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La Palabra de los Pastores

Mirar la Historia con ojos celestiales

Publicado 2009/09/08
Autor : Cardenal Franc Rodé, CM

En este día dedicado a María, damos gracias al Padre por la aprobación pontificia de las dos Sociedades de Vida Apostólica emanadas de los Heraldos del Evangelio. Y por el aniversario de su fundador, Mons. João Scognamiglio Clá Dias

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Homilía en la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María


Cardenal Franc Rodé, CM

Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada
y las Sociedades de Vida Apostólica

 

Nos encontramos reunidos en esta grandiosa iglesia de Nuestra Señora del Rosario para celebrar la solemnidad de la Asunción al Cielo de la Bienaventurada Virgen María, la fiesta de la Madre, la glorificación definitiva de María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, Madre de todos los hombres, Madre tiernísima de cada uno de nosotros.

Sentimientos de exultación, de maravilla, de ternura y de devoción, sentimientos de fidelidad y de devoción, nos llenan el corazón en este día, porque refulge la Reina a la derecha del Señor.

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“Vuestro fundador ha sido para vosotros como es el Señor: ¡padre y madre! Él os acogió y os hizo crecer en el amor, en
el discernimiento y en el vivir vuestra vocación específica”

El Papa Pio XII en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus , que pronunciaba, declaraba y definía el dogma de la Asunción al Cielo de la Bienaventurada Virgen María en alma y cuerpo, así escribía: “ Inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa Socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del Cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos” . 1

Damos gracias por las dos sociedades y por el fundador

En este día dedicado enteramente a María, tenemos el júbilo de dar gracias al Padre de toda misericordia por los dones de bondad que Él nos prodigó con tanta plenitud: el reconocimiento de derecho pontificio de la Sociedad de Vida Apostólica clerical Virgo Flos Carmeli y de la Sociedad de Vida Apostólica femenina Regina Virginum , primicias de la Asociación Internacional de los Heraldos del Evangelio ; y el cumpleaños del estimadísimo Monseñor João Scognamiglio Clá Dias, instrumento dócil y clarividente del Espíritu Santo, por medio de quien la gran familia de los Heraldos del Evangelio fue donada a la Iglesia universal.

Hacia él van mis calurosos saludos, mis afectuosas felicitaciones, el agradecimiento en mi nombre y en el de la Iglesia entera y, también, en el de todos los que en este momento constituyen como que una corona de hijos amadísimos, por él engendrados en la Fe.

Damos gracias sobre todo al Señor por su amor de predilección, por todas las cualidades con las que Él lo ha agraciado. Monseñor João, por haber sido un oyente atento a aquello que el Espíritu dice a la Iglesia —en particular a esta santa Iglesia que está en Brasil— por su perseverancia en seguir la inspiración divina, por su atenta y primorosa orientación y por su paternal empeño en plantar, regar, hacer crecer y germinar en la Iglesia esta gran familia de los Heraldos del Evangelio .

Vuestro fundador ha sido para vosotros como es el Señor: ¡padre y madre! Él os acogió y os hizo crecer en el amor, en el discernimiento y en el vivir vuestra vocación específica.

Me siento particularmente feliz por estar aquí con vosotros, participando de esta fiesta de familia, y presidir esta Eucaristía para agradecer al Señor todos sus beneficios.

María conducirá a buen término nuestra salvación

Hoy festejamos la solemnidad de la Asunción de María, la Madre de Jesús; esta fiesta nos pone presente, mejor diría, nos pone actual, la visión del Cielo. Hoy miramos para el Cielo con los ojos límpidos de María, por medio de su mirada virginal, de su pureza de esposa, de su belleza inigualable.

Contemplamos el Cielo en María, para hacernos fieles discípulos de su Hijo. Lo contemplamos en aquella que fue Mujer siempre abierta a la presencia de Dios, a su acción en la propia vida y en la historia del hombre. Fijemos la mirada en María: aprendamos a tener hambre y sed de Dios.

Ese Dios que primeramente la amó, la hizo capaz de donarse sin reservas a su plan salvífico.

Aprendamos con Ella a estar disponibles, a ser generosos al acoger el designio de Dios para nuestra vida.

Roguemos a María para que interceda por nosotros, para que, como Ella, peregrina de la Fe y Virgen del camino , podamos conservar nuestra unión con el Señor en todas las circunstancias, y hasta bajo el peso de la Cruz (cf. LG, 58).

Arrodillémonos con fe viva para meditar el misterio de la Madre del Hijo de Dios, que fue hoy llevada al Cielo. “Nuestra Reina nos precedió —cantaba San Bernardo—, nos precedió y fue recibida con tal júbilo que nosotros, sus pequeños siervos, seguimos con fidelidad a nuestra Reina, clamando: ‘Atráenos hacia vos, correremos atrás del aroma de vuestros perfumes'.

