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La Voz del Papa

Renovar todas las cosas en Cristo

Publicado 2016/11/22
Autor : San Pío X

En nuestras obras y palabras sean santamente honrados y respetados el derecho de Dios y su poder de gobernar. Y esto no sólo es exigido por el deber impuesto por la naturaleza, sino también por el interés común del género humano.

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En el momento de dirigiros la palabra por primera vez desde lo alto de esta cátedra apostólica, a la cual, por un inescrutable designio de Dios, hemos sido elevados, no hace falta recordar con cuántas lágrimas y oraciones hemos intentado rechazar esta pesada carga del Pontificado. [...]

Sin embargo, puesto que a Dios le agradó elevar Nuestra humildad a esta plenitud de poder, dirigimos el espíritu hacia Aquel que Nos conforta; y poniendo manos a la obra, sustentados por la virtud divina, declaramos que en el ejercicio del Pontificado tenemos un solo propósito:

"Renovar todas las cosas en Cristo" (Ef 1, 10), para que Cristo sea "todo, y en todos" (Col 3, 11).

Habrá sin duda quienes, aplicando a las cosas divinas una medida humana, intentarán escudriñar Nuestras íntimas intenciones y convertirlas en puntos de vista terrenos e intereses de partido. Para alejar de ellos toda vana esperanza, afirmamos con gran determinación que Nos no queremos ser, y con la ayuda de Dios nada seremos ante la sociedad humana, sino un Ministro de Dios, que Nos ha investido de su autoridad. [...]

Se pretende suprimir el recuerdo y la noción de Dios

San Pío X en su despacho
Donde Dios está ausente, la
justicia está desterrada; y
quitada del medio la justicia,
en vano se nutre la
esperanza de paz.
De hecho, las naciones se amotinan y los pueblos trazan planes vanos contra su Creador (cf. Sal 2, 1), y casi unánime es el grito de los enemigos de Dios: "Apártate de nosotros" (Jb 21, 14).

Por lo que se ha extinguido del todo en la mayor parte la reverencia al Dios eterno. En los estilos de vida, tanto en lo privado como en lo público, no se tiene en cuenta el principio de su suprema voluntad. Además, con denodado esfuerzo y toda clase de maquinaciones se tiende a suprimir completamente incluso el recuerdo y la noción de Dios.

Quien considera esto debe temer también que esta perversión de las almas es como una especie de ensayo, casi un anticipo, de los males que están previstos para el fin de los tiempos; y que el "hijo de la perdición" (2 Ts 2, 3) del que habla el Apóstol ya pisa esta tierra.

Con gran audacia, con enorme furia se ataca por todas partes la piedad religiosa, se contestan los dogmas de la fe revelada, se intenta obstinadamente suprimir y destruir cualquier relación que medie entre el hombre y Dios. Y, en efecto, en una actitud que, según el mismo Apóstol, es propia del Anticristo, el hombre, con inaudita temeridad, ha usurpado el lugar del Creador, elevándose por encima de todo lo que lleva el nombre de Dios; hasta el punto de que, incapaz de extinguir por completo en sí la noción de Dios, rechaza no obstante el yugo de su majestad, y se dedica a él mismo este mundo visible a modo de templo, donde pretende ofrecerse a la adoración de sus semejantes. Se instala en el santuario de Dios, proclamándose él mismo Dios (cf. 2 Ts 2, 4).

La victoria siempre está de parte de Dios

Pero nadie en su sano juicio puede poner en duda cuál será el desenlace de esta batalla que están librando los pobres mortales contra Dios. Ciertamente al hombre se le permite, en abuso de su propia libertad, violar el derecho y la autoridad del Creador del universo; sin embargo, la victoria siempre está de parte de Dios: incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo.

Dios mismo nos advierte en la Sagrada Escritura que pasa "por alto los pecados de los hombres" (Sb 11, 23), como olvidado de su poder y de su majestad; pero luego, tras esta aparente retirada, despertará "como de un sueño, como un soldado vencido por el vino" (Sal 77, 65), y aplastará "las cabezas de sus enemigos" (Sal 67, 22) para que todos sepan que "el rey de toda la tierra es Dios" (Sal 46, 8), y "aprendan los pueblos que no son más que hombres" (Sal 9, 21).

No hay más que un partido: el de los seguidores de Dios

Todo esto, Venerables Hermanos, es parte de nuestra firme fe y de nuestras expectativas. Sin embargo, esta confianza no nos dispensa, en aquello que depende de nosotros, de favorecer la realización de la obra de Dios, y que no sea solamente insistiendo en la oración: "Levántate, Señor, que el hombre no triunfe" (Sal 9, 20).

En verdad, lo que más interesa es que en las obras y en las palabras, a plena luz, discutiendo y reivindicando el supremo dominio de Dios sobre los hombres y sobre todas las demás criaturas, sean santamente honrados y respetados por todos su derecho y su poder de gobernar. Y esto no sólo es exigido por el deber impuesto por la naturaleza, sino también por el interés común del género humano.

¿Quién, de hecho, Venerables Hermanos, no se sentiría perturbado por el temor y la angustia al ver que la mayoría de los hombres -mientras exaltan, con justo título, sus progresos- combaten atrozmente entre ellos que parece una guerra de todos contra todos?
El deseo de paz es ciertamente un sentimiento común a todos, y no hay nadie que no la reclame con vehemencia. La paz, sin embargo, una vez que se rechaza a Dios, es absurdamente invocada: donde Dios está ausente, la justicia está desterrada; y quitada del medio la justicia, en vano se nutre la esperanza de paz. "La obra de la justicia será la paz" (Is 32, 17).

Sabemos que no son pocos los que, movidos por amor a la paz, e incluso a la tranquilidad y al orden, se agrupan en asociaciones y facciones que se definen como "partido del orden". ¡Oh, qué vanas esperanzas y preocupaciones! De los partidos del orden, que pueden traer la verdadera paz a las perturbaciones, no hay más que uno: el partido de los seguidores de Dios. [...]

La piedad aprovecha para todo

Desde luego que si en las ciudades y en cada pueblo se siguieran fielmente las enseñanzas divinas, si se honraran las cosas sagradas, si fuera frecuente el uso de los sacramentos, si se observaran todos los principios que conforman la vida cristiana, entonces, Venerables Hermanos, no habría razón alguna más de esfuerzo para que todo se renovara en Cristo.

Y que no se piense que todo esto se refiere únicamente a la consecución de los bienes celestiales: también se beneficiarán muchísimo los intereses temporales y la convivencia pública. En efecto, una vez logrados esos resultados, los nobles y los ricos, con sentido de la justicia y de la caridad, estarán junto a los más pobres, y éstos soportarán en la tranquilidad y en la paciencia las angustias de su condición menos afortunada; los ciudadanos ya no obedecerán a sus pasiones, sino a las leyes; se considerará justo respetar y amar a los príncipes y a los gobernantes, pues "no hay autoridad que no provenga de Dios" (Rm 13, 1).

¿Qué decir más? Entonces, finalmente, todos estarán convencidos de que la Iglesia, tal y como fue fundada por Cristo, debe gozar de plena y entera libertad y no estar sometida a poderes extraños; y Nos al reivindicar esta misma libertad, no sólo protegemos los sacrosantos derechos de la religión, sino que también velamos por el bien común y la seguridad de los pueblos. "La piedad aprovecha para todo" (1 Tm 4, 8), y allí donde es íntegra y reina "mi pueblo habitará en moradas apacibles" (Is 32, 18).

San Pío X. Fragmentos de la Encíclica "E supremi", 4/10/1903 Traducción: Heraldos del Evangelio

 

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