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La Palabra de los Pastores

El mundo está huérfano de belleza

Publicado 2009/04/01
Autor : Card. Franc Rodé, CM

La gran cultura, el celo misionero y la finura de observación del Cardenal Franc Rodé brillaron en la homilía de la ceremonia de dedicación de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en el Seminario de los Heraldos del Evangelio.

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El mundo está huérfano de belleza

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Card. Franc Rodé, CM
Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada
y las Sociedades de Vida Apostólica

 

Llegamos procesionalmente con cantos de alegría a esta espléndida iglesia, para que este edificio, “ destinado de modo exclusivo y permanente a reunir a los fieles y a la celebración de los santos misterios, sea dedicado a Dios con rito solemne, según la antiquísima costumbre de la Iglesia”. 1

Mi afectuoso y grato saludo va dirigido, en primer lugar a Su Eminencia el cardenal Odilo Pedro Scherer, arzobispo de San Pablo, a Su Eminencia D. José María Pinheiro, padre y pastor de esta diócesis de Bragança Paulista, a todos los excelentísimos obispos presentes y al padre Joao Sconagmiglio Clá Dias, fundador y presidente general de la gran familia de los Heraldos del Evangelio. Saludo con afecto a cada uno de vosotros, hermanos y hermanas.

Un día espléndido y solemnísimo

Me siento particularmente feliz por estar aquí para presidir esta Eucaristía y juntos agradecer al Señor por la oportunidad de dedicar a Dios, uno y trino, esta espléndida iglesia, nacida para explicitar, por medio del arte, según el carisma que os es propio, la Belleza que es Dios; un lugar donde invocar y celebrar al bello Pastor de las ovejas; donde seréis llamados a alimentaros de la Palabra divina y de la Eucaristía, y a “ vivir la realidad sacramental”, 2 alimento indispensable en el camino rumbo a la santidad, que es la perfección de la belleza; un lugar donde invocar la intercesión de María, la tota pulchra , espejo de todas las virtudes.

“Agradezcamos a Cristo, autor y cabeza de esta asamblea, este día espléndido y solemnísimo”. 3 La dedicación de una iglesia conservó siempre el carácter alegre y la dimensión de fiesta. La alegría, la fiesta de este día es, por tanto, grande, porque esta iglesia se vuelve el lugar en el cual experimentaréis la presencia de Dios en medio de vosotros, la alianza eterna entre el Señor y cada hombre y cada mujer. Este lugar sagrado se vuelve también el lugar en que podremos reunirnos como familia y como comunidad, donde podremos compartir la fe que celebramos.

El mundo está huérfano de belleza

Quisisteis que esta iglesia fuese resplandeciente de belleza. Toda belleza es poca para acoger al Rey de los reyes, para proclamar Su nombre, Su doctrina, anunciar que viene Su Reino.

Aparentemente, el mundo de hoy perdió el sentido del verdadero bien, el sentido de lo bello.

Decía Simona Weil que “ la belleza está para las cosas como la santidad está para el alma”. 4 Pero muchas situaciones humanas, espirituales y culturales del mundo de hoy son feas (por lo tanto, lo contrario de bellas) y traen las señales de la desarmonía, del traumatismo y de la ruptura. Parece que no existe más la belleza, la pureza y la simplicidad.

Pero tal vez, sobre todo hoy, la belleza se haga presente y quiera ser reconocida por ojos y corazones atentos, investigadores obstinados que sufren con su ausencia.

El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar escribía: “ En un mundo sin belleza —aunque los hombres no consigan vivir sin esta palabra, y continuamente la tengan en los labios, equivocándose sobre su sentido— en un mundo que tal vez no este privado de ella, pero que no es capaz de percibirla más, de acercarse a ella, el bien perdió igualmente su fuerza de atracción, la evidencia del ‘deber a ser cumplido'. […] En un mundo que no se considera más capaz de afirmar lo bello, los argumentos a favor de la verdad agotaron su fuerza de conclusión lógica”. 5

De hecho, si miramos a nuestro alrededor y dentro de nosotros – exiliados de lo bello como los deportados de Babilonia —seremos tentados a colgar las harpas en los sauces de nuestra tierra herida. Entre las inquietantes ideologías y los tristes efectos de los conflictos de hoy, es realmente difícil entonar los cantos de alegría y de fiesta, los cantos de la esperanza y del amor.