A camino, en la tierra de nuestro exilio, enviamos antes que nosotros una abogada que, en calidad de Madre del Juez y de Madre misericordiosa, conducirá a buen término, con su oración eficaz, nuestra salvación” . 2

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“Damos gracias al Señor por todas las cualidades con las que Él lo ha agraciado, Monseñor João, por haber sido un oyente atento a aquello que el Espíritu dice a la Iglesia, por su perseverancia en seguir la
inspiración divina”

Monseñor João os ha enseñado a mirar la Historia con ojos celestiales

María es la Mujer fuerte en la Fe. Es la Mujer del silencio, que reza y adora el designio del Padre, que lleva en brazos el misterio de amor. María es la Mujer de gran corazón, incapaz de decir no a quien a Ella acude con corazón simple, bueno y puro, por cualquier necesidad y penuria. Mas no pensemos que para Ella fue fácil penetrar en el misterio: “Ella resguardó su promesa de fidelidad dentro de un espacio de incomprensibilidad , —escribía Romano Guardini. […] Ella era el portal para el santo futuro”. 3

Por eso , —subraya el Papa Benedicto XVI— puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creativa. […] Como Madre que se compadece, María es la figura anticipada y el retrato permanente del Hijo. Y así vemos que también la imagen de la Dolorosa, de la Madre que comparte el sufrimiento y el amor, es una verdadera imagen de la Inmaculada. Su corazón, mediante el ser y el sentir con Dios, se ensanchó. En ella, la bondad de Dios se acercó y se acerca mucho a nosotros.

Así, María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: Ten la valentía de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás ”. 4

Monseñor João ha tenido este coraje, el coraje de “apostar la propia vida” por Cristo y por el Evangelio.

El coraje de arriesgar todo por el todo, con confianza ilimitada en el Señor de la Misericordia y de su Madre María. Y ha experimentado en su propia persona que la bondad de Dios no se agota nunca, está llena de sorpresas.

Esas sorpresas tienen los ojos, la cara y el corazón de cada uno de vosotros, sus hijos e hijas amadísimos. En estos años, él ha enseñado a cada uno de vosotros a mirar a la Historia con ojos celestiales, como María.

La belleza insiste hoy en ser reconocida

Y cada uno de nosotros tiene el deber de dar a los hermanos y a las hermanas que comparten nuestro camino una mirada celestial; tiene la misión de dar una visión de esperanza a este nuestro mundo el cual, muchas veces, mira lastimosamente hacia abajo, permaneciendo sin ideales, sin sueños, y vuelto hacia sí mismo. El deseo de felicidad, la sed de justicia, la necesidad de amor parecen estar sistemáticamente frustrados por la infidelidad, por la fragilidad, por la mediocridad.

La armonía y la belleza son profanadas por la violencia, por el sufrimiento y por las divisiones. Contactos sin relaciones, querer sin deseos, emociones sin sentimientos, esperas sin esperanza.

Las tinieblas parecen crecer hoy hasta la exasperación.

Aparentemente, el mundo de hoy perdió todo trazo de lo verdadero, del bien, de lo bello. Decía Simona Weil que “la belleza está para las cosas como la santidad está para el alma” . 5 Mas en el mundo de hoy hay demasiadas situaciones humanas, espirituales y culturales que, por el contrario, son feas (por tanto, lo contrario de bellas); son, pues, las señales de la desarmonía, de la dilaceración, y de la fealdad. La belleza de María, la pureza y simplicidad de su Magnificat , que oímos resonar durante la lectura del Evangelio, parecen perdidos.

Pero tal vez, sobre todo ahora, la belleza se hace presente e insiste en ser reconocida por corazones y ojos atentos, por aquellos que, obstinadamente, la buscan y sufren con su ausencia.

El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar escribía: “en un mundo sin belleza, el bien también perdió su fuerza de atracción, la evidencia de su deber- ser-realizado. […] En un mundo que ya no se cree capaz de afirmar lo bello, los argumentos a favor de la verdad agotaron su fuerza de conclusión lógica”. 6

En María vemos el ejemplo de una humanidad nueva

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“Os confiamos, oh Reina de los Apóstoles, a Monseñor João Scognamiglio Clá Dias, vuestro devoto caballero; dadle renovado ardor apostólico, y toda la riqueza de bendiciones de vuestro divino Hijo” (Su Eminencia durante la homilia; a su derecha, Mons. Blaž Jezeršek,
su secretario personal)

¿Qué belleza, entonces, salvará al mundo? —preguntaba el joven moribundo al príncipe Myskin de Dostoievski. 7 Una sola es la respuesta cristiana: el amor es la verdadera belleza, que supera todas las armonías de las formas perfectas.

La belleza de María es la belleza de la santidad y de la gracia, que, después de Cristo, en Ella alcanzan el vértice. Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, que recordamos de modo especial en este año sacerdotal, decía: “Dios podría haber creado un mundo más bello, pero no podía dar vida a una criatura más bella que María”.

