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Primer Mensaje de Benedicto XVI

Publicado 2009/02/01
Autor : Redacción

Iniciando su misión sublime, el nuevo Papa envió al mundo su primer mensaje con motivo de la misa concelebrada con los Cardenales que le habían elegido, en la víspera, para el Sumo Pontificado.

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 Primer Mensaje de Benedicto XVI

 

primerMensaje.jpg¡Gracia y paz en abundancia a todos vosotros! En mi espíritu conviven en estos momentos dos sentimientos opuestos.
Por una parte, un sentimiento de incapacidad y de turbación humana por la responsabilidad con respecto a la Iglesia universal, como Sucesor del apóstol Pedro en esta Sede de Roma, que ayer me fue confiada. Por otra, siento viva en mí una profunda gratitud a Dios, que, como cantamos en la sagrada liturgia, no abandona nunca a su rebaño, sino que lo conduce a través de las vicisitudes de los tiempos, bajo la guía de los que Él mismo ha escogido como vicarios de su Hijo y ha constituido pastores. Amadísimos hermanos, esta íntima gratitud por el don de la misericordia divina prevalece en mi corazón, a pesar de todo. Y lo considero como una gracia especial que me ha obtenido mi venerado predecesor Juan Pablo II.

Me parece sentir su mano fuerte que estrecha la mía; me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras, dirigidas en este momento particular mente a mí: “¡No tengas miedo!”

La fuerza unificadora de la Verdad y del Amor

La muerte del Santo Padre Juan Pablo II y los días sucesivos han sido para la Iglesia y para el mundo entero un tiempo extraordinario de gracia. El gran dolor por su fallecimiento y la sensación de vacío que ha dejado en todos se han mitigado gracias a la acción de Cristo resucitado, que se ha manifestado durante muchos días en la multitudinaria oleada de fe, de amor y de solidaridad espiritual que culminó en sus exequias solemnes.

Podemos decir que el funeral de Juan Pablo II fue una experiencia real mente extraordinaria, en la que, de alguna manera, se percibió el poder de Dios que, a través de su Iglesia, quiere formar con todos los pueblos una gran familia mediante la fuerza unificadora de la Verdad y del Amor (cf. Lumen gentium , 1).

En la hora de la muerte, configurado con su Maestro y Señor, Juan Pablo II coronó su largo y fecundo pontificado, confirmando en la fe al pueblo cristiano, congregándolo en torno a sí y haciendo que toda la familia humana se sintiera más unida.

¿Cómo no sentirse apoyados por este testimonio? ¿Cómo no experimentar el impulso que brota de este acontecimiento de gracia?

La “piedra” en que todos puedan apoyarse con seguridad

Contra todas mis previsiones, la Divina Providencia, a través del voto de los venerados Padres Cardenales, me ha llamado a suceder a este gran Papa. En estos momentos vuelvo a pensar en lo que sucedió en la región de Cesarea de Filipo hace dos mil años. Me parece escuchar las palabras de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” , y la solemne afirmación del Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. (...) A ti te daré las llaves del reino de los cielos” (Mt 16, 15-19). ¡Tú eres el Cristo! ¡Tú eres Pedro! Me parece revivir esa misma escena evangélica; yo, Sucesor de Pedro, repito con estremecimiento las vibrantes palabras del pescador de Galilea y vuelvo a escuchar con íntima emoción la consoladora promesa del divino Maestro.

Si es enorme el peso de la responsabilidad que cae sobre mis débiles hombros, sin duda es inmensa la fuerza divina con la que puedo contar: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad.

A Él le pido que supla la pobreza de mis fuerzas, para que sea valiente y fiel pastor de su rebaño, siempre dócil a las inspiraciones de su Espíritu.

Me dispongo a iniciar este ministerio peculiar, el ministerio “petrino” al servicio de la Iglesia universal, abandonándome humildemente en las manos de la Providencia de Dios.

Ante todo, renuevo a Cristo mi adhesión total y confiada: In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!

Comunión colegial al servicio de la unidad en la fe

A vosotros, venerados hermanos cardenales, con espíritu agradecido por la confianza que me habéis manifestado, os pido que me sostengáis con la oración y con la colaboración constante, activa y sabia. A todos los hermanos en el episcopado les pido también que me acompañen con la oración y con el consejo, para que pueda ser verdaderamente el “siervo de los siervos de Dios”.

