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El Fundador

El maestro de nuestro fundador

Publicado 2016/09/06
Autor : Revista Heraldos del Evangelio Nro 156 - Julio 2016

Acaban de ser publicados los dos primeros volúmenes, de un total de cinco, de la colección “El don de sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira”, autoría de Mons. João Scognamiglio Clá Días, EP.

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La importancia de esta colección, por una parte, reside en el papel providencial desempeñado por ese destacado líder católico brasileño, un alma dotada de elevadísimos dones místicos y un fogoso apóstol, penetrado hasta lo más íntimo de su ser por la sabiduría de Dios; por otra parte, su valor estriba en la autoridad del escritor, discípulo fervoroso, seguidor incondicional y observador atentísimo del Dr. Plinio.

El 7 de julio de 2016 se cumplen sesenta años del primer encuentro entre Plinio Corrêa de Oliveira y un joven de dieciséis años, llamado João. Las maravillas acaecidas durante ese largo período pueden resumirse en estas palabras: la riqueza de la gracia que habitaba en el corazón del maestro, el fulgor de la luz que portaba, las llamas de amor y de celo por la gloria de Dios y la de la Iglesia que lo consumían, asumieron por entero la mentalidad, la persona y la vida de aquel muchacho.

Maestro del fundador
Mons. João saluda al Dr. Plinio en la década de 1980.

En gratitud a esos sesenta años de unión mística y a los inestimables tesoros de sabiduría y de gracia recibidos, Mons. Scognamiglio dedica a su amado padre, modelo y guía, una valiosa colección sobre su profética figura.

La revista "Heraldos del Evangelio" se asocia con regocijo a la difusión de ese oportuno estudio que representa una inigualable contribución a la comprensión de la propia persona y de la mentalidad de Mons. João S. Clá Días, fundador de los Heraldos del Evangelio, y de las características esenciales del carisma de esta asociación internacional de derecho pontificio.

Para introducir a nuestro lector en la intención del autor, nada mejor que citar, con pequeñas adaptaciones, las palabras iniciales de su obra:

Volumen I

Concluido el Concilio de Nicea,1 parecía que la unidad de la Iglesia había sido restaurada y que se había desterrado la herejía arriana. Sin embargo, mientras que desde los púlpitos se proclamaba el misterio de la divinidad de Cristo, la falsa doctrina continuaba difundiéndose a puerta cerrada. San Atanasio, Patriarca de Alejandría, intentaba convertir a los desertores, pero éstos permanecían inconmovibles. Por todo Occidente y gran parte de Oriente los arrianos ganaban fuerza; parecía que el mundo cedía al error.

En el desierto, no obstante, San Antonio Abad había visto místicamente la divinidad del Señor. Era un vivo testimonio de esa verdad de fe. Entonces San Atanasio ordenó que fueran a buscarlo y la misma noche en que llegó a la ciudad de Alejandría numerosos cristianos y herejes se reunieron en la basílica para verlo. El nonagenario ermitaño, que con su mera presencia imponía respeto, se sentó cerca del altar. A continuación el Patriarca tomó la palabra y glorificó la naturaleza divina del Redentor. De pronto, se escuchó entre la multitud una voz de protesta. San Antonio Abad se asombró con aquella indecorosa interrupción y pidió que le tradujeran lo que había oído, pues no entendía el griego. "El Señor era tan sólo un hombre, creado por Dios y sujeto a la muerte y a la transición", le dijeron. San Antonio Abad se levantó y exclamó: "¡Yo lo vi!". Un estremecimiento recorrió las naves del templo. "¡Él lo ha visto! ¡Ha visto la divinidad del Señor!", decían los fieles de rodillas.

Más que la bella y lógica doctrina expuesta en el concilio, la imponente voz de ese hombre, a quien la verdad de la naturaleza divina de Cristo se había convertido casi en una evidencia en virtud de una visión sobrenatural, fue el golpe más grande que recibió la herejía. He aquí el ejemplo del valor de un testimonio vivo. Ahora bien, mutatis mutandis, hay que decir que el presente trabajo ha nacido también del testimonio de su autor.