Es belleza interior, hecha de luces, de armonía, de correspondencia perfecta entre la realidad y la imagen que Dios había ideado al crear la mujer. Es Eva en todo su esplendor y perfección, la nueva Eva.

Miremos a María. Veremos la belleza, la plenitud, la realización perfecta de la persona humana. En Ella la gracia de Cristo nos muestra quienes somos. La Virgen Madre proyecta sobre el camino de la humanidad una gran esperanza. La figura de la Bienaventurada Virgen María nos hace ver que una criatura humana puede alcanzar la belleza de la perfección cristiana, abriéndose a la acción del Espíritu Santo y colaborando con la gracia de Dios. En María, por lo tanto, vemos el ejemplo de una humanidad nueva, redimida, que con la luz de su belleza no contaminada por el pecado, ilumina nuestro camino de vida cristiana en medio de no pocos obstáculos y dificultades.

Así, debemos abarcar con la mirada el horizonte entero en el cual estamos llamados a habitar, como discípulos de Jesucristo: no podemos quedar contemplando el cielo, pero tampoco podemos dejar de ver nuestra historia, nuestras ciudades, nuestros hermanos, nuestras vidas con los ojos llenos de Dios, con los ojos repletos de su belleza.

La Virgen Asunta al Cielo se vuelve, entonces, nuestra puerta privilegiada para el “santo futuro”. Ella es la plenitud de la humanidad. Contemplando a María y su belleza, vemos nuestra historia con ojos celestiales, plenos de Dios.

Súplica final

“Estrella radiante del Oriente; aurora que precede al sol; día que no conoce noche” , 8 “dulcísima Virgen María, que generó la muerte de la muerte, la vida del hombre, el perdón de los pecados, la bienaventuranza de los justos” , 9 venimos hoy hasta Vos, depositando a vuestros pies los males que nos oprimen, seguros de encontrar en vuestro corazón de Madre comprensión y perdón,valentía y consuelo.

Os confiamos, oh María, nuestras alegrías y nuestros dolores, las esperas y las desilusiones, los proyectos y las esperanzas. Acoged los propósitos de pureza, de altruismo, de coherencia, que guardamos en el corazón, y obtened para las voluntades frágiles el don del valor y la perseverancia.

Os confiamos, oh Reina Asunta al Cielo, la familia, pequeña Iglesia en la cual se desarrolla la fe de las nuevas generaciones, y todos los Heraldos del Evangelio . Defiéndelos de las insidias a las cuales los expone la mentalidad contemporánea, muchas veces extraña a los valores del Evangelio, y ayúdalos a realizar en la vivencia concreta de lo cotidiano el designio maravilloso que Dios tiene para ellos.

Os confiamos Virgo Flos Carmeli y Regina Virginum , estas dos plantitas de la viña del Señor, que llevan vuestro nombre. Vos, la Toda Bella, la Toda Santa, la Toda Pía, obtened que estos vuestros hijos puedan hacer la experiencia de Dios Belleza y Amor, para, como Vos, ser un reflejo vivo de Él, en este mundo.

Os confiamos, oh Reina de los Apóstoles , a Monseñor João Scognamiglio Clá Dias, vuestro devoto caballero; dadle renovado ardor apostólico, y toda la riqueza de bendiciones de vuestro divino Hijo.

Os confiamos, por fin, la Iglesia, que vuelve presente el misterio del Verbo encarnado, muerto y resucitado por la salvación del hombre. Extended sobre ella vuestro manto y protegedla de todo peligro. Vos, Estrella de la mañana, sed siempre para ella guía segura. Amén.

 

1 PIO XII, Const. Ap. Munificentissus Deus qua fidei dogma definitur Deiparam Virginem Mariam corpore et anima fuisse ad cælestem gloriam assumptam . 1 noviembre 1950: AAS 42(1950), p. 753-771.

2 BERNARDO DE CRARAVAL, Homilía sobre la Asunción de la Bienaventurada Virgen María 1, 1-2.

3 R. GUARDINI , La Madre del Signore. Una lettera . Brescia: Morcelliana, 19972, p. 29.

4 BENEDICTO XVI, Homilía en el cuadragésimo aniversario de la conclusión del Concilio

Ecuménico Vaticano II, 8 diciembre 2005.

5 Cf. S.WEIL, Pensieri disordinati sull'amore di Dio . Vicenza, 1982, p. 44.

6 H. U. von BALTHASAR, Gloria . Milano: Jaca Book, 1985, V. I, p. 10-12.

7 F. M. DOSTOIEVSKI, El idiota .

8 Pedro el Venerable , Poema, (371).

9 GOFFREDO DI VENDÔME, H omilía para todas las fiestas de la Bienaventurada María, Madre de Dios (354).

 

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