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La Palabra de los Pastores

Espiritualidad y misión

Publicado 2009/05/01
Autor : Cardenal Claudio Hummes, OFM

El Prefecto de la Congregación para el Clero recordó dos puntos que él ha tratado con los sacerdotes del mundo entero: la importancia de la espiritualidad y el deber de la misión.

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Espiritualidad y misión

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Cardenal Claudio Hummes, OFM
Prefecto de la Congregación para el Clero

 

Quiero saludar de modo especial, con mucha fraternidad, a mis hermanos obispos: Mons. José Maria Pinheiro, Ordinario de esta Diócesis, y Mons. Benedito Beni dos Santos, Obispo de Lorena. Durante mucho tiempo trabajamos juntos, en la Arquidiócesis de São Paulo.

Es para mí una alegría muy grande poder celebrar también aquí, en esta comunidad, en esta iglesia nueva, mi jubileo sacerdotal. Quiero agradecerle mucho al padre João Clá, por haberme dado esa oportunidad, y saludarle con mucho respeto, fraternalmente, como amigo.

Quiero saludar a todos los sacerdotes de los Heraldos del Evangelio, a todos los miembros de esta Asociación, a todos aquellos que de alguna forma tienen alguna relación espiritual, o incluso institucional, con esta gran obra de Dios que son los Heraldos del Evangelio.

Tenemos mucha confianza en vosotros

Puedo comenzar diciendo que Roma, cada vez más, os conoce. Algunos allí os conocen de modo particular, y hablan de vosotros, entre los cuales el Cardenal Rodé, que estuvo aquí hace poco tiempo, y es el Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

Tenemos mucha confianza en vosotros, mucha admiración y también mucha esperanza, claro, de que esta obra vaya adelante, que sea siempre muy abierta al Espíritu Santo, el cual guía a la Iglesia y guía también a todas esas iniciativas, esos carismas.

Por cierto, es Él quien suscita nuevos carismas, nuevas vocaciones, nuevas iniciativas, nuevas pastorales, nuevos ministerios. Es Él quien está suscitando siempre la diversidad y la unidad en esa diversidad.

Así como la Santísima Trinidad, un sólo Dios en tres Personas, es la unidad perfecta en la distinción de las Personas, la Iglesia también es hecha así, a semejanza de esa Trinidad.

Y los Heraldos del Evangelio son una de esas nuevas iniciativas que el Espíritu Santo ha suscitado en los últimos tiempos en la Iglesia. Como decía el Papa Juan Pablo II, los Movimientos y las nuevas Comunidades son la respuesta del Espíritu Santo a los tiempos de hoy. Pero, al mismo tiempo, él decía: sean muy fieles a la Iglesia, tengan mucha comunión con los obispos, y seréis de verdad una bendición para la Iglesia y para la humanidad.

Sé que ese es vuestro deseo, vosotros queréis caminar en esa luz. Y al Santo Padre ciertamente también le gustaría estar, en espíritu, aquí con vosotros; y él lo está, ciertamente.

Cuando salimos de Roma, llevamos siempre una bendición suya para todos; por lo tanto, también para vosotros hoy aquí, de modo especial.

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“El sacerdote y todas las personas consagradas deben ser, sobre todo,
hombres y mujeres de oración. Jesús fue un hombre de oración.”

Siempre muy feliz como sacerdote

Soy sacerdote hace cincuenta años. Sé que muchos aquí ya han sido ordenados sacerdotes y otros están preparándose para serlo. Mons. José Maria está acompañando, Mons. Beni está comprometido muy de cerca en la formación. Entonces, eso nos da mucha tranquilidad, y debe daros a vosotros también mucha tranquilidad esa comunión, ese estar formalmente caminando dentro de las instituciones de la Iglesia.

Debo decir que fui siempre muy feliz como sacerdote, en esos cincuenta años. Claro que con sufrimientos, con las cruces, en fin, con las dificultades y los cansancios que hacen parte de la condición humana, y también del cristiano, porque el cristiano tiene necesariamente de seguir Jesús Cristo en el camino del Calvario. “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10, 38). [...]

Es esencial ser hombres de fe y de oración

Por eso os digo a vosotros que estáis aún a camino, eventualmente escuchando esa voz: no tengáis miedo de responder “sí”.

El Evangelio de hoy habla del miedo. El miedo nos hace dudar, vacilar, pero la fe quita los miedos. Y la fe significa adherir a Jesucristo, tener certeza en Jesucristo, pues Él sabe hacia dónde nos está conduciendo.

¡Confiar en Él! Fe es eso, es tener confianza, y una confianza que no hace muchas preguntas. Preguntas sobre “¿cómo hacer eso?”, sí; pero no preguntas sobre “¿hacia dónde Jesucristo nos guía?” Él sabe hacia dónde nos lleva, Él nos conduce.

¡Tened fe! ¡La fe quita los miedos! San Pedro, cuando tuvo miedo, comenzó a hundirse en el mar; Jesús le extendió la mano, y le cogió diciendo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14, 31). Jesús, en su misericordia, les da la mano incluso a aquellos que no tienen fe, a aquellos que tienen miedo, porque eso es muy humano.

Pero es necesario ser también un hombre de oración, porque seguir a Jesucristo significa tener intimidad con Él. El sacerdote y todas las personas consagradas deben ser, sobre todo, hombres y mujeres de oración.

Jesús fue un hombre de oración, como hombre, claro. Como Dios, Él atendía las oraciones. [...]

El Evangelio muestra cómo Jesús era un hombre de oración, que confería su misión con el Padre, hablaba de lo que había ocurrido, de lo que aún ocurriría. Jesús tenía esa gran intimidad con su Padre, enseñándonos que también nosotros debemos ser hombres de oración; sobre todo nosotros, sacerdotes, que debemos conducir al pueblo hacia Jesucristo, el cual nos conduce al Padre, en el Espíritu Santo.

También para que no confiemos demasiado, como si todo fuese obra nuestra, como si fuésemos capaces de salvar al pueblo. ¡No! Nosotros no somos salvadores del pueblo. Él es el único Salvador, es el primado de Dios y de su gracia en la vida de la Iglesia.

Él nos amó primero, sin Él nada podemos hacer: “separados de mí, nada pueden hacer” (Jn 15, 5) — dijo Él. [...] Entonces, la oración es muy importante en la vida del sacerdote.

Otra cosa que vamos siempre aprendiendo de nuevo es ser muy sinceros delante de Dios, también de nuestros pecados.

El jubileo es siempre un tiempo en que pedimos perdón.

Como Israel pedía perdón de los pecados — se hacía ese jubileo cada cincuenta años —, también nosotros pedimos perdón. Pero cada cual debe tener aquella alegría, aquella simplicidad de colocarse delante de Dios y decir: “¡Me equivoqué! Me equivoqué en tantas cosas. No hice lo que el Señor esperaba de mí; y podía esperarlo, porque estaba a mi alcance; fui despreocupado, fui negligente o incluso de mala voluntad”.

Debemos decir eso muy tranquilamente a Dios; Él es de un amor infinito y nos recibe. De hecho, ni siquiera está muy interesado en nuestros pecados, pero Él quiere, eso sí, que los reconozcamos. Él nos perdona y nos dice: “¡Adelante, Yo estaré contigo!”.

El sacerdote también necesita tener esa tranquilidad, esa sinceridad, esa serenidad, con la certeza del amor del Padre y, por lo tanto, de poder decirle todo lo que ocurre consigo, porque Él escucha con amor, con inmensa misericordia.

A veces, en nuestra oración, aprendemos a pedir más. Dijo Jesús que es necesario pedir: “¡Pidan y recibirán!” (Jn 16, 24). Él quiere incluso que pidamos para honra de su nombre: “Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre” (Jn 14, 13).

La vía de la belleza y la espiritualidad

Debemos alabar a Dios, bendecirlo, proclamar al mundo las bellezas de Dios. Que la belleza creada sea una alabanza a Dios — si no ella no tiene sentido —, sea un reflejo de la Belleza divina. Se habla mucho hoy del camino de la belleza para llegar a Dios.

En la Congregación para el Clero insistimos en algunos puntos con los sacerdotes, y eso tal vez pueda ser importante también para los Heraldos.

En primer lugar, esa cuestión de la espiritualidad, porque hoy el mundo ha cambiado mucho, la cultura posmoderna lo va arrastrando todo y, poco a poco, pretende ocupar el lugar de todas las culturas. Esa nueva cultura no quiere saber de religión. Por lo tanto, estamos en una situación nueva, en la cual debemos tener mucha espiritualidad para vivir como cristianos, sobre todo como sacerdotes, como pastores y como consagrados. Vivir públicamente y con alegría, sin esconder el hecho de ser hijos de Dios, de ser el pueblo de Dios. Y proclamar eso.

Proclamar y vivir eso fuertemente, como espiritualidad, con aquel entusiasmo de querer que otros también entiendan, también se abran a eso, porque es el único camino para el mundo.

Aunque el mundo cierre los oídos y los ojos, vamos a seguir.

Pero hacer eso con alegría, con entusiasmo, con ganas. Esa espiritualidad que nace exactamente de la intimidad con Jesucristo, del encuentro personal y comunitario con Él, nos lleva a la misión.

Misión: deber indicado por el Papa

Este es el segundo punto, que hoy acentuamos mucho: la misión. No podemos esperar que el pueblo venga, [...] debemos pensar en todos aquellos que hemos bautizado —¡y son tantos!—, que no participan de nada, están lejos, nunca han descubierto la riqueza de lo que significa ser bautizado, ser hijo de Dios, hacer parte de su pueblo, ser heredero de Dios.

Eso significa misión. O sea, debemos salir a su búsqueda.

Por cierto, el Papa dijo eso aquí en São Paulo, sobre todo a los obispos brasileños.

Es necesario ir, en primer lugar, a los pobres de nuestras periferias urbanas y del campo. Los pobres tienen una necesidad inmensa de tantas cosas, pero también necesidades espirituales.

Y él añadió que los pobres esperan la proximidad de la Iglesia, quieren sentir el calor de su Iglesia; entonces sí, sentirán que la Iglesia los ama.

Si estamos distantes y esperando que ellos vengan, ¿cómo van a creer que la Iglesia los ama, que Dios los ama? ¡No, nosotros vamos en busca suya! Sé que vosotros lo hacéis, intentáis hacerlo, y tenéis que tener eso muy claro. Nosotros, los Heraldos, vamos de hecho a los pobres en primer lugar, porque ellos —exactamente por ser víctimas de las instituciones humanas regidas por el egoísmo— son aquellos que más necesitan sentir que no fue Dios quien los hizo pobres. [...] El Papa dice que el mejor servicio que podemos prestar a los pobres es la evangelización. Pero yo siempre añado que la evangelización no va sin la promoción humana. También eso seguimos acentuándolo mucho junto al clero.

Carencia de líderes y formación de la juventud

Otro aspecto es la formación permanente, el mundo de la cultura. Los sacerdotes deben de hecho estar muy atentos a eso, a la necesidad de llevar la fe también a los diversos segmentos de la cultura, porque el pueblo es conducido a partir de la cultura. Inculturar la fe también en la intelectualidad.

Por ejemplo, se dice mucho hoy, en Roma, que América Latina tiene carencia de laicos, de laicos que sean líderes y al mismo tiempo profundamente católicos; y eso públicamente, de forma que sean puntos de referencia, como tuvimos un Tristão de Ataide y otros. Hoy ya no los tenemos.

Los grandes hombres de la literatura y también los políticos de América Latina ya no son católicos así, profesos, que realmente hacen de eso su gran testimonio.

Entonces, ¿cómo educar nuevos liderazgos, cómo trabajar en los medios culturales: escuela, educación, universidad? Claro que plantamos para el futuro. Es como plantar una araucaria que va a estar bonita en la generación siguiente. Pero estamos previendo y trabajando para el futuro.

Y pienso que vosotros tenéis ahí también un camino importante a recorrer, el camino de estar presentes en la cultura [...].

Salir en misión es saludable también para el propio evangelizador

Entonces, los Movimientos, las nuevas Comunidades, las nuevas Instituciones, los Heraldos, ahí tenéis el élan del Espíritu: no dejéis de usarlo para la misión, y seréis ser muy felices.

Si os cerraseis sobre los asuntos de la Asociación, entonces sería una guerra interna. Cuando salimos en misión y pensamos en los otros, todo eso se vuelve corriente, cosas que se resuelven humanamente, en el día-a día.

Salir en misión siempre es saludable, no sólo para las personas que reciben, sino también para el propio evangelizador. [...] es esto lo que yo quería deciros en este jubileo, en este encuentro especial con vosotros, en la alegría de estar con vosotros.

Quiero decir también que alabo a Dios, le agradezco por todos estos años de sacerdocio que me dio, y le pido que continúe bendiciéndome y esté conmigo hasta el fin. Porque después de los cincuenta años de sacerdocio tenemos que ser un poco más conscientes... y pedir que Dios esté con nosotros hasta el fin.

Agradecido por vuestras oraciones. Rezad por los sacerdotes del mundo —son más de cuatrocientos mil— y sed aquellos grandes entusiastas de Jesucristo y de su pueblo. Amén.

(Extractos de la homilía en la iglesia del Seminario de los Heraldos, el 4/8/2008)

 

 

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