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Sacerdocio, santidad y vida activa

Publicado 2009/03/01
Autor : Redacción

Desde hace décadas el P. Fernando Guima­rães, como jefe de gabinete en la Congrega­ción para el Clero, en Roma, puede anali­zar con profundidad los actuales problemas del sacerdocio.

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Sacerdocio, santidad y vida activa

 
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Visita del R.P. Fernando Guimarães a los alumnos del Seminario de los Heraldos del Evangelio.

Compartiendo con usted en esta estancia en la Casa Matriz de los Heraldos del Evangelio, se nota de parte suya una particular devoción a la Eucaristía. Lo vemos a menudo frente al Santísimo Sacramento expuesto en nuestra capilla.

He sido llamado a colaborar con el ministerio universal del Papa, en la fun­ción de oficial de la Congregación para el Clero, y este tema está siempre pre­sente en mis preocupaciones diarias.

Si leemos el relato de la institución de la Eucaristía, ya podremos ver uni­dos con un estrecho vínculo algunos elementos que conforman uno de los pilares de la Iglesia y de la vida cris­tiana: en primer lugar, la Eucaristía, instituida por Cristo para su Iglesia, y que es un signo de actualización en el tiempo de su muerte redentora, co­mo también un anuncio profético de la realización del Reino en la venida definitiva del Señor; después, el man­damiento que él nos dejó, de renovar este gesto y este signo, que hace ca­paces a los apóstoles y a sus sucesores para actuar in persona Christi Capitis et Pastoris, y así reunir una comuni­dad de fe para ofrecer, con ella y pa­ra ella, el mismo sacrificio de Cristo, confeccionando la Eucaristía; por fin, la santidad, una obra maravillosa de la gracia con la efectiva colaboración del hombre, a la que están llamados todos los discípulos de Cristo. Esta última es una exigencia intrínseca pa­ra acercarnos a ambos sacramentos: Eucaristía y Orden.

Dice san Pablo que “Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres” y, por tanto, sólo él es sacerdote… Frente a eso, ¿qué papel cumplen los sacerdotes en la Iglesia?

Realmente, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, Cris­to es el único sacerdote de la Nueva Alianza, es decir, ya no existe la mul­tiplicidad de sacerdotes que había en el Antiguo Testamento. Así como en el Nuevo Testamento ya no hay nume­rosos sacrificios, sino uno solo: el sa­crificio redentor de Cristo, realiza­do de una vez por todas. Pero se ha­ce presente en el sacrificio eucarístico de la Iglesia. Pues bien, lo mismo ocu­rre con el sacerdocio único de Cristo: se hace presente por el sacerdocio mi­nisterial, sin que disminuya con eso la unicidad del sacerdocio de Cristo. Santo Tomás de Aquino formula esta verdad con su famosa claridad y conci­sión: “Cristo es el único sacerdote, los demás sólo son sus ministros”.

En varios pasajes de los Hechos de los Apóstoles se menciona la imposición de las manos como la forma de conferir el sacerdocio. Pero los Evangelios no parecen registrar el momento exacto en que Nuestro Señor instituyó el sacramento del Orden. ¿En qué circunstancia fue creado?

Este sacramento nació en la Últi­ma Cena junto a la Eucaristía. No fue casual que Nuestro Señor Jesucristo, justo a continuación de las palabras de la Consagración Eucarística, agre­gara: “Haced esto en conmemoración mía”. Así, por medio de la ordenación presbiteral, el sacerdote queda vincu­lado de forma excepcional a la Euca­ristía. Se puede decir que los sacerdo­tes existen por la Eucaristía y para la Eucaristía. La íntima relación entre la consagración sacerdotal y la Eucaris­tía excede ampliamente la mirada tí­pica de una eclesiología “sociocéntri­ca”, que reduce al sacerdote al papel de un activista filantrópico o de un re­presentante de la comunidad.

En esencia, ¿cuál es la situación de un hombre ordenado, ya sea un simple diácono, un sacerdote o un obispo?

Ante todo es un hombre bautiza­do que recibió, como consecuencia de la ordenación sacramental, una confi­guración especial que lo pone al ser­vicio de la santificación de la comuni­dad de los bautizados, a la que tam­bién pertenece. Con su conocida pers­picacia, san Agustín define así esta si­tuación en uno de sus sermones: “Pa­ra vosotros soy el obispo, y con vosotros soy cristiano” . Dice después que esta función “obliga a una peligrosa rendi­ción de cuentas” , porque “como cristia­no debo velar por mi propio provecho, pero como obispo, únicamente por el vuestro” . Lo dicho sobre el obispo se aplica sin la menor duda a todos los sacerdotes de todos los tiempos.

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El R.P. Fernando Guimarães durante la entrevista.

El Santo Padre ha recalcado la importancia de la santificación personal del sacerdote. ¿Hay alguna relación entre el grado de virtud del ministro sagrado y la eficacia de los sacramentos que administra?

