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Fe, entusiasmo y amor a la Eucaristía

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

Con miras a la conclusión del Año de la Eucaristía, y como preparativo a la Asamblea ordinaria del Sínodo, Benedicto XVI ha aprovechado muchas alocuciones de septiembre para avivar en presbíteros y fieles un amor creciente a la Eucaristía.

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 Fe, entusiasmo y amor a la Eucaristía

 

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ASIDUA Y FERVOROSA PARTICIPACIÓN EN LA EUCARISTÍA
(Ángelus 4/9/2005)

El Año de la Eucaristía se acerca ya a su conclusión. Se clausurará, el próximo mes de octubre, con la celebración de la Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos en el Vaticano, que tendrá por tema: “La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia”.

Juan Pablo II y la Eucaristía

El amado Papa Juan Pablo II convocó este Año especial dedicado al Misterio eucarístico, para reavivar en el pueblo cristiano la fe, el asombro y el amor a este gran Sacramento, que constituye el verdadero tesoro de la Iglesia.

¡Con cuánta devoción celebraba él la santa misa, centro de todas sus jornadas!

¡Y cuánto tiempo transcurría en oración silenciosa y adoración ante el Sagrario! Durante los últimos meses, la enfermedad lo configuró cada vez más con Cristo sufriente.

Conmueve pensar que en la hora de la muerte unió la ofrenda de su vida a la de Cristo en la misa que se celebra ba junto a su cama. Su existencia terrena terminó en la octava de Pascua, precisamente en el centro de este Año eucarístico, en el que se realizó el paso de su gran pontificado al mío. Por tanto, desde el inicio de este servicio que el Señor me ha pedido, reafirmo con alegría el carácter central del Sacramento de la presencia real de Cristo en la vida de la Iglesia y en la de todo cristiano.

Participar en la Asamblea sinodal con la oración y la reflexión

Con vistas a la Asamblea sinodal de octubre, los obispos que participa- celebrarán como miembros están examinando el “Instrumento de trabajo” elaborado para ella. Pero deseo que toda la comunidad eclesial se sienta implicada en esta fase de preparación inmediata, y participe con la oración y la reflexión, valorando cualquier ocasión, acontecimiento y encuentro.

La Eucaristía y los jóvenes

También en la reciente Jornada mundial de la juventud se hicieron muchísimas referencias al misterio de la Eucaristía.

Pienso, por ejemplo, en la sugestiva Vigilia de la tarde del sábado 20 de agosto, en Marienfeld, que tuvo su momento culminante en la adoración eucarística: una elección valiente, que hizo converger la mirada y el corazón de los jóvenes en Jesús, presente en el Santísimo Sacramento. Además, recuerdo que durante aquellas memorables jornadas, en algunas iglesias de Colonia, Bonn y Düsseldorf se tuvo adoración continua, día y noche, con la participación de muchos jóvenes, que así pudieron descubrir juntos la belleza de la oración contemplativa.

Confío en que, gracias al compromiso de pastores y fieles, en todas las comunidades sea cada vez más asidua y fervorosa la participación en la Eucaristía.

LA EUCARISTÍA, MARÍA Y LA CRUZ
(Ángelus 11/9/2005)

El próximo miércoles, 14 de septiembre, celebraremos la fiesta litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz. En el Año dedicado a la Eucaristía, esta fiesta adquiere un significado particular: nos invita a meditar en el profundo e indisoluble vínculo que une la celebración eucarística y el misterio de la cruz. En efecto, toda santa misa actualiza el sacrificio redentor de Cristo.

La señal de la cruz, un “sí” visible y público a Jesús 

Al Gólgota y a la “hora” de la muerte en la cruz –escribió el amado Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucaristía – “vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la santa misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella” (n. 4).

Por tanto, la Eucaristía es el memorial de todo el misterio pascual: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al cielo, y la cruz es la conmovedora manifestación del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios salvó al hombre y al mundo del pecado y de la muerte.

Por eso, la señal de la cruz es el gesto fundamental de nuestra oración, de la oración del cristiano.

Hacer la señal de la cruz –como haremos ahora con la bendición– es pronunciar un sí visible y público a Aquel que murió por nosotros y resucitó, al Dios que en la humildad y debilidad de su amor es el Todopoderoso, más fuerte que todo el poder y la inteligencia del mundo.

La Eucaristía, misterio de muerte y de gloria

Después de la consagración, la asamblea de los fieles, consciente de estar en la presencia real de Cristo crucificado y resucitado, aclama: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.

Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, como Tomás, llena de asombro, puede repetir: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria como la cruz, que no es un accidente, sino el paso a través del cual Cristo entró en su gloria (cf. Lc 24, 26) y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad. Por eso, la liturgia nos invita a orar con confianza y esperanza: “ Mane nobiscum, Domine! –¡Quédate con nosotros, Señor, que con tu santa cruz redimiste al mundo!”

