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Historias de santos

El iniciador de Cluny

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

San Odón - Abad

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 El iniciador de Cluny

 

La noticia causó el efecto de una explosión… Un mensajero acababa de llegar al monasterio de Fleury sur Loire, Fran­cia, anunciando la nominación de un nuevo abad, que ya venía en camino y en pocos días más tomaría posesión del cargo.

¿Qué razón había para el súbito cambio?

Los monjes se reunieron precipi­tadamente en la sala capitular para conocer los detalles. La indignación sublevó los espíritus. Tras un exal­tado debate decidieron rechazar al nuevo abad e impedir su ingreso a la casa; al fin y al cabo, decían, anti­guos privilegios todavía en vigor im­pedían que el monasterio fuera go­bernado por un abad de otra casa re­ligiosa.

Por increíble que parezca, situa­ciones como ésta no eran tan raras en esa época: estamos en pleno siglo X, el “siglo de hierro”. El poder civil se entrometía abusivamente en la vi­da religiosa, el caos reinaba en toda Europa, guerras e incursiones bárba­ras devastaban regiones completas y la disciplina eclesiástica dejaba mu­cho que desear…

Triunfo de la mansedumbre

Volvamos al monasterio de Fleu­ry. Sus monjes no se limitaron a la retórica para defender sus “dere­chos”; olvidando la mansedum­bre evangélica de la que debían dar ejemplo, se armaron con espa­das y cascos para obstruir la entra­da del nuevo abad. Mientras tan­to, para no comenzar las hostilida­des sin la acostumbrada declaración de guerra, enviaron un mensajero a preguntarle cuál era el objetivo de su venida y advertirle que no sería bienvenido.

La respuesta de san Odón causó todavía más alarma: “Vengo en mi­sión de paz, no haré mal a nadie, só­lo reformaré la vida monástica de esa abadía” . Reformar la vida monástica… ¡justamente lo que no que­rían esos monjes! Mantuvieron su determinación de no aceptar inno­vaciones y enviaron nuevos mensa­jeros para avisar que si el abad cru­zaba las puertas del monasterio, su vida correría peligro.

La amenaza surtió efecto en los cuatro obispos que acompañaban a san Odón, quienes le aconsejaron desistir del proyecto y regresar tran­quilo a la abadía de Cluny.

Pero el santo no titubeó, cons­ciente de su misión y de los benefi­cios que la reforma de la vida reli­giosa traería a la Iglesia y a la civi­lización cristiana. Subió a un burro y marchó solitario hacia el monas­terio rebelde. Viéndolo llegar, los monjes fueron a su encuentro para expulsarlo. Odón bajó de su montu­ra y saludó a esos hombres enfure­cidos:

–La paz sea con ustedes, queri­dos hermanos.

La serenidad del hombre de Dios, la dignidad de su porte, la paz que irradiaba y la dulzura des­bordante de sus palabras desarma­ron en un solo instante los temores y odios incubados en los pobres co­razones de los monjes. Uno a uno vinieron a postrarse frente al san­to, pidieron perdón, lo reconocie­ron como padre y superior y le ro­garon que los llevara por el camino de la virtud.

Había ganado la primera batalla. Poco a poco el ejemplo de su vida, la mansedumbre de su trato y sus dul­ces exhortaciones permitieron que la gracia de Dios obrara la reforma del monasterio de Fleury, con la im­plantación de la regla de san Beni­to.

Pero éste fue sólo un episodio en la inmensa obra emprendida por san Odón. Mientras el continente euro­peo se sumía en el caos, destrozado por las guerras y las desoladoras in­cursiones normandas, y mientras la civilización occidental peligraba con desaparecer, el silencio contempla­tivo del monasterio de Cluny, en­trelazado con los esplendores litúr­gicos y el canto del Oficio divino, hacía germinar uno de los cambios más sorprendentes registrados por la Historia: la Europa cristiana me­dieval, fruto de la reforma de Cluny, iniciada por san Odón y llevada ade­lante por sus sucesores, todos ellos santos canonizados, durante los dos siglos siguientes.

¿Quién fue, pues, Odón?

Ofrecido a san Martín

SanOdon.jpgNació el año 879 en la región de Maine, en Francia. Una noche de Navidad, su padre Abbón –hombre de fe, de noble familia y reconoci­do jurista–, sin ningún hijo hasta en­tonces, pidió al Niño Jesús que por los méritos de su nacimiento y por la fecundidad de su Madre virginal le concediera un descendiente. Su ora­ción fue escuchada, pese a que su es­posa era de avanzada edad. Cuando cierto día contemplaba a su hijito en la cuna, lo tomó en brazos y lo ofre­ció a san Martín de Tours, pero sin contar a nadie sobre este voto que hiciera en calidad de padre.