La ordenación otorga al sacerdo­te un carácter espiritual indeleble que lo acompañará toda la eternidad, y lo habilita a actuar “en la Persona de Cristo, Cabeza de la Iglesia” pa­ra cumplir la triple función de ense­ñar, santificar y guiar a la comunidad cristiana. Pero esta gracia no elimina la flaqueza humana, la posibilidad de caer en error, y mucho menos impide pecar. Por eso no se puede dejar de reconocer que, infelizmente, muchas acciones de ministros de Cristo echan en falta la señal de fidelidad al Evan­gelio, lo cual puede perjudicar la fe­cundidad del apostolado de la Igle­sia.

Sin embargo, la eficacia de los ac­tos sacramentales queda asegurada siempre por el hecho de no depender de la santidad personal del presbíte­ro, sino que se realiza ex opere opera­to, vale decir, es obra del mismo Cris­to, de quien el sacerdote es un repre­sentante.

Pero no es menos cierto que, nor­malmente, Dios prefiere manifestar sus grandezas por medio del ministe­rio de sacerdotes que, dóciles a la ins­piración del Espíritu Santo, tengan una santidad de vida que les permita decir como san Pablo: “No soy yo quien vivo, sino Cristo que vive en mí”. La santifica­ción personal del sacerdote, por tanto, es una exigencia lógica e intrínseca de su carácter sacramental y de su minis­terio, como también una consecuencia necesaria de su Bautismo.

¿Es verdad que la exigencia de aspirar a la santidad debe ser más intensa en el sacerdote?

Sí, exacto. En un documento re­ciente, el cardenal Ángelo Soda­no, cuando todavía era Secreta­rio de Estado, hace alusión a “expe­riencias amargas y decepcionantes” y afirma que cada sacerdote, más que cualquier otro cristiano, está llama­do a ser un “hombre de Dios”. De­cía además que “la llamada a la san­tidad siempre fue propuesta como vo­cación y objetivo primordial del sacer­dote”. Mostraba también que para el sacerdote es indispensable tener un encuentro con Cristo, una experien­cia personal, para lo que debe dejar­se llevar con Cristo a través de “un camino de fe integral, sostenido por un fuerte compromiso ascético y en un sin­cero esfuerzo en dirección al Reino”.

Hay muchas más declaraciones como ésta. Recuerdo las palabras de Pío XII en el mismo sentido du­rante el Año Santo de 1950, cuan­do decía que, especialmente frente a las necesidades actuales, era im­posible que el ministerio sacerdo­tal alcanzara todos sus objetivos si los sacerdotes no brillaban en me­dio del pueblo “por la eminencia de su santidad” .

Este es el desafío de nuestra época, para los sacerdotes y para toda la Igle­sia. En medio de las profundas trans­formaciones de nuestro tiempo, tras un doloroso período de vacilaciones y de crisis personal e institucional, el sa­cerdote católico está llamado a redes­cubrir la identidad profunda de su vo­cación. Tomando una hermosa expre­sión del Papa san Pío X, la Iglesia no puede dejar de preocuparse de “for­mar a Cristo en los que están destinados a formar a Cristo en los demás”.

Es necesario superar la tendencia moderna que muchas veces induce a la gente a resaltar lo que el sacerdo­te hace en vez de lo que es. El ser del sacerdote precede, justifica y fecunda su actuar .

Se puede decir que la recuperación de una auténtica espiritualidad sacerdotal es realmente una de las tareas más urgentes de la Evangelización…

Sin duda. Sobre eso, vale la pena re­cordar la afirmación ardorosa y siem­pre actual de san Gregorio Magno: “El pastor ha de ser puro en su pensamien­to, ejemplar en su proceder, discreto en su silencio y útil en su palabra; por su contemplación, debe estar cerca de ca­da uno, y debe dedicarse más que todos a la contemplación”. Como enseña san Gregorio, las ocupaciones exteriores no pueden llevar al sacerdote a descui­dar su vida interior, pero el cuidado de su beneficio interior no lo puede hacer negligente con las necesidades exterio­res. Se requiere equilibrio.

En las múltiples actividades que la sociedad hoy pide de cualquiera, por ende también del sacerdote, éste debe construir para sí una unidad interior, fuente de equilibrio personal y de ma­durez humana que evite la dispersión y, por consiguiente, el vacío personal. Esa unidad que el sacerdote encuen­tra en la identificación personal con Cristo, la designa el Concilio Vaticano II con la expresión “caridad pastoral”. El texto conciliar dice que los sacerdo­tes, llevando la vida del Buen Pastor, “encontrarán en el ejercicio de la cari­dad pastoral el eslabón de la perfección sacerdotal que llevará a la unidad de su vida y su acción”. Después afirma que esa caridad pastoral deriva, sobre to­do, del sacrificio eucarístico, y conclu­ye con estas palabras: “Por lo tanto, és­te es el centro y la raíz de la vida del sa­cerdote”.

En la Eucaristía, sacramento de la presencia real de Cristo, el sacerdote encuentra su razón de ser y de vivir. Volviendo al Concilio, hay una ense­ñanza no sólo para los cristianos lai­cos sino también para los sacerdotes, siempre válida y actual: la Eucaristía es “fuente y ápice de toda la vida cris­tiana” : comunica el amor a Dios y a los hombres, es el “alma de todo apostolado” , y se presenta, así, co­mo manantial y cúspide de toda la evangelización.