María nos enseña a vivir la santa misa con fe y amor

María, presente en el Calvario junto a la cruz, está también presente, con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas (cf. Ecclesia de Eucharistia, 57).
Por eso, nadie mejor que ella puede enseñarnos a comprender y vivir con fe y amor la santa misa, uniéndonos al sacrificio redentor de Cristo. Cuando recibimos la sagrada comunión también nosotros, como María y unidos a ella, abrazamos el madero que Jesús con su amor transformó en instrumento de salvación, y pronunciamos nuestro “amén”, nuestro “sí” al Amor crucificado y resucitado.

LA EUCARISTÍA, SECRETO DE LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES
(Ángelus 18/9/2005)

Mientras está a punto de terminar el Año de la Eucaristía, quisiera retomar un tema particularmente importante, que interesaba mucho también a mi venerado predecesor Juan Pablo II: la relación entre la santidad –senda y meta del camino de la Iglesia y de todo cristiano– y la Eucaristía.

Ante todo, un adorador de la Eucaristía

En particular, mi pensamiento va hoy a los sacerdotes, para subrayar que precisamente en la Eucaristía radica el secreto de su santificación. En virtud de la ordenación sagrada, el sacerdote recibe el don y el compromiso de repetir sacramentalmente los gestos y las palabras con las que Jesús, en la última Cena, instituyó el memorial de su Pascua.
Entre sus manos se renueva este gran milagro de amor, del que él está llamado a ser testigo y anunciador cada vez más fiel (cf. Mane nobiscum Domine , 30). Por eso, el presbítero ante todo debe adorar y contemplar la Eucaristía, desde el momento mismo en que la celebra.

Sabemos bien que la validez del sacramento no depende de la santidad del celebrante, pero su eficacia será tanto mayor, para él mismo y para los demás, cuanto más lo viva con fe profunda, amor ardiente y ferviente espíritu de oración.

Un hombre lleno de celo transforma un pueblo

Durante el año, la liturgia nos presenta como ejemplos a santos ministros del altar, que han sacado la fuerza para imitar a Cristo de la intimidad diaria con él en la celebración y en la adoración eucarística.

Hace algunos días celebramos la memoria de san Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla a finales del siglo IV. Fue definido “boca de oro” por su extraordinaria elocuencia; pero fue llamado también “doctor eucarístico”, por la amplitud y profundidad de su doctrina sobre el Santísimo Sacramento.

La “divina liturgia” que más se celebra en las Iglesias orientales lleva su nombre, y su lema: “basta un hombre lleno de celo para transformar un pueblo”, muestra cuán eficaz es la acción de Cristo a través de sus ministros.

En nuestra época, sobresale la figura de san Pío de Pietrelcina, al que recordaremos el viernes próximo. Cuando celebraba la santa misa, revivía con tal fervor el misterio del Calvario, que edificaba la fe y la devoción de todos.

También los estigmas, que Dios le donó, eran expresión de su íntima configuración con Jesús crucificado.

Además, al pensar en los sacerdotes enamorados de la Eucaristía, no se puede olvidar a san Juan María Vianney, humilde párroco de Ars en tiempos de la Revolución Francesa. Con la santidad de su vida y su celo pastoral, logró convertir aquella aldea en un modelo de comunidad cristiana animada por la palabra de Dios y los sacramentos.

Nos dirigimos ahora a María, orando en especial por los sacerdotes de todo el mundo, para que saquen como fruto de este Año de la Eucaristía un amor renovado al Sacramento que celebran. Que por intercesión de la Virgen Madre de Dios vivan y testimonien siempre el misterio puesto en sus manos para la salvación del mundo.

EUCARISTÍA Y CARIDAD
(Ángelus 25/9/2005) 

Prosiguiendo la reflexión sobre el misterio eucarístico, corazón de la vida cristiana, hoy quisiera ilustrar el vínculo entre la Eucaristía y la caridad. “Caridad” no significa en primer lugar el acto o el sentimiento benéfico, sino el don espiritual, el amor de Dios que el Espíritu Santo infunde en el corazón humano y que lo impulsa a entregarse a su vez a Dios mismo y al prójimo (cf. Rm 5, 5).

Toda la existencia terrena de Jesús, desde su concepción hasta su muerte en la cruz, fue un único acto de amor, hasta tal punto que podemos resumir nuestra fe con estas palabras: Iesus charitas , Jesús Amor. En la última Cena, sabiendo que “había llegado su hora” (Jn 13, 1), el divino Maestro dio a sus discípulos el ejemplo supremo de amor, lavándoles los pies, y les confió su más preciosa herencia, la Eucaristía, en la que se concentra todo el misterio pascual.

En la Eucaristía, el Señor se entrega a nosotros con su cuerpo, su alma y su divinidad, y nosotros llegamos a ser una sola cosa con él y entre nosotros.

Por eso, nuestra respuesta a su amor debe ser concreta, debe expresarse en una auténtica conversión al amor, en el perdón, en la acogida recíproca y en la atención a las necesidades de todos.

Así, la Eucaristía se transforma en el manantial de la energía espiritual que renueva nuestra vida de cada día y renueva así también el mundo en el amor de Cristo.

 

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