pena capital se aplicaba fue­ra de las murallas de la ciudad, co­mo era costumbre de la época. Y allá partió el reo, exhausto y tambaleante por los tormentos padecidos.

Los dramáticos sucesos llegaron a oídos de Nicéforo, que se dirigió pre­suroso al encuentro de la escolta que llevaba al sentenciado y se arrojó a sus pies, suplicándole una vez más:

–Mártir de Cristo, ¡perdóname las ofensas que cometí contra ti!

Pero los labios de Sapricio no se abrieron; un frío y silencioso desdén fue la única respuesta.

Nicéforo, sin embargo, no renun­ció. Se les adelantó por un atajo, y antes de la salida de la ciudad suplicó nuevamente en voz alta:

–Mártir de Cristo, te lo ruego, per­dóname y olvida las ofensas que te hi­ce por culpa de la debilidad humana. ¡Muy pronto recibirás de Cristo la co­rona de la victoria por haber confesa­do el nombre del Señor!

Sapricio no se dignaba mirar si­quiera a su antiguo y dedicado auxi­liar. Los mismos verdugos decían en­tre risas: “¡Nunca vimos a un hom­bre tan necio! Le pide perdón a un condenado a muerte…” Oyendo es­to, Nicéforo respondió con energía: “No sabéis lo que pido al confesor de Cristo, pero Dios lo sabe”.

Corazón empedernido por el orgullo

El orgullo, pasión dinámica e in­saciable que Sapricio no había sa­bido contener adecuadamente a lo largo de su vida, le impedía aho­ra, frente a las puertas de la Eterni­dad, poner en práctica las palabras del Redentor: “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu herma­no; luego vuelves y presentas tu ofren­da” (Mt 5, 23-24).

Ese hombre que negaba el per­dón a quien lo imploraba con humil­dad, ¿cómo podría recibir de Dios las indispensables gracias extraordi­narias para realizar el holocausto su­premo?

Tan pronto llegaron al lugar del suplicio, Nicéforo intentó ablandar una vez más ese corazón empeder­nido:

–Está escrito: “Pedid y se os da­rá, buscad y encontraréis, golpead y se os abrirá”.

Todo fue en vano. Sapricio pare­cía ignorar lo que sucedía a su alre­dedor.

Por no perdonar al prójimo…

–Arrodíllate y apoya la cabeza en el cepo, para ser cortada– ordenó el verdugo.

–¿Por qué?– preguntó Sapricio.

–Porque te niegas a ofrecer sa­crificio a los dioses y desobedeces el edicto del emperador, todo por amor a un hombre ejecutado en la cruz– respondió el comandante de la milicia.

Se cumplieron entonces las pala­bras eternas del Divino Maestro: No seréis perdonados “si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano” (Mt 18, 35).

El Señor, Juez perfectísimo, no derramó en ese corazón domina­do por el orgullo las gracias místicas y eficaces sin las cuales no tendría fuerzas para enfrentar la muerte por amor a Dios y a su Ley. Abandona­do así a sus simples fuerzas humanas, el presbítero incapaz de perdonar di­jo al verdugo que comenzaba a levan­tar la espada:

–¡No me hieras! Haré un sacrifi­cio a los dioses, como ordena el em­perador.

La voz de Nicéforo rompió el si­lencio estupefacto que dominó por unos momentos a todos los presen­tes:

–¡No hermano, no apostates ne­gando a Nuestro Señor Jesucristo! ¡No desfallezcas! ¡No pierdas la coro­na celestial que ya te está preparada!

Pero Sapricio, que no había ama­do y perdonado al prójimo que veía, renegaba ahora del Dios que no veía (cfr. 1 Jn 4, 20). Ciego de soberbia, cerró para sí las puertas del Cielo.

Se le dio la otra corona

Mientras el nuevo Iscariotes era dejado en libertad y se perdía en la multitud atónita, Nicéforo comenzó a gritar:

–¡Yo soy cristiano! ¡Yo creo en el Nombre de Jesucristo que ese otro negó! ¡Descarga sobre mí el golpe de la espada!

