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Verdades fundamentales de la fe

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

Al recibir en audiencia a grupos de personas más cercanos, el Papa Benedicto XVI tiene la costumbre de no preparar un discurso, sino de entablar una charla espontánea, en la cual revela la fascinante profundidad de su pensamiento.

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Verdades fundamentales de la fe

 

Mi apostolado sacerdotal se desempeña en particular entre los jóvenes. […] La juventud se siente amenazada por muchos lados. Son muchos los falsos profetas, los vendedores de ilusiones. Son demasiados los insinuadores de falsas verdades y de ideas innobles. […] Entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo comportarse?

¿Qué decir? Todos nosotros sabemos qué difícil es para un joven de hoy vivir como cristiano. El contexto cultural, el contexto mediático, ofrecen un camino muy diferente al de Cristo. Inclusive, parece que se hace imposible ver a Cristo como centro de la vida y vivir la vida como Jesús nos la muestra. No obstante, creo también que muchos perciben cada vez más la insuficiencia de todas esas propuestas, de ese estilo de vida que, al final, siempre les deja vacíos.

En este sentido, me parece que las lecturas de la liturgia de hoy —la del Deuteronomio (30, 15-20) y el pasaje evangélico de San Lucas (9, 22-25)— responden a lo que, en sustancia, deberíamos decir siempre a los jóvenes y siempre de nuevo a nosotros mismos. Como usted dijo, la sinceridad es fundamental. Los jóvenes deben percibir que no decimos palabras no vividas por nosotros mismos, sino que hablamos porque encontramos y buscamos encontrar, cada nuevo día, la verdad como verdad para nuestra vida. Sólo si seguimos ese camino, si procuramos asemejarnos a esa vida y asemejar nuestra vida a la del Señor, solo entonces también las palabras pueden ser creíbles y tener una lógica visible y convincente.

La regla fundamental: escoger la vida.

Retorno al Deuteronomio. La gran regla fundamental hoy, no solamente para la Cuaresma, sino también para toda la vida cristiana, es: “Escoge la vida. Tienes delante de ti muerte y vida: escoge la vida”. Y me parece que la respuesta es natural. Son pocos los que nutren en lo más profundo de su ser una voluntad de destrucción, de muerte, los que ya no quieren al ser, a la vida, porque para ellos todo es contradictorio.

Infelizmente, sin embargo, se trata de un fenómeno que se alarga. Con todas las contradicciones y las falsas promesas, la propia vida parece contradictoria: parece no ser ya un don, sino una condenación, y así hay quien prefiere la muerte a la vida.

Pero normalmente el hombre responde: sí, quiero la vida.

Con todo, permanece la cuestión de cómo encontrar la vida, qué escoger, cómo escoger la vida. Y ya conocemos las propuestas que normalmente se hacen: ir a la discoteca, agarrar todo cuanto es posible, considerar la libertad como hacer lo que uno quiera, todo cuanto venga a la mente en un momento determinado. Por el contrario, sabemos —y podemos demostrar— que éste es un camino de mentira, porque en su final no se encuentra la vida, sino que se encuentra, en realidad, el abismo de la nada. ¡Escoge la vida!

Escoger la vida es escoger a Jesucristo

La misma lectura dice: Dios es tu vida, tú escogiste la vida e hiciste una elección: Dios. Esto me parece fundamental.

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El Papa Benedicto XVI recibió el día 7 de febrero,
como es costumbre en el inicio de la Cuaresma, a los párrocos y al clero de la diócesis de Roma en la Sala de las Bendiciones.

Sólo así nuestro horizonte es suficientemente amplio y solamente así estamos en la fuente de la vida, que es más fuerte que la muerte, que todas las amenazas de muerte. Por lo tanto, la elección fundamental es ésta aquí indicada: escoge a Dios. Es preciso comprender que quien camina sin Dios, al final se encuentra en la oscuridad, aunque pase por momentos en los cuales le parezca haber encontrado la vida.

Después, el paso siguiente es cómo encontrar a Dios, cómo escoger a Dios. Aquí llegamos al evangelio: Dios no es desconocido, no es una hipótesis de los primeros inicios de la creación. Dios es de carne y hueso, es uno de nosotros. Conociéndolo con Su cara, con Su nombre. Es Jesucristo quien nos habla en el evangelio. Es hombre y Dios. Y siendo Dios escogió al hombre para hacer que tuviésemos la posibilidad de escoger a Dios.

Por lo tanto, es preciso entrar en el conocimiento y después en la amistad de Jesús para caminar con Él.

Me parece ser este el punto fundamental en nuestra dedicación pastoral a los jóvenes, a todos, y más especialmente a los jóvenes: atraer su atención para la elección de Dios, que es la vida; para el hecho de que Dios existe, y existe de un modo muy concreto. Y enseñar la amistad con Jesucristo.