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“Me siento particularmente feliz por estar aquí para presidir esta Eucaristía y juntos agradecer al Señor por la oportunidad de dedicar a Dios, uno y trino, esta espléndida iglesia, nacida para explicitar, por medio del arte, según el carisma que os es propio, la Belleza que es Dios”

Constante referencia a la belleza que salva

Este templo, sin embargo, en el cual resplandece de modo tan maravilloso el carisma de los Heraldos del Evangelio, quiere ser señal elocuente de la verdadera belleza, aquella que impresiona y que llama, que se propone —y jamás se impone— en las figuras de la caridad gratuita, humilde, muchas veces oculta y ofrecida con sacrificio.

Belleza que no pasa desapercibida a los ojos capaces de maravillarse, a los ojos de quien sabe hacerse pequeño.

Belleza que se revela en un fragmento de luz y llama por el nombre: belleza dialogante, que convida al hombre a ser él mismo, quiero decir, a ser bello en cuanto imagen de la divina Imagen.

Belleza que convida a ser portador del feliz anuncio, a ser heraldos de la buena nueva evangélica, y da fuerza para construir la paz. Belleza que reconcilia el hombre y los hermanos, el hombre con Dios, el hombre y las criaturas, el hombre consigo mismo.

Este templo —en el cual, día tras día, celebraréis “al más bello entre los hijos del hombre” (Sl 44, 3), escucharéis Su Palabra de verdad, os aproximaréis a Su mesa— será para vosotros y para todos aquéllos que, a lo largo del camino, se junten a vosotros, constante referencia a la belleza que salva.

La iglesia material, símbolo de la iglesia viva

Los textos de la escritura que hoy, de modo particularmente solemne fueron proclamados en nuestra asamblea, nos hacen reflexionar sobre el misterio de la Iglesia: en la primera lectura, la Palabra de Dios, que reúne a los hombres; en la segunda lectura, la asamblea orante, el templo de Dios, que es cada uno de nosotros, y en el evangelio, la confesión de Jesucristo como Hijo de Dios vivo, expresado en primer lugar por Pedro, que dio, así, inicio aquella Iglesia viva que se manifiesta en el edificio material de toda iglesia.

“La alegría del Señor es nuestra fuerza”. Son las últimas palabras de la primera lectura. Palabras que para nosotros hoy se convirtieron en una espléndida realidad. Esta iglesia, hecha de piedras, existe para que la Palabra de Dios pueda ser escuchada, explicada y comprendida. Existe para que la Palabra de Dios sea para nosotros —los Heraldos del Evangelio y todo el pueblo santo de Dios que viva en esta Iglesia particular— fuerza que crea belleza y amor. Existe, en particular, para que en ella pueda comenzar la fiesta de la cual Dios quiere hacer partícipe a la humanidad, no sólo en el fin de los tiempos, sino también ahora.

Esta iglesia existe para que la Palabra escuchada despierte a todos para el conocimiento del bien y de lo bello; “ no existe otra fuente para conocer y dar fuerza a este conocimiento de lo que es justo y bueno a no ser la Palabra de Dios”. 6 Existe para que aprendamos a vivir la alegría del Señor, que es nuestra fuerza. Esta iglesia existe, también, para que sea dado a conocer al mundo este nuevo carisma de los Heraldos del Evangelio, concedido por el Espíritu Santo a la Iglesia en la aurora del tercer milenio cristiano.

La Palabra escuchada, rezada, anunciada, os permitirá reconstruir, siempre más sólidamente, vuestras comunidades, vuestras casas, vuestra patria, porque es el Señor que construyó la ciudad (Sl 126, 1); os permitirá ser sus anunciadores, heraldos, “hasta los confines de la tierra” (At 1, 8).

“Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo”: es la profesión de fe de Pedro, la fe sólida de la Iglesia. Es nuestra fe. El fundamento, la piedra angular es Cristo.