Con todo, nadie se atrevía a ejecu­tarlo sin orden formal. Y todos se ad­miraban con la valentía de ese discí­pulo de Cristo, que se entregaba vo­luntariamente a la muerte sin dejar de clamar:

–¡Soy cristiano y no doy sacrificio a vuestros dioses!

Uno de los soldados fue enviado a toda prisa al palacio del goberna­dor para contar lo sucedido. Poco después volvió con la sentencia, que Nicéforo recibió con gozo: “Si no sa­crifica a los dioses según los edictos imperiales, sea muerto por la espa­da”.

Y así rodó por tierra la cabeza de ese heraldo de la fe, mientras su al­ma, perdonada y santificada, volaba al Cielo rebosante del amor infinito de Cristo Nuestro Señor.

La Iglesia cruzó triunfante el huracán

El justo castigo de Valeriano por su odio y crueldad comenzó en esta misma tierra. En una batalla contra los persas el año 260, cayó prisionero de sus enemigos. Abandonado hasta por su propio hijo, Galieno, fue eje­cutado después de sufrir innumera­bles humillaciones.

La Iglesia atravesó incólume y triunfante el huracán de maldad des­encadenado por ese tirano. La santa intrepidez de miles de hombres, mu­jeres y niños que siguieron al Maes­tro Divino hasta lo alto del Calvario despertaba un entusiasmo crecien­te y arrastraba a multitudes cada vez más grandes hacia la verdadera fe. De este modo, los golpes de los ver­dugos no produjeron otro resultado que multiplicar el número de los cris­tianos.

La Santa Iglesia Católica Apostó­lica Romana, roca inquebrantable, volvía a salir del sepulcro al igual que Cristo, más fuerte, más esplen­dorosa y gloriosa. Así lo hará siem­pre, luego de cada nueva embesti­da de las puertas del infierno con­tra ella. Hasta el fin del mundo, a lo largo de los siglos, los pueblos po­drán contemplar el cumplimien­to de la infalible afirmación que un día labios divinos profirieron en Je­rusalén: “Todo el que caiga sobre es­ta piedra, se destrozará, y a aquel so­bre quien ella caiga, le aplastará” (Lc 20, 18).

SanNiceforo2.jpg

Su voto :
0
Resultado :
0
- Votos : 0

Artículos Recomendados

El Valor del Tiempo

De los objetos más comunes y ordinarios de nuestro día a día, pocos o quizás ningún otro nos remitirá a tan elevadas consideraciones como un reloj....Más

Basílica romana de Santa María de los Ángeles y de los Mártires dedica la Cuaresma a la Sábana Santa de Turín

Durante 44 días los transeúntes podrán apreciar sobre la fachada del templo una proyección del Rostro de Nuestro Señor en la Síndone. ...Más

Con más de 160 expositores comenzó en Bogotá Expocatólica 2019

"Sigamos caminando juntos" es el lema de la sexta edición del evento que congrega a diferentes realidades de la Iglesia católica en Colombia y el mundo. La feria culminará el domingo 10 de marzo. ...Más

Salamanca realizará por primera vez una Olimpiada de Religión

Se trata de la iniciativa 'Relicat Games' que ya han tenido lugar en ciudades como Madrid, Navarra, Málaga, Valladolid y Mallorca, entre otras. El objetivo es dar mayor visibilidad a la asignatura de religión....Más

Papa y Curia Romana tendrán retiro Cuaresmal predicado por Monje Benedictino

Las meditaciones de recogimiento serán realizadas por el abad de la Abadía de San Miniato, en el Monte de Florencia, Mons. Bernardo Francesco Maria Gianni, entre los días 10 y 15 de marzo, en la Casa "Divino Maestro" de Ariccia, cerca a Roma...Más

Últimos vídeos   ‹‹‹

Copyrigth Heraldos del Evangelio - Todos los derechos Reservados.