La figura de Plinio Corrêa de Oliveira

Plinio Corrêa de Oliveira nació en São Paulo, Brasil, el 13 de diciembre de 1908. Hijo del Dr. João Paulo Corrêa de Oliveira, abogado procedente de una ilustre familia de Pernambuco, y de Dña. Lucilia Ribeiro dos Santos Corrêa de Oliveira, oriunda de la tradicional aristocracia paulista, Plinio pasó su infancia y adolescencia en el sereno ambiente familiar, dentro de la apacible sociedad de la São Paulo de otrora.

Durante su juventud se destacó como indiscutible líder católico, lo que le condujo a recorrer una fulgurante carrera políticaVolumen II y hacerse conocido en todo el país. Más tarde fundó un movimiento para luchar por los ideales de la Iglesia, reuniendo en torno suyo a numerosos discípulos, por quienes se esforzó en transmitirles una sólida formación doctrinaria, así como el espíritu que lo animaba. Plinio Corrêa de Oliveira falleció el 3 de octubre de 1995, a causa de una terrible enfermedad.

Sin embargo, teniendo en cuenta que todo hombre tiene una determinada misión que cumplir en función del desarrollo de la Historia, más que detenernos en el análisis de hechos concretos de la vida del Dr. Plinio, ésta merece ser considerada desde la perspectiva de ese designio de Dios, a fin de comprender su persona y su obra.

De hecho, la humanidad viene siendo corroída por una amplia crisis, establecida en Occidente a lo largo de los últimos cinco siglos, designada por el Dr. Plinio con el nombre de Revolución. 2 Ese proceso de disgregación total, impulsado por la exacerbación de las pasiones del orgullo y de la sensualidad, pretendió instaurar en todo el mundo el igualitarismo metafísico; para ello trató de eliminar cualquier vestigio del orden cristiano, sagrado y jerárquico, sublevándose contra el trono del Todopoderoso e implantando en la faz de la tierra el reino de Satanás.

No obstante, cuando la Revolución parecía que estaba a punto de alcanzar el auge de su expansión y planeaba levantar el estandarte de la victoria, Dios hizo que surgiera un varón, hijo de la Iglesia y elegido de la Virgen, para que desempeñara un papel que hasta ese momento no se había manifestado en la Historia. ¿Y quién era ese hombre?

Un varón que nació y se desarrolló a la luz de la inocencia de su madre, Dña. Lucilia, y brilló por su virginidad e integridad moral. Un varón llamado a reflejar en sí virtudes armónicas aparentemente opuestas: por un lado, extraordinaria grandeza y majestad imponente, las cuales causaban miedo a los orgullosos; por otro, una bondad acogedora, penetrante y llena de bienquerencia, que atraía...

Un varón dotado de un carisma de discernimiento de los espíritus sin igual, una visión histórica con respecto a toda la opinión pública que penetra en los individuos, las naciones, los pueblos. Un varón que, a la manera de un árbol que brota de la roca misma, creció entre persecuciones, incomprensiones e ingratitudes.

Un varón de fe, que defendió, desde las filas del laicado, el honor, la santidad y la infalibilidad de la Iglesia como nadie lo había hecho en su época. Un varón que, a solas, divisó la situación en que se hallaba la humanidad, discernió el mal que se extendía y se levantó contra toda su generación y las siguientes. Con la fuerza de su convicción desafió el consenso de su tiempo, contuvo la corriente y destrozó la Revolución, para que, sobre sus escombros, se edificara el Reino de María, 3 prometido por la Santísima Virgen en Fátima. En esa intención ofreció su propia vida, si la Providencia así lo dispusiera, y fue llevado tras haber soportado mil y un sufrimientos enfrentados con la gallardía de un caballero y la resolución de un verdadero mártir.

El porqué de esta obra

Ya ha habido muchos que emprendieron la tarea de publicar escritos dedicados a la figura de Plinio Corrêa de Oliveira, y también existen numerosas referencias a su persona y a su actuación en varios autores. En unos encontramos una concepción parcial de su abarcadora personalidad, en otros vemos que tratan de deformar su imagen presentándola desde un prisma distorsionado o irreal. Pero ante todo ninguno ofrece una visión correcta que muestre a ese varón impar desde el único punto de vista por el cual realmente merece ser considerado, es decir, el del designio de Dios sobre él.

