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Cristo es la verdadera paz

Publicado 2009/02/01
Autor : Redacción

En un discurso a la Curia Romana, el Santo Padre realiza una evaluación sintetizada de sus viajes apostólicos durante el 2006 y apunta los principales males que afligen al mundo, y sobre todo al alma del hombre contemporáneo.

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 Cristo es la verdadera paz

 

Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama” (Lc 2, 14).

Este saludo del ángel a los pastores en la noche del nacimiento de Jesús en Belén revela una conexión inseparable entre la relación de los hombres con Dios y su relación mutua. La paz en la tierra no puede lograrse sin la reconciliación con Dios, sin la armonía entre el cielo y la tierra.

Esta correlación del tema de “Dios” con el tema de la “paz” fue el aspecto fundamental de los cuatro viajes apostólicos de este año, a los que quiero referirme en este momento.

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Viaje a Polonia: deber de gratitud

Ante todo tuvo lugar la visita pastoral a Polonia, país natal de nuestro amado Papa Juan Pablo II. El viaje a su patria era para mí un íntimo deber de gratitud por todo lo que me dio personalmente a mí, y sobre todo por lo que dio a la Iglesia y al mundo, durante el cuarto de siglo de su servicio.

Su don más grande para todos nosotros fue su fe inquebrantable y el radicalismo de su entrega. En su lema, Totus Tuus , se reflejaba todo su ser.

Sí, se entregó sin reservas a Dios, a Cristo, a la Madre de Cristo y a la Iglesia, al servicio del Redentor y de la redención del hombre. No se reservó nada; se dejó consumir totalmente por la llama de la fe. Nos mostró cómo, siendo hombre de nuestro tiempo, se puede creer en Dios, en el Dios vivo que se hizo cercano a nosotros en Cristo. Nos mostró que es posible una entrega definitiva y radical de toda la vida y que, precisamente al entregarse, la vida se hace grande, amplia y fecunda.

Una fiesta de la catolicidad

En Polonia, en todos los lugares que visité, encontré la alegría de la fe. Allí se podían experimentar como una realidad las palabras que el escriba Esdras dirigió al pueblo de Israel recién vuelto del destierro, en medio de la miseria del nuevo inicio: “La alegría del Señor es vuestra fortaleza” (Neh 8, 10). Me impresionó profundamente la gran cordialidad con que fui acogido por doquier.

La gente veía en mí al Sucesor de Pedro, a quien está encomendado el ministerio pastoral para toda la Iglesia.

Veían a aquel a quien, a pesar de toda su debilidad humana, se dirige hoy como entonces la palabra del Señor resucitado: “Apacienta mis ovejas” (cf. Jn 21, 15-19); veían al sucesor de aquel a quien Jesús dijo cerca de Cesarea de Filipo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Pedro, por sí mismo, no era una roca, sino un hombre débil e inconstante. Sin embargo, el Señor quiso convertirlo precisamente a él en piedra, para demostrar que, a través de un hombre débil, es él mismo quien sostiene con firmeza a su Iglesia y la mantiene en la unidad.

Así, la visita a Polonia fue para mí, en el sentido más profundo, una fiesta de la catolicidad. Cristo es nuestra paz, que reúne a los separados: él es la reconciliación, por encima de todas las diferencias de las épocas históricas y de las culturas. Mediante el ministerio petrino experimentamos esta fuerza unificadora de la fe que, partiendo de los numerosos pueblos, construye continuamente el único pueblo de Dios.

Una Europa que parece querer despedirse de Dios

El viaje a España, a Valencia, se centró en el tema del matrimonio y de la familia. Fue hermoso escuchar, ante la asamblea de personas de todos los continentes, el testimonio de cónyuges que, bendecidos con muchos hijos, se presentaron delante de nosotros y hablaron de sus respectivos caminos en el sacramento del matrimonio y en sus familias numerosas. […]

Ante estas familias con sus hijos, ante estas familias en las que las generaciones se dan la mano y en las que el futuro está presente, el problema de Europa, que aparentemente casi ya no quiere tener hijos, me penetró en el alma.

