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Un obispo misionero

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

Mons. Emilio Pignoli es un protagonista de la historia de los Heraldos del Evangelio: él fue quien erigió en su diócesis a esta Asociación de Fieles. Misionero ardiente y pastor bondadoso, nos cuenta en una amena conversación algunos hechos de su vida.

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Un obispo misionero

 

MonsEmilioPignoli.jpgHeraldos del Evangelio: Don Emilio ¿cómo surgió su vocación sacerdotal?

Desde niño siempre me gustó mucho ir a la iglesia. Incluso antes de hacer la Primera Comunión –en Cappela de Picenardi, en la provincia italiana de Cremona, donde nací– ya manifesté a la catequista mi voluntad de ser sacerdote.

Ella dijo que para ser sacerdote era preciso tener vocación, ser llamado por Dios. Yo la miré y pregunté:

–¿Pero cómo voy a saber si es Dios que me llama?

Ella me respondió:

–Mire, es el deseo del corazón, Dios habla al corazón. Cuando hagas la Primera Comunión, dile a Jesús: “¡Yo quiero ser sacerdote, dame la vocación!”

El día de la Comunión hice exactamente lo que ella me recomendó: me quedé pidiendo, arrodillado y con la mano en el rostro, repitiendo aquella invocación. Los demás ya habían vuelto a los bancos y acabé quedándome casi solo, arrodillado.

De hecho, nunca se apartó de mí el ideal del sacerdocio, de modo que cuando llegó el momento –en 1945– a pesar de varias dificultades que asolaban Italia, ingresé al seminario.

HE: ¿Usted ya pensaba en ser misionero?

El Papa Pío XII, en la época, había hecho una fuerte llamada a la Iglesia europea a favor de Latinoamérica, hablando sobre los emigrantes que venían hacia acá, traían su fe pero nadie les acompañaba, exponiendo la situación de muchas parroquias sin sacerdotes, etc. Y en los seminarios se comentaba eso. En 1948, cuando llevaba ya tres años allí, el P. Ricardo Lombardi fue a predicar a Cremona, realizando el curso “Por un mundo mejor” que tuvo su importancia en la época. Él se hospedó en el seminario, y el rector le pidió que celebrara una Misa y dijera algunas palabras a los seminaristas.

Habló sobre Latinoamérica, sobre la situación de Brasil, de Argentina, de Venezuela... Sobre todo, mostró Brasil como un país inmenso y necesitado de misioneros, donde casi no había sacerdotes, donde algunos obispos querían comenzar un seminario en su diócesis pero no tenían fuerzas.

Y nosotros, seminaristas, pensábamos: “Aquí somos bastantes, ¿por qué no vamos allá? Ya que queremos consagrarnos a Dios y a la Iglesia, ¡vamos adonde nos necesitan!” Entonces, muy entusiasmado por el asunto, conversé con el director espiritual. Él me aconsejó: “Despacio, despacio…

Termine Filosofía, termine todo con buen provecho”. Y fue acompañándome en el discernimiento.

Un día llegó el rector a nuestra clase y leyó una carta de la Comisión Pro América Latina, de Roma, que decía que el Santo Padre bendecía si algunos seminaristas se dispusiesen a ayudar en Latinoamérica como misioneros. Días después el obispo de Cremona manifestó el deseo de que la diócesis ayudase y oyese esa llamada del Papa. Todo eso me animó.

Fui entonces a pasar unos días en el Colegio Pío Brasileño, en Roma, para aprender un poco de portugués.

Encontré allí un seminarista de Riberão Preto, que me motivó a escribirle a Mons. Mousinho, obispo de la ciudad paulista.

Escribí, y él inmediatamente me acogió, aconsejándome hacer el curso de Teología en S. Paulo, pues así aprendería mejor la lengua, y ya me iría preparando, además de ser útil.

Mi madre se entristeció bastante: “Pero hijo, termina tu formación. Yo quería asistir a tu primera misa…”

Respondí que si era la voluntad de Dios, yo volvería.

Pero su corazón ya lo presentía… Cuando me besó en la despedida, me dijo: “Vete, hijo, Dios te bendiga… pero a tu madre no la verás más”.

Y así fue.

HE: ¿Cuándo llegó usted a Brasil?

MonsEmilioPignoli2.jpg
“¿Cuál fue el motivo de venir a Brasil? Trabajar por las vocaciones”

El 20 de Octubre de 1953. Llegué a Riberão Preto y me asustó el calor porque, habiendo salido de Italia cuando comenzaba el invierno, nadie me dijo que aquí era la época de los calores. Y la única sotana que había traído era de lana, calcetines de lana, camiseta de lana. “¡Mi buen Jesús!” – pensé.

Cierto día, un sacerdote de allá me preguntó:

–¿Como está, se acostumbra?

–Mire, aquí hace demasiado calor.

¡Dios mío! ¿No hay una región más fría?

Otro sacerdote que hacía clases en el seminario, me oyó y me invitó a su parroquia, en Cravinhos, una ciudad mucho más fresca. El obispo lo autorizó y me trasladé. Allí no había seminarista y fui adoptado. De modo que cuando llegaba mi tiempo de ordenación, una comisión fue a ver al obispo para que fuera ordenado en Cravinhos.

Me dieron todo: ropas, paramentos, un viaje de regalo para ir a Italia, después de la primera Misa.