Cristo está presente en Su Iglesia

Hay también un tercer paso. La amistad con Jesús no es una amistad con una persona irreal, con alguien que pertenece al pasado o que está lejos de los hombres, a la derecha de Dios. Cristo está presente en Su Cuerpo, que todavía es de carne y hueso: es la Iglesia, la comunión de la Iglesia. Debemos construir y hacer más accesibles comunidades que reflejen, que sean el espejo de la gran comunidad de la Iglesia vital. Es un conjunto: la experiencia vital de la comunidad, con todas las debilidades humanas, pero, a pesar de eso, real, con un camino claro y una sólida vida sacramental, en la cual podemos palpar aquello que nos pueda parecer muy distante: la presencia del Señor.

De este modo —para volver al Deuteronomio, del que partí— podemos aprender también los mandamientos, porque la lectura dice: escoger a Dios significa escoger según Su Palabra, vivir según la Palabra. En un primer momento, esto parece un poco positivista: son imperativos. Pero lo más importante es el don, Su amistad.

En seguida, podremos comprender que los indicadores del camino son explicaciones de la realidad de esa nuestra amistad.

Formemos comunidades en las cuales se refleje la Iglesia

Ésta – podemos decir – es una visión general, tal y como se desprende del contacto con la Sagrada Escritura y la vida diaria de la Iglesia. Después se traduce, paso a paso, en los encuentros concretos con los jóvenes: guiarlos al diálogo con Jesús en la oración, en la lectura de la Sagrada Escritura – sobre todo la lectura en común, pero también la individual - y en la vida sacramental. Son todos pasos para hacer presentes esas experiencias en la vida profesional, aunque como ocurre frecuentemente ese contexto estuviese marcado por una total ausencia de Dios y por la aparente imposibilidad de verlo presente.

Pero precisamente por eso debemos —con nuestra vida y experiencia de Dios— intentar hacer entrar hasta en este mundo apartado de Dios la presencia de Cristo.

Hay sed de Dios. Hace poco recibí, en visita ad limina , a los obispos de un país donde más de la mitad de la población se declara atea o agnóstica.

Aún con todo, me dijeron: en realidad, todos tienen sed de Dios. De manera escondida, existe esa sed. Por eso, comencemos primero nosotros, con los jóvenes que podamos encontrar.

Formemos comunidades en las que se refleje la Iglesia, aprendamos la amistad con Jesús. Así, llenos de esa alegría y de esa experiencia, también hoy podremos hacer presente a Dios en este nuestro mundo.

Infelizmente hoy también nosotros, sacerdotes, cuando en el evangelio se habla del Infierno, tergiversamos el propio evangelio. No se habla de él, o no sabemos hablar del Paraíso. No sabemos hablar de la vida eterna. Nos arriesgamos al dar a la fe una dimensión apenas horizontal o la dimensión horizontal apartada en demasía de la vertical.

Con razón usted abordó temas fundamentales de la fe que infelizmente aparecen raramente en nuestra predicación. En la encíclica Spe Salvi , yo quise hablar precisamente también del Juicio Final, del juicio en general y, en ese contexto, también del Purgatorio, del Infierno y del Paraíso.

Pienso que todos nosotros estamos todavía influenciados por las objeciones de los marxistas, según las cuales los cristianos sólo hablaron del más allá y descuidaron la Tierra. Así, queremos demostrar que nos comprometemos de hecho por la Tierra y no somos personas que hablan de realidades distantes, que no ayudan.

La reconstrucción de la Tierra sólo puede ser hecha reencontrando a Dios en el alma

Aunque sea justo mostrar que los cristianos trabajan por la Tierra —y todos son llamados a trabajar para que sea realmente una ciudad para Dios y de Dios— no debemos olvidar la otra dimensión sin la cual no trabajaremos bien por la Tierra. Una de mis finalidades fundamentales, al escribir la encíclica, fue la de mostrar eso.

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“Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del Infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida, no se conoce la posibilidad y la necesidad de la purificación”.

Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del Infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida, no se conoce la posibilidad y la necesidad de la purificación.

Entonces el hombre no trabaja bien por la Tierra porque al final pierde los criterios, no se conoce más a sí mismo, ni a Dios, y destruye la Tierra. Todas las grandes ideologías prometieron: nosotros cuidaremos de las cosas, nunca más seremos negligentes con la Tierra, crearemos un mundo nuevo, justo, correcto, fraterno.

Por el contrario, destruyeron el mundo. Vemos eso con el nazismo, lo vemos también con el comunismo: ellos prometieron construir el mundo como éste debería haber sido y, al contrario, lo destruyeron. En las visitas ad limina de los obispos de los países ex-comunistas siempre veo cómo en esas tierras quedaron destruidos no sólo el planeta, la ecología, sino, sobre todo, y más gravemente, las almas. Reencontrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es la primera tarea de la reconstrucción de la Tierra. Ésa es la experiencia común de aquellos países.

