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La Voz del Papa

Respondiendo a los sacerdotes

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

Habiendo pasado el primer período de sus vacaciones en Los Alpes, Benedicto XVI quiso reunirse con los sacerdotes de las diócesis de Belluno-Feltre y Treviso, con quienes mantuvo una amena conversación, respondiendo espontáneamente sus consultas.

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Respondiendo a los sacerdotes

 
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El Santo Padre responde las preguntas de los sacerdotes en la
Iglesia de Santa Justina Mártir en Auronzo di Cadore (Italia)

Santo Padre, se habla de nueva evangelización, pero ¿qué hacer para que resplandezca aún en nuestros hogares y sea agua que apague la sed también de las numerosas personas que parecen ya no tener sed?

La pregunta fundamental de nuestro trabajo pastoral es cómo llevar a Dios al mundo, a nuestros contemporáneos.

Evidentemente, el llevar a Dios abarca muchos aspectos: el anuncio, la vida y muerte de Jesús se desarrollaron en varias dimensiones, que forman una unidad.

El cristianismo no es un paquete complicadísimo de muchos dogmas, que nadie podría conocer en su totalidad.

No es algo sólo para académicos, que pueden estudiar estas cosas. Es algo sencillo: Dios existe, Dios es cercano en Jesucristo. El mismo Jesucristo, resumiendo, dijo: “Ha llegado el reino de Dios”. Esto es lo que anunciamos, algo muy sencillo en el fondo. […]

Cómo mostrar las dimensiones del anuncio de Cristo

Es decir, el mejor testimonio de Cristo, el mejor anuncio, es siempre la vida auténtica de los cristianos. Hoy el anuncio más hermoso lo realizan las familias que, alimentándose de fe, viven con una alegría profunda y fundamental, incluso en medio del sufrimiento, y ayudan a los demás, amando a Dios y al prójimo. También para mí el anuncio más consolador es siempre ver a familias católicas o a personalidades católicas impregnadas de fe. En ellas resplandece realmente la presencia de Dios y a través de ellas llega el “agua viva” de la que usted ha hablado. Así pues, el anuncio fundamental es precisamente el de la vida misma de los cristianos.

Naturalmente, después viene el anuncio de la Palabra. Debemos hacer todo lo posible para que se escuche y se conozca la Palabra. Hoy existen muchas escuelas de la Palabra y del diálogo con Dios en la sagrada Escritura, diálogo que también se transforma necesariamente en oración, porque un estudio meramente teórico de la sagrada Escritura es sólo una escucha intelectual y no sería un verdadero y suficiente encuentro con la palabra de Dios. Si es verdad que en la Escritura y en la palabra de Dios es el Señor, el Dios vivo, quien nos habla, suscita nuestra respuesta y nuestra oración, entonces las escuelas de la Escritura deben ser también escuelas de oración, de diálogo con Dios, de acercamiento íntimo a Dios.

A continuación vienen, naturalmente, los sacramentos. Con Dios siempre vienen también todos los santos.

Como nos dice la sagrada Escritura desde el inicio, Dios nunca viene solo, viene acompañado y rodeado de los ángeles y de los santos. En la gran vidriera de San Pedro que representa al Espíritu Santo me agrada mucho que Dios se encuentre rodeado de una multitud de ángeles y de seres vivos, que son expresión y, por decirlo así, emanación del amor de Dios.

El amor a la Virgen es la gran fuerza de la catolicidad

Con Dios, con Cristo, con el hombre que es Dios y con Dios que es hombre, viene la Virgen. Esto es muy importante.

Dios, el Señor, tiene una Madre y en esa Madre reconocemos realmente la bondad materna de Dios. La Virgen, Madre de Dios, es el auxilio de los cristianos, es nuestra consolación permanente, es nuestra gran ayuda.

Esto lo veo también en el diálogo con los obispos del mundo, de África y últimamente de América Latina.

El amor a la Virgen es la gran fuerza de la catolicidad. En la Virgen reconocemos toda la ternura de Dios; por eso, cultivar y vivir este gozoso amor a la Virgen, a María, es un don muy grande de la catolicidad.

Luego vienen los santos. Cada lugar tiene su santo. Eso está bien, porque así vemos los múltiples colores de la única luz de Dios y de su amor, que se acerca a nosotros. Debemos descubrir a los santos en su belleza, en su acercarse a nosotros en la Palabra inagotable de Dios. Asimismo, todos los aspectos de la vida parroquial, incluso los humanos.

No debemos andar siempre por las nubes, por las altísimas nubes del Misterio; también debemos estar con los pies en la tierra y vivir juntos la alegría de ser una gran familia: la pequeña gran familia de la parroquia, la gran familia de la diócesis, la gran familia de la Iglesia universal.