Apenas el niño alcanzó la edad adecuada, Abbón lo confió al cuida­do de un sacerdote para que le die­ra instrucción y formación cristia­na. Poco tiempo después, sin em­bargo, se arrepintió de la ofrenda a san Martín y en lugar de encaminar al hijo al servicio de la Iglesia lo en­tregó a Guillermo, duque de Aquita­nia, para que lo iniciara en la carrera de las armas.

El ambiente mundano de la cor­te ducal hizo que Odón olvidara rá­pidamente las enseñanzas de sus pri­meros años. No pensaba sino en el juego, la cacería y los ejercicios mi­litares, dejando de lado las oracio­nes cotidianas y otros actos de devo­ción. Pero Dios no le permitió tomar el gusto a esas vanas diversiones. Por el contrario, mientras más se enfras­caba en ellas más sentía un amargo sabor, una tristeza y melancolía cuya causa no lograba descubrir. Al mis­mo tiempo tenía sueños donde veía representados los peligros de una vi­da desenfrenada.

En semejante perturbación in­terior, recurrió a la Santísima Vir­gen. En la noche de Navidad le pi­dió que se apiadara de él y lo lleva­ra por el recto camino de la santi­dad. Tenía dieciséis años. A la ma­ñana siguiente fue acometido por un dolor de cabeza tan fuerte que casi no podía estar de pie, e incluso creyó que su hora había llegado. La enfermedad duró tres años, hasta el día en que su padre le reveló el voto que había hecho. Odón ratificó per­sonalmente aquel ofrecimiento y en seguida recuperó la salud. Se reti­ró a Tours y se dedicó al servicio de Dios en la iglesia de san Martín.

Germina la vocación monástica

Comenzó entonces para este jo­ven de 19 años una vida de oración y estudios. Dedicaba gran parte del tiempo a la lectura y uno de sus fa­voritos era Virgilio. Sin embargo, cuando vio en sueños un florero an­tiguo muy hermoso por fuera, pe­ro lleno de serpientes, comprendió que debía dejar los clásicos paganos y dedicarse al conocimiento de las Sagradas Escrituras y de los Padres de la Iglesia.

En esa nueva etapa de su vida le­yó la regla de san Benito y decidió ponerla en práctica según las posi­bilidades de su estado, adoptando una vida penitencial. Como las pe­regrinaciones hasta san Martín de Tours eran muy numerosas, muchas personalidades buscaban a Odón para solicitar su consejo. Sus pala­bras llenas de unción divina llega­ban al corazón de quien se le acer­cara.

Leyendo a los Padres de la Igle­sia y la regla de san Benito, Odón empezó a sentir deseos de adop­tar la vida monacal, y así comenzó a buscar algún monasterio en con­diciones de recibirlo. Era una ardua tarea en esos agitados tiempos: ha­cían sesenta años que las guerras ci­viles y el pillaje de los piratas nor­mandos arruinaban al país, obligan­ a los monjes a despoblar monas­terios en pos de lugares seguros.

Discípulo de san Bernón

Habiéndose enterado de la exis­tencia del monasterio de Baume, cuyo abad era san Bernón, Odón dirigió sus pasos allá. Tenía treinta años. Iba con sus preciosos libros, alrededor de cien volúmenes, todo un tesoro para esa época de barba­rie. Por su ciencia, recibió la enco­mienda de cuidar la escuela del mo­nasterio.

Los inicios de su vida monástica no fueron pacíficos. Algunos mon­jes de vida poco ejemplar trataban de torcer el camino del recién lle­gado, involucrándolo en críticas al abad, dándole severas reprimendas e incluso insultándolo. Su gran arma en tales contiendas era la paciencia, con la que intentaba apaciguar a sus hermanos.

El abad Bernón no tardó en vis­lumbrar el gran futuro de aquel jo­ven discípulo y lo convenció pa­ra que recibiriera la ordenación sa­cerdotal. Después, viendo acercar­se el final de su santa vida, lo qui­so como sucesor suyo en el gobier­no del monasterio de Baume, pero los monjes le negaron obediencia. Bernón le confió entonces el cuida­do de las abadías de Cluny, Massai y Bourdieux.