¿Pero cuál fue el motivo de venir a Brasil? Trabajar por las vocaciones, formar sacerdotes. Gracias a Dios, en estos años he podido ordenar a 112 sacerdotes, en breve ordenaré otros 8, y el próximo año 13 más.

HE: ¿Qué es lo que más le agrada del pueblo brasileño?

Aquí hay mucha gente de buena pasta, y lo que precisamos es evangelizar profundamente a las personas, para que conozcan de verdad la doctrina del Señor y el camino de la Iglesia. Muchos están en la ignorancia religiosa y fácilmente son desviados por las sectas. Si tuviéramos buenos sacerdotes que entiendan al pueblo, sepan oír, visiten a las familias, den atención a los enfermos, entonces el Brasil estará salvado.

HE: Para nuestra alegría, la Providencia quiso que en determinado momento usted conociera a los Heraldos.

Realmente, vemos cómo es la mano de Dios la que guía nuestras actitudes cuando rezamos todos los días, invocamos el Espíritu Santo, para que Él nos oriente siempre y hacer únicamente la santísima voluntad del Padre.

El P. Sandro y el P. Beto fueron los primeros que me hablaron de los Heraldos.

Les manifesté mi deseo de conocerlos y me invitaron a pasar un día en la Casa Matriz. Observé tantas cosas buenas, todo muy digno, muy auténtico. Tuve una conversación en la cual me presentaron los Estatutos de la Asociación. Los leí al instante y apunté algunas cosas que creí que deberían cambiar. Me mandaron después una nueva versión, que yo envié a Mons. Geraldo Majela, que en esa época se encontraba en Roma. Él me respondió rápidamente, diciéndome que los Heraldos del Evangelio merecían ser apoyados.

Entonces aprobé los estatutos por un quinquenio, pensando: “Vamos a ver, por los frutos se conocerá el árbol”. Y el árbol dio frutos en abundancia, tan rápido que me sorprendió.

Yo había firmado el decreto aprobándolos como Asociación de Fieles para una experiencia, después varios obispos se adhirieron, y cuando todo aquello fue presentado a la Santa Sede, listo, ya fue Asociación de Derecho Pontificio.

Ocurrió muy rápido.

Pero es esto, fue un camino muy bonito.

HE: Monseñor, ¿podría enviar un mensaje a los lectores?

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“Quiero dar la enhorabuena a todos los que se adhieren a los Heraldos del Evangelio. Están en el buen camino”

Queridísimos lectores, debemos dar gracias a Dios por estas obras que Él suscitó a partir del Concilio Vaticano II, los movimientos seglares y las fraternidades nuevas, que fueron surgiendo en la Iglesia. Debemos confirmar nuestra fe en el poder del Espíritu Santo, porque muchas cosas no proceden de la planificación de nuestras curias ni de nuestros planes. Es el propio Dios quien conduce la historia de la salvación y también nuestras historias.

Entre las más bellas historias está justamente la de los Heraldos del Evangelio, que yo pude conocer de cerca aquí en São Paulo y en Roma, en el importante trabajo de restauración de la iglesia de San Benedetto in Piscinula, en el Trastevere Romano. Es importante pensar en todo el impulso que ellos dan a través de las visitas a domicilio, de oración en las casas y de celebración de las solemnidades. Su coro y orquesta internacional conmueven al pueblo, sobre todo en las periferias; nosotros nunca conseguiríamos todo eso si no tuviésemos ese apoyo de los Heraldos.

Tengo también el gran placer de decir que el Colegio Internacional de los Heraldos está en el territorio de mi diócesis, y allí se levantará también un Santuario de Nuestra Señora de Fátima, que por ahora es una capillita.

Como todo cuando comienza, todavía está como un grano de mostaza, pero sé que después crecerá.

Quiero dar la enhorabuena a todos los que se adhieren a los Heraldos del Evangelio. Están en el buen camino y realmente debemos estar atentos, porque el Espíritu Santo, a través de ellos, de sus sacerdotes y de nuevas vocaciones, nos da todo el apoyo necesario para ver que nuestra Iglesia está refloreciendo.

Es la realización del gran sueño del Beato Papa Juan XXIII, el cual deseaba un nuevo Pentecostés en la Iglesia. Este Pentecostés está pasando, una primavera en la Iglesia.

En Europa –pienso ahora en los lectores italianos– la diferencia entre el invierno y la primavera es una cosa fantástica, como de la muerte para la vida. Aquí en Brasil no es tan marcada la diferencia entre las estaciones, pero lo que interesa es la idea, o sea, la Iglesia debe reencontrar el fundamento de su fe. Entonces, quiero que todos reciban con mucho amor y alegría el ejemplo, el testimonio de vida y apostolado de los Heraldos del Evangelio y de las jóvenes de la Sociedad de Vida Apostólica Regina Virginum, que son las muchachas de la rama femenina de los Heraldos. Entre ellas hay realmente verdaderos “ángeles” de Dios, que no parecen de verdad en el medio de una sociedad joven tan divergente. Son jóvenes que viven en un régimen de disciplina, una profunda oración y en el servicio, como el que hacen a los niños allí en el Colegio Internacional.

Todo eso es un fruto bendecido que se está realizando con la gracia de Dios.

 

 

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