En Roma puedo ver todo esto; puedo ver cómo personas procedentes de todas las partes de la tierra y que no se conocen, en realidad se conocen, porque todos forman parte de la familia de Dios; se sienten una familia porque lo tienen todo: amor al Señor, amor a la Virgen, amor a los santos; tienen la sucesión apostólica, al Sucesor de Pedro, a los obispos. Esta alegría de la catolicidad, con sus múltiples colores, es también la alegría de la belleza.

Aquí tenemos la belleza de un hermoso órgano; la belleza de una hermosísima iglesia; la belleza que se ha desarrollado en la Iglesia. Me parece un testimonio maravilloso de la presencia y de la verdad de Dios. La Verdad se manifiesta en la belleza y debemos agradecer esta belleza y hacer todo lo posible para que permanezca, se desarrolle y crezca aún más. De esta forma, llega Dios hasta nosotros de un modo muy concreto.

Santo Padre, le pido una palabra para los de mi generación, los que nos preparamos al sacerdocio durante los años del Concilio.

Es una pregunta importante y conozco muy bien la situación. También yo viví los tiempos del Concilio; estuve en la basílica de San Pedro con gran entusiasmo, viendo cómo se abrían nuevas puertas; parecía realmente un nuevo Pentecostés, con el que la Iglesia podía convencer de nuevo a la humanidad, después de que el mundo se hubiera alejado de la Iglesia en los siglos XIX y XX. Parecía que la Iglesia y el mundo se volvían a encontrar, y que renacía un mundo cristiano y una Iglesia del mundo y realmente abierta al mundo. Esperábamos mucho, pero las cosas han resultado más difíciles en la realidad.

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Cálida recepción al Papa Benedicto XVI por parte de los sacerdotes de las diócesis de Belluno-Feltre y Treviso.

Con todo, queda la gran herencia del Concilio, que abrió un camino nuevo. Es siempre una charta magna del camino de la Iglesia, muy esencial y fundamental.

Los tiempos de un posconcilio casi siempre son muy difíciles

Pero, ¿por qué ha sucedido así? En primer lugar, quisiera hacer una anotación histórica. Los tiempos de un posconcilio casi siempre son muy difíciles. Después del gran concilio de Nicea, que para nosotros es realmente el fundamento de nuestra fe, pues de hecho profesamos la fe formulada en Nicea, no se produjo una situación de reconciliación y de unidad, como esperaba Constantino, promotor de ese gran concilio, sino una situación realmente caótica, en la que todos luchaban contra todos.

San Basilio, en su libro sobre el Espíritu Santo, compara la situación de la Iglesia después del concilio de Nicea con una batalla naval nocturna, donde nadie reconoce al otro, sino que todos luchan contra todos. Realmente era una situación de caos total. Así describe san Basilio con gran plasticidad el drama del posconcilio, del tiempo que siguió al concilio de Nicea. […]

Por tanto, con una visión retrospectiva, para todos nosotros no es una gran sorpresa ahora, como lo fue en un primer momento, digerir el Concilio y su gran mensaje. Introducirlo y recibirlo para que se convierta en vida de la Iglesia, asimilarlo en las diversas realidades de la Iglesia, es un sufrimiento, y el crecimiento sólo se realiza con sufrimiento. Crecer siempre implica sufrir, porque es salir de un estado y pasar a otro.

La primera ruptura histórica posconciliar

En concreto, debemos constatar que durante el posconcilio se produjeron dos grandes rupturas históricas.

La ruptura de 1968, es decir, el inicio o –me atrevería a decir– la explosión de la gran crisis cultural de Occidente. Había desaparecido la generación del período posterior a la guerra, una generación que después de todas las destrucciones y viendo el horror de la guerra, del combatirse unos a otros, y constatando el drama de las grandes ideologías que realmente habían llevado a la gente al abismo de la guerra, habían redescubierto las raíces cristianas de Europa y habían comenzado a reconstruirla con estas grandes inspiraciones.

Al desaparecer esa generación, se veían también todos los fracasos, las lagunas de esa reconstrucción, la gran miseria que había en el mundo. Así comienza, explota la crisis de la cultura occidental: una revolución cultural que quiere cambiar todo radicalmente.

Afirma: en dos mil años de cristianismo no hemos creado el mundo mejor.

Por tanto, debemos volver a comenzar de cero, de un modo totalmente nuevo.

El marxismo parece la receta científica para crear por fin el mundo nuevo. En este grave y gran enfrentamiento entre la nueva –sana– modernidad querida por el Concilio y la crisis de la modernidad, todo resulta tan difícil como después del primer concilio de Nicea.

Una parte opinaba que esta revolución cultural era lo que había querido el Concilio; identificaba esta nueva revolución cultural marxista con la voluntad del Concilio. Decía: “Esto es el Concilio. Según la letra, los textos son aún un poco anticuados, pero tras las palabras escritas está este espíritu; esta es la voluntad del Concilio.

Así debemos actuar”.

Y, por otra parte, naturalmente viene la reacción: “así destruís la Iglesia”.

