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Dios habla a los hombres a través de la belleza

Publicado 2009/02/01
Autor : Redacción

Discurriendo sobre la fuerza de atracción de la vida cristiana, las experiencias ideológicas del siglo pasado y la música pop, Mons. Melchor Sánchez de Toca explica la relación de temas tan disímiles con la “via pulchritudinis”.

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Dios habla a los hombres a través de la belleza

 
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Es necesario hacer descubrir la belleza de la liturgia
y de los sacramentos”

¿Cómo y cuándo surgió la idea de proponer la “via pulchritudinis” como tema de una Asamblea Plenaria?

El asunto había aparecido ya en distintas reuniones del Pontificio Consejo para la Cultura, pero fue en la última asamblea que se celebró el año 2004, y que tuvo como tema “La Iglesia ante el desafío de la increduli­dad y la indiferencia religiosa”, cuan­do se vio la necesidad de tratar sobre la via pulchritudinis , es decir, la belle­za como un camino de acercamiento a Dios y de evangelización.

¿Alcanzó su finalidad la Asamblea Plenaria?

El primer objetivo era hablar de este tema, y eso se ha conseguido, con la presencia además de muchos consultores del Pontificio Consejo que vinieron a Roma para estar pre­sentes en el Consistorio.

No hay recetas fáciles, ni en esto ni en otros campos, pero creo que sí se logró llamar la atención de los obis­pos y de los pastores acerca de la im­portancia de esta materia; ha desper­tado incluso un enorme interés en los medios de comunicación.

Sobre resultados concretos, el tiempo lo irá diciendo.

Por tanto, el objetivo principal de la asamblea fue poner este tema en foco…

Y ofrecer propuestas concretas de tipo pastoral. No se trata sólo de re­flexionar sobre estos temas, porque hay ya muchos estudios, sino de ofre­cer pistas a las conferencias episcopa­les, a los obispos, a los religiosos, a los sacerdotes que trabajan en parroquias.

¿Hay propuestas concretas?

El cardenal Poupard, en las con­clusiones, sintetizó las propuestas principales.

En primer lugar, tiene que haber una unión más estrecha entre la li­turgia, la teología y la pastoral. ¿Qué quiere decir esto? La vida de la Igle­sia llega a la mayor parte de los fie­les a través de la celebración de los sacramentos, especialmente la misa dominical. Por lo tanto, esta celebra­ción tiene que destacar por el cuida­do en la liturgia: debe transmitir algo de la belleza de Dios, de la grandeza y la belleza de la vida cristiana. Eso sólo se puede conseguir si la teología y la pastoral caminan juntas.

Muchas veces se ha hecho una pastoral desligada de la Eucaristía, o bien se ha dado en algunos sitios de­masiado énfasis al rito, pero sin una conexión fuerte con la teología.

Tenemos un importante patrimo­nio cultural, especialmente en los países de mayor tradición católica de Europa y de América Latina. Es un tesoro que debemos poner al servicio del Evangelio.

Como decía el cardenal Poupard, es un patrimonio vivo, que se constru­yó en función del culto y de la trans­misión del Evangelio, y tiene que ser testigo ; no puede quedar secuestrado en manos de las guías turísticas, re­ducido simplemente a un museo. De­bemos inventar nuevos medios y pro­puestas, por ejemplo, la formación de los guías turísticos, que muchas ve­ces transmiten un mensaje diferente al nuestro. Abrimos la casa para que deshagan nuestro trabajo. Lo mis­mo sucede, por desgracia, en los cole­gios: tenemos una estupenda red de colegios y universidades, pero si des­pués no formamos profesores, esta­mos poniendo una estructura al ser­vicio de la difusión de modelos de vi­da contrarios al Evangelio.

Los jóvenes son un tema que ha aparecido muchas veces: cómo edu­carlos para la belleza. Se requiere un esfuerzo y una pedagogía. Por eso en la asamblea se habló de recuperar la catequesis mistagógica. En la praxis de la Iglesia antigua había una cateque­sis previa al Bautismo, que miraba a la conversión de la vida y al cambio de costumbres, y una catequesis poste­rior, la mistagógica, que introducía en la comprensión de los misterios que se celebraban. Es necesario hacer descu­brir la belleza de la liturgia y de los sa­cramentos.

Alguien podría pensar que este tema se ciñe a la esfera religiosa, sin conexión con la manifestación de la belleza en ámbitos estrictamente civiles, culturales. ¿Fue esto también un punto de análisis?

Sí, lo fue, porque el instrumentum laboris estaba articulado en torno a tres grandes bloques: la belleza en la Creación, la belleza en la Liturgia y la belleza de la Vida Cristiana. Lo que se propuso fue una reflexión acerca de la belleza como tal, sin reducirla a una sola perspectiva. Se trata de cómo aprovechar el innato deseo de belleza que hay en la gente, para acercarla a Dios. Es un camino de ida y de vuel­ta: Dios habla a los hombres a través de la belleza, y la belleza permite acer­carse a Dios. Es un tema que va más allá del ámbito puramente religioso.

