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Historias de santos

Discípula perfecta de San Francisco

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

Innumerables literatos, novelistas y escritores lograron celebridad narrando epopeyas ficticias, producto de su fértil imaginación. Sin embargo, ninguno de ellos habría sido capaz de inventar la historia que Santa Clara dejó impresa en el libro de la vida

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 Discípula perfecta de San Francisco

 

Innumerables literatos, novelistas y escritores lograron celebridad narrando epopeyas ficticias, producto de su fértil imaginación. Sin embargo, ninguno de ellos habría sido capaz de inventar la historia que Santa Clara dejó impresa en el libro de la vida, inimaginable para la mente humana.

Empezando por la manera en que recibió su nombre, Clara, que significa resplandeciente . Poco antes de nacer, su piadosa madre, rezando delante de un crucifijo por el buen éxito de su llegada al mundo, escuchó una voz que le dijo: “No temas, darás al mundo una luz que volverá más clara la luz misma.

Por eso, llamarás Clara a la niña”.

Lucha para seguir la vocación

Vino a luz el 11 de julio de 1193. Sus padres eran de familia noble y caballeresca, dueños de una gran fortuna.

Desde la más tierna infancia causaba admiración por sus virtudes, le gustaba la oración y despreciaba los bienes de este mundo. Joven de gran hermosura, de cabellos dorados y trazos puros, consagró tempranamente a Dios su virginidad, deseosa de entregarse por entero a la Belleza infinita.

En la flor de la juventud, a los 16 años, escuchó repetidas veces las prédicas de un fraile cuya conversión había conmovido a toda la ciudad de Asís: San Francisco.

A ejemplo de la Santísima Virgen, Clara meditaba en su corazón las palabras incisivas del joven predicador y no tardó en comprender que estaba llamada a imitarlo en la santa vida que llevaba.

Resolvió, entonces, abandonarlo todo para seguir aquel testigo vivo de Dios.

Sin embargo, sus padres tenían otros planes... Reuniendo su hermosura, su noble cuna y la riqueza de un amable temperamento, esa joven tenía frente a sí todas las posibilidades de un matrimonio brillante... y provechoso para la familia.

Comenzó para ella entonces una ardua batalla, no como la de Santa Juana de Arco en los campos de guerra, sino mediante palabras y actitudes para convencer a sus padres de aceptar una decisión ya tomada e irrevocable.

Hija y discípula de San Francisco

El domingo de Ramos de 1212 la joven Clara se lanzó a una aventura tan heroica que, inspirada por el Espíritu Santo, era digna del más audaz de los Cruzados. Sustrayéndose a la vigilancia de los padres y en compañía de un familiar, fue a confiar su vocación al obispo Guido y su porvenir a un nuevo padre: San Francisco, que se convirtió en su guía espiritual.

Frente a la imagen de Santa María de los Ángeles, la joven renunció al mundo por amor al Niño Jesús, puesto en una pobre pesebrera. Se cubrió con una túnica de lana y se ciñó una cuerda, a la manera de los frailes franciscanos, a los que entregó sus hermosas ropas.

El propio San Francisco le cortó su dorada cabellera, luego ella se cubrió la cabeza con un velo negro, se calzó sandalias de madera y pronunció los votos.

Inconformes, su padre y algunos parientes trataron de disuadirla de seguir el camino que había elegido. Pero manteniéndose firme en su decisión, Clara no se inmutó con los ruegos y promesas que le hicieron. Quisieron entonces arrancarla del convento a la fuerza. Ella se puso junto al altar y se sacó el velo negro, mostrándoles la cabeza rasurada, señal de su definitivo adiós al mundo.

La inconformidad de la familia creció cuando su hermana Inés, por fuerza de las oraciones de Clara, fue a unírsele en el mismo ideal de vida.

¡Nueva embestida de los parientes!

Doce hombres fuertes y bien armados, liderados por su tío Monaldo, recibieron órdenes del padre para traer de vuelta a Inés, aun por medios violentos. Frente a esa demostración de fuerza, las monjas de Sant' Angelo decidieron dejar partir a la joven.

Esta, no obstante, reaccionó tenazmente contra la pretensión paterna, dispuesta a todo. Arrastrada por los cabellos por uno de los mercenarios y golpeada con brutalidad, Inés gritaba pidiendo ayuda a Clara. La santa rezaba, invocando la ayuda de Dios.

Súbitamente, el cuerpo de la muchacha se vuelve pesado y rígido como un compacto bloque de piedra. Los doce robustos hombres se esfuerzan por arrastrarla. Lleno de furia, el tío intenta aplastar su cabeza con sus guantes de hierro, pero el brazo se queda paralizado en el aire. Clara entonces se acerca, toma a su hermana lacerada, semimuerta, y la conduce de vuelta al convento. Perplejos, los agentes de la prepotencia paterna se retiran.

