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Historias de santos

El pintor de lo sobrenatural

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

Es el alma de un monje extraordinario, de un santo, la que vemos en ese espejo de colores, difundiéndose en criaturas pintadas. Podemos estimar el grado de perfección de esa alma por la obra donde se expresa.

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 El pintor de lo sobrenatural

 

Cuando se convirtió al catolicismo con ya cuarenta años, el escritor francés Joris-Karl Huysmans (1848-1907) “venía de vuelta”.

En su carrera literaria se había precipitado a los peores errores en que pueda caer un hombre. Su camino de regreso a la Iglesia lo marcan episodios repletos de esa lozanía de alma que es don exclusivo de los inocentes y de los neo-conversos. Dotado con una gran sensibilidad artística, iluminada por la gracia y servida por una prodigiosa capacidad de expresar los aspectos intangibles de todo cuanto veía, Huysmans nos legó apasionantes descripciones de escenas y de obras de arte.

En una visita al Museo del Louvre, en París, se maravilló ante el cuadro de la Coronación de la Virgen, de autoría del célebre monje-pintor Fra Angélico (siglo XV), e hizo los hermosos comentarios que nuestros lectores pueden apreciar a continuación en estas páginas.

Colorido espejo del alma de un místico

La “Coronación de la Virgen” es una obra maestra que supera todo lo que el entusiasmo quiera decir. En efecto, sobrepasa cualquier otra pintura, transitando por regiones que nunca pisaron los místicos del pincel.

No se trata ya de un trabajo manual, aunque soberanamente bien hecho, ni siquiera de una obra espiritual, aun cuando es religiosa; se trata de otra cosa.

Con Fra Angélico un desconocido entra en escena; es el alma de un místico que llegó a la vida contemplativa y la derramó en una tela, cual un puro espejo.

Es el alma de un monje extraordinario, de un santo, la que vemos en ese espejo de colores, difundiéndose en criaturas pintadas. Podemos estimar el grado de perfección de esa alma por la obra donde se expresa.

Los ángeles y santos pintados son llevados hasta la Vía Unitiva, el grado sumo de la mística, allá donde el dolor de las lentas ascensiones no existe más y, por el contrario, se encuentra la plenitud de las alegrías tranquilas, la paz del hombre divinizado. Fra Angélico es propiamente el pintor del alma inmersa en Dios, de su propio pórtico.

En medio de las claridades del éxtasis

Era necesario ser monje para hacer esta pintura. Por cierto que otros —gente honesta y piadosa— ya lo habían intentado. Hasta impregnaron sus cuadros de reflejos celestiales. También ellos hacen reverberar su alma en las figuras pintadas. Aunque les pusieron el cuño de una prodigiosa marca artística, sólo pudieron concederles la apariencia de un alma novicia en el ascetismo cristiano.

Sólo les fue dado representar a personas que, pese a todo, permanecieron en las primeras moradas de esos castillos del alma mencionados por Santa Teresa, y no en el salón central donde se encuentra, retumbante, Cristo Nuestro Señor. Me parecen ellos más observadores y más profundos, más sabios y más hábiles, incluso mejores pintores que Fra Angélico; pero les preocupaba su labor, vivían en el mundo, muchas veces no podían evitar que las Vírgenes que pintaban ostentaran el modo de ser de damas elegantes.

Inmersos en el recuerdo de la tierra, no se elevaban más allá de sus acostumbradas existencias de trabajo; en una palabra, seguían siendo hombres.

Fueron admirables, expresaron las súplicas de una fe ardorosa, pero no habían recibido esa cultura especial que sólo se practica en el silencio y en la paz del claustro. Con eso no pudieron cruzar el umbral de los dominios seráficos donde deambulaba este sencillo personaje, que sólo abría sus ojos, cerrados por la oración, para pintar; este monje que jamás miró hacia fuera, que sólo veía las cosas a través de su propio ángulo.

Mediante el velo de sus lágrimas, su vista se evangelizaba, se dilataba en las claridades del éxtasis y creaba seres que sólo conservaban una apariencia humana, la costra terrenal de nuestra forma; seres cuya alma volaba lejos de sus grilletes carnales. Analizad es te cuadro suyo, y ved cómo trasluce el incomprensible milagro de dicho estado de alma.

María: lo invisible se muestra bajo los colores y las líneas

Al depararnos con la escena de la Madre y del Hijo, parece que el extasiado artista desbordara fuera de sí. Se diría que el Señor, infundido en él, lo transporta más allá de los sentidos, de manera tal que el amor y la castidad son personificados en este panel por encima de todos los modos de expresión disponibles para el hombre.

Resulta imposible, en efecto, expresar la previsión respetuosa, el afecto diligente, el amor filial y paterno de esta figura de Cristo que sonríe al coronar a su Madre. Ella, a su vez, es todavía más incomparable. Un vocabulario lisonjero sería deficiente. Lo invisible se muestra bajo los tipos de colores y líneas.

Un sentimiento de infinita deferencia, de adoración intensa, pero a la vez discreto, brota de esta Virgen que cruza los brazos sobre el pecho y presenta bajo el velo una cabeza como de paloma, con los ojos bajos y la nariz un tanto larga.

Se asemeja al apóstol san Juan, colocado atrás de ella. Pareciera su hija y termina por confundirnos, pues de su rostro dulce y fino —que cualquier otro artista habría pintado solamente encantador y fútil— emana un candor único. No parece ser de carne. El tejido que viste se infla dulcemente por el soplo del fluido moldeado por ella misma. María vive en un cuerpo volatilizado, glorioso. Su edad está muy bien representa da. Todavía no es una mujer pero ya no es una niña. Y tal vez no se advierta si aún es una adolescente recién llegada a edad de casarse, o una jovencita; hasta ese punto ha sido sublimada, por encima de la humanidad, ajena al mundo, de una pureza delicada, casta para siempre.

Imposible resulta cualquier comparación con otros retratos. Frente a ella las demás Madonnas son vulgares; en todo sentido siguen siendo mujeres. Solamente ella puede compararse al asta del trigo divino, eucarístico; sólo ella es verdaderamente la Regina Virginum de la letanía. Y sin embargo tan joven, tan cándida, tan pura, que su Hijo parece estar coronándola aun antes que ella lo conciba.

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