Usted mencionó el deseo innato de belleza. Que la cultura dominante relegue la belleza a un plano secundario, ¿obedece a alguna ideología?

San Agustín fue uno de los gran­des protagonistas de nuestra asamblea, porque su caso demuestra la potencia de este deseo de belleza. En las “Con­fesiones” escribe: “Tarde te amé, Belle­za tan antigua y tan nueva; tú estabas dentro de mí, y yo no te escuchaba”.

Si este deseo es innato en todo hom­bre, como el deseo de felicidad, ¿por qué, en cambio, vivimos en una cultura que privilegia el aspecto banal, superfi­cial, vulgar? Porque es una belleza per­manentemente amenazada, oscurecida por el pecado. La belleza es exigente, y el pecado propone soluciones fáciles.

Vivimos marcados todavía por la ex­periencia ideológica del marxismo, una doctrina que pone la praxis del hombre en el centro, es decir, lo que el hombre hace. Ahora bien, la belleza exige una actitud diferente, que no es la de ha­cer, sino la de contemplar, incluso en el caso de la creación artística. El artista, naturalmente, crea belleza, pero des­pués ésta tiene que ser contemplada y degustada. Eso no va bien con el ritmo de vida de nuestro tiempo.

El materialismo del marxismo sería una causa de esa concepción…

No sólo el marxismo, sino la ideo­logía de la praxis, con sus diversas modalidades, tanto en el mundo do­minado políticamente por el comu­nismo -que se convirtió en una seu­do-religión-, como también en Occi­dente, dominado por el hacer, por el producir cada vez más y más deprisa.

La revolución de mayo del 68, eminentemente cultural y moral, ¿jugó un papel también en la desaparición de la belleza?

Creo que sí, aunque por una razón que podría parecer contraria a lo que acabo de decir: la búsqueda del indi­vidualismo hedonista a toda costa, y por tanto, la renuncia al esfuerzo in­dividual de crecimiento interior. To­memos un concierto de música clási­ca: si yo no estoy habituado a ella, no me dice nada. Y así sucede que mu­chos jóvenes que están acostumbra­dos a oír sólo música pop, o música muy barata, ritmos pobres, se abu­rren en un concierto de música clási­ca. O entran en una iglesia y no sa­ben “leer”, no saben entender lo que ven. La belleza se me da, pero exige una purificación interior, una ascesis, un cierto esfuerzo inicial que después queda compensado.

La revolución del 68, en sus diver­sas modalidades, en Woodstock, en la Sorbonne y en otros lugares –en par­te fue orquestada, no podemos ser in­genuos– es la búsqueda de un indivi­dualismo desenfrenado, una ruptura radical con el pasado, la imaginación al poder, la abolición de las normas.

Mientras que la belleza, insisto, se me da gratis, pero exige este esfuerzo de purificación.

El Papa recientemente se refirió a la “hermenéutica de la discontinuidad”, respecto a la aplicación errónea de los principios del Concilio Vaticano II. ¿Se puede ver en eso también una causa del abandono de la belleza en el campo eclesial?

Sí, especialmente en el campo del arte sacro y de la liturgia. Creo que se confundió la belleza con el lujo, y el lujo con el valor económico. Son conceptos diferentes. Se pueden ha­cer cosas muy bellas con medios muy simples, y puede haber cosas muy ca­ras que no son bellas.

Estos conceptos erróneos se apli­caron, por ejemplo, a la construcción de nuevos templos. El cardenal de Santiago de Chile contaba una anéc­dota que explica lo que quiero de­cir: “Los pobres tienen derecho tam­bién a la belleza”, decía él. “Se pen­saba que construir una iglesia hermo­sa en un barrio pobre podía constituir una ofensa. ¡Es al contrario! Levan­tarla equivale a decir a los pobres: ‘co­mo hijos de Dios, ustedes no merecen iglesia en un área periférica ha recali­ficado totalmente el barrio.

No es un problema económico, si­no de tener las prioridades claras, co­mo destacaron los obispos de Améri­ca Latina. El escándalo no está en te­ner una iglesia hermosa, sino en las casas ricas que no se preocupan de te­ner hermanos muriendo de hambre a su alrededor. La iglesia es la casa de todos los hijos de Dios, es imagen de la Jerusalén celestial, y tiene que ha­cer percibir algo de la belleza de la ca­sa de Dios.

Por otro lado, la novedad del Con­cilio se interpretó como una ruptu­ra radical con el pasado. Por eso, es­pecialmente en Europa, se ha mal­vendido el patrimonio artístico de la Iglesia. Paramentos y ornamentos fueron sustituidos por cosas de muy poco valor. Aquellos objetos sagra­dos eran productos creados o muchas veces donados por los fieles, eran fru­tos del amor y la devoción de gentes sencillas; pienso en las custodias de­dicadas a la exposición del Santísimo que se habían hecho con donaciones de gente muy sencilla, y han ido a pa­rar a los anticuarios o se han fundido. Esta ruptura radical no puede condu­cir a nada bueno.