Ahora bien, nadie parece ser el más indicado ni poseer una voz más acreditada para tal responsabilidad que el autor de esta obra. En octubre de 2010, para la obtención del grado de doctor en Teología por la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia, ya había defendido sus tesis sobre el mismo tema, que fue calificada por el tribunal examinador con la máxima nota, summa cum laude.

La colección en cinco volúmenes es una versión ampliada de dicho trabajo, mediante la cual se ha querido facilitar al gran público la comprensión de ese hombre que atravesó el siglo XX de punta a punta y que marcó de forma indeleble los siglos venideros.

"¡Yo lo vi!", bien puede exclamar el autor. En resumen, los casi cuarenta años de convivencia con el Dr. Plinio, en una atmósfera de unión de almas y comunicación de espíritu, hacen de él un testigo, y el más autorizado, para pronunciarse sobre la vida, la actuación, las virtudes y el pensamiento de su maestro.

Pero a propósito de un varón que llegó a afirmar de sí mismo que "ya no soy yo quien vivo, sino que es la Iglesia Católica la que vive en mí",4 nada mejor que recurrir a la sapiencial enseñanza de esa Iglesia, que amó hasta la última fibra de su ser, para explicarlo con mayor profundidad.

Volumen III Volumen IV Volumen V

Un libro vivo

Cuando el autor inició sus estudios teológicos con los maestros de Salamanca, todos ellos hijos de Santo Domingo, tuvo desde el principio un movimiento de alma de intensa admiración por el modo de exponer la teología, tan característico del carisma dominico. Las verdades más sublimes, los problemas más complicados, las cuestiones morales más difíciles, todo era presentado con una rutilante claridad, de forma viva y accesible.

Entre las variadas y atrayentes cuestiones, le llamó especialmente la atención un punto: la acción del Espíritu Santo en las almas y su papel en la santificación. El autor ya se había dedicado al tema de la gracia, esa misteriosa, pero cuán real, participación en la vida divina. Sin embargo, no conocía a fondo la posibilidad de que el hombre fuera asumido, iluminado y guiado por Dios hasta el punto de actuar como Él mismo, bajo su inspiración directa, por medio de los siete dones del Espíritu Santo. De éstos los maestros dominicos, fieles a las enseñanzas de Santo Tomás, indicaban como el más elevado el de la sabiduría, al poseer una función arquitectónica con relación a los demás, siendo considerado, en consecuencia, el pináculo del organismo espiritual infundido en el alma con el Bautismo, formado por virtudes y dones.5

Aparte de esto, en el transcurso de esos estudios, comprendió con toda nitidez que lo que la mística enseñaba sobre el papel de los dones del Espíritu Santo en la santificación del alma se aplicaba completamente a lo que había tenido ocasión de comprobar, día a día, en el Dr. Plinio. A partir de ese instante la teología dejaba de estar restringida al campo de lo teórico para hacerse viva y personificada en un varón virtuoso. Y su verdadero libro de teología pasó a ser el Dr. Plinio.

La sabiduría viva en el siglo XX

El propósito de la obra es el de ofrecer una descripción minuciosa de las mociones del Espíritu Santo en el alma del Dr. Plinio, principalmente mediante el don de sabiduría, a través de los ojos del autor, observador atento y sistemático de todas sus acciones durante los largos años que pasó a su lado.

El autor se acuerda con profunda emoción del día 15 de marzo de 2005 cuando se encontraba en la Basílica de San Pedro, en el altar de la Cátedra con seis candelabros encendidos, profesando en latín su fe. Con una mano sobre la Sagrada Escritura, se vio obligado a contener las lágrimas, especialmente mientras proclamaba en voz alta: "En el ejercicio del ministerio que me ha sido confiado en nombre de la Iglesia, conservaré íntegro el depósito de la fe y lo transmitiré y explicaré fielmente".6 Ese momento jamás será olvidado y constituirá para él un punto de referencia por toda la eternidad.

Pues bien, mientras su pluma se desliza sobre el papel para redactar estas líneas, nuevamente la mano izquierda del autor se halla sobre las Escrituras y le brota del fondo de su alma esa declaración, con el mismo espíritu, seriedad y conciencia que el anterior juramento. Desde esa perspectiva, dice el autor: Confieso que conviví, a lo largo de cuarenta años y muy de cerca, con Plinio Corrêa de Oliveira; todas las transcripciones de sus palabras corresponden a la realidad de sus expresiones durante ese período, ya que poseo el archivo de sus conferencias, charlas y conversaciones, además de sus escritos. Le pido a la Santísima Trinidad, por intercesión de la Virgen María, Madre del Buen Consejo de Genazzano, que acepte la obra para beneficio de las almas y gloria de la Santa Iglesia.

