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Historias de santos

El cáliz de la obediencia

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

Invito al lector a pasear conmigo, en este artículo, por la vida de una santa que bebió desde niña el cáliz de la obediencia, siguiendo el supremo ejemplo de Jesús y el ejemplo excelso de María: Santa Rita de Casia.

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El cáliz de la obediencia

 

La obediencia es una de las virtudes más difíciles de practicar, pues obedecer significa contrariar la propia voluntad para hacer la de otro, mortificando de modo especial la naturaleza humana, que recibió de Dios la libertad.

La Historia nos revela bellos ejemplos de obediencia.

El más sublime, sin duda, es el de Jesús, el cual, para redimir al género humano, “se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.
Abajo del Salvador, el más excelso modelo de obediencia es María Santísima, la perfecta discípula de su Divino Hijo, en ésta como en todas las virtudes.

Invito al lector a pasear conmigo, en este artículo, por la vida de una santa que bebió desde niña el cáliz de la obediencia, siguiendo el supremo ejemplo de Jesús y el ejemplo excelso de María: Santa Rita de Casia.

Su fiesta se celebra el día 22 de mayo. Ella es invocada especialmente como protectora de las causas imposibles, por los motivos que el lector verá más adelante.

Niña privilegiada

Aunque de avanzada edad, Antonio Mancini y su esposa Amanda, no cesaban de pedir a Dios, con confianza e insistencia, la bendición de tener un hijo que les alegrase el hogar. Vivían ellos en la pequeña aldea de Roca Porena, en Casia, en la Umbría.

Para atender las oraciones de ese piadoso matrimonio, realizó Dios el primer “imposible” de la vida de la santa: su nacimiento el día 22 de mayo de 1381.

Era una niña encantadora. Desde su más tierna edad, la Divina Providencia comenzó a manifestar especiales designios a su respecto. Según narra una tradición, mientras ella dormía en la cesta que le servía de cuna, aparecían con frecuencia unas singulares abejas blancas que sobrevolaban en torno de ella y depositaban suavemente miel en sus labios, sin herirla ni despertarla. Uno de los campesinos vecinos, presenciando la escena por vez primera, quiso apartar los insectos con su mano atrofiada. En el mismo instante ella quedó curada.

Después de la muerte de Santa Rita, esas mismas abejas blancas comenzaron a aparecer anualmente en el monasterio de las agustinas, donde ella pasó los últimos años de su vida. Allá llegaban por Semana Santa y permanecían hasta el 22 de mayo. Después se retiraban, para volver la Semana Santa siguiente. Hasta hoy los peregrinos pueden ver los huequillos que ellas hacían en las paredes del monasterio.

Infancia marcada por la piedad y la Obediencia

Desde pequeña, demostraba Rita una gran inclinación a la piedad. Sus padres, a pesar de no saber leer ni escribir, le enseñaron el catecismo y la historia de Jesús.
Se dedicaba con gran gusto a la oración, meditaba constantemente sobre la pasión de Nuestro Señor. No sabía leer ni escribir. Entretanto, “leía” continuamente el más magnífico de todos los libros: el Crucifijo. Además de ser especialmente devota de la Virgen, escogió como patronos a San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino. Buscaba abstenerse de travesuras y juegos propios de la edad infantil, como mortificación para consolar a Jesús Crucificado.

El mayor deseo de su alma era ser religiosa. Exactamente en este punto, la Providencia exigió de ella un enorme acto de obediencia, aceptando un estado de vida opuesto al llamado religioso que sentía en su alma.

Con apenas 12 años de edad, fue obligada por los padres a contraer matrimonio con el novio escogido por ellos, llamado Pablo Fernando.

Sufrimiento en la familia

Pronto el marido se reveló un hombre agresivo, de mal genio, borrachín y disoluto, que hacía a Rita sufrir tremendamente. Ella, no obstante, no sólo le fue siempre fiel, sino que también soportó todo eso con extrema paciencia, durante 18 años, siempre rezando y ofreciendo esta especie de martirio por la conversión de los pecadores, sobre todo por la de su detestable marido.

Y una vez más lo “imposible” se realizó. Al final, tuvo ella la alegría de ver al esposo convertido y pidiéndole perdón por todos los malos tratos y por la vida licenciosa que había llevado. ¡Cuán oportuna fue esa conversión! Poco tiempo después de reconciliarse con Dios, mediante el Sacramento de la confesión, Pablo Fernando fue asesinado por algunos de los malos compañeros que había tenido.

Los hijos del matrimonio, dos gemelos, con entonces 14 años, juraron vengar la muerte del padre. Santa Rita viendo como los hijos habían heredado las malas tendencias de su progenitor, y temiendo por el destino eterno de los dos, dirigió a Dios una súplica: prefería ver a sus hijos muertos antes que siguiendo el camino de la perdición. Pronto el Padre de Misericordia demostró su complacencia con la súplica de esta madre auténticamente católica.
En menos de un año, los dos hijos cayeron enfermos y fallecieron, perdonando a los asesinos de Pablo Fernando.

