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Lugares del Mundo

Un sueño hecho realidad

Publicado 2016/11/18
Autor : Hna. Elizabeth Verónica MacDonald, EP

La Santísima Virgen no es la patrona de las obras inacabadas. Cuando un celoso sacerdote se resolvió a erguir una magnífica iglesia para honrarla, Ella no lo desamparó...

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La Basílica y Santuario Nacional de Nuestra Señora de las Victorias, de Estados Unidos, es innegablemente una obra arquitectónica de enorme categoría. Su imponente fachada está revestida de mármol blanco americano y su interior está embellecido con 46 tipos de mármoles llevados desde Italia. Su cúpula de 24 metros era, en la época que la construyeron, la segunda más grande del país, superada únicamente por el Capitolio de Washington.

Suntuoso templo a la Reina del Cielo

Rico en atributos artísticos, el santuario representa una cálida expresión de amor a la Santísima Virgen y despierta la piedad en todos los que cruzan su umbral. La puerta principal recibe al peregrino con una hermosa imagen de Nuestra Señora de las Victorias, anuncio de la que, bajo un baldaquino de columnas helicoidales de mármol rojo español, preside el altar mayor. Esculpida en una sola pieza de mármol de casi tres metros de altura, esta bella copia de la célebre imagen francesa fue bendecida personalmente por el Papa Pío XI antes de ser enviada a América.

Una serie de armónicos detalles deja entrever las nobles disposiciones de alma de quien concibió ese recinto sagrado: el Venerable Nelson H. Baker, conocido y querido en aquel pequeño rincón del estado de Nueva York como el padre de los pobres. Del padre Baker fue la idea de colocar imágenes de ángeles -los fieles ejecutores de la voluntad de la Reina del Cielo- por todas las partes de la iglesia. Se calcula que hay entre 1.500 y 2.500.

Debido a su empeño personal, los 200 vitrales representan episodios de la vida de la Virgen María. Además, como no quería un material tocado aún por manos humanas para montar en el transepto sur una réplica de la gruta de Lourdes, consiguió una roca volcánica del monte Vesubio. ¿Cómo fue posible, en la tercera década del siglo pasado, levantar en una pequeña ciudad industrial esa imponente iglesia, designada como uno de los santuarios más grandes de América del Norte en el decreto papal de elevación a basílica menor? ¿Qué le llevó al abnegado sacerdote y paladín de los pobres a erguir tan suntuoso templo a la Reina del Cielo?

"Consagraré toda mi vida a tu servicio"

Corría el año de 1874 cuando Baker, por entonces seminarista, se encontraba de peregrinación en el Viejo Continente. Al entrar en la basílica de Nuestra Señora de las Victorias, de París, le llamó mucho la atención la viva manifestación de piedad de la gente que había a su alrededor; arrebatado por el imponderable ambiente sobrenatural que reinaba, cayó de rodillas ante la imagen de la Virgen y tomó una resolución: "De ahora en adelante consagraré toda mi vida a tu servicio.

Dedicaré todos mis pensamientos y acciones a tu nombre. Difundiré la devoción a Nuestra Señora de las Victorias en toda América".1

Basílica y Santuario Nacional de Nuestra Señora de las Victorias, de Estados Unidos.

Sentido empresarial y filial confianza

Al regresar a su tierra natal, Nueva York, los buenos propósitos formulados en la lejana Francia fueron puestos a prueba. La primera incumbencia que recibió después de su ordenación sacerdotal, en 1876, fue la de asistente del párroco de Limestone Hill, actual Lackawanna.

La parroquia contaba con una iglesia y dos grandes institutos: uno para niños huérfanos y otro para indigentes, ambos cargados de deudas. Tras haber sido nombrado, en 1882, párroco y superintendente de esas dos instituciones, se lanzó decididamente a la tarea de consolidar aquella situación financiera, valiéndose para ello de su agudo sentido empresarial y de su filial confianza en la Virgen.

Consiguió varios listados con nombres y direcciones de damas católicas de todo el país y envió miles de cartas, todas manuscritas, solicitándoles ayuda para el sustento de los niños que tenía a su cargo. Les invitaba a que formaran parte de la Asociación de Nuestra Señora de las Victorias, que él había fundado, contribuyendo con una pequeña aportación anual. Profundamente convencido de que cualquier obra destinada a remediar los males sociales ante todo ha de ser una labor espiritual, no se cansaba de predicar sobre la eficacia de la intercesión de la Virgen. "María es muy poderosa y omnipotente en el Cielo; a Ella le obedecen no sólo los ángeles, sino Dios mismo [...].