Una reacción absoluta contra el Concilio, el anticonciliarismo, y también el tímido, humilde intento de realizar el verdadero espíritu del Concilio. Dice un proverbio: “Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”.

El bosque que crece no se escucha, porque lo hace sin ruido, en su proceso de desarrollo. Así, mientras se escuchaban los grandes ruidos del progresismo equivocado, del anticonciliarismo, ha ido creciendo silenciosamente el camino de la Iglesia, aunque con muchos sufrimientos e incluso con muchas pérdidas en la construcción de un nuevo paso cultural.

La segunda ruptura histórica posconciliar

La segunda ruptura tuvo lugar en 1989. Tras la caída de los regímenes comunistas no se produjo, como podía esperarse, el regreso a la fe; no se redescubrió que precisamente la Iglesia con el Concilio auténtico ya había dado la respuesta. El resultado fue, en cambio, un escepticismo total, la llamada “posmodernidad”. Según esta, nada es verdad, cada uno debe buscarse la forma de vivir; se afirma un materialismo, un escepticismo pseudo-racionalista ciego que desemboca en la droga, en todos los problemas que conocemos, y de nuevo cierra los caminos a la fe, porque es muy sencilla, muy evidente.

No, no existe nada verdadero. La verdad es intolerante; no podemos seguir ese camino. Pues bien, en esos dos contextos de rupturas culturales –la primera, la revolución cultural de 1968; la segunda, la caída en el nihilismo después de 1989– la Iglesia ha seguido con humildad su camino entre las pasiones del mundo y la gloria del Señor.

En ese camino debemos crecer con paciencia, aprendiendo nuevamente lo que significa renunciar al triunfalismo.

El Concilio dijo que era preciso renunciar al triunfalismo, pensando en el barroco, en todas las grandes culturas de la Iglesia. Se dijo: “comencemos de modo moderno, de modo nuevo”. Pero surgió otro triunfalismo, el de pensar: “ahora nosotros hacemos las cosas; hemos encontrado el camino, así construimos el mundo nuevo”.

La humildad de la cruz, de Cristo crucificado, también excluye este triunfalismo.

Debemos renunciar al triunfalismo según el cual ahora nace realmente la gran Iglesia del futuro. La Iglesia de Cristo siempre es humilde y precisamente así es grande y gozosa.

Me parece muy importante que ahora podamos ver claramente todo lo positivo que ha habido en el posconcilio: en la renovación de la liturgia, en los Sínodos –Sínodos romanos, Sínodos universales, Sínodos diocesanos–, en las estructuras parroquiales, en la colaboración, en la nueva responsabilidad de los laicos, en la gran corresponsabilidad intercultural e intercontinental, en una nueva experiencia de la catolicidad de la Iglesia, de la unanimidad que crece en humildad y sin embargo es la verdadera esperanza del mundo.

Así pues, debemos redescubrir la gran herencia del Concilio, que no es un espíritu reconstruido tras los textos, sino que son precisamente los grandes textos conciliares releídos ahora con las experiencias que hemos tenido y que han dado fruto en tantos Movimientos, en tantas nuevas comunidades religiosas.

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“Casi todos los días nace en Brasil una nueva comunidad religiosa, un nuevo movimiento; la Iglesia crece con nuevas realidades llenas de vitalidad”

La experiencia de Brasil

Antes de mi viaje a Brasil tenía yo la idea de que las sectas estaban creciendo y que la Iglesia católica era un poco estática; sin embargo, ya estando allá, comprobé que casi todos los días nace en Brasil una nueva comunidad religiosa, un nuevo Movimiento.

No sólo crecen las sectas; también crece la Iglesia con nuevas realidades, llenas de vitalidad, que, aunque no llenan las estadísticas –esta es una esperanza falsa, pues no debemos divinizar las estadísticas–, crecen en las almas y suscitan la alegría de la fe, hacen presente el Evangelio, promoviendo así también un verdadero desarrollo del mundo y de la sociedad.

Por tanto, me parece que debemos combinar la gran humildad de Cristo crucificado,

de una Iglesia que es siempre humilde y siempre atacada por los grandes poderes económicos, militares, etc., pero, juntamente con esta humildad, debemos aprender también el verdadero triunfalismo de la catolicidad, que crece en todos los siglos.

También hoy crece la presencia de Cristo crucificado y resucitado, el cual tiene y conserva sus heridas; está herido, pero precisamente así renueva el mundo; da su Espíritu, que renueva también a la Iglesia, a pesar de toda nuestra pobreza. Con este conjunto de humildad de la cruz y de alegría del Señor resucitado, el Concilio nos dio una gran señal para indicarnos el camino, a fin de que podamos avanzar con alegría y llenos de esperanza.

(Encuentro del Santo Padre con los sacerdotes de las diócesis de Belluno- Feltre y Treviso, 24/7/2007)

 

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