Entrada en la vida religiosa

Viuda y sin hijos, libre de todo lo que podría atarla al mundo, Rita deseaba hacerse religiosa. Pidió ser aceptada en el monasterio de las monjas agustinas de Casia, donde siempre quiso estar. Pero —¡oh decepción!— la superiora le dijo que lamentablemente no podían admitir viudas en la congregación, que era destinada sólo a vírgenes.

¡Imagínese su desilusión y tristeza al volver a casa!... Pero era ella una mujer santa. Y en cuanto tal, en lugar de dejarse abatir o desanimar, decidió seguir con mayor ardor que antes su vida de oración y penitencia.
Acudieron en su auxilio sus patronos, San Agustín, San Juan Bautista y San Nicolás de Tolentino, obteniendo de la medianera de todas las gracias la realización de un nuevo “imposible” a favor de su protegida.

Se cuenta que una noche, estando inmersa en la oración, se le aparecieron estos tres santos y la invitaron a seguirlos. En éxtasis, ella los acompañó. Cuando volvió en sí, se encontraba dentro del monasterio de las Agustinas... Había entrado milagrosamente, pues todas las puertas y ventanas se encontraban cerradas.
A la mañana siguiente, la madre superiora reconoció en ese prodigioso hecho una clara disposición de la Divina Voluntad y decidió acoger a Rita como novicia de la congregación.

SantaRitadeCasia.jpgObediencia recompensada por el milagro

Revestida ya del hábito, la nueva religiosa fue un ejemplo para todas sus hermanas de vocación.
De los tres votos de religión, aquel en el que más se esmeraba era en el de la obediencia, haciendo siempre la voluntad de las demás en todo, incluso en lo que podía parecer ridículo o insensato. Por ejemplo, la superiora le mandó regar todos los días una vid que ya estaba seca y muerta. La obediente hermana cumplió rigurosamente la orden durante un año. Una vez más lo que parecía imposible se realizó: ¡del tronco muerto brotaron sarmientos que crecieron y produjeron flores y frutos! Aún existe la “viña de Santa Rita”, que produce uvas de un sabor especial, las cuales maduran en noviembre.

Partícipe de los dolores de Jesús coronado de espinas

Durante la cuaresma de 1443, el gran predicador Santiago de Monte Brandone, hizo en Casia un magnífico sermón sobre la Pasión de Jesús, en el que destacó de manera especial la coronación de espinas. Después de escuchar el sermón, Santa Rita se sintió tomada del deseo de participar de los sufrimientos de Nuestro Señor en ese lance de su Pasión.

Rezando delante de su crucifijo, vio que de él se esparcía suavemente una luz, y a una espina desprenderse de la corona y clavarse en su frente, provocándole una herida que la hizo sufrir durante sus últimos 15 años de vida. Además de exhalar mal olor, ésta le causaba muchas enfermedades. Así, tuvo ella atendido su deseo de ser verdaderamente partícipe de los dolores de Jesús coronado de espinas.

Santa muerte, la recompensa

Santa Rita tuvo una santa muerte, permaneciendo obediente a la voluntad de Dios hasta el final.
Estando ya muy enferma, pidió a Jesús una señal de que sus hijos estaban en el Cielo. En medio de un riguroso invierno, recibió una rosa recogida en el jardín de su antigua casa, en Roca Porena... Pidió una segunda señal y, al final del invierno, recibió un higo, también de su jardín. Con la realización de esos dos “imposibles”, Dios, por así decir, muestra su contento con que esa gran santa sea invocada como la “Abogada de los imposibles”.

El día 22 de mayo de 1457, voló al cielo la bella alma de Santa Rita.

La llaga de su frente se transformó en una mancha roja como un rubí, de donde emanaba una suave fragancia. Su cuarto quedó iluminada por una luz celestial y las campanas, solas, repicaron en un toque de júbilo y gloria.
Fue velada en la iglesia, adonde acudió una multitud de personas para verla y venerarla. De su santo cuerpo se difundía un tal perfume que nunca fue enterrado.
Permanece incorrupto hasta hoy, expuesto a la veneración de los fieles en el convento de Casia.

Mensaje de Santa Rita para los días actuales

¿Cuál es el mensaje que esta gran santa nos daría para los días que vivimos?

Creo que la respuesta está en las palabras proferidas por el Santo padre Juan Pablo II, el 20 de mayo de 2000, saludando a los devotos de Santa Rita que hacían la peregrinación jubilar: “Es un mensaje que brota de su vida: la humildad y la obediencia fueron el camino que Rita recorrió para asemejarse cada vez más perfectamente a Cristo crucificado.

El estigma que brilla en su frente auténtica su madurez cristiana. En la cruz con Jesús culminó el amor que ya había conocido y expresado de modo heroico en su hogar y mediante la participación en las vicisitudes de su ciudad.

Siguiendo la espiritualidad de San Agustín, se hizo discípula del Crucificado, y ‘especialista en sufrimiento', aprendió a conocer las penas del corazón humano. De este modo, Rita se convirtió en abogada de los pobres y de los desesperados, obteniendo innumerables gracias de consuelo y fortaleza a los que la invocan en las más diversas situaciones.”

Que Santa Rita de Casia nos ayude a comprender los designios de Dios para cada uno de nosotros individualmente y a beber hasta la última gota el cáliz de la obediencia a su Santísima Voluntad, a lo largo de nuestra existencia.

 

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