A partir de este hecho, la familia no puso más obstáculos a la vocación de las hijas. La fortaleza espiritual de la virgen frágil había domado la fuerza bruta. Años más tarde otra hermana, Beatriz, fue a unírseles al Convento de Sant' Angelo. Finalmente, Santa Clara tuvo el consuelo de ver a su madre y muchas otras damas de la ciudad seguir el camino de santificación inaugurado por ella, tras los pasos de San Francisco.

Fundadora y Abadesa

San Francisco escribió una “Regla de Vida” para las monjas, que se resumía en la práctica de la Pobreza Evangélica; y en 1215 les obtuvo la aprobación del Papa Inocencio III. En esa oportunidad, y por orden expresa del Santo Fundador, Clara aceptó el cargo de Abadesa.

Se había fundado la Orden de las Clarisas.

Con la muerte de su padre Clara heredó una gran fortuna, de la que no retuvo nada para el convento, distribuyéndola a los pobres en su totalidad. El Papa Gregorio IX quiso hacerla aceptar para sí y para el convento algunos bienes temporales, argumentando que para tal fin podía desligarla del voto de pobreza. Ella respondió:

–Santo Padre, desligadme de mis pecados, pero no de la obligación de seguir a Jesucristo.

La más perfecta imagen de San Francisco

Una de las más admirables conquistas de San Francisco fue Santa Clara, cuyo nombre parecía proyectar luz y cuyo simple retrato, estampado en una de las paredes de la Basílica de Asís, aún hoy conmueve al visitante con su encanto misterioso, penetrante y atrayente.

Así como la Virgen María es el más perfecto reflejo de Jesucristo, la Fundadora de las Clarisas, a la manera femenina, proyecta la imagen más perfecta de San Francisco de Asís.

Inmensa era la admiración de Santa Clara y sus hijas por su Padre espiritual, al que acostumbraba decirle: “Dispón de mí como quieras. Estoy a tus órdenes. Después que hice a Dios el sacrificio de mi voluntad, no me pertenezco.”

Nos cuenta el historiador Jörgensen que, “no obstante la humildad del santo, tuvo que reconocer en cuán alto grado de admiración era tenido por Clara y sus monjas, y comprender que gran parte de los sentimientos religiosos de ellas se ligaban a esta veneración hacia su persona”.

Instrumento para la realización de un plan de Dios

Un biógrafo de Santa Clara observa que, en esa época en que la Cristiandad comenzaba a hundirse en un proceso de decadencia, el mundo ya parecía decrépito y envejecido. Se oscurecía la visión de la Fe, tambalean las costumbres cristianas en la sociedad, se debilitaba el vigor de los grandes arrojos por la gloria de Dios y la salvación de las almas. El rebrote de los antiguos vicios paganos agravó esa decadencia.

La Cristiandad tendía a la languidez, el relajo, la pérdida del sentido de lo sobrenatural, y se embriagaba con los bienes materiales que proporcionaba el avance de la civilización.

Dios intervino en ese contexto, suscitando varones como San Francisco y Santo Domingo, verdaderas luminarias del mundo, maestros y guías de pueblos. Con ellos despuntó un fulgor de mediodía en un mundo en ocaso.

La Providencia Divina no habría de dejar sin ayuda al sexo más frágil. Por esto suscitó a Santa Clara, encendiendo en ella una luz clarísima y presentándola como modelo a imitar por las mujeres.

Los resultados no se hicieron esperar.

La santidad arrastra

SantaClara.jpgRápidamente se esparció la fama de santidad de Clara. De todas partes las vírgenes acudían hasta ella queriendo consagrarse a Jesucristo, a ejemplo suyo.

Pero no sólo esto; imbuídas de admiración por la virginidad, las mujeres ya casadas sintieron una fuerte invitación de la gracia para vivir más castamente, según su estado. Nobles e ilustres señoras abandonaron vastos palacios y construyeron monasterios, para vivir ahí con gran honra por amor a Cristo. El encanto por la pureza se reanimó hasta en los muchachos, que, por el ejemplo de Santa Clara y sus hijas, desdeñaron los placeres falaces de la carne y fueron en busca de la verdadera felicidad a los monasterios de los frailes franciscanos o dominicos.

Aquel siglo vio con admiración y asombro una prodigiosa inversión de conceptos. Se hizo común ver a las madres ofrecer sus hijas a Cristo, o las hijas empujar a sus madres. La hermana atraía a más hermanas; y la tía, a las sobrinas. Todas con fervorosa emulación deseaban servir a Cristo, a cambio de una parte en esa vida angelical que Clara hizo brillar en las tinieblas del mundo.

