Versión 0.8 Beta. Ingresar | Registrese

Ingresar

 
E-mail :
Contraseña :
Aun no se ha registrado?
Click aquí
Inicio » Doctrina » Santos » Historias de santos »
Historias de santos

Destemido defensor de la Iglesia

Publicado 2009/02/01
Autor : Redacción

Hacia el año 340, Am­brosio nació de una importante familia romana en la Galia. Joven aún vio que su herma­na, santa Marcelina, besaba la mano de un Obispo y le dio a besar la suya, diciéndole: “Un día también yo seré Obispo”.

| Imprimir | Email E-mail | Report! Corregir | Share

Destemido defensor de la Iglesia

 

Hacia el año 340, Am­brosio nació de una importante familia romana en la Galia, de la cual su padre era gobernador. Joven aún vio que su herma­na, santa Marcelina, besaba la mano de un Obispo y le dio a besar la suya, dicién­dole: “Un día también yo seré Obispo”.

Estudió derecho y retórica en Roma e hizo una brillante carrera: Abogado Consular, Consejero del Emperador y Gobernador de las provincias de Emi­lia y Liguria, con sede en Milán.

Una singular elección

El año 374 murió el obispo de esa ciudad. La población se dividió en dos partidos para escoger al sucesor. Los católicos querían elegir a un hombre fiel al Papa, y los arrianos propugna­ban a un secuaz de su líder. La exalta­ción de los ánimos amenazaba con de­generar en guerra civil.

El gobernador Ambrosio se vio obli­gado a intervenir para mantener el or­den. Dispuso sus tropas en la plaza e hizo cesar el tumulto. A continuación entró a la Catedral en compañía de una escolta, para garantizar el buen curso de la elec­ción. Gracias a su eficaz actuación, pron­to se calmaron los ánimos. Entonces se colocó en un lugar bien visible para todos los presentes, clavando una mirada vigi­lante sobre toda la asamblea. En ese mo­mento se escuchó una voz exclamando al fondo del grandioso templo:

–Ambrosius episcopus! (¡Que Am­brosio sea Obispo!)

¿De dónde brotó esa sorpresiva aclamación?

Un niño tan pequeño que todavía no sabía hablar, fue quien dio el primer gri­to. Sumamente admirada de ver a su hi­jo pronunciar las primeras palabras –¡y qué palabras!– la madre hizo coro con él, y momentos después se les habían unido ya otras voces. En poco tiempo, todos en la Catedral, incluso los arria­nos, clamaban al unísono:

–Ambrosius episcopus! Ambrosius episcopus!

–¡Soy un pecador! ¡Soy un pecador! – replicaba el gobernador.

–¡No importa, no importa! ¡Invoca­mos tus pecados sobre nosotros!– gri­taba el pueblo a una voz.

Ante esa incesante manifestación, el poderoso ministro del mayor imperio del mundo no encontró otra salida sino el re­curso de los indefensos: escapó, escon­diéndose en la propiedad de un amigo.

Los cristianos milaneses no desis­tieron. Enviaron una delegación pa­ra relatar a Valentiniano I lo que ha­bía sucedido y le rogaron su permiso para que el gobernador Ambrosio fue­ra consagrado Obispo. El Emperador consintió, reconociendo en el elegido a un verdadero “enviado de Dios”; en vista de lo cual, el amigo de Ambrosio señaló el lugar donde se encontraba.

Conducido de vuelta a Milán, el santo terminó por reconocer en tales acontecimientos la voluntad de Dios.

De catecúmeno a obispo en ocho días

El obispo recién electo tenía 34 años y pertenecía a una familia cristia­na, pero era sólo un catecúmeno. Fue bautizado, a continuación fue ordena­do sacerdote y ocho días después fue consagrado obispo, el 7 de diciembre de 374. El clero y los fieles de todo el Imperio recibieron con indescriptible regocijo la noticia de tan prodigiosa in­tervención divina.

Bajo el impulso del Espíritu San­to, no es difícil consagrar un obispo a tan sólo ocho días de haber sido bauti­zado. ¿Pero cómo transformar en pas­tor de almas a un hombre que una se­mana antes era todavía un catecúme­no? Interesante pregunta para ver que la gracia divina, si es bien correspondi­da, puede obrar maravillas.

Ambrosio era rico, pero no esta­ba apegado a la riqueza de este mun­do. Donó a la Iglesia las tierras que ha­bía heredado; en cuanto a los demás bienes, distribuyó una parte a los po­bres y lo restante también lo entregó a la Iglesia. Altos cargos en el gobier­no imperial, brillante situación social, vida familiar: todo lo sacrificó en aras del servicio exclusivo a Dios.

Libre de preocupaciones terrenales, el nuevo obispo se consagró al estudio de las Sagradas Escrituras y de los au­tores eclesiásticos, sobre todo san Ba­silio. A medida que estudiaba, predica­ba. Sólo tres años después, con la pu­blicación de los libros “Las Vírgenes” y “Las Viudas”, san Ambrosio inaugu­raba la prodigiosa actividad de escritor que le valdría el título de Doctor de la Iglesia. En corto tiempo brillaba en el mundo cristiano como campeón de la lucha contra el arrianismo, muy fuerte en la época, y los restos del paganismo antiguo. Triunfó sobre ambos, redu­ciendo la herejía al silencio y conquis­tando Italia entera para la fe católica.