 

1 Celebrado en el 325, en la pequeña localidad de Nicea, en Bitinia, dentro de la actual Turquía, el concilio condenó la herejía de Arrio, el cual, en una supuesta defensa de la unidad absoluta de Dios, negaba la divinidad del Verbo, afirmando que éste era una criatura del Padre. Su falsa doctrina despertó la simpatía de muchísimos, que se negaban a aceptar el misterio de la Santísima Trinidad, y se extendió rápidamente por el mundo cristiano de aquella época. No obstante, la consecuencia más nociva de los errores de Arrio se centraba en que al rechazar el admitir la divinidad del Hijo se desmoronaba el misterio de la Redención, pues si Jesucristo no era Dios su sangre derramada en la cruz no podría haber quitado el pecado del mundo. Gracias a Osio, obispo de Córdoba, y a San Alejandro, Patriarca de Alejandría, fue convocado el concilio, al que asistieron trescientos obispos, los legados del Papa San Silvestre y San Atanasio, por entonces arcediano de Alejandría y verdadero motor de la lucha contra el arrianismo. El triunfo de la ortodoxia en el concilio fue sellado, por una parte, con la elaboración de un Credo o Símbolo en el que se proclamaba al Hijo consustancial al Padre y, por otra, con el destierro inmediato de Arrio y sus seguidores.

2 Por Revolución el Dr. Plinio entendía el movimiento que desde hace cinco siglos viene demoliendo a la cristiandad y cuyos momentos de apogeo fueron las grandes cuatro crisis del Occidente cristiano: el protestantismo, la Revolución francesa, el comunismo y la rebelión anarquista de la Sorbona en 1968. Sus agentes impulsores son el orgullo y la sensualidad. De la exacerbación de esas dos pasiones resulta la tendencia a abolir toda legítima desigualdad y todo freno moral. A su vez, denominaba a la reacción contraria a ese movimiento de subversión como Contra-Revolución. Estas tesis están expuestas en su ensayo Revolución y Contra-Revolución (cf. CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 5.ª ed. São Paulo: Retornarei, 2002), publicado por primera vez en la revista mensual de cultura Catolicismo en abril de 1959.

3 Para el Dr. Plinio, el Reino de María es la era histórica prevista por San Luis María Grignion de Montfort en su obra Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, y más tarde por Ella misma en sus apariciones a los pastorcitos de Fátima: "¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!". La esperanza de ese reino era para el Dr. Plinio una certeza y constituyó uno de los principales objetivos de su apostolado y de toda su existencia.

4 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 7/6/1978.

5 "Si comparamos ahora el don de sabiduría con los demás dones, veremos que desempeña respecto a ellos una función arquitectónica, en constante sinergia con ellos y con todas las virtudes. El don de sabiduría contempla y dirige todo el movimiento de nuestra vida espiritual en el reverberar del misterio de Dios" (PHILIPON, OP, Marie-Michel. Les dons du Saint-Esprit. París: Desclée de Brouwer, 1964, p. 229); "El don encargado de llevar a su última perfección la virtud de la caridad es el de sabiduría. Siendo la caridad la más perfecta y excelente de todas las virtudes, ya se comprende que el don de sabiduría será, a su vez, el más perfecto y excelente de todos los dones. [...] Los demás dones perciben, juzgan o actúan sobre cosas distintas de Dios. El don de sabiduría, en cambio, recae primaria y principalísimamente sobre el mismo Dios, del que nos da un conocimiento sabroso y experimental, que llena al alma de indecible suavidad y dulzura" (ROYO MARÍN, OP, Antonio. El gran desconocido. El Espíritu Santo y sus dones. 2.ª ed. Madrid: BAC, 2004, pp. 190-191).

6 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. Professio fidei et Iusiurandum fidelitatis in suscipiendo officio nomine Ecclesiae exercendo. AAS 81 (1989), 104-106.

 

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