Abad de Cluny

SanOdon2.jpgSan Odón se estableció como abad de Cluny a los 48 años de edad. Desde ese momento, el monasterio empezó a distinguirse de los demás por la observancia de la regla de san Benito, la emulación de virtud entre los monjes, el estudio de la religión y la caridad con los pobres, a los que el nuevo abad daba abundantes li­mosnas sin preocuparse del día si­guiente. Durante la Cuaresma era especialmente pródigo con los indi­gentes, llegando a distribuir alimen­to a más de siete mil pobres.

La virtud de san Odón atrajo un gran número de hombres a Cluny, tanto clérigos como laicos, muchos de alto rango, e incluso a obispos que dejaban sus diócesis para vivir como simples monjes. Otros mu­chos monasterios se sometieron a la autoridad del gran reformador de la vida monástica, dando origen a la célebre Congregación de Cluny, de grandísima influencia sobre la Eu­ropa cristiana de los siglos venide­ros. Directamente vinculado al Papa y libre de las ingerencias del poder temporal, san Odón fue el prime­ro de una sucesión de abades santos que gobernaron durante doscientos años la nueva institución religiosa, esparciendo el buen aroma de Jesu­cristo en todo el Occidente cristia­no.

El gran aumento en el número de monjes obligó a ampliar las ins­talaciones de Cluny y a edificar una nueva iglesia. Terminada la cons­trucción, el abad invitó a los obispos de la región y a numerosos dignata­rios locales para la ceremonia de in­auguración. El día de la fiesta hubo una sorpresa embarazosa: los víve­res del monasterio no daban abas­to a tanta gente… Ante el asombro general, un feroz jabalí se acercó al edificio y se dejó atrapar, contribu­yendo con su sabrosa carne al ban­quete de los invitados.

Un rasgo particularmente impor­tante de la reforma introducida por san Odón era la regla del silencio en horas convenidas. Un pequeño epi­sodio muestra la exactitud de los monjes cluniacenses en su cumpli­miento, aunque estuviesen lejos del monasterio: una noche, para no ha­blar a una hora en que la regla pres­cribía silencio absoluto, uno de ellos prefirió dejar que un ladrón le robara el caba­llo. Acto de virtud que no lo perjudicó, porque a la ma­ñana siguiente el ladrón fue descubierto inmóvil sobre el caballo cerca del sitio del robo. Era el hijo de un moli­nero del monasterio. Lo lle­varon donde san Odón que, en lugar de castigarlo con la merecida pena de prisión, mandó darle cinco monedas de plata en pago a su “tra­bajo de cuidar el caballo” durante la noche”. Y dejó ir al joven en paz.

San Odón fue llamado tres veces a Roma por los Papas, para reconciliar a dos enemigos mortales que vivían en guerra continua –Alberico, patricio romano, y Hugo, rey de Italia– y para reformar distintos monasterios, en­tre ellos el de san Pablo Extramu­ros.

En uno de esos viajes, un hom­bre impresionado con la santidad que relucía en el rostro del abad se postró a sus pies, implorándole que lo recibiera como monje. Era un la­drón famoso… no podía ser admiti­do. Pero insistió, argumentando que su salvación eterna corría peligro y san Odón debería prestar cuenta de su alma a Dios. El santo lo envió a Cluny… y ese “buen ladrón” se con­virtió en uno de los religiosos más ejemplares de la comunidad. Murió al cabo de poco tiempo en olor de santidad.

San Odón, además de gran escri­tor, fue considerado el músico más grande del siglo décimo, y dejó una profunda huella en el canto litúrgico de su tiempo. Sus biógrafos dicen que en este gran santo todo tenía proporciones sorpren­dentes: su influencia, su vir­tud, su energía.

Último peregrinaje a la tumba de san Martín

Llegado al final de su lar­ga vida, san Odón había aco­gido bajo su paternal auto­ridad a los principales mo­nasterios de Italia y del te­rritorio francés, restaurando en todos ellos la observan­cia primitiva de la regla de san Benito. Con motivo de su tercera visita a Roma, una grave enfermedad le anun­ció la cercanía de su muerte. Pidió entonces a san Mar­tín que le consiguiera la gra­cia de visitar por última vez su tum­ba. Su oración fue escuchada: se curó y de inmediato se puso a camino de Tours, donde llegó a tiempo para par­ticipar en la fiesta de su santo patro­no. Tres días más tarde volvió a en­fermar y entregó su alma a Dios en brazos de su discípulo Théotolon, ar­zobispo de Tours, el 18 de noviembre del año 942.

 

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