Siempre tenía presente su alta res­ponsabilidad en la elección de los can­didatos al sacerdocio. Por su espíri­tu de vigilancia, adquirió en esta ma­teria una aguda capacidad para discer­nir al que estaba apto para ser admiti­do, o no, en la recepción del sagrado Orden. Por ejemplo, podía rechazar a un pretendiente por el simple modo de caminar, pues decía estar persuadi­do de que los movimientos desordena­dos del cuerpo son efectos del desor­den en el alma.

Conflicto con el Emperador

Teodosio I el Grande llegó al tro­no imperial en 379 y al año siguiente declaró al Cristianismo como religión del Estado y prohibió los cultos paga­nos. No obstante, si bien muy amigos, no dejaron de haber ciertas divergen­cias entre el obispo y el emperador, uno propugnando la completa inde­pendencia de la Iglesia, y el otro, la del Estado.

Durante una rebelión del año 390, el comandante militar de Tesalónica fue asesinado. Por incitación de un camare­ro intrigante, y contrariando la opinión de san Ambrosio, Teodosio decretó una terrible venganza contra los habitan­tes de la ciudad. Sin distinguir a inocen­tes de culpables, e incluso sin tomar en cuenta edad ni sexo, las tropas imperia­les masacraron a siete mil personas.

Un clamor de indignación estreme­ció al imperio. Sin poder callar ante ta­maña atrocidad, el obispo –con solici­tud de amigo y respeto de súbdito, pe­ro también con firmeza de representante de Dios– amonestó al soberano con que ningún sacerdote de su diócesis le daría la absolución. Y recordándole el ejemplo del rey David, lo exhortó a ha­cer sincera penitencia.

El emperador, con el afán de mos­trar que nadie tenía derecho a repu­diar su conducta, se dirigió aparatosa­mente a la iglesia, según la costumbre. En las puertas del sacro recinto Am­brosio impidió su entrada:

“Veo que por desgracia no mides, oh emperador, la gravedad del ac­to sanguinario ordenado por ti. […] No agregues un nuevo crimen al que ya te pesa. Retírate y cumple la peni­tencia que Dios te impone. ¡Ya que imitaste a David en el crimen, imíta­lo también en la penitencia!”

El emperador se alejó con lágri­mas en los ojos. Pasaron ocho me­ses sin que se presentara a la igle­sia, ni el obispo al palacio.

Pero finalmente la fe triunfó so­bre el orgullo. La mañana del día de Navidad, bañado en lágrimas, el emperador dijo a su camarero: “¿No sientes mi desdicha? La Igle­sia de Dios está abierta hasta para los esclavos y mendigos; pero para el emperador está cerrada y con ella la puerta del Cielo, pues Cristo di­jo: ‘lo que ates en la tierra será ata­do en el Cielo'”.

Decidido a obtener el perdón de Dios, se encaminó a la iglesia donde lo estaba esperando san Ambrosio, de pie en lo alto de la escalinata.

–Aquí estoy, líbrame de mi pe­cado– rogó.

–¿Dónde está tu penitencia?– preguntó el santo.

–Te suplico que me libres de esta pena en consideración a la clemen­cia de nuestra madre la Iglesia. No me cierres la puerta y dime lo que he de ha­cer.

La decisión de Ambrosio muestra el incansable esfuerzo de la Santa Iglesia por suavizar las costumbres paganas. Le exigió a Teodosio la promulgación de una ley determinando que las sen­tencias de muerte y de confiscación no serían ejecutadas antes de 30 días, de­biendo ser presentadas nuevamente al emperador para su confirmación.

Teodosio hizo escribir el decreto y lo firmó inmediatamente. Acto conti­nuo, recibió la absolución.

“Más le agradaban las reprensiones que las adulaciones”

Despojándose de los ornamentos imperiales, Teodosio entró a la iglesia y postrado en el suelo recitó el salmo de David: “Mi alma está atada a la tie­rra; ¡dame Señor la vida, según tu pala­bra!” Mientras rezaba, se mesaba los cabellos, inundaba de lágrimas el pa­vimento e imploraba lleno de dolor: “¡Misericordia, Señor, misericordia!”

La escena no podía ser más gran­diosa. Ante tanta humildad, el pueblo suplicaba y lloraba con el emperador.

Cinco años más tarde, llegado el momento de comparecer ante el Tri­bunal de Dios, Teodosio clamó por la presencia de su amigo Ambrosio, de cuyas manos recibió los últimos Sacra­mentos antes de fallecer.

En su célebre oración fúnebre, el san­to obispo manifestó sobre él: “Yo amaba a este varón porque le agradaban más las reprensiones que las adulaciones. Como emperador no se avergonzó de la peni­tencia pública, y después lloró su peca­do todos los días que le restaron” .