La Palabra de Dios, en Cristo Jesús, está presente en medio de nosotros como Persona. “ Esta es la finalidad más profunda de la existencia de este edificio sagrado: la iglesia existe porque en ella encontramos a Cristo, el Hijo de Dios vivo. Dios tiene un rostro. Dios tiene un nombre. En Cristo, Dios Se hace carne y Se da a nosotros en el misterio de la Santísima Eucaristía. La Palabra es carne. Se da a nosotros bajo las apariencias del pan y Se convierte, así, verdaderamente el Pan del cual vivimos”. 7 La Eucaristía es el Pan que nos permite vivir como hijos.

Amor ardoroso al Papa y a los sucesores de los apóstoles

“Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo”: la profesión de fe de Pedro nos recuerda también nuestra adhesión al Santo Padre y a su magisterio, tan cultivado y tan amado por los Heraldos del Evangelio.

Dentro de poco encenderemos doce velas; son los doce fundamentos.

No son piedras materiales, sino que son los apóstoles con el testimonio de su fe. Ellos continúan siendo el fundamento de la Iglesia, mediante el ministerio de sucesión apostólica: los obispos. Las velas que encenderemos junto a las paredes de la iglesia, en los lugares donde serán hechas las unciones, recuerdan a los apóstoles; su fe es la verdadera luz que ilumina a la Iglesia.

Y al mismo tiempo es el fundamente sobre el que ella se apoya. La fe de ellos es verdad, es fundamento sobre el cual estamos, es luz a través de la cual vemos. Ésa es nuestra fe. Esta nueva iglesia que hoy dedicamos es edificada sobre un fundamento seguro: Pedro, los apóstoles y sus sucesores. Y de ella Cristo es la piedra angular.

El simbolismo de este acto de encender las doce velas toca de forma especial a los Heraldos del Evangelio, pues ellos llevan en el corazón un amor ardoroso al Papa y a los sucesores de los apóstoles, los obispos en comunión con él. Que esa fidelidad a la cátedra de Pedro no cese de crecer en vosotros, todos los días, e ilumine vuestra vida. Es de la unión con el Sumo Pontífice que discurren las gracias más intensas y eficaces para el progreso de vuestra institución.

El templo interior sea tan bello como el de piedra

Que esta iglesia sea la primera entre muchas otras que los heraldos deben construir por el mundo entero, con el fin de expandir su carisma y atraer para Dios y para Su Santa Iglesia, por medio de la belleza, incontables hombres y mujeres, jóvenes y adultos, niños y ancianos de todas las naciones.

“La actividad de todos los que trabajaron para construir este edificio es, ciertamente, apreciada por Aquél que es celebrado como Dios, pero no tanto como el templo animado, que sois todos vosotros, pues Él admira con preferencia a la casa hecha de piedras vivas y bien compactas, fuerte y sólidamente establecida sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, del cual Jesucristo mismo es la piedra angular”. 8

Concluyo con una oración del siglo V: “Protege, Señor, a las personas aquí reunidas: sus corazones habían preparado un santuario, antes que sus manos lo construyesen para la gloria de Tu nombre.

Que el templo interior sea tan bello como el templo de piedra. Dígnate habitar tanto en uno como en el otro. Nuestros corazones, como estas piedras, llevan impreso Tu nombre”. 9

María, Reina de los Heraldos, intercede por nosotros. Amén.

 

1) Dedicación de la Iglesia y del Altar, Premisa.
2) Ibidem , nº 85.
3) EUSÉBIO DE CESARÉIA, Historia eclesiástica , X, IV, 71.
4) Cf. S. WEIL, Pensieri disordinati sull'amore di Dio , Vicenza, 1982, p. 44.
5) H.U. VON BALTHASAR, Gloria , Jaca Book, Milán, 1985, vol. 1, p. 10-12.
6) Benedicto XVI, Homilía en la parroquia romana de Santa María Estrella de la Nueva Evangelización. 10/12/2006. 7) Idem, ibidem .
8) EUSÉBIO DE CESARÉIA, ibidem, X, IV, 21, 22.
9) HAMMAN A., Oraciones de los primeros cristianos . Vida y Pensamiento, Milán 1954, p. 258.

 

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