La reconstrucción de la Tierra, respetando el grito del sufrimiento de este planeta, sólo puede ser realizada reencontrando a Dios en el alma, con los ojos abiertos para Él.

El Juicio Final de Dios es garantía de justicia

Por eso, usted tiene razón: debemos hablar de todo eso precisamente por responsabilidad para con la Tierra, con los hombres que viven hoy.

Debemos hablar también del pecado como posibilidad de destruirse a sí mismos, y también destruir otras partes de la Tierra. En la encíclica, traté de demostrar que precisamente el Juicio Final de Dios es garantía de justicia. Queremos un mundo justo. Pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasado, todas las personas injustamente torturadas y asesinadas. Sólo el mismo Dios puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos.

Como dice Adorno, un gran marxista, solamente la resurrección de la carne —que él considera irreal— podría crear justicia. Nosotros creemos en esa resurrección de la carne en la cual no serán todos iguales.

Se acostumbra a pensar hoy: “¿Qué es el pecado? Dios es grande y nos conoce; por lo tanto, el pecado no cuenta; al final Dios será bueno con todos”. Es una bella esperanza, pero existe la justicia y es la verdadera culpa. Aquellos que destruyeron al hombre y a la Tierra no podrán sentarse inmediatamente a la mesa de Dios, junto con sus víctimas. Dios crea justicia. Debemos tener eso presente.

Por eso me pareció importante escribir también ese texto sobre el Purgatorio, que para mí es una verdad tan obvia, tan evidente y tan necesaria y consoladora, que no puede faltar. Procuré decir: talvez no sean muchos los que se destruyeron así, los que son para siempre incurables, los que no tienen elemento alguno sobre el cual pueda basarse el amor de Dios, los que ya no tienen en sí mismos un mínimo de capacidad de amar. Eso sería el Infierno.

Por otro lado, son ciertamente pocos —o, por lo menos, no demasiados— los que son tan puros que puedan entrar inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros esperamos que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios y a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay numerosas heridas, mucha inmundicia.

Tenemos la necesidad de ser preparados, purificados. Esta es nuestra esperanza: aunque con muchas inmundicias en nuestra alma, al final el Señor nos dará la posibilidad, nos lavará finalmente con Su bondad, que viene de Su cruz. Así nos vuelve capaces de ser eternamente para Él. De este modo, el Paraíso es esperanza, es la justicia finalmente realizada.

Donde los hombres viven según Dios, aparece un poco del Paraíso

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“La reconstrucción de la Tierra sólo puede ser realizada reencontrando a Dios en el alma, con los ojos
abiertos para Él”.

Y nos da también los criterios para vivir, para que este tiempo sea de algún modo un paraíso, para que sea una primera luz del Paraíso. Donde los hombres viven según esos criterios, aparece un poco de paraíso en el mundo, y eso es visible. Me parece también una demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir la vía de los mandamientos, de la cual debemos hablar más. Estos son realmente indicadores del camino y nos muestran como vivir bien, como escoger la vida.

Por eso, debemos hablar también del pecado y del sacramento del perdón y de la reconciliación. Un hombre sincero sabe que es culpable, que debería recomenzar, que debería ser purificado.

Y es esta maravillosa realidad que el Señor nos ofrece: hay una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor recomienza con nosotros y podemos, así, recomenzar también con los demás, en nuestra vida.

Ese aspecto de la renovación, de la restitución de nuestro ser después de tantas cosas equivocadas, después de tantos pecados, es la gran promesa, el gran don que la Iglesia ofrece. Y que, por ejemplo, la psicoterapia no puede ofrecer. La psicoterapia está hoy muy difundida y es muy necesaria, teniendo en cuenta tantas psiques destruidas o gravemente heridas. Pero las posibilidades de la psicoterapia son muy limitadas: puede apenas tratar de reequilibrar un poco un alma desequilibrada.

No puede dar una verdadera renovación, una superación de esas graves enfermedades del alma. Por eso, es siempre provisional, nunca definitiva.

El Sacramento de la Penitencia nos ofrece la ocasión de renovarnos hasta el fondo, con el poder de Dios — Ego te absolvo— , que es posible porque Cristo tomó sobre Sí esos pecados, esas culpas. Me parece que precisamente ésa es una gran necesidad hoy. Podemos ser sanados nuevamente.

Las almas que están heridas y enfermas, como es la experiencia de todos, precisan no sólo de consejos, sino también de una auténtica renovación, la cual puede venir exclusivamente del poder de Dios, del poder del Amor crucificado. Me parece que éste es el gran nexo de los misterios que, por fin, inciden realmente en nuestra vida. Debemos nosotros mismos meditarlos otras veces y así hacerlos llegar de nuevo a nuestra vida.

(Extractos del discurso en el Encuentro con el Clero de la Diócesis de Roma, 7/2/2008. Publicamos un resumen de dos preguntas y el texto íntegro de las respectivas respuestas del Santo Padre. Traducción: Heraldos del Evangelio.)

 

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