Para un extraño, esta Europa parece exhausta; más aún, da la impresión de querer despedirse de la historia.

¿Por qué están así las cosas? Esta es la gran pregunta. Seguramente las respuestas son muy complejas. […]

Crisis de alma del hombre moderno

Pero el problema es aún más profundo. El hombre de hoy siente gran incertidumbre con respecto a su futuro.

¿Se puede enviar a alguien a ese futuro incierto? En definitiva, ¿es algo bueno ser hombre? Tal vez esta profunda incertidumbre acerca del hombre mismo –juntamente con el deseo de tener la vida totalmente para sí mismos– es la razón más profunda por la que el riesgo de tener hijos se presenta a muchos como algo prácticamente insostenible.

De hecho, sólo podemos transmitir la vida de modo responsable si somos capaces de transmitir algo más que la simple vida biológica, es decir, un sentido que sostenga también en las crisis de la historia futura y una certeza en la esperanza que sea más fuerte que las nubes que ensombrecen el porvenir.

Si no aprendemos nuevamente los fundamentos de la vida, si no descubrimos de nuevo la certeza de la fe, cada vez nos resultará menos posible comunicar a otros el don de la vida y la tarea de un futuro desconocido.

Por último, también está unido a lo anterior el problema de las decisiones definitivas: ¿el hombre puede vincularse para siempre?, ¿puede decir un “sí” para toda la vida”? Sí puede. Ha sido creado para esto. Precisamente así se realiza la libertad del hombre y así se crea también el ámbito sagrado del matrimonio, que se ensancha al convertirse en familia y construye futuro.

Olvido de Dios, el gran problema de Occidente

Proseguimos mentalmente hacia Baviera: Munich, Altötting, Ratisbona y Freising. Allí viví las hermosas e inolvidables jornadas del encuentro con la fe y con los fieles de mi patria. El gran tema de mi viaje a Alemania fue Dios. La Iglesia debe hablar de muchas cosas: de todas las cuestiones relacionadas con el ser del hombre, con su estructura y su ordenamiento, etc. Pero su tema verdadero, y en varios aspectos único, es “Dios”. Y el gran problema de Occidente es el olvido de Dios: es un olvido que se difunde.

Estoy convencido de que todos los problemas particulares pueden remitirse, en última instancia, a esta pregunta.

El sacerdote es el hombre de Dios

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San Pablo llama a Timoteo –y en él al obispo, y en general al sacerdote– “hombre de Dios” (1 Tm 6, 11).

La misión fundamental del Sacerdote consiste en llevar a Dios a los hombres.

Ciertamente, sólo puede hacerlo si él mismo viene de Dios, si vive con Dios y de Dios. […]

El sacerdote debe conocer realmente a Dios desde su interior y así saberlo llevarlo a los hombres: este es el servicio principal que la humanidad necesita hoy. Si en una vida sacerdotal se pierde esta centralidad de Dios, se vacía progresivamente también el celo de la actividad. En el exceso de las cosas externas, falta el centro que da sentido a todo y lo conduce a la unidad.

Falta allí el fundamento de la vida, la “tierra” sobre la que todo esto puede estar y prosperar.

Verdadero fundamento del celibato

El celibato, vigente para los obispos en toda la Iglesia oriental y occidental, y, según una tradición que se remonta a una época cercana a la de los Apóstoles, en la Iglesia latina para los sacerdotes en general, sólo se puede comprender y vivir, en definitiva, sobre la base de este planteamiento de fondo. Las razones puramente pragmáticas, la referencia a la mayor disponibilidad, no bastan.
Esa mayor disponibilidad de tiempo fácilmente podría llegar a ser también una forma de egoísmo, que se ahorra los sacrificios y las molestias necesarias para aceptarse y soportarse mutuamente en el matrimonio; de esta forma, podría llevar a un empobrecimiento espiritual o a una dureza de corazón.

El verdadero fundamento del celibato sólo puede quedar expresado en la frase: “Dominus pars [hereditatis meae]” , “Tú eres el lote de mi heredad”.

Sólo puede ser teocéntrico. No puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo puede tener sentido a partir de Dios. Fundar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres.