Piense ahora lo que puede hacer en la tierra, si tan poderosa es en el Cielo. Todo el poder le ha sido dado en el Cielo y en la tierra",2 escribió una vez a sus colaboradores. El padre Baker fue, por tanto, un pionero en el uso de la correspondencia masiva para la obtención de fondos. Y con excelentes resultados, porque en pocos años las instituciones caritativas de Limestone Hill se hallaron libres de deudas y en plena expansión.

Se formó en ese lugar una verdadera "ciudad de la caridad" que perdura hasta nuestros días.

Su sueño se hace realidad

Las intensas actividades apostólicas del padre Baker no enfriaron en su corazón el anhelo de edificar una esplendorosa iglesia en homenaje a Nuestra Señora de las Victorias. Muy por el contrario, ese ardiente deseo no hizo más que aumentar a lo largo de las décadas, hasta que comenzó a realizarse el 7 de mayo de 1921, cuando contaba con casi 80 años de edad.

Ese día celebró la última Misa en la pequeña y desgastada iglesia parroquial, que inmediatamente después fue demolida para dejar espacio al nuevo edificio. Con la seguridad del que nada pide para sí mismo, se dirigió una vez más a sus fieles colaboradores, animándoles a que cada uno diera lo que pudiese para levantar un santuario en honor de María. Donativos pequeños y grandes afluyeron de todo el país.

El padre Baker trabajó intensamente en estrecha colaboración con el arquitecto franco-americano Emile Ulrich, que contaba con buenos contactos en Europa, y en tan sólo cinco años su sueño se hizo realidad: un magnífico edificio sacro, que compite en esplendor con muchos de sus similares europeos, se erguía en el mismo sitio de la antigua parroquia. También se llevó a cabo otro de sus anhelos: el precio total de la construcción fue pagado íntegramente antes de la consagración del santuario, que tuvo lugar el 25 de mayo de 1926.

Y como de costumbre, el padre Baker esquivaba los elogios por tan notable logro diciendo con toda sencillez que la directora de las obras había sido la Virgen... Dos meses después de la consagración, el Papa Pío XI elevó la iglesia a la categoría de basílica menor.


Basílica y de la imagen de Nuestra Señora de las Victorias
Basílica y de la imagen de Nuestra Señora de las Victorias

Basílica y Santuario Nacional de Nuestra Señora de las Victorias, Estados Unidos.

Cada árbol se conoce por su fruto

Los últimos años de su ministerio sacerdotal fueron motivo de gran consuelo, porque pudo constatar cómo la gracia divina actuaba en las almas a través del bendecido ambiente del templo. La hermosa basílica ejerció, por ejemplo, una fuerte atracción sobre los numerosos obreros del sur del país que, durante la crisis económica de 1930, se dirigían a Lackawanna en busca de empleo en la gran industria metalúrgica que allí existía. Tanto más que, al traspasar el umbral, se encontraban con un bondadoso sacerdote nonagenario que se interesaba por sus necesidades materiales y espirituales, y a muchos llevó a las aguas del Bautismo.

Y hasta hoy, al continuo flujo de peregrinos que visitan el santuario donde descansan sus restos mortales, el padre Baker les ofrece una "limosna espiritual": una invitación a acercarse a la Santísima Virgen. La Basílica y Santuario Nacional de Nuestra Señora de las Victorias ilustra muy bien la enseñanza del divino Maestro a propósito del grano de mostaza (cf. Lc 17, 6; Mt 17, 20): mientras haya almas con fe María actúa y actuará, produciendo maravillas de creciente belleza y osadía, porque la victoria está siempre con Ella. ²

1 RUBERTO, René. Father Baker, Folk Hero: Legendary Study of the Life of Nelson H. Baker, apud GRIBBLE, Richard. Father Nelson Baker and the Blessed Virgin Mary: A Lifetime of Devotion. In: Marian Studies. Dayton, OH. N.º 62 (2011); p. 100.
2 BAKER, Nelson H., apud GRIBBLE, op. cit., p. 112.

 

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