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La Palabra de los Pastores

Lourdes y la lucha entre el bien y el mal

Publicado 2009/03/01
Autor : Cardenal Ivan Dias

Enviado por el Papa Benedicto XVI para abrir el año jubilar por el 150º aniversario de las apariciones de Lourdes, el purpurado resaltó en una calurosa homilía la actualidad y la importancia del mensaje de Lourdes en el contexto moderno.

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Lourdes y la lucha entre el bien y el mal

 

La Virgen Santa descendió del Cielo como una madre muy preocupada con sus hijos e hijas que vivían en pecado, lejos de su Hijo Jesús. Ella apareció en la gruta de Massabielle, que en la época era un pantano donde los cerdos pastaban, y precisamente allí Ella quiso mandar construir un santuario, para mostrar que la gracia y la misericordia de Dios deben triunfar sobre el miserable pantano de los pecados humanos.

Al lado del lugar de las apariciones, la Virgen hizo surgir una fuente de agua abundante y pura, que los peregrinos beben y llevan con inmensa devoción al mundo entero, significando el deseo de nuestra afectuosa Madre de propagar hasta los extremos de la Tierra su amor y la salvación de su Hijo. En fin, en esa bendecida Gruta, la Virgen María lanzó una insistente llamada a todos para rezar y hacer penitencia por la conversión de los pobres pecadores.

Lucha feroz y permanente entre las fuerzas del bien y las del mal

Se puede preguntar: ¿Cuál será el significado actual del mensaje de Nuestra Señora de Lourdes para nosotros?

Me gusta situar esas apariciones en el contexto más amplio de la lucha permanente y feroz entre las fuerzas del bien y las del mal desde el inicio de la Historia de la humanidad en el Jardín del Paraíso y que continuará hasta el fin de los tiempos. En efecto, las apariciones de Lourdes están entre las primeras de una larga cadena de apariciones de Nuestra Señora, que comenzó 28 años antes, en 1830 en la Rue de Bac, en París, anunciando la entrada decisiva de la Virgen María en el centro de las hostilidades entre Ella y el demonio, como está escrito en la Biblia, en los libros del Génesis y del Apocalipsis.

La medalla llamada Milagrosa, que la Virgen mandó acuñar en aquella circunstancia la mostraba con los brazos abiertos de los que partían rayos luminosos, significando las gracias que Ella distribuía al mundo entero.

Sus pies reposaban sobre el globo terrestre y aplastaban la cabeza de la serpiente, el diablo, indicando la victoria de la Virgen sobre Satanás y sus fuerzas del mal. En torno a la imagen, se leía la invocación: “Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a vos”.

Hay que notar que esa gran verdad de la concepción inmaculada de María había sido afirmada en esa ocasión, 24 años antes de que el Papa Pío IX la definiera como dogma de fe (1854): cuatro años más tarde, aquí en Lourdes, la propia Nuestra Señora quiso revelar a Bernardette que era la Inmaculada Concepción.

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El cardenal Ivan Dias, conmemorando el día 13 de mayo en el Vaticano.

María nos invita a formar parte de su legión

Después de las apariciones de Lourdes, la Virgen Santísima no cesó de manifestar, en sus diversas apariciones en el mundo entero, sus vivas preocupaciones por el destino de la humanidad. Por todas partes Ella pidió oraciones y penitencia por la conversión de los pecadores, pues preveía la ruina espiritual de varios países, los sufrimientos que el Santo Padre tendría que soportar, el enflaquecimiento general de la fe cristiana, las dificultades de la Iglesia, la escalada del Anticristo y sus tentativas de sustituir a Dios en la vida de los hombres: tentativas que, a pesar de sus éxitos espectaculares, estarían, entretanto, destinadas al fracaso.

Aquí en Lourdes, como en cualquier lugar del mundo, la Virgen María va tejiendo una inmensa red de sus hijos e hijas espirituales en toda la Tierra, para lanzar una fuerte ofensiva contra las fuerzas de Satanás, encadenándolo y preparar, así, la victoria final de su Divino Hijo Jesucristo.

La Virgen María nos convida hoy, una vez más a formar parte de su legión de combate contra las fuerzas del mal. Como señal de nuestra participación en su ofensiva, Ella nos pide, entre otras cosas, la conversión de corazón, una gran devoción a la Sagrada Eucaristía, la recitación cotidiana del Rosario, la oración incesante y sin hipocresía, la aceptación de los sufrimientos por la salvación del mundo. Puede parecer que esas son pequeñas cosas, pero ellas son poderosas en las manos de Dios, para Quien nada hay imposible. Como el joven David —el cual, con una pequeña piedra y una honda, abatió al gigante Goliath que venía a su encuentro armado de una espada, una lanza y una jabalina (cf. 1 Sam 17, 4-51)— también nosotros, con las pequeñas cuentas de nuestro Rosario, podremos enfrentar heroicamente los asaltos de nuestro temible adversario y vencerlo .

¡La victoria final es de Dios!

La lucha entre Dios y Su enemigo se entabla con arrebatos de violencia, todavía más hoy que en el tiempo de Bernardette, hace 150 años. Pues la humanidad se encuentra terriblemente sumergida en el pantano de un secularismo que quiere crear un mundo sin Dios; de un relativismo que asfixia los valores permanentes e inmutables del Evangelio; y de una indiferencia religiosa que se mantiene imperturbable cara al bien superior de las cosas concernientes a Dios y a la Iglesia. Esta batalla produce innumerables víctimas en nuestras familias y entre nuestros jóvenes.

Algunos meses antes de ser Papa Juan Pablo II (9 de noviembre de 1976), decía el cardenal Karol Wojtyla: “nos encontramos hoy de cara al mayor combate que la humanidad haya visto jamás. No pienso que la comunidad cristiana lo haya comprendido totalmente.

Estamos hoy ante la lucha final entre la Iglesia y la anti-Iglesia, entre el Evangelio y el anti-evangelio” . Una cosa, sin embargo, es cierta: la victoria final es de Dios y se obtendrá gracias a María , la Mujer del Génesis y del Apocalipsis, que combatirá al frente del ejército de sus hijos e hijas contra las fuerzas enemigas de Satanás, aplastando la cabeza de la serpiente.

En la gruta de Massabielle, la Virgen María nos enseñó que únicamente en el cielo encontraremos la verdadera felicidad. “No prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”, dice Ella a Bernardette. Y la vida de Bernardette ilustró con suficiente claridad eso. Ella, que tuvo el singular privilegio de ver a la Santísima Virgen, fue profundamente marcada por la cruz de Jesús, acabó siento consumida enteramente por la tuberculosis y murió, joven, a la edad de 35 años.

En este año jubilar, agradezcamos a Dios todas las gracias corporales y espirituales que Él quiso conceder a tantas centenas de millares de peregrinos en este santo lugar y , por la intercesión de Bernardette, pidamos a la Virgen María la gracia de fortalecernos en el combate espiritual de cada día, con el fin de que podamos vivir plenamente nuestra fe cristiana .

(Homilía de la misa celebrada en Lourdes, 8/12/2007 – Traducción Heraldos del Evangelio)

 

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