La conversión de san Agustín

Tan grande era el poder de irra­diación del obispo Ambrosio, que a Fretigila, reina de los marcoma­nos (antiguo pueblo germánico), le bastó con haber oído hablar a un cristiano al respecto de su cien­cia y santidad para creer en Jesu­cristo. Envió luego embajadores a Milán, rogando al santo que le in­formara por escrito lo que debía creer.

Una dama de alto linaje le in­sistió al santo para celebrar mi­sa en su casa. Una mujer paralíti­ca se hizo trasladar hasta allá, to­có la vestidura episcopal y se cu­ró instantáneamente, levantándo­se y echando a andar en presen­cia de todos.

Otros milagros obró en vida nuestro santo, pero la más precio­sa piedra de su corona de gloria es la conversión de san Agustín, uno de los hombres más inteligentes y cultos de todos los tiempos, co­lumna de la Santa Iglesia.

Cuando el futuro obispo de Hi­pona bordeaba los 30 años, fue llevado por su madre santa Mó­nica a relacionarse con san Am­brosio. Hostil a la fe católica en un comienzo, por culpa de las malas in­fluencias de los maniqueos, Agus­tín era no obstante un admirador de la cultura y de la dulce elocuencia del obispo de Milán. No sólo le gustaba escuchar sus sermones, sino también pasar horas enteras en su gabinete, en silencio, viendo trabajar o estudiar a ese hombre de Dios.

No sin una gran dosis de sagaci­dad, Ambrosio deshizo en la mente de su oyente los maléficos sofismas de la secta maniquea. Quien lee las Confe­siones, es llevado a pensar que el gran predicador adaptaba sus palabras a las dudas de Agustín en cuanto notaba su presencia en la iglesia. Éste narra, in­cluso, que “muchas veces, viéndome cuando predicaba, prorrumpía en ala­banzas a ella [santa Mónica] y me lla­maba dichoso por ser hijo de tal ma­dre” .

Convertido ya, san Agustín no ocul­taba su entusiasmo por san Ambro­sio. “Insigne predicador y piadoso Pre­lado” , hombre cuyas palabras eran “fuente de agua que fluía hacia la vida eterna” , “santo obispo” : son todas ex­presiones que utilizó para referirse a quien lo bautizó en la vigilia de la Pas­cua de 387.

En resumen, lo consideraba el ar­quetipo del obispo católico. Opinión corroborada por el Misal Romano, donde se lee que él “representa la figu­ra ideal del Obispo” . ¿Dónde hallar un testimonio más elogioso, acreditado y fidedigno?

La recompensa

El 4 de abril de 397, el Divino Re­dentor llamó a su siervo para recibir en el Cielo la recompen­sa por su vida de fide­lidad y combates en defensa de la fe. A ini­cios de aquel año, an­tes de ser atacado por la mortal enfermedad, predijo que permane­cería poco tiempo más en este mundo, ya que sólo viviría hasta la Pascua.

Estando postrado en el lecho de muerte, algunos diáconos conversaban al fondo del aposento analizando a los posibles sucesores. Uno de ellos men­cionó el nombre de Simpliciano. Nadie sabe cómo el santo escuchó y lo apro­bó: “Es muy viejo, pero excelente”.

Poco tiempo después y mientras rezaba en voz baja, Jesús se le apare­ció con hermosísimo rostro. Luego de cinco horas de oración con los brazos en cruz, san Honorato, obispo de Ar­les, fue llamado a darle el viático. Tan pronto lo recibió, Ambrosio entregó su alma a Dios.

 

Su voto :
0
Resultado :
0
- Votos : 0

Artículos Recomendados

Seminario de Estudios Laicales en Sevilla abordará el tema el Discernimiento

Un nuevo ciclo de ponencias inician este 21 de enero por iniciativa de la Delegación Diocesana de Apostolado Seglar. El llamado a la santidad será el eje central de las sesiones....Más

¡Señor yo creo, pero ayúdame en mi incredulidad!

"El Divino Maestro, acompañado de los tres Apóstoles que asistieron a la Transfiguración, iba descendiendo del Monte y, al llegar al pie del mismo, se deparó con una multitud que rodeaba a los otros Apóstoles, y los escribas que discutían con ellos"...Más

Iniciativa web de los salesianos muestra que la santidad es posible en la vida cotidiana

La herramienta va en unión con el tema propuesto por el Rector Mayor para el Aguinaldo 2019: "La Santidad también para ti"....Más

"La santidad es la primera necesidad de la Iglesia y del mundo en esta hora crucial": Arzobispo de Sevilla

Mons. Juan José Asenjo, en su más reciente carta pastoral señala que hoy se necesitan cristianos santos, ya que ante la crisis moral "no existe otro antídoto que la santidad". ...Más

Familia Salesiana actualiza Dossier de Santidad. Cuenta con 168 Santos, Beatos, Venerables y Siervos de Dios

De acuerdo con el Dossier, son 9 santos, 118 beatos, 17 venerables y 24 siervos de Dios salesianos. ...Más

Últimos vídeos   ‹‹‹

Copyrigth Heraldos del Evangelio - Todos los derechos Reservados.