La novedad de tales sucesos corrió por el mundo entero, conquistando almas para Cristo en todas partes.

Desde la clausura monástica, ella comenzó a iluminar el mundo. La fama de sus virtudes invadió los salones de las damas ilustres, llegó a los palacios de las duquesas y entró al aposento de las reinas. La flor y nata de la nobleza empezó a seguir sus pasos.

Santa Clara había abierto el camino para que se propagara en el mundo la observancia de la castidad, imprimiendo vida nueva al estado de virginidad.

Austeridad alegre y feliz

La santa abadesa era un ejemplo vivo para sus hijas espirituales. Era la primera en cumplir la regla con perfección.

A imitación de San Francisco, esas monjas practicaron austeridades hasta entonces desconocidas al sexo femenino. Usaban un rústico silicio hecho de crines de animal, caminaban descalzas, dormían en el piso, teniendo por lecho agresivas ramas y por almohada un duro pedazo de palo. Ayunaban en las vigilias de todas las fiestas de la Iglesia, se alimentaban con pan y agua todo el tiempo de Cuaresma. Durante el Adviento –11 de noviembre hasta el día de Navidad– no tomaban alimento alguno los lunes, miércoles y viernes. Y aun se sometían a rudas

disciplinas. En medio de tantas austeridades, ninguna melancolía o tristeza se notaba en Santa Clara; por el contrario, su rostro era siempre jovial, radiante de felicidad, lleno de encantadora serenidad y dulzura, hablando solamente de cosas alegres.

A imitación del Redentor, les lavaba los pies a las hermanas, servía la mesa y cuidaba a las enfermas, principalmente a las víctimas de las enfermedades más repugnantes. Ella misma enfermaba frecuentemente, pero nunca dejaba de trabajar. Cuando no podía levantarse, se acomodaba en el lecho y se ponía a bordar paramentos para las iglesias pobres.

La formación diaria de las hermanas

La santa Fundadora formaba a sus hijas espirituales con la pedagogía aprendida del Divino Maestro. Primero, les mostraba cómo apartar del alma toda agitación, para que pudieran apoyarse solamente en la intimidad divina.

Después, las enseñaba a no dejarse llevar por los recuerdos de los ambientes sociales que habían abandonado, y vivir sólo para Cristo.

Cuidaba de hacerles notar cómo el demonio insidioso arma lazos ocultos para las almas puras y fervorosas, diferentes de las tentaciones con que quiere llevar al pecado a las personas mundanas.

Quería que todas tuvieran ciertos tiempos de trabajos manuales, para evitar el torpor de la negligencia.

En su convento eran perfectas la observancia del silencio y la práctica de la honestidad.

Entre esas vírgenes no había conversaciones vanas ni palabras livianas o frívolas. La propia maestra, de pocas palabras, resumía en alocuciones breves la abundancia de su mente.

“Ve en paz, alma mía”

Santa Clara trabajó incansablemente en la Mies del Señor durante sus 41 años de vida monástica. Recibió de su Divino Esposo grandes gracias místicas. Fue favorecida con el don de obrar milagros, lo que utilizó ampliamente en beneficio de innumerables enfermos. El mismo Papa –sabedor de lo libre que es el acceso de las vírgenes puras a la presencia de la Divina Majestad– muchas veces se dirigía a ella, pidiendo sus valiosas oraciones. Y siempre fue prontamente atendido.

Los rigores de la regla, las fatigas de muchos trabajos, la vida de mortificación la llevaron a contraer una incómoda enfermedad que cargó con ufanía a lo largo de sus últimos 28 años de vida.

En su lecho de muerte, tuvo la gracia insigne de recibir la visita del Papa Inocencio IV, acompañado por sus cardenales.

Entregó su luminosa alma a Dios el 11 de agosto de 1253, a los 60 años de edad.

Su última conversación fue con su propia alma:

“¡Ve en paz, alma mía! Tienes un guía seguro que te mostrará el camino: Aquel que te crió, santificó, amó y no cesó de vigilar con la ternura de una madre que cuida al hijo único de su amor. Doy gracias y bendigo al Señor porque Él creó mi vida”. Oyéndola hablar, una hermana le preguntó:

–¿Con quién conversabas, Madre mía?

–Con mi alma– respondió la santa.

En 1255, menos de dos años después de su muerte, fue incluida en el catálogo de los santos por el Papa Alejandro IV, ante la evidencia de los milagros obtenidos a través de su intercesión. Desde entonces se transformó en una lámpara puesta sobre el candelabro para iluminar a todos los que habitan la casa del Señor.

 

 

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