Como Pedro y los demás Apóstoles constituyeron por voluntad del Señor un único Colegio Apostólico, del mismo modo el Sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los Apóstoles, tienen que estar muy unidos entre sí, como reafirmó con fuerza el Concilio (cf. Lumen gentium , 22).

Esta comunión colegial, aunque sean diversas las responsabilidades y las funciones del Romano Pontífice y de los obispos, está al servicio de la Iglesia y de la unidad en la fe de todos los creyentes, de la que depende en gran medida la eficacia de la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo. Por tanto, quiero proseguir por esta senda, por la que han avanzado mis venerados predecesores, preocupado únicamente de proclamar al mundo entero la presencia viva de Cristo.

Concilio Vaticano II

Tengo ante mis ojos, en particular, el testimonio del Papa Juan Pablo II. Deja una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que, según su doctrina y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo al futuro. Con el Gran Jubileo ha entrado en el nuevo milenio, llevando en las manos el Evangelio, aplicado al mundo actual a través de la autorizada relectura del Concilio Vaticano II.

El Papa Juan Pablo II presentó con acierto ese concilio como “brújula” para orientar se en el vasto océano del tercer milenio (cf. Novo millennio ineunte , 57-58).

También en su testamento espiritual anotó: “Estoy convencido de que duran te mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regala do” (17/3/2000). Por eso, también yo, al disponerme para el servicio del Sucesor de Pedro, quiero reafirmar con fuerza mi decidida voluntad de proseguir en el compromiso de aplicación del Concilio Vaticano II, a ejemplo de mis predecesores y en continuidad fiel con la tradición de dos mil años de la Iglesia.

Este año se celebrará el 40º aniversario de la clausura de la asamblea conciliar (8 de diciembre de 1965). Los documentos conciliares no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada.

Eucaristía, corazón del nuevo pontificado

Mi pontificado inicia, de manera particularmente significativa, mientras la Iglesia vive el año especial dedicado a la Eucaristía. ¿Cómo no percibir en esta coincidencia providencial un elemento que debe caracterizar el ministerio al que he sido llamado? La Eucaristía, corazón de la vida cristiana y manantial de la misión evangelizadora de la Iglesia, no puede menos de constituir siempre el centro y la fuente del servicio petrino que me ha sido confiado. La Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando a nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y de su Sangre. De la comunión plena con Él brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños. Por tanto, en este año se deberá celebrar de un modo singular la solemnidad del Corpus Christi .

Además, en agosto, la Eucaristía será el centro de la Jornada mundial de la juventud en Colonia y, en octubre, de la Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos, cuyo tema será: “La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia”. Pido a todos que en los próximos meses intensifiquen su amor y su devoción a Jesús Eucaristía y que expresen con valentía y claridad su fe en la presencia real del Señor, sobre todo con celebraciones solemnes y correctas. Se lo pido de manera especial a los sacerdotes, en los que pienso en este momento con gran afecto.

El sacerdocio ministerial nació en el Cenáculo, junto con la Eucaristía, como tantas veces subrayó mi venerado predecesor Juan Pablo II. “La existencia sacerdotal ha de tener, por un título especial, ‘forma eucarística'” , escribió en su últi ma carta con ocasión del Jueves San­to (nº 1).

A este objetivo contribuye mucho, ante todo, la devota celebración diaria del sacrificio eucarístico, centro de la vida y de la misión de todo sacerdote.

Alimentados y sostenidos por la Eu­caristía, los católicos no pueden me­nos de sentirse impulsados a la plena unidad que Cristo deseó tan ardiente­mente en el Cenáculo. El Sucesor de Pedro sabe que tiene que hacerse car­go de modo muy particular de este su­premo deseo del Divino Maestro, pues a él se le ha confiado la misión de con­firmar a los hermanos (cf. Lc 22, 32).

Fundamento del progreso en la senda del ecumenismo

Por tanto, con plena conciencia, al inicio de su ministerio en la Iglesia de Roma que Pedro regó con su sangre, su actual sucesor asume como compro­miso prioritario trabajar con el máxi­mo empeño en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo.

Esta es su voluntad y este es su apre­miante deber. Es consciente que para ello no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos. Hacen falta ges­tos concretos que penetren en los espí­ritus y sacudan las conciencias, impul­sando a cada uno a la conversión inte­rior, que es el fundamento de todo pro­greso en el camino del ecumenismo.