En ese contexto podemos com­prender la insistencia del Directo­rio para el Ministerio y Vida de los Presbíteros, publicado por la Con­gregación para el Clero, en pre­sentar la Eucaristía como “núcleo y centro vital” del ministerio sacer­dotal. El Directorio recuerda que el vínculo profundo entre el pres­bítero y la Eucaristía no se reduce a la celebración de la misa. Dicho vínculo se prolonga a toda la vida de oración sacerdotal y, por tanto, también a la adoración frecuente al Santísimo Sacramento. Con ello, el presbítero puede presentarse a los ojos de los fieles como modelo de la comunidad, por su devoción eucarís­tica y por la meditación asidua, realiza­da –tanto como se pueda– frente al Se­ñor presente en el tabernáculo.

Permítame una pregunta sobre un tema más delicado: ¿cómo explicar que tantos sacerdotes hayan abandonado su sublime misión en las últimas décadas?

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“En la Eucaristía, sacramento de la presencia real de Cristo, el sacerdote encuentra su razón de ser y de vivir”.

Le responderé valiéndome de una observación personal. En el ejercicio de mis funciones –trabajo hace mu­chos años en el estudio de casos dolo­rosos de abandono del ministerio sa­cerdotal– pude notar que uno de los primeros síntomas de la crisis de es­tos sacerdotes no es, por lo general, el problema del afecto, sino el enfria­miento y la negligencia en la vida de oración, así como el descuido en la ce­lebración diaria de la misa. Debilitán­dose la certeza de la fe, se insinúan las opiniones contrarias a la fe de la Igle­sia, o cargadas de ideologías, y acaban por falsear el significado profundo del sacerdocio. Con esto, el presbítero cae en un estado cada vez más distante del contacto vital con el misterio de Cris­to, y esto le causa un vacío en el cora­zón. En la gran mayoría de los casos, solamente llegado este punto se hace sentir una necesidad afectiva de recu­rrir a un lazo humano para ocupar ese vacío existencial. Es la última etapa de un proceso que terminará casi inevita­blemente en una definitiva infidelidad al don recibido de Dios.

¿Los laicos tienen medios para colaborar en la santificación del clero?

¡Al respecto se podrían hacer tan­tos comentarios! Pero simplifique­mos, ofreciendo el ejemplo de una gran santa de los tiempos modernos: santa Teresita del Niño Jesús. A los 14 años, ella participó en una peregri­nación a Roma junto con casi 200 pe­regrinos, de los cuales 73 eran sacer­dotes. Me acuerdo que ella decía que durante un mes había convivido con esos presbíteros, que daba por santos, y había comprendido esto: que si la “sublime dignidad” de ellos “los eleva por encima de los ángeles, no dejan de ser hombres débiles y frágiles […] (y) su conducta muestra que poseen una ex­tremada necesidad de oraciones”.

Este pensamiento la acompañó a lo largo de toda su vida como religiosa, al punto que escribió en sus Manuscri­tos

Autobiográficos que la santifi­cación de los sacerdotes era “la vo­cación del Carmelo” , y que así ca­da carmelita, mediante sus oracio­nes y sacrificios, debía ser “apóstol de los apóstoles, rogando por los sa­cerdotes”. Ella misma cuenta, en el examen canónico antes de la pro­fesión de los votos, cómo se consa­gró a conquistar almas sacerdota­les para el Señor: “Vine aquí a sal­var las almas, sobre todo a rezar por los sacerdotes”.

En sus cartas no se cansaba de convocar a su hermana Celi­na para unírsele en esa noble mi­sión. “¡Salvemos sobre todo las al­mas de los sacerdotes!” , decía. Y más adelante, en la misma car­ta: “¡Ay, cuántos malos sacerdo­tes, y cuántos que no son bastan­te santos! ¡Roguemos y suframos por ellos!” Educar en el camino de la santidad las almas de los sacerdo­tes, para que en su vida personal pue­dan ser lo son en virtud de su ordena­ción presbiteral, fue la constante pre­ocupación de santa Teresita. Por eso abundan en sus escritos expresiones como ésta: “¡Ah, roguemos por los sa­cerdotes! […] Como carmelitas, nues­tra misión es formar obreros evangéli­cos” , mediante el amor ardoroso y la oración.

De eso se trata; todo fiel sin excep­ción está llamado a imitar a santa Te­resita del Niño Jesús en esa importan­te obra de apostolado: rogar a Cristo Señor Nuestro que envíe a su Iglesia muchos santos sacerdotes. El que así procede, practica una de las acciones más urgentes e importantes en la línea de la Nueva Evangelización.

1 Dice el Directorio: “Es convenien­te que los sacerdotes encargados de la dirección de una comunidad dedi­quen espacios largos de tiempo pa­ra la adoración en comunidad, y tri­buten atenciones y honores, mayores que a cualquier otro rito, al Santísi­mo Sacramento del altar, también fuera de la Santa Misa”.

 

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