Nuestro mundo –que se ha vuelto totalmente positivista, en el cual Dios sólo encuentra lugar como hipótesis, pero no como realidad concreta– necesita apoyarse en Dios del modo más concreto y radical posible.

Necesita el testimonio que da de Dios quien decide acogerlo como tierra en la que se funda su propia vida.

Por eso precisamente hoy, en nuestro mundo actual, el celibato es tan importante, aunque su cumplimiento en nuestra época se vea continuamente amenazado y puesto en tela de juicio.

Hace falta una preparación esmerada durante el camino hacia este objetivo; un acompañamiento continuo por parte del obispo, de amigos sacerdotes y de laicos, que sostengan juntos este testimonio sacerdotal. Hace falta la oración que invoque sin cesar a Dios como el Dios vivo y se apoye en él tanto en los momentos de confusión como en los de alegría. De este modo, contrariamente a la tendencia cultural que trata de convencernos de que no somos capaces de tomar esas decisiones, este testimonio se puede vivir y así puede volver a introducir a Dios como realidad en nuestro mundo. […]

Diálogo con el Islam

La visita a Turquía me brindó la ocasión de manifestar también públicamente mi verdaderaPaz3.jpgrespeto por la religión islámica, un respeto, por lo demás, que el concilio Vaticano II (cf. Nostra aetate , 3) indicó como la actitud que debemos tomar.

En este momento quiero expresar una vez más mi gratitud a las autoridades de Turquía y al pueblo turco, que me acogió con una hospitalidad tan grande y me hizo vivir días inolvidables de encuentro.

En el diálogo con el islam, que es preciso intensificar, debemos tener presente que el mundo musulmán se encuentra hoy con gran urgencia ante una tarea muy semejante a la que se impuso a los cristianos desde los tiempos de la Ilustración y que el concilio Vaticano II, como fruto de una larga y ardua búsqueda, llevó a soluciones concretas para la Iglesia Católica. […]

Cristo es la verdadera paz

Et erit iste pax : “Él será la paz”, dice el profeta Miqueas (Mi 5, 4) refiriéndose al futuro dominador de Israel, cuyo nacimiento en Belén anuncia. A los pastores que apacentaban sus ovejas en los campos cercanos a Belén los ángeles les dijeron: el Esperado ha llegado.

“Paz en la tierra a los hombres” (Lc 2, 14). Él mismo, Cristo, el Señor, dijo a sus discípulos: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27). A partir de estas palabras se formó el saludo litúrgico: “La paz esté con vosotros”.

Esta paz, que se comunica en la liturgia, es Cristo mismo. Él se nos da como la paz, como la reconciliación, superando toda frontera. Donde es acogido, surgen islas de paz.

Los hombres hubiéramos querido que Cristo eliminara de una vez para siempre toda las guerras, destruyera las armas y estableciera la paz universal.

Pero debemos aprender que la paz no puede alcanzarse únicamente desde fuera con estructuras y que el intento de establecerla con la violencia sólo lleva a una violencia siempre nueva. Debemos aprender que la paz, como decía el ángel de Belén, implica eudokia , abrir nuestro corazón a Dios. Debemos aprender que la paz sólo puede existir si se supera desde dentro el odio y el egoísmo. El hombre debe renovarse desde su interior; debe renovarse y ser distinto. Así, la paz en este mundo sigue siendo débil y frágil. Y nosotros sufrimos las consecuencias.

Precisamente por eso estamos llamados, mucho más aún, a dejar que la paz de Dios penetre en nuestro interior y a llevar su fuerza al mundo. En nuestra vida debe realizarse lo que en el bautismo aconteció sacramentalmente en nosotros: la muerte del hombre viejo y el nacimiento del nuevo. Y seguiremos pidiendo al Señor con gran insistencia: “Sacude los corazones. Haznos hombres nuevos. Ayuda para que la razón de la paz triunfe sobre la irracionalidad de la violencia. Haznos portadores de tu paz.”

Que nos obtenga esta gracia la Virgen María, a la que os encomiendo a vosotros y vuestro trabajo.

(Resumen del discurso a la Curia Romana del 22/12/2006)

 

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