El diálogo teológico es muy necesa­rio. También es indispensable investi­gar las causas históricas de algunas de­cisiones tomadas en el pasado. Pero lo más urgente es la “purificación de la memoria”, tantas veces recordada por Juan Pablo II, la única que puede dis­poner los espíritus para acoger la ver­dad plena de Cristo.

Ante Él, Juez Supremo de todo ser vivo, debe ponerse cada uno, conscien­te de que un día deberá rendirle cuen­tas de lo que ha hecho u omitido por el gran bien de la unidad plena y visible de todos sus discípulos.

El actual Sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona por esa exigencia y está dispuesto a hacer todo lo posible para promover la causa prio­ritaria del ecumenismo. Siguiendo las huellas de sus predecesores, está plena­mente decidido a impulsar toda iniciati­va que pueda parecer oportuna para fo­mentar los contactos y el entendimiento con los representantes de las diferentes Iglesias y comunidades eclesiales. Más aún, a ellos les dirige, también en esta ocasión, el saludo más cordial en Cris­to, único Señor de todos.

Misión del Papa: hacer resplandecer la Luz de Cristo

En este momento, vuelvo con la me­moria a la inolvidable experiencia que hemos vivido todos con ocasión de la muerte y las exequias del llorado Juan Pablo II.

En torno a sus restos mortales, de­positados en la tierra desnuda, se re­unieron jefes de naciones, personas de todas las clases sociales, y especial­mente jóvenes, en un inolvidable abra­zo de afecto y admiración. El mundo entero con confianza dirigió a él su mi­rada. A muchos les pareció que esa in­tensa participación, difundida hasta los confines del planeta por los medios de comunicación social, era como una pe­tición común de ayuda dirigida al Papa por la humanidad actual, que, turbada por incertidumbres y temores, se plan­tea interrogantes sobre su futuro.

La Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia de su deber de volver a proponer al mundo la voz de Aquel que dijo: “Yo soy la luz del mun­do; el que me siga no caminará en la os­curidad, sino que tendrá la luz de la vi­da” (Jn 8, 12). Al iniciar su ministerio, el nuevo Papa sabe que su misión es hacer que resplandezca ante los hom­bres y las mujeres de hoy la luz de Cris­to: no su propia luz, sino la de Cristo.

Con esta conciencia me dirijo a to­dos, también a los seguidores de otras religiones o a los que simplemente buscan una respuesta al interrogante fundamental de la existencia humana y todavía no la han encontrado. Me di­rijo a todos con sencillez y afecto, pa­ra asegurarles que la Iglesia quiere se­guir manteniendo con ellos un diálogo abierto y sincero, en busca del verda­dero bien del hombre y de la sociedad.

Paz y desarrollo social

Pido a Dios la unidad y la paz para la familia humana y reafirmo la dispo­nibilidad de todos los católicos a cola­borar en el auténtico desarrollo social, respetuoso de la dignidad de todo ser humano.

No escatimaré esfuerzos ni empeño para proseguir el prometedor diálogo entablado por mis venerados predece­sores con las diferentes culturas, para que de la comprensión recíproca naz­can las condiciones de un futuro me­jor para todos.

Los jóvenes, futuro de la Iglesia y de la humanidad

Pienso de modo especial en los jó­venes. A ellos, que fueron los interlo­cutores privilegiados del Papa Juan Pablo II, va mi afectuoso abrazo, a la espera de encontrarme con ellos, si Dios quiere, en Colonia, con ocasión de la próxima Jornada mundial de la juventud. Queridos jóvenes, que sois el futuro y la esperanza de la Iglesia y de la humanidad, seguiré dialogan­do con vosotros, escuchando vues­tras expectativas para ayudaros a co­nocer cada vez con mayor profundi­dad a Cristo vivo, que es eternamen­te joven.

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

Esta invocación, que constituye el tema principal de la carta apostólica de Juan Pablo II para el Año de la Eu­caristía, es la oración que brota de mo­do espontáneo de mi corazón, mien­tras me dispongo a iniciar el ministerio al que me ha llamado Cristo.

Como Pedro, también yo le renue­vo mi promesa de fidelidad incondicio­nal. Sólo a Él quiero servir dedicándo­me totalmente al servicio de su Iglesia.

“Invoco la materna intercesión de María”

Para poder cumplir esta promesa, invoco la materna intercesión de Ma­ría Santísima, en cuyas manos pongo el presente y el futuro de mi persona y de la Iglesia. Que intercedan también con su oración los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos.

 

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