¿Una vía concreta que ofrecer a los fieles sería la de la belleza de la liturgia, de la ornamentación?

Esto es lo primero, la belleza de la liturgia, la celebración cuidada. Pero claro, sabemos que la belleza nace de dentro; cuando el sacerdote vive pro­fundamente el misterio que celebra, lo transmite, aunque sea en una igle­sia muy pobre.

Los funerales de Juan Pablo II con­quistaron a mucha gente, porque vie­ron la belleza de la liturgia latina en todo su esplendor y sobriedad. El di­rector Franco Zefirelli dijo: “Confieso que sentí envidia, porque yo, como di­rector de cine, no sabría hacer una es­cenografía mejor”. Aunque de hecho hubo una preparación muy grande, aquello salió naturalmente, gracias a la belleza de la liturgia, que precisa de poca explicación, pues sus gestos, can­tos, movimientos en torno del altar hablan por sí mismos. El Espíritu San­to contribuyó agitando las hojas del li­bro puesto encima del ataúd de Juan Pablo II y agitando las casullas de los cardenales. Fue una liturgia bella y al mismo tiempo accesible a la gente.

Belleza en la decoración. En las iglesias y ermitas que hay por el cen­tro de Italia todas las paredes están decoradas con frescos, que cautivan por su sencillez y encanto, y eran el catecismo que transmitía el Evan­gelio y la vida de los santos. El reta­blo de la catedral de Toledo es una espléndida catequesis de la vida de Cristo.

Hace poco leí una reflexión a pro­pósito de las nuevas iglesias construi­das en Roma, proyectadas por arqui­tectos famosos. Uno decía sobre una de la iglesias: “Es magnífica por fuera, pero adentro las paredes están vacías”. Una de las notas distintivas del templo católico es hacer que el fiel se sienta arropado por la Comunión de los San­tos, manifestada en las imágenes. Estas

paredes blancas en una iglesia desnuda no facilitan el encuentro con Dios, la pared no me “habla”, mientras que an­te un fresco, un mosaico o una vidrie­ra estoy en una actitud diferente, re­cibiendo. Además, como la gente mu­chas veces se distrae, que al menos se distraiga contemplando la vida de un santo. ¡Cuántas veces uno, mirando un mosaico, recibe una llamada de Dios, una insinuación de la gracia! ¡Cuán­tos hombres y santos se han convertido contemplando una imagen sacra, como Paul Claudel, la noche de Navidad, an­te la imagen de la Virgen en la Cate­dral de Notre-Dame!

El gusto de nuestro tiempo no es, por cierto, el gusto barroco. Nuestro momento es más sobrio, pero tiene que haber algo que arrope, que en­vuelva, que hable.

¿Existen valores absolutos que se refieran a la belleza, al pulchrum?

Sí. Cuando me dicen que sobre gustos no hay nada escrito, yo di­go: “Lo poco que hay, usted no lo ha leído” (risas). No todo es opina­ble. Naturalmente, la percepción es­tética cambia, influida por el contex­to cultural, el tiempo, la edad y mu­chas otras cosas, pero el pulchrum es una de las propiedades trascendenta­les del ser. Lo bello no se puede se­parar de lo bueno, ni lo bueno de lo verdadero. Y así como la verdad es la verdad, con independencia de la épo­ca y de la cultura, la belleza también: no todo vale.

Sucede como en la moral: si usted no es capaz de descubrir que matar un inocente es malo, no quiere decir que eso sea opinable, sino que usted está ciego. Cuando alguno dice: “La música pop a usted no le gusta, pero a mí sí, para mí es bella”, no hay una cuestión de opinión, sino dificultad en reconocer lo bello.

¿Qué consejo dar a los bautizados para colaborar en esta tarea?

El tercer aspecto del pulchrum considerado en el instrumentum la­boris era el más importante: la belle­za de la vida cristiana, es decir, de la santidad. No todos estamos llama­dos a ser artistas, ni críticos de lite­ratura, de arte o de música; pero sí se nos llama a transmitir la belleza de la vida cristiana, a contagiar la alegría de la fe. Siempre se ha dicho que, en el fondo, los dos grandes argumen­tos a favor de la verdad del Cristia­nismo fueron el arte cristiano y la vi­da de los santos. Y de los dos, la vi­da de los santos es lo que mueve, el ejemplo que arrastra. Mirando a los cristianos, los paganos decían: “¡Mi­rad cómo se aman!”

Cada uno puede hacer una filigra­na en su vida, como en el mosaico, en la vidriera o en el fresco, en el cual la luz de la gracia incide, golpea el cora­zón y saca la maravilla de colores que vemos.

 

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