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Sucedió en la Iglesia y en el mundo

Nuestra sociedad, ¿tiene arreglo? - Parte 1

Publicado 2017/09/07
Autor : Hna. Juliana Montanari, EP

Los grandes problemas sociales de nuestra época sólo se resolverán cuando la Iglesia pueda cumplir la misión recibida de su divino fundador y la ley del Evangelio rija todos los pueblos de la tierra.

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Tal vez en ninguna época de la Historia se haya debatido tanto sobre problemas sociales, estructuras de poder, sistemas políticos y temas congéneres. Hoy día se discute a cerca de derechos, igualdades e ideologías de una manera tan profusa y confusa que se corre el riesgo de no entender ya nada más. Un enmarañado de axiomas y conceptos, repetidos de modo insistente, aturullan nuestra cabeza sin que nos dé tiempo siquiera de conocerlos mejor.

¿Tamaña abundancia de ideas y argumentos tendrá alguna utilidad concreta? Parece que no, pues la mayor parte de las sociedades modernas andan de mal en peor... Crece la inseguridad por todos lados, se siente nostalgia de la tranquilidad de otros tiempos, se desvanece la verdadera alegría en los raros lugares donde aún se encuentra.

Luego, ¿no sería el caso de que paráramos unos instantes para analizar cuáles deben ser los cimientos de una sociedad estable y feliz? Quizá, al hacer juntos este saludable ejercicio, nos llevemos una sorpresa, porque arreglar nuestros problemas sociales puede ser mucho más sencillo de lo que generalmente se piensa.

Dios ama más el conjunto que los individuos

Al abrir las páginas del Génesis, nos llama la atención la profunda simplicidad de su primer versículo: "Al principio creó Dios el cielo y la tierra" (1, 1). Esta frase tan corta, que proclama a Dios Padre como Creador del universo, es el principal sustentáculo de todos los demás artículos de nuestra fe, reunidos en el Credo.

Ahora bien, la expresión "el cielo y la tierra" usada en el texto sagrado no designa exclusivamente el azul de la bóveda del firmamento y la tierra de la que sacamos el alimento, sino que abarca todas las criaturas, tanto corporales como espirituales. En esa amplia gama de seres están incluidos desde el menor grano de arena hasta la mayor de las estrellas, del más insignificante microorganismo al más sublime de los serafines, pasando por las más diversas criaturas, como podrían ser las cataratas, las rosas y, naturalmente, los seres humanos de todas las razas, pueblos y condiciones.

Al ejecutar su obra, quiso la Divina Providencia crear un "universo compuesto de muchas criaturas para que ellas, de un lado por su pluralidad, de otro por su jerarquización, reflejaran de modo conveniente la perfección divina".1 Y todos los seres manifiestan la presencia del Creador, pues "las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios".2

Tales reflexiones nos llevan a comprender mejor por qué el Todopoderoso, al terminar la obra de cada día, considera que lo que había hecho era bueno, pero al contemplar toda la Creación vio que "era muy bueno" (Gén 1, 31).

En efecto, siempre un conjunto es más perfecto que sus elementos tomados individualmente. Una orquesta, por ejemplo, está compuesta por varios instrumentos y cada uno interpreta su melodía de acuerdo con lo establecido en la partitura. Agradable sería escucharlos separadamente, interpretando, una a una, todas las partes de la pieza. No obstante, sólo se podrá alcanzar la perfección haciendo que la orquesta toque junta, con el timbre de los diversos instrumentos conjugándose en armónicos acordes, rivalizando en vivaces contrapuntos o fundiéndose discretamente para realzar que alguno de ellos actúe como solista. Dentro del conjunto de la orquesta un instrumento completa a otro y la línea melódica se vuelve grandiosa y bella.

Orquesta de Salzburgo

El hombre es un ser social

Análogamente es lo que ocurre con la sociedad. Está compuesta por un conjunto de individuos, cada uno de los cuales es "excelente en su naturaleza, descontados los efectos del pecado original"; sin embargo, "el conjunto de los hombres -la sociedad temporal- es más excelente que la suma de los individuos".3

Con su inteligencia, el ser humano trata de entender lo que conoce a través de la percepción de los sentidos. Pero este conocimiento no le basta y, movido por la sed de lo infinito que lo abrasa, busca la felicidad, estando dispuesto a realizar cualquier esfuerzo o sacrificio para alcanzarla.

Y al constatar sus lagunas percibe que jamás conseguirá su objetivo sin la cooperación de sus semejantes. He aquí que se le presenta el "instinto de sociabilidad",4 que le hace sentir la fuerte necesidad de manifestar a los demás sus impresiones, de entrar en contacto con ellos para, con su ayuda, lograr su verdadera finalidad: ser feliz.

Por consiguiente, el hombre sabe que es contingente y social, y no puede alcanzar las metas que orientan su existencia sin apoyo y auxilio. En otras palabras, necesita vivir en una sociedad en la que prevalezca el mutuo respeto y un gran empeño por parte de todos de hacer el bien.

Los cimientos de la sociedad bien constituida

Tal sociedad puede ser comparada a un enorme edificio, cuya construcción exige sólidos fundamentos: sin ellos, la mínima tormenta o temblor de tierra le acarrearía su ruina. Por el contrario, si está asentado sobre firmes cimientos, podrá atravesar los siglos, incólume a la intemperie, teniendo la gloria de haberse mantenido de pie en medio de las más dramáticas situaciones.

¿Cuáles serían las bases de una sociedad bien constituida, en la que las relaciones entre sus miembros fueran modélicamente cooperativas y el deseo del bien común prevaleciera sobre toda y cualquier individualidad egoísta? Estas sólo pueden radicar en la ley natural, cuyos principios morales se encuentran grabados en el corazón de cada hombre, como le decía San Pablo a los romanos (cf. Rom 2, 14-15), y son salvaguardados, a través de los siglos, por la institución que es la fuente de la que manan todas las perfecciones, por ser la difusora de la Nueva Ley traída por Nuestro Señor Jesucristo: ¡la Santa Iglesia!

Con razón recuerda con nostalgia el Papa León XIII aquel tiempo en que "la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. [...]. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer".5

Ahora bien, al intervenir en la sociedad, la Santa Iglesia no hace otra cosa sino favorecer la realización de los planes divinos al crear al hombre e insertarlo en el orden armónico del universo, "poema sinfónico maravilloso, como el canto dulce y penetrante de Dios creador",6 que Él mantiene y gobierna.

Para que alcance su apogeo, el orden temporal ha de ser reflejo de la sociedad celestial a la cual están destinados los hombres que pasen la prueba en esta vida terrena. Dios quiere que las realidades visibles correspondan, tanto como puedan, a las realidades inmateriales del Cielo. Por tal motivo, "nos dio a conocer las jerarquías celestes: instituyó el colegio ministerial de nuestra propia jerarquía a imitación de la celeste, en cuanto humanamente es posible".7


1 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Estética do universo. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año V. N.º 51 (Junio, 2002); p. 10.
2 CCE 339.
3 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. A missão por excelência da sociedade temporal. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año V. N.º 56 (Noviembre, 2002); p. 22.
4 CICERÓN, Marco Tulio. De la República. L. I, n.º 25.
5 LEÓN XIII. Immortale Dei, n.º 9.
6 GARRIGOU-LAGRANGE, OP, Réginald. La Providencia y la confianza en Dios: fidelidad y abandono. 2.ª ed. Buenos Aires: Desclée de Brouwer, 1942, p. 32.
7 DIONISIO AREOPAGITA. La jerarquía celeste, c. I, n.º 3. In: Obras Completas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1995, p. 121.

 

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