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La Palabra de los Pastores

Vibrar con las necesidades de la Iglesia

Publicado 2009/07/01
Autor : Mons. Javier Echevarría Rodríguez

En su carta mensual a los miembros de la Obra, Mons. Javier Echevarría recuerda la doctrina de laIglesia como Cuerpo de Cristo y sugiere algunas acciones concretas para amarla y servirla.

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Vibrar con las necesidades de la Iglesia

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Mons. Javier Echevarría Rodríguez
Prelado del Opus Dei

 

Vibrar con las necesidades de la Iglesia, en todos los continentes, es y será siempre algo muy propio de los cristianos [...] No se me borra el júbilo con que San Josemaría expresaba esta verdad.

En la Santa Iglesia —escribía en una ocasión— los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio —Iglesia purgante—, o con los que gozan ya —Iglesia triunfante— de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, trasciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el manto de Santa María, y continúa —en la tierra y en el cielo— alabándola como Madre” . 1 [...]

La Iglesia como Cuerpo de Cristo

Meditemos de nuevo las palabras de Jesucristo resucitado. A la pregunta de Saulo —¿quién eres tú, Señor?—, el Señor responde: Yo soy Jesús, a quien tú persigues (cfr. Hch 9, 5). “En el fondo, en esta exclamación del Resucitado, que transformó la vida de Saulo, se halla contenida toda la doctrina sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Cristo no se retiró al cielo, dejando en la tierra una multitud de seguidores que llevan adelante ‘su causa'. La Iglesia no es una asociación que quiere promover cierta causa. En ella no se trata de una causa. Se trata de la persona de Jesucristo, que, también como Resucitado, sigue siendo ‘carne'. Tiene ‘carne y huesos' (cfr. Lc 24, 39), como afirma en el evangelio de San Lucas, el Resucitado, ante los discípulos que creían que era un espíritu.

Tiene un cuerpo. Está presente personalmente en su Iglesia”. 2

A la luz de estas consideraciones, ahondamos más en la realidad de que cualquier ofensa a la Iglesia —a su doctrina, a sus sacramentos e instituciones, a sus Pastores, especialmente a su Cabeza visible, el Romano Pontífice— constituye un menosprecio a Jesucristo mismo. Porque la Iglesia que contemplamos en la tierra, a pesar de las flaquezas y errores que arrastremos sus miembros, es siempre la Iglesia de Dios, como repite Pablo innumerables veces: el Pueblo que Dios Padre ha convocado en su presencia; el Cuerpo de Cristo, que Jesucristo ha fundado al precio de su sangre, para prolongar su presencia en la historia hasta el final de los tiempos; el

Templo del Espíritu Santo, que se levanta como la verdadera morada de Dios entre los hombres. Con palabras de un Padre de la Iglesia, que asumió el Concilio Vaticano II, “toda la Iglesia aparece como ‘un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo'”. 3

Universalidad y unidad de la Iglesia

La Unidad y Trinidad de Dios define, pues, el fundamento último de la realidad y naturaleza íntima de la Iglesia. Por eso, “se equivocarían gravemente los que intentaran separar una Iglesia carismática —que sería la verdaderamente fundada por Cristo—, de otra jurídica o institucional, que sería obra de los hombres y simple efecto de contingencias históricas. Sólo hay una Iglesia. Cristo fundó una sola Iglesia: visible e invisible, con un cuerpo jerárquico y organizado, con una estructura fundamental de derecho divino, y una íntima vida sobrenatural que la anima, sostiene y vivifica” .4

La sublime visión de la Iglesia, que San Pablo expone en sus epístolas, da razón de la fortaleza con que actúa cuando se pone en juego su unidad o su universalidad. A los cristianos de Corinto, propensos a dividirse en facciones contrapuestas, les amonesta: “me han llegado noticias sobre vosotros, hermanos míos, de que hay discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros va diciendo: ‘Yo soy de Pablo', ‘Yo, de Apolo', ‘Yo, de Cefas', ‘Yo, de Cristo'. ¿Está dividido Cristo? ¿Es que Pablo fue crucificado por vosotros o fuisteis bautizados en el nombre de Pablo”? (1 Cor 1, 11-13).

La defensa de la unidad de esta Madre santa se muestra como una pasión dominante en la vida del Apóstol, como lo fue también la defensa de su universalidad. “Desde el primer momento —enseña el Papa— había comprendido que esta realidad no estaba destinada sólo a los judíos, a un grupo determinado de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos, porque Dios es el Dios de todos” .5 Y así, ante el peligro de que la primitiva comunidad cristiana quedase encerrada en los límites de la Sinagoga, el llamado Concilio de Jerusalén declara que todos los hombres y mujeres, de cualquier raza, lengua y nación, están llamados a una plena incorporación a la Iglesia de Cristo (cf. Hch 15, 23-29), en la que “ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús” (Gál 3, 28).

Rezar “pro unitate apostolatus”

De esta pertenencia de la Iglesia a Cristo, procede “nuestro deber de vivir realmente en conformidad con Cristo.

De aquí derivan también las exhortaciones de San Pablo a propósito de los diferentes carismas que animan y estructuran a la comunidad cristiana.

Todos se remontan a un único manantial, que es el Espíritu del Padre y del Hijo, sabiendo que en la Iglesia nadie carece de un carisma, pues, como escribe el Apóstol, ‘a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común' (1 Cor 12, 7)”.6 ¿Es sinceramente piadosa tu petición pro unitate apostolatus ? ¿Cómo rezas por todos los que gastan su existencia por la Iglesia? ¿Sabes llegarte con la oración hasta el último lugar donde se trabaja por Cristo?

¡Cuántas gracias hemos de dar a Dios por haber querido que la Iglesia sea, al mismo tiempo, única y tan variada! ¡Y qué respeto hemos de mostrar a todas las manifestaciones con las que el Espíritu Santo quiere adornar a la Esposa de Cristo! “En la Iglesia hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el fin: la santificación de los hombres.

Y en esta tarea participan de algún modo todos los cristianos, por el carácter recibido con los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la Iglesia, que es la misión de Cristo”. 7

Nadie sobra en la Iglesia: todos somos necesarios. El punto importante se centra en la comunión con su Cabeza visible, con los Pastores y con el entero Pueblo de Dios, cada uno según la llamada y la gracia que ha recibido.

La Obra, una pequeña parte de la Iglesia

En el marco de las enseñanzas eclesiológicas de San Pablo, la realidad teológica y jurídica de la Obra —que es una pequeña parte de la Iglesia— adquiere todo su relieve. Me gusta considerarlo cuando está a punto de finalizar el especial año mariano que convoqué para conmemorar las bodas de plata de la erección pontificia de la prelatura. La labor apostólica del Opus Dei —de sus fieles laicos y de sus sacerdotes— es necesariamente una colaboración a la vitalidad pastoral de las Iglesias particulares en las que la Prelatura vive y actúa.

 

(Extractos de la “Carta del Prelado, Noviembre 2008”. El texto íntegro se puede encontrar en www.opusdei.es/art.php?p=30509)

1 San Josemaría, Homilía El fin sobrenatural de la Iglesia , 28/5/1972.
2 Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino , 28/6/2008.
3 Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium , n. 4; cfr. San Cipriano, Tratado sobre el Padrenuestro , 23.
4 San Josemaría, Homilía El fin sobrenatural de la Iglesia , 28/5/1972.
5 Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general , 25/10/2006.
6 Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general , 22/11/2006.
7 San